¿Qué es lo argentino? ¿Cuándo comenzó a forjarse? ¿De dónde viene? O mejor dicho… ¿Viene de algún lado? La respuesta que brota del sentido común, cuando se reflexiona sobre lo nacional, suele vincularse con lo criollo y la influencia de los migrantes europeos. Este discurso se encuentra tan instalado que, en 2021, el entonces presidente Alberto Fernández sostuvo que "los mexicanos salieron de los indios, los brasileros salieron de la selva, pero nosotros, los argentinos, llegamos de los barcos".
En sintonía con esto, Alejandro Grimson –en su libro Mitomanías argentinas, de 2012– destaca una serie de relatos que los argentinos se cuentan a sí mismos. El antropólogo sostiene que el que "La Argentina es un país europeo" se constituye como el mito padre-fundacional, teniendo un lugar central en el panteón de relatos nacionales. Debajo de él, se subsumen una serie de mitos derivados, tales como que "en Argentina no hay racismo porque no hay negros", "Argentina es un país sin indios" o el ya citado "los argentinos descendemos de los barcos". Hoy, esos mitos circulan en formato meme, dando cuenta de su vigencia, adaptabilidad y penetración transgeneracional. Desde un presidente de la Nación hasta tu sobrino futbolero y usuario acérrimo de TikTok, están chipeados con la idea del argentino como blanco y europeo.
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La dimensión biológica: el mito del barco
El pasado 5 de noviembre se publicó un artículo en la revista Nature del que participaron arqueólogos y bioantropólogos del CONICET y de distintas universidades de nuestro país. Mediante análisis de ADN, pudieron determinar la existencia de un linaje genético propio del centro de la Argentina, con una antigüedad de 8500 años. Eso no es todo: ese componente genético se encuentra en la población actual, donde hoy es posible detectar rasgos genéticos que la vinculan directamente con poblaciones de hace más de 80 siglos. Recordemos que los barcos aparecieron en el horizonte del Río de la Plata hace menos de seis.
Este aporte muestra algo que se viene discutiendo desde hace tiempo en la bioantropología: la población argentina actual presenta diversas ancestrías, no solo la europea, sino también la nativoamericana e, incluso, la africana subsahariana. Sin embargo, que ese componente no europeo esté presente en los genes de los actuales argentinos no significa necesariamente que lo sepamos o que, aun sabiéndolo, lo integremos como elemento constitutivo de nuestra identidad. Y ahí es donde se hace fuerte el mito del barco.
El Censo Nacional de Población, Hogares y Viviendas de 2022 muestra que 1.306.730 personas se reconocen indígenas o descendientes de pueblos indígenas u originarios, representando un 2,9% de la población total. Ahora bien, si pudiéramos realizar un estudio de ancestría genética a cada habitante de nuestro suelo, es muy probable que el aporte nativoamericano esté presente en mucho más del 2,9% de la población. No obstante, la ancestría genética es un dato biológico y la identidad es una construcción social e histórica, por lo que los genes no habilitan ni invalidan identidades. La distancia entre lo que muestran los estudios genéticos y lo que declaran las personas en los censos no es un "desajuste", sino el resultado de procesos histórico-políticos. Si bien la genética no dice nada por sí sola sobre la cultura, sí nos señala algo fundamental: la población que habita hoy nuestro país tiene una historia profunda y sumamente diversa.
La dimensión cultural: qué nos hace argentinos
Si existe una palabra de múltiples definiciones en las Ciencias Sociales, sin dudas es cultura. No vamos a ahondar en la especificidad del concepto, sino en un rasgo transversal a la mayoría de sus acepciones: la cultura es compartida y se transmite de generación en generación. Pero, a diferencia de los genes, los componentes culturales se aprenden, se discuten y se transforman en el devenir de la vida social.
Reflexionar sobre la cultura de un país supone un gran desafío, dado que ella implica un proceso de selección y construcción de sentidos compartidos. Cada vez que hablamos de "cultura argentina", de algún modo priorizamos y resaltamos ciertos elementos o prácticas y excluimos otros. Y lo hacemos no solo para identificarnos, sino también para que otros nos identifiquen. Desde su conformación, el Estado argentino eligió y construyó un tipo de identidad para crear un ciudadano tipo y, al mismo tiempo, para posicionarse en el mundo. Se exaltó lo europeo y lo criollo y se relegó e invisibilizó lo indígena y lo africano.
Desde el siglo XIX, se fueron incorporando distintos elementos al ser nacional, pero casi siempre sobre esa base fundacional asociada a la idea de civilización. Entonces, hoy lo argentino es el asado, el dulce de leche, el mate y el campo. Lo argentino es el domingo en familia, la reunión con amigos, la pasión y la efervescencia colectiva. Es también la resiliencia, la nostalgia y la arrogancia. Lo argentino es la desfachatez, la versatilidad y la viveza criolla.
Pero esa selección, tan arraigada, y que nace de cualquier argentino que tenga que definir lo propio, deja abiertas algunas preguntas: ¿cuánto de lo que hoy reconocemos como argentino puede encontrarse también en un pasado remoto, previo a la constitución de la Argentina misma? ¿Es posible identificar esas prácticas a partir de los restos arqueológicos? Si lo argentino no se constituyó sobre la nada, ¿cuán importante, relevante e influyente fue ese sustrato sobre el cual se erigió?
Buscando lo argentino en los restos arqueológicos prehispánicos
La arqueología es la disciplina que aborda las sociedades humanas del pasado a través de sus restos materiales. Todos los materiales arqueológicos se encuentran en alguna porción del espacio y pueden ser asignados a algún segmento del tiempo. ¿Es posible, entonces, mostrar continuidades entre el pasado prehispánico y los rasgos que se suelen considerar como parte de lo argentino?
Lejos de pretender establecer una relación directa entre el pasado y el presente, la propuesta aquí es otra: reconocer que muchos de los rasgos que atribuimos a lo nacional pudieron haber estado presentes en las sociedades prehispánicas que habitaron este mismo territorio. No se trata de afirmar que tal grupo representado en tal sitio arqueológico era eminentemente argentino, sino de dar cuenta de que ciertas prácticas que se suelen relacionar con lo nacional son, efectivamente, de muy larga duración.
1. El asado
La palabra asado, como cultura para la Antropología, es polisémica: puede ser el corte, el conjunto de cortes sobre la parrilla, la técnica culinaria o un evento social. El asado puede existir sin tira de asado, aunque debe haber algún otro corte excluyentemente vacuno sobre los fierros calientes. Si bien el gaucho Martín Fierro reza que "todo bicho que camina va a parar al asador", eso no convierte a un pollo cocinándose a las brasas en un asado. Entonces, la esencia del asado está en esa conjunción de alguna parte vacuna sobre una parrilla que es observada mientras se hace por al menos dos personas: el asado es, ante todo, social.
Muchos sitios arqueológicos argentinos muestran eventos de reunión alrededor de un fogón que pudo haber sido empleado para el asado de algún animal. Los fogones más tempranos vinculados a cazadores-recolectores se identificaron en sitios tan diversos geográficamente como Piedra Museo (Santa Cruz), Cueva Tixi (Buenos Aires) y Huachichocana III (Jujuy).
Piedra Museo es una localidad arqueológica que presenta evidencia de actividad humana de hace casi 13000 años: los investigadores proponen un episodio breve de ocupación que reunió a un pequeño grupo de personas en torno a un fogón para procesar y consumir partes de distintas presas: guanaco, ñandú y especies extintas como milodón y caballo americano. Por su parte, en Cueva Tixi se identificaron dos fogones con una antigüedad de 10000 años, también asociados con restos de animales: nuevamente guanaco, venado de las Pampas, coipo, armadillo y Eutatus seguini, un armadillo gigante extinto. Finalmente, en Huachichocana III se observa para la ocupación más temprana de casi 9500 años un gran fogón en torno al cual se desarrollaron distintas actividades, como el consumo de guanacos neonatos, ¿acaso los terneros del momento?.
Así como hoy la carne vacuna ocupa un lugar central en el asado, en el pasado los preferidos fueron los camélidos sudamericanos. En gran parte del territorio se eligió al guanaco y, tras su domesticación en el noroeste argentino, a la llama. Estos camélidos dominan los conjuntos arqueofaunísticos prehispánicos, tanto de sociedades cazadoras-recolectoras como agropastoriles, y su aprovechamiento nutricional incluyó no solo la carne sino también la médula ósea (el caracú) y posiblemente las vísceras (achuras).
Sea en un fogón o una parrilla, con costillar de guanaco o asado de novillo, y se trate de un grupo de cazadores-recolectores o de vos y tus amigos, la escena se repite desde hace milenios: personas reunidas en torno al resplandor de un fueguito, carne chillando expuesta al calor de las brasas y una comida (y también un tiempo) que se comparte.
2. El sentimiento de comunidad y la efervescencia colectiva
La unión de un grupo de personas bajo una bandera, una imagen, un reclamo o un festejo es algo muy típico del ser nacional. Y lo que nos destaca concretamente es la pasión con la que lo hacemos. Desde la caminata a Luján hasta los festejos mundialistas en cada espacio público de nuestro extenso país. Desde las marchas políticas por reclamos a las canchas llenas para alentar a tu equipo o corear los riffs de guitarra de tu banda preferida. El argentino es ante todo "hincha de la hinchada", y la multitud cobra protagonismo más allá de la existencia de una banda, una misa, 22 tipos jugando a la pelota o la lectura de un documento en la Plaza de Mayo.
La Rinconada, en el valle de Ambato (Catamarca), es uno de los primeros sitios de nuestro territorio con evidencia de una construcción que excede lo estrictamente doméstico: un complejo arquitectónico que estuvo ocupado entre los años 700 y 1100 d.C., donde a los espacios residenciales se les adosa una gran plaza con una plataforma que habría funcionado como escenario. Se estima que mientras los espacios de vivienda podrían haber alojado a no más de 200 personas, la plaza tendría una capacidad cercana a las 1000. Por eso, y considerando otros hallazgos a nivel regional vinculados a la llamada Cultura de La Aguada, se ha propuesto que el sitio funcionó como un centro ceremonial en el que confluyeron comunidades de otros sectores del valle y, posiblemente, de regiones más lejanas. Los eventos allí desarrollados habrían reproducido la ideología imperante del momento, la cual se materializó en la figura del jaguar o yaguareté.
La peregrinación, la congregación y la experiencia compartida que tanto destaca a lo argentino encuentran en sitios como La Rinconada un antecedente temprano de esa centralidad de la comunión con los otros y la efervescencia colectiva. Un dato no menor: el sitio La Rinconada fue deliberadamente destruido, incendiado y abandonado por sus habitantes hacia el 1100 d.C. Y esta práctica de destruir física y simbólicamente un lugar que fue de importancia ritual puede rastrearse en la Argentina contemporánea, siendo uno de los últimos y más icónicos casos el del 26 de junio de 2011.
3. Las crisis sucesivas y la búsqueda de soluciones
Ser argentino (o vivir en Argentina) implica saber que siempre se está por venir, que los períodos de estabilidad no son más que un momento entre dos crisis y que esa próxima inestabilidad social, política o económica está a la vuelta de la esquina. Eso suele llevar a dos estrategias no excluyentes: vivir el día a día y desarrollar posibles respuestas para adaptarse a esas circunstancias que van a suceder, pero no se sabe bien cuándo. Los dólares en el colchón o el acopio de alimentos no perecederos son features para los argentinos del siglo XXI.
Las sociedades prehispánicas de nuestro territorio estuvieron expuestas a distintas crisis y lograron enfrentarlas y sobreponerse a partir de diversas modificaciones de su conducta. Por ejemplo, hace unos 12000 años, en el final del Pleistoceno, se registra una disminución en la megafauna que finalizaría con su extinción. Los cazadores-recolectores habían diseñado una punta especializada para la caza de esos megamamíferos: las puntas cola de pescado. Con su extinción, estas terminaciones dejaron de ser necesarias y los cazadores debieron reorganizarse tecnológicamente, dándole todo el protagonismo a aquellas armas aptas para la caza de guanacos, venados y huemules.
Otra crisis, esta vez vinculada a una modificación en la humedad ambiental, generó una serie de respuestas y cambios de estrategias entre los cazadores-recolectores de la Puna argentina. Hace unos 6000 a 3500 años, las condiciones fueron marcadamente más áridas que las anteriores y las posteriores. Sin embargo, algunos sectores mantuvieron condiciones relativamente más húmedas, lo que favoreció la concentración de agua, plantas y animales y, en consecuencia, de personas. En este nuevo escenario, los cazadores redujeron relativamente su movilidad y comenzaron a especializarse en la captura de guanacos, reduciendo la caza de otros animales. Esa relación cada vez más estrecha con el guanaco habría favorecido su habituación a la presencia humana y, con el tiempo, abrió el camino hacia su domesticación y la aparición de la llama.
Un último ejemplo es el abandono de una aldea agropastoril del valle de Fiambalá (Catamarca), ocupada durante el primer milenio de la era (años 0 a 1000 d.C.), debido a la actividad volcánica que afectó los distintos componentes del ambiente (agua, flora y fauna). La estrategia del abandono fue seguida por el traslado hacia las áreas de serranías, posiblemente con menos impacto de los efectos del vulcanismo. Posteriormente, y tras la recomposición ambiental, el valle fue nuevamente ocupado hacia el año 1250 d.C.
Estos casos muestran que las crisis no fueron eventos excepcionales, sino condiciones recurrentes con las que las sociedades del pasado convivieron y que hicieron que la búsqueda de soluciones formara parte de la vida cotidiana. Entre la incertidumbre y la adaptación, entre la inestabilidad y la respuesta, entre la crisis y la innovación, la historia larga del territorio ofrece más continuidades de las que solemos reconocer.
4. La rosca política
Una forma de ser resiliente también es negociar. El "¿Y no se podrá arreglar de otra manera?" invita a que se empiecen a tejer ciertas estrategias, alianzas, relaciones y vínculos que a priori parecían improbables y que, bajo ciertas circunstancias, suceden. Y esto no trata necesariamente sobre saltar de un lugar a otro sin motivo alguno, sino sobre esa capacidad de ceder en algunos aspectos para conservar otros, para un bien individual o colectivo.
Las manifestaciones materiales de la rosca política pueden ser más difíciles de identificar en los materiales arqueológicos, pero no es imposible. La extensión del imperio incaico en nuestro actual territorio supuso una serie de estrategias desarrolladas en el frente expansionista. Si bien cualquier Estado que agrega espacios a su dominio político debe necesariamente poseer una fuerza militar, esa no es la única herramienta para imponerse. También están la diplomacia y la rosca política. No obstante, para que la negociación suceda, tiene que haber partes predispuestas.
Las sociedades que habitaron el noroeste argentino hacia el siglo XV d.C. fueron las primeras que observaron el ingreso del imperio. Una de las estrategias adoptadas por las autoridades locales fue, precisamente, rosquear. En ese rosqueo con los representantes del imperio se jugaba su seguridad y la de su pueblo. Fue así como, sometidos al nuevo liderazgo, conservaron (un poco) el poder, en tanto pagaran tributo y fueran leales al Inca. Hay una serie de sitios arqueológicos en el noroeste argentino que muestran la instalación incaica sobre poblados existentes. En algunos casos, la predisposición a la negociación de las autoridades locales posiblemente generó que esa instalación haya sido menos traumática para el pueblo y que el modo de vida no se haya modificado de manera tan radical.
El Diego, quizás uno de los máximos exponentes de la argentinidad, dijo "Yo soy o blanco o negro; gris no voy a ser en mi vida". Esa autenticidad del ser nacional convive, sin embargo, con un yang negociador y rosquero. En el tono de los grises, tan poco grandilocuentes, pero sin dudas pragmáticos, reside muchas veces la supervivencia de ayer y hoy.
La profundidad de lo argentino
A medida que los arqueólogos excavan, comienzan a aparecer capas: sucesivas unidades de sedimentos que pueden diferenciarse por su composición, espesor, contenido, color o granulometría. Por ejemplo, a una capa de arena superficial, le puede seguir una más arcillosa y luego otra más pedregosa. Ningún espacio excavado presenta exactamente las mismas características que otro, dado que los procesos de sedimentación son siempre situados y atravesados por dinámicas ambientales locales. Excavar siempre es una sorpresa.
Con esta idea en mente, quizás podemos reflexionar sobre lo argentino. Así como las capas no se reemplazan unas a otras, sino que se superponen, lo argentino se conforma por esa acumulación de prácticas, relatos, costumbres, memorias y olvidos. La inmigración europea y el proyecto estatal decimonónico se constituyen como estratos fundamentales, pero no son los únicos y, menos aún, los más profundos. Por debajo, afloran capas mucho más antiguas que son constitutivas de esa estratigrafía de lo nacional. El hecho de reconocer esa profundidad no implica buscar un "argentino prehispánico", sino aceptar que lo que se modelizó y construyó en la historia reciente como el ser nacional dialoga con lo preexistente, con esa roca madre sólida, antigua y compleja.
Muchas de las prácticas prehispánicas aquí mencionadas no fueron exclusivas de este territorio, sino que se extendieron, con variaciones locales, por amplias regiones del continente. Cada uno de los Estados americanos se construyó sobre su propia estratigrafía, seleccionando, ocultando o jerarquizando determinadas capas del pasado para forjar una identidad nacional. En nuestro caso, la cuenta definitivamente no empieza con los barcos en la superficie del Río de la Plata: hay que buscarla en las profundidades.