Zénon! Cruel Zénon! Zénon d’Êlée!
M’as-tu percé de cette flèche ailée
Qui vibre, vole, et qui ne vole pas!
El cementerio marino, Paul Valéry
En el principio, fue el pulso. Después, mucho después, violentas, las aguas.
Convengamos, por última vez en la historia de las ideas, que la realidad es como una pampa (i.e.: sin fisuras). Sumemos, ahora, justo al final, en escorzo, orillas, en toda su liviandad y, aún más allá, ¡no lo figuren todavía!, nublado, el océano. Bien, hasta ahí. Sabrán las aguas encarnar lo digital.
Lector atento, diste en la tecla.
Venía a pedirte que abraces el viejo verbo.
Tras las costas de delirio, lo único firme es Navegar.
Dicta la británica del XXI: Maelstrom es un gran remolino que se halla en las costas meridionales del archipiélago noruego de las islas Lofoten, en la provincia de Nordland. Con más precisión, se le ubica entre las islas Sorland y Væroy de dicho archipiélago, en la latitud de los 67°48′05′′N 12°47′49′′E. Se forma por la conjunción de las fuertes corrientes que atraviesan el estrecho entre las islas y la gran potencia de las mareas.
Visto así, el Maelstrom no calienta a nadie. Otro fenómeno oceanográfico en toda su vastedad. Lindo prodigio, viejos peligros. Kircher nos lleva un poco más allá: asegura que en el centro del Maelstrom hay un abismo que penetra la tierra y desemboca en otro punto del mar.
Poe, en cambio, nos pasea por sus fauces. La cosa es sencilla: un grupo de pescadores (podríamos ser nosotros) escuchan la historia de un viejo, clavada la vista en el mar. Elegíamos aguas rápidas por mero cálculo, confía el viejo. Ahí donde hay remolinos, asegura, pesca un hombre lo que quince en una tarde. Poner la vida en riesgo, la productividad por encima. El coraje respondiendo a las necesidades del capital.
Naturalmente, dice el viejo, un día preclaro las aguas caprichosas cambian su intención: el Maelstrom. Todo es arrastrado en lo que dura un parpadeo, el horizonte se arquea (son las aguas) y el pequeño velerito queda atrapado en el reino de la confusión y la velocidad.
No daré detalles, porque la narración puede sacarle punta a cualquier
pintura de Turner. Poe, ante todo, fue el mejor narrador. Ahórrense el disgusto de leerme. Lo importante reside en el final: un tripulante zafa enterito del Maelstrom. Es quien abraza la muerte y, livianito, decide soltarse. Dejar de luchar. Un barco pesquero lo rescata, ¡son los amigos de la insondable fraternidad!, nadie lo reconoce. Cuenta su historia, nadie le cree. Ha encanecido; él, que esta mañana aún era joven. Una hora en el Maelstrom, igual a treinta años de vida.
DSM-5.
Cualquier adicto atiende el verso y lo tuerce de antemano. Cualquier familiar, también. No hay estrategias posibles. No sirve (no puede servir en el reino de lo inverso) la contraindicación. Toda posología preanuncia el convite. Un holocausto expiatorio, toda sanción.
Descartemos, entonces, todos los manuales compilados por la embajada de la sanidad mental. Tres son los amigos que perdí en el camino. Tres, también, los clavos y una sola la constante: cuando se habita el infierno, armarse de terror y avanzar con liviandad.
Volvamos al principio.
Dijimos que lo real es pura pampa. Hablamos de orillas. Dijimos, también, que las
aguas nos servirían para encarnar lo digital.
Ahora sí: figúrense, como puedan, un océano. No piensen en perversiones. Somos
pescadores en un día manso, prestos a navegar.
El bote en la orilla no intuye direcciones. Solo la pesca nos invita a tomar un norte. Acá las aguas mansas del estuario y su austera procesión. Allá las aguas rápidas y sus regresos, cargadas de truchas y otros dones para la red. Más lejos todavía, contra los riscos, el canyengue, los remolinos, ¡pura ganancia!
¿Se entiende, ya, el punto?
Por puro juego, empardemos los peces con la información. Los hay venenosos, hechos de espinas. Otros, tentadores, que invitan al hombre a hincarle el diente en pleno lomo.
A cada cambio de ritmo, asignemos un incentivo, no importa cuál.
En zonas de agua mansa, paciencia para la extremaunción.
En zonas de mayor actividad, mayor es la ganancia.
En zonas de remolino, en fin, un espectáculo de vida y muerte consagrado a dejarnos secos en el primer y último tirón.
Para suerte nuestra, no todo remolino es un Maestrolm. Cuestión de tiempo, nada más. Ya vendrá un castrado que, de bruto, lo invente. Twitter lo prefigura, porque ignoró Tik-tok.
Sobre el arte del incentivo: no importa quién empuje las aguas generando así mayor tracción. Imposible estudiar las causas. Los efectos, en cambio, están a la vista. Si la velocidad de las aguas supera nuestra técnica de navegación, estamos a merced de las aguas. Nada que hacer hasta que amaine. Puede uno, eso sí, orar.
Por eso: atendamos los llamados del viejo pescador. Encarnemos nuestro verbo, celebremos nuestra especie. Somos pescadores, rengos, navegantes, y es precisa la pregunta, en la orilla, cuando el vicio (carne-débil) nos empuja hacia el embarque: ¿puede uno navegar con este tiempo?, ¿puede uno, siquiera, navegar?