Entrevistas a escritores #3: Ensayo, con Tamara Tenenbaum
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En mi breve experiencia en la literatura, uno nunca quiere escribir. Uno escribe o no escribe. That's it. Funciona como un peso molesto, un fantasma insoportable colgado en las orejas que te obliga a sentarte, abrir un Word y empezar a teclear. Pero generalizar lo que siento es una irresponsabilidad, un salto conclusivo boludón que quisiera evitar. Sospecho, entonces, que sí existe gente a la que pueda servirle un pequeño empujoncito.

Por eso decidí empezar a trabajar en este ciclo de entrevistas a escritores para gente que quiere empezar a escribir. Llamé a gente que respeto y cuya escritura, de un modo u otro, me resulta inspiradora. Tal vez encuentren en sus respuestas, sus consejos y sus métodos de trabajo eso que les hacía falta para, finalmente, empezar a poner una palabra detrás de la otra. La saga sigue con Tamara Tenenbaum para hablar sobre escribir ensayos.


Es más que difícil encerrar en algún tipo de estela lo que escribe Tamara. Novelas, guiones, columnas. En el marco de las entrevistas que estoy haciendo, que no buscan otra cosa que incentivar a otros a volcarse también a la práctica de la escritura, vamos a pensarla, al menos al principio, y como ejercicio, como ensayista.

Vista desde afuera, su escritura ensayística parece un poco como correr. Es difícil imaginarse una deadline, una fecha límite: una puerta de fuego que se acerca, después de la cual un texto tiene que estar terminado y listo para ser publicado.

–¿De qué manera afectó o afecta a tu escritura, para bien o para mal, la dinámica "contrarreloj"? ¿Fabricaste en esa forma de la escritura, en ese género discursivo, ciertos recursos específicos, estrategias, yeites?

Escribo con deadlines en las columnas, pero también escribo libros con deadlines, incluso guiones. Cuando son proyectos grandes, las deadlines son mucho más movibles. Pero en contextos corporativos las cosas se demoran, hay devoluciones, etcétera. Lo que creo que te da la deadline de las columnas semanales es un poco cortar con la neurosis. Quiero decir: muchas veces tenés que entregar cosas que no están tan buenas (se ríe). Lo digo como algo bueno y como algo malo. Obvio que uno siempre querría dar lo mejor, pero lo que te da la deadline es la dimensión del tiempo. Digo: "Voy a hacer lo mejor que pueda en la semana que hay". Y si bien cuando trabajo con proyectos más grandes me permito ser más rigurosa, creo que también la deadline te va forjando el juicio: "Bueno, pará, miremos esto con ojos lógicos, o con mis otros ojos generosos, o con estos otros ojos demasiado exigentes. ¿Esto está para entregar? Relajemos, está para entregar". Te da eso: la dimensión del tiempo.

Las cosas no son siempre lo mejor que pueden ser. Son lo mejor que pueden ser en el tiempo que hay.

En un libro o en una película también es así. Uno no puede estar treinta años escribiendo un libro, o podría... –se ríe– pero yo no lo hago. Hay un momento en el que el tiempo no mejora las cosas: "Ya le di a este libro todo lo que tenía para dar. Para darle más, tendría que ser una persona".

Para las columnas sí tengo un método. Me organizo de determinada manera. Una vez que tengo una mínima idea, pienso los argumentos para defenderla: qué quiero asegurarme de decir, qué no me quiero perder de decir, y hago un mapita de lugares por los que sí o sí quiero pasar.

–Supongo que escribir al calor de la historia, todas las semanas, puede resultar agotador. ¿Hay cosas que hayas publicado de las que te arrepientas? ¿Cómo tramitás el eventual disgusto con un texto que vos misma escribiste? ¿Y cómo podría tramitar mi propio disgusto?

La manera de tramitar ese arrepentimiento es decir "No es tan importante, es una columna". Pasa la semana, y pasó. Te juro que pasó. Uno no es tan importante, no lo leyó tanta gente. No pasa nada.

Creo que siempre trato de pensar a la vez en el polo opuesto. Hay que manejarse entre esos polos. Cuando escribís, a veces decís: tengo que escribir para la posteridad, no escribir boludeces, no perder el tiempo mío ni del lector.

Pero tampoco hay que perder noción de la propia insignificancia.

Fue relativamente corto el tiempo que te llevó llegar a las planas mayores. Cuando entendiste que tus reflexiones eran leídas por gente que ni siquiera conocías, ¿tuviste algún tipo de temor o miedo?

No tengo muy claro cuándo lo entendí, o si lo entendí. No pienso mucho en eso. Cuando era más chica, sí me daba más miedo escribir y que la gente me criticara. Por supuesto que todavía lo sufro. Creo que cualquier persona que expone lo que hace sufre esa vulnerabilidad, de lo que gusta o lo que no gusta. O peor, lo más inconfesable: cuando pensás que escribiste algo que va a enojar a la gente y nadie se enoja porque a nadie le importa. Eso es mucho más terrible –se ríe–. Decís: "Al final, no soy tan importante". Es una lección muy buena.

Desactivé bastante el chip de angustiarme por lo que dicen desconocidos de mí, pero cuando era más chica tenía menos "calle online": podía pasar días, semanas, preocupada por eso. Creo que hay que desechar eso muy rápido, porque a mí no me hacía bien ni siquiera en los términos de lo que escribía. Después de esos momentos de miedo, escribía cosas menos jugadas, más tibias, y me decía: "¿Pero por qué estoy haciendo esto si yo no soy así?". Eso solo se desactiva con el tiempo y haciendo la piel más gruesa.

Cuando cambia el dispositivo, cuando no escribís a pedido, cuando te permitís escribir proyectos más extensos, más cercanos a la literatura, ¿hay algún "chip" que debas cambiar? ¿Algo de lo que debas desembarazarte?

Cuando escribo cosas más largas que no son a pedido, trato de aprovechar la práctica que me dio la columna para resolver problemas y no empantanarme en la indeterminación de tener mucho tiempo. A veces, tener tiempo infinito para hacer cosas es lo peor que te puede pasar. "Bueno, si quiero tengo tres años para escribirlo". Eso, para mí, es terrible –se ríe–. Terminás no haciéndolo nunca. A veces rinde tener el día entero, pero a veces estás ocupada, y ahora voy a ser madre, y tenés tres horas para resolver algo y las recontra usás.

Usar el tiempo. Y después, activar lo contrario: "OK, tenés tiempo". Si lo que escribiste no te gusta, por ejemplo, tiralo, empezá de nuevo. Existe siempre esa posibilidad.

–Independientemente de ganar, participar en concursos a veces permite "ordenar" la práctica de la escritura. El deadline, a veces, sirve. Por fuera del ensayo, en la literatura, en el guion, ¿intentás también trabajar con deadlines o permitís que los textos maduren de otra forma?

Me sirven las deadlines. Pero me sirven mis propias deadlines imaginarias. Me las pongo pero sin mucha neurosis. Puedo explayarme en mi propio proceso, quedarme más tiempo, probar cosas. Creo que hay gente a la que le sirve tratar la deadline imaginaria como si fuera real.

Es muy difícil, también, tratar las cosas imaginarias como si fueran reales –se ríe–... Lo importante no es postergar la deadline, sino seguir trabajando. Si dijiste "OK, voy a tener esto para marzo", y lo tenés para abril, que sea porque seguiste trabajando y no porque colgaste.

El problema no es trabajar lento, es no trabajar.

A la vez, también hay que no trabajar. A veces uno "no está viendo" el texto, y "no está pasando" y hay que saber soltar y decir: "No estoy conectando con esto, lo suelto", aceptando el peligro de que nunca vuelvas a conectar con ese material y el peligro de que en realidad se trataba de un texto que no tenías que escribir.

Me ha pasado muchas veces. Me anoto ideas que siento que son brillantes y me siento a escribir y digo: "No tengo nada para esto, quizá no está tan bueno o quizá yo no tengo nada para esto".

¿Cómo "maduran" tus textos no ensayísticos? ¿En cuánto tiempo? ¿Sabés siempre sobre qué estás escribiendo o los personajes, los "temas", los arcos actanciales van "apareciendo solos" en el propio oficio?

A veces un punto de partida que creés correcto puede terminar en algo que nada que ver. Por ejemplo, Las Moiras. Me interesaba que fueran tres viejas tejiendo, y que hubiera algo de la metáfora de tejer. Se iban pasando un hilo que era como el hilo de la vida. Al mismo tiempo que tejían en sentido literal, tejían también en sentido metafórico: armaban quilombos, redes. Pero la metáfora del tejido, con el tiempo, perdió mucho peso en la obra. En mi primera imagen eso era lo más importante. Me gustaba: las tres Moiras que tejen el destino en el mito. Pero después otras cosas fueron ganando terreno ahí y se fue perdiendo lo otro. También pienso en mi libro de cuentos, Nadie vive tan cerca de nadie. Lo primero que tuve fue ese título: quería que se llame así porque quería que alguien le diga eso a alguien. Y a partir de eso, si ese iba a ser el título, todos los otros cuentos tenían que vincularse con esa frase.

No sé, los textos parten de muchos lugares, y por eso son menos metódicos, también. En mi caso, lo más importante es no enamorarse de ese punto de partida. Entender que el punto sirve para empezar, pero no hay que quedarse ahí si no funciona o si en el camino encontrás otras cosas que funcionan mejor.

Tamara Tenenbaum | Foto de Carlos Ruiz B.K.
Tamara Tenenbaum | Foto de Carlos Ruiz B.K.

–¿Qué te sirvió para entender, si algo así es posible, cómo se escribía? ¿Tenés libros de cabecera sobre escritura creativa o ensayística?

No, no tengo libros de cabecera. He leído, pero no. Soy más de pensar que la escritura se escribe por ingeniería inversa. Leer lo que sea que querés escribir, novela, teatro, guiones, ensayos, y preguntarte cómo se hizo. Tratar de imaginarte cómo alguien hizo eso, pensar en las estructuras, en cómo arrancan las cosas, en cómo algo te mantiene atrapado en las primeras páginas. Me gusta eso, sobre todo: leer las cosas que me gustaría copiar y pensar cómo copiarlas. Me parece que es un método más de dibujante.

–Siempre se empieza por lo chico. Intuyo que, de pequeña, ensayabas cuentos, poemas, ponencias. Cuando empezaste a escribir cosas de más largo aliento, ¿a quién le mostrabas los avances? ¿Cuán abierta sos a las reformulaciones y revisiones de un tercero? ¿Te sirven las devoluciones?

Yo no empecé a escribir de chica, para nada. Yo de chica solamente leía, todo el tiempo. Y de hecho extraño mucho eso. Ahora escribo mucho más de lo que leo porque tengo que trabajar mucho. Me gusta trabajar mucho, es algo que me gusta hacer, pero pienso "qué lindo que era". Hasta los 23, 24, 25 no escribía. Pienso en que qué linda que era mi mente cuando estaba llena de silencio y recibía tanto –se ríe–. Me gustaría volver a eso y tengo como la fantasía de pasar un par de años sin escribir, solamente leyendo. Tenía muchos diarios íntimos, eso sí.

Soy muy de recibir devoluciones y de aceptarlas. Me encanta. Me gusta tomar las devoluciones como una suerte de oráculo, incluso cuando no están tan buenas o cuando no estás de acuerdo –se ríe–. El ejercicio de decir "lo voy a aceptar igual", te lleva a lugares interesantes. Aprendí esto con los guiones y el teatro. Ahí las devoluciones tienen otro peso. En el teatro, la devolución de un director no es la de un editor: es la de alguien que no va a firmar el guion pero sí la obra. Tenés que aprender a escuchar.

Me enseñó mucho esa modestia forzada. Como escritor, no estás acostumbrado a soltar tu propia obra, y es lo mejor para la obra y lo mejor para uno mismo y lo mejor para ir aprendiendo y adquiriendo herramientas nuevas. No es verdad, creo, que ser protector, apropiador de tu propia obra, sea lo mejor. Obviamente hay cosas que he defendido muchas veces. A veces hay que plantarse, y está bien.

¿Hiciste talleres literarios? ¿Cuál fue tu experiencia?

Sí, hice. Mi experiencia fue buena. Volvería a hacer taller si tuviera tiempo de hacerlo. Es algo que recomiendo. A cada uno le sirve para diferentes cosas: hay gente a la que le sirve para tener la obligación de escribir, o para escuchar cosas nuevas, o para aprender a corregir. A mí me sirvió para todo eso. No sé si tanto lo de escribir para todas las semanas –se ríe–. En la columna, el deadline sí me servía; en el taller, no. Me sirvió para aprender cómo leen otras personas. Eso es lo más loco. Aprender cómo leen tus compañeros, tu profesor o profesora. Así como te digo que me gusta hacer ingeniería inversa con los textos, es muy interesante ver cómo otros hacen lo mismo, pero a su forma.

–Tu escritura polifacética parece difícil de sistematizar. Ideas fugaces, proyectos amplios, un ensayo, una novela, un guion, una obra. ¿Cómo organizás tus ideas? ¿Usás algún tipo de software? ¿Notion, Scrivener, Plotter, Hemingway Editor?

No, no uso ningún software. Voy abriendo infinitos Drives y mandándome infinitos mails. Muy básico. Diría que estaría bueno ser más organizada, pero para mí lo bueno de mandarse mails es que el buscador del Drive es muy bueno, entonces pongo tres palabras clave y encuentro todo. Soy rudimentaria.

–¿Escribís a mano o en la PC? ¿Por qué?

Casi siempre en PC, y mucho en el celular, también. Básicamente, porque a veces no tengo la computadora a mano y, si me acuerdo de algo, lo puedo poner en el celular. Tengo siempre la aplicación de Docs abierta en el celular. Soy capaz de escribir un párrafo o una columna entera en el celular. No sé si está bien, pero soy capaz de hacerlo.

A mano escribo pocas cosas. Por lo general, tomo notas. Cuando hice mi último libro de ensayos, tomé muchas notas en la compu, pero en la última instancia, cuando releía otra vez Un cuarto propio, hice notas a mano, porque ahí ya tenía todo muy masticado y quería terminar de fijar algunas cosas.

Está claro que lo que se escribe a mano se fija más. Sirve porque no es fácil borrar, como cuando te acostumbrás a escribir en la computadora y escribís, borrás, escribís, borrás. Lo otro es que me cuestan los objetos, en general: pierdo las cosas, me da miedo perderlas, o me confundo un cuaderno con otro. Entonces, me encanta que esté todo en el Drive y que no se pueda perder porque está ahí.

¿Cuántas horas escribís por día? ¿Cuántas te gustaría?

No sé. Depende mucho del día. Lo que siempre recomiendo, aunque depende de las posibilidades de cada uno, es darse bloques largos. Yo tardo en que algo arranque, sobre todo si estoy en el principio de un proceso. Si ya estoy con algo que tengo que resolver (un capítulo, lo que sea) lo puedo resolver en dos horas, tres horas. Para los bloques largos me sirve ponerme todos los trámites juntos, todas las compras juntas –se ríe–, todos los asuntos de la vida cotidiana juntos que hay que resolver, y por ahí encontrar un día entero.

Lo sistemático es estar conectado mentalmente con el laburo. Después, lo que uno se pueda sentar a hacer es otra cosa, y va dependiendo de los avatares de la vida.

–¿Cuán obsesiva sos con la corrección de tus textos? ¿Le dedicás más tiempo a la escritura en sí o a la corrección? ¿O se trata, para vos, de la misma cosa?

Siento que corrijo, pero relativamente poco. Es que lo que tengo, a veces, es una previa muy larga. Tomo notas mil veces, tomo notas de las notas, pruebo una primera tirada y después vuelvo a las notas. Como que hasta que empieza la escritura del archivo FINAL FINAL FINAL, como uno le pone –se ríe–, tardo mucho. Lo que hago es una gran previa.

Corrijo cosas chiquitas. Rara vez corrijo algo de estructura porque ya la pensé mucho antes. No tengo nada a favor de este método ni nada en contra. Son maneras. Hay gente a la que le sirve sentarse, tirar una versión y después corregir. A mí me sirve exactamente lo contrario: postergar, quizás mucho, el momento de empezar, pero llegar con todo muy pensado.

–Todos los que intentamos escribir robamos. ¿De dónde robás vos?

Yo robo de todos lados. De libros, muchas veces. Me acuerdo que una vez me dijeron "Copiá tranquila, que nunca te queda todo igual". Uno piensa que está copiando algo y nadie se da cuenta de que estás copiando. Eso es lo genial de escribir: los guiños no son tan claros. "Bueno, voy a copiar la estructura de esto". Pf, ¿qué estructura? Copio lo que entendí de esa estructura. Entonces ya nadie lo ve. Copio mucho de las conversaciones que escucho, las cosas que la gente me cuenta. Copio más de lo que la gente me cuenta que de mi propia vida –se ríe–. Me gustan mucho las cosas que les pasan a otros, pero también cómo las cuentan. Sobre todo la gente que no escribe.

–¿Tres libros?

Pongamos que uno sea Mansfield Park, de Jane Austen. Pongamos Cuadernos de infancia, de Norah Lange. Y pongamos Pastoral Americana, de Philip Roth.

–¿Qué tengo que hacer si quiero empezar a escribir?

Leer mucho hasta que surja el hambre. O hasta que ese hambre conecte con la materialidad de la escritura.

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