En mi breve experiencia en la literatura, uno nunca "quiere" escribir. Uno escribe o no escribe. That's it. Funciona como un peso molesto, un fantasma insoportable colgado en las orejas que te obliga a sentarte, abrir un Word y empezar a teclear. Pero generalizar lo que siento es una irresponsabilidad, un salto conclusivo boludón que quisiera evitar. Sospecho, entonces, que sí existe gente a la que tal vez pueda servirle un pequeño empujoncito.
Por eso decidí empezar a trabajar en este ciclo de entrevistas a escritores para gente que quiere empezar a escribir. Llamé a gente que respeto y cuya escritura, de un modo u otro, me resulta inspiradora. Tal vez encuentren en sus respuestas, sus consejos, sus métodos de trabajo, eso que les hacía falta para, finalmente, empezar a poner una palabra detrás de la otra. La saga sigue con Victoria De Masi para hablar sobre escribir crónicas.
Vista desde fuera, la crónica, la columna periodística, el perfil, parece un poco como correr. Es difícil imaginarse un deadline, una fecha límite: una puerta de fuego que se acerca, después de la cual un texto tiene que estar terminado y listo para ser publicado. ¿De qué manera afectó o afecta a tu escritura, para bien o para mal, la dinámica "contrarreloj"?
Visto desde adentro, lograr una crónica, una columna de opinión o un perfil es todo lo contrario a correr. Diría que una anda a tientas, como pisando huevos o buscando la tecla que enciende la luz en un baño desconocido. Las tres formas de escritura que mencionás requieren tiempo: tiempo para pensar, tiempo para producir, tiempo para escribir y tiempo para autoeditarse. Vengo diciendo que mi batalla no es contra el tiempo, sino por el tiempo. Soy lenta. Dar con un entrevistado y que acepte conceder una nota puede llevar días. Dar con esa única palabra que dice mucho, la economía del lenguaje, también lleva tiempo. Me pasa seguido que la palabra, la idea central o mi punto de vista cae fuera del momento de la escritura: cuando lavo los platos, por ejemplo. Después está la máquina informativa, sistema del que formo parte. Domingo de 2015 en Clarín. Había muerto Lita de Lázzari. Los domingos entraba a las cuatro de la tarde y la edición (todavía mandaba el papel) cerraba, si no había un desastre que atender, a las veinte. Ese domingo me pidieron la necrológica de Lita de Lázzari. Lita era para mí un personaje cercano. La recordaba de verla en la tele, en mi casa de Río Grande. Y su frase: "Camine, señora, camine". Pero con eso no alcanzaba para escribir la necro. Así que bajé al archivo del diario, pedí el sobre donde estaban los recortes de todas las entrevistas que había dado Lita a lo largo de su vida, las ordené por años y me senté a leer. Ese trabajo me habrá llevado unas dos horas. Iba tomando apuntes de lo que me parecía que contaba al personaje. Luego subí y escribí el texto. A las veinte ya había entregado la nota.
Es lo que pude lograr en el tiempo que tenía. En 2021 ya llevaba un año en elDiarioAR, un medio nuevo y digital, o sea: todo para ya. En la misma semana murieron Carlos Reutemann y Rafaella Carrá. Trabajaba en casa, por la pandemia. Creo que habían ordenado un nuevo encierro. Ya no trabaja en Clarín, ya no podía ir al archivo y ya no mandaba el papel: "digital first". Pero yo sigo siendo lenta. Así que mientras un compañero armaba una nota fría y dura con la noticia de su muerte para "tenerla en la home" yo pensé que lo mejor era contar a Reutemann mirando en YouTube entrevistas que había concedido a canales locales. Y así arranqué, creo que al mediodía, para avisar al editor de turno que el texto ya estaba cargado, con título, foto, bajadas y destacados y todos los chirimbolos que "visten" la escritura digital y la distinguen de los banners de publicidad. Por el horario de publicación, habré tardado unas cinco horas.
De Rafaella Carrá no sabía absolutamente nada, salvo que a mi mamá le encantaba. Entonces la llamé y le pregunté: ¿qué era Carrá para vos? Volvió una respuesta larga y en esa respuesta di con tres ejes con los que podía armar una necro. Googleé esos ítems y escribí. No sé cuanto tiempo me llevó. Pero nunca una hora, o dos, o tres. Escribí con "explotame explotame expló" de fondo, en repeat.
Para el mercado de la noticia Siglo XXI, ahora que todo empieza a estar mediado por la IA y el chat GPT, yo soy un verdadero gasto. Un recurso humano caro y pesado como un ferry viejo que cruza el río picado. Pero estas son mis formas, esto es lo que puedo y lo que me sale. Y no quiero hacerlo de otra manera. Porque a mí me gusta la artesanía. Y porque los veinte años de redacción me dieron técnica y entrenamiento, y nunca clavé a un editor. Las crónicas, las columnas de opinión y los perfiles tienen un punto final que de final tiene poco. Creo que ese tipo de textos se entregan en tiempo y forma pero que nunca terminan de escribirse.
Escribir al calor de la historia, todas las semanas, a veces puede resultar, supongo, agotador. ¿Hay cosas que hayas publicado de las que te arrepientas? ¿Cómo tramitás el disgusto respecto de un texto que vos misma escribiste, de haberlo? ¿Qué pasa si me arrepiento yo de algo que escribí? ¿Cómo puedo tramitar mi propio disgusto?
Respeté el orden de tus preguntas pero ésta la dejé para el final. Me llevó un día, seis km de caminata por Montevideo y un barco de vuelta a Buenos Aires encontrar una respuesta que más o menos me conforme. Me arrepiento de haber escrito enojada una nota de tapa de Viva. Había entrevistado a una actriz muy popular, muy querida por la gente, de larga y notable trayectoria. Venía de trabajar dos años en Zonales —diarios barriales, y publicaba Clarín— y nueve en la sección Información General de Clarín, todos los días al palo y a los palazos. Pedí el pase a la revista porque ya no me daba el cuero y me había dado cuenta de que a mí me gustaba escribir largo y escribir lento. Que me dieran el pase me costó un año, pero lo logré. Vuelvo: una de mis primeras notas a "famosos" fue la de la actriz en cuestión. Por falta total de experiencia en revistas, no sabía que los reportajes a famosos llevan un tiempo de producción de moda —ropa, pelo, maquillaje— y de fotos —"posame, no me poses, mirá para allá, jajaja, divina, ponete así, acostate, mirame, no me mires"— que es parte de la nota, pero le quita tiempo a la nota misma. El mismo día hacíamos las fotos y la entrevista. Por los tiempos que manejamos, la producción se llevó siete horas y mi nota, treinta minutos. Y cerré el texto enojada. Y me arrepiento. No hay que hacerlo. No supe en ese momento abstenerme de mí. Creo que fue un desacierto de mi parte. Mi forma de gestionar ese malestar conmigo fue prometerme que nunca más dejaría que una emoción personal me cabalgue en el trabajo.
El deadline siempre permite "ordenar" la práctica de la escritura. El deadline, a veces, sirve. Por fuera del mundo de las redacciones periodísticas, y cada vez que te embarcás en un proyecto personal, ¿intentás también trabajar con deadlines o permitís que los textos maduren de otra forma?
Luego de proponer una nota indico que día y a qué hora entregaré el texto. Si me piden una nota, pregunto qué día y a qué hora debo entregar el texto. Si es para el día, pido que me digan la hora de cierre y cuál editor estará a cargo. No entrego antes, no entrego después: entrego en el tiempo acordado. Para mí el límite es fundamental, es lo que me permite organizar mi tiempo. Hay que administrarse teniendo en cuenta el rato de comer, las horas de descanso y las cuestiones personales. De todo el proceso que implica la tarea de escribir contemplo especialmente tres: el arranque de la nota, el remate y el tiempo que necesita el texto para reposar. Esto último en el periodismo digital casi nunca es posible. Entonces una termina encajando palabras, ideas, textuales, observaciones y datos en una plantilla mental que se repite y, de alguna manera, funciona. Hay que tener cuidado con esa plantilla porque quizás el lector no lo ve, pero una va cayendo en el formato de siempre. Pero bueno, en un momento hay que cerrar la nota.
¿Cómo llevás hoy ser una persona que contribuye a diseñar la agenda del debate público, al menos de este lado de la vereda? ¿Cómo llevás la crítica maliciosa?
De mi lado de la vereda no veo que mi trabajo tenga incidencia directa en la agenda o debate público. Sobre las críticas, si me entero, tomo nota y pienso qué tanto acierto hay en esa crítica. Pero sobre todo atiendo de parte de quien viene la crítica. Si es un comentario en Twitter posteado desde un @ tipo CBU, realmente no me importa. Si es de parte de un colega que me escribe a mi Whatsapp, bueno, leo y a veces respondo. Con las críticas me pasa lo mismo que con los halagos: nada.

Escribir crónicas es llevar al papel el producto de una investigación. Hay algo ahí sin dudas policíaco, detectivesco. ¿Cómo "maduran" tus crónicas? ¿Cuánto tiempo tienen de gestación? ¿El proceso de recolección de información, archivo, entrevistadores suele ser más largo que el proceso de la escritura propiamente hablando o son tiempos similares?
Todo depende del formato. El perfil de Leonardo Cositorto me llevó tres días enteros —con sus mañanas y sus tardes largas— y terminé escribiéndolo de madrugada. El libro Karina: la hermana, El Jefe, la Soberana (2024), perfil sobre la hermana del presidente, me llevó ocho meses entre producción y escritura. Pero... ¿cuándo empecé a escribir ese libro? ¿Fue en el momento exacto en el que abrí el .doc y escribí "Karina"? ¿O fue en 2021, cuando la vi por primera vez en una caminata de campaña en la que Milei se candidateaba a diputado? ¿O fue el 19 de noviembre de 2023, día del balotaje, cuando fue la hermana la que presentó al presidente electo en el Hotel Libertador? Me lleva más tiempo juntar lo que necesito para escribir un texto que escribir el texto. Pero, insisto, los textos nunca terminan de escribirse.
Hay algo policial en la disposición de la crónica y, en cuanto que policial, también algo del orden de lo "prohibido". Sobre todo, en tus perfiles. ¿Alguna vez te dio miedo lo que investigabas? ¿Te apretaron alguna vez? ¿Cómo tramitás el temor cuando alguien te dice explícitamente que no quiere que sigas desarrollando una investigación?
No tengo miedo cuando elijo un tema o personaje para trabajar. Ni cuando busco información ni cuando entrevisto a personas ni cuando doy con ese dato que fortalece el texto y hace temblar al tema o al personaje. De los aprietes me doy cuenta tarde. Cuando hacía las entrevistas para Carlitos Way, el perfil de Carlos Nair Menem, publicado en 2016 por Tusquets, me di cuenta de una amenaza cuando el libro estaba en librerías. Una fuente muy metida en el mundo menemista me invitó a almorzar en un restorán de San Telmo, sin ventanas. Era la tercera vez que nos veíamos. Cuando terminamos la nota-almuerzo se ofreció a llevarme a Clarín en su auto. Me subí, manejó unas cuadras y en un momento me pidió que abriera la guantera. La abrí, vi un fierro, le dije "ah, mirá, acá tenés un arma, ¿qué necesitás que busque?". El tipo me dijo: "Nada, ya podés cerrarla". Muchos meses después me di cuenta de que esa secuencia significaba otra cosa. No sé si es que no tengo miedo cuando trabajo o si en realidad soy un poco boluda.
¿Cuánto de tus crónicas responde al espíritu originario y cuánto es lo que muta dado el proceso mismo de trabajo? ¿Cuán ceñida sos al proyecto original y cuánto te permitís que el proceso se vuelva algo poroso y mutante?
Cuando encaro un texto, corto, largo, para libro, lo que sea, armo un sumario. El sumario es la propuesta de trabajo, la idea concentrada en unas pocas líneas. Lo hago siempre, aunque sea para mí. Antes de escribir el sumario hago una investigación chiquita: confirmo la idea central, planteo las contradicciones, chequeo ciertos datos, hablo con algunas personas. Siempre vuelvo a ese sumario: reduce el margen de error, es el camino que tengo que desmalezar para lograr el texto que propuse o me pidieron. A veces en ese camino aparece una flor hermosa y extraña que zafa del hachazo. La separo, la cuido. Mejora mi idea inicial. También pasa que la zafra se pone dura, viste. Hay que conseguir una buena piedra para afilar. Me permito ser flexible, banquineo y vuelvo. Banquineo y pongo balizas y vuelvo al camino. Escucho el texto que voy produciendo. El texto "pide": voy dándole lo que escucho que necesita.
¿Qué te sirvió para entender, si algo así es posible, cómo se escribía? ¿Tenés libros de cabecera sobre escritura creativa o escritura de crónicas?
Leo desde chica. Las Anteojito. Cuentos de amor, de locura y de muerte, de Quiroga. Mafalda (ese formato de viñeta es fundamental para escribir periodismo porque en cada cuadradito hay una acción o declaración; saltearse una viñeta es que "falte algo" en el texto). Las revistas para teens de aquella época (tuve un poster tamaño real de Emanuel Ortega), las de rock (¿90/10 era?). Vivía en Río Grande, una ciudad fueguina donde las cosas llegaban tarde o no llegaban. Entonces mi mamá nos llevaba a la biblioteca pública a mi hermana y a mí. Leí con fascinación la Biblia cuando hacía la catequesis, amaba ir a la misa de las siete los domingos por el cancionero. Y por el sermón, porque esperaba el momento de la moraleja: cómo el cura redondeaba haciendo malabares con esa cita de ficción improbable con la que arrancaba "su momento". Escuchar es una forma de leer. Ya en Haedo y en la adolescencia me dediqué con un fervor que ahora pienso que rozaba la obsesión a la lectura de poesía. Conocí a Alejandra Pizarnik. Conocés a Pizarnik a los quince años y te hace mierda. A los dieciocho tenés que esconder sus libros y olvidarte de ella porque te contamina. Pero la poesía como género sigue siendo central en mi escritura. Leía y hacía fanzines. Y organizaba ferias de fanzines. Debía tener dieciséis, diecisiete años. Después me tocó el "boom de la crónica latinoamericana" y el "nuevo periodismo" —no hay nada más viejo que el nuevo periodismo— y leí todo lo que pude. Creo que hay libros que aconsejan o sugieren estrategias narrativas para escribir que sirven como punto de partida. O talleres —a los que asistí y que ofrezco— que también son útiles como lugares de encuentro e intercambio. Pero la escritura es una experiencia. Se escribe escribiendo. 99% práctica, 1% teoría. Por ahora pienso que escribir además de informar es dar con la voz propia, el tono de una, las formas que no podría tener otro cronista.
¿A quién le mostrá los avances? ¿Cuán abierta sos a las reformulaciones y revisiones de un tercero? ¿Te sirven las devoluciones o preferís trabajar sola?
No doy para leer mis textos a nadie que no sea el editor a cargo. Nunca contraté a un tercer editor. Soy un llanero solitario.
¿Hiciste talleres de crónica o de escritura creativa? ¿Cuál fue tu experiencia?
Hice varios talleres de crónica. La experiencia siempre fue positiva. Usé y recomiendo. Pero por lo que dije antes, que son lugares de encuentro y de intercambio. No conozco oficio más solitario que el de la escritura (en realidad no conozco otros oficios). Se dan en esa instancia dos cuestiones, en simultáneo: sustracción del entorno y abstención de uno mismo. Entonces los talleres se vuelven espacios necesarios para salir de la burbuja interior, del agujero interior.
¿Escribís a mano o en la PC? ¿Por qué?
Escribo en la computadora y en territorio tomo notas en el cuaderno que use en ese momento. Pasé del grabador a casete grande, después a grabador de casete chiquito, y más tarde a grabador digital. Ahora uso el teléfono para grabar a los entrevistados. Escribo en la computadora porque la computadora está en mi escritorio y, al lado de mi escritorio, los libros y las plantas y el coso de Internet que titila y una ventana y la gata que va y viene. Pero también puedo escribir en un casino (una cobertura sobre inundaciones en Corrientes), sentada en el cordón de la vereda (lo hice muchas veces), en una sala de audiencias y en tiempo real durante un juicio, con la compu en la falda, las piernas ardiendo por el calor de la máquina (Báez Sosa, Maradona), en una estación de servicio, en el lobby de un hotel en el que no duermo, en la casa de un vecino (esto sólo sucede en las provincias) que me presta Internet y me ceba mates. Ahora que tengo 43 años pongo el altavoz cuando hago llamados porque no me dan más las cervicales. A veces no me entiendo la letra cuando tomo notas. Miro esos jeroglíficos y adivino o vuelvo a llamar a la fuente adviertiendo que "no me entiendo la letra y no me quiero equivocar, ¿podría repetirme tal cosa, por favor?".
¿Cuántas horas escribís por día?
Paso días sin escribir pero ningún día sin leer. Escribo cuando tengo que escribir porque escribir es un trabajo.
¿Cuán obsesiva sos con la corrección de tus textos? ¿Le dedicás más tiempo a la escritura propiamente dicha o a la corrección de lo que ya escribiste? ¿Se trata para vos de la misma cosa?
Muy. A veces lamento no tener el tiempo que necesito para autoeditarme. A veces lamento tener tiempo de sobra para autoeditarme porque corro el riesgo de matar el texto. A diferencia de la impresión, el periodismo digital ofrece una posibilidad que hay que usar responsablemente. Una vez publicada la nota en la web es posible modificarla. La que sigue es una norma autoimpuesta: vuelvo a entrar a la nota para corregir un error ortográfico o de tipeo, o reordenar una frase que puede quedar más clara sin alterar el sentido. Pero nada más. No me permito "rehacer" una nota. Esto pasa mucho ahora, cuando además del jefe editor está el jefe audiencia. Porque la audiencia que se suscribe a un medio (una minoría de lectores, la verdad, porque "lajente" se acostumbró a que la información es gratis) discute focos y puntos de vista, corrige, dice "esto es una boludez" o "no se le puede dar voz a determinada persona". Y a mí eso me rompe mucho las pelotas. Escribo contra el público (así fue la cobertura de la campaña de La Libertad Avanza en 2023, que para elDiarioAR era "piantalectores"), no escribo para agradar al entrevistado y mucho menos escribo para aprobación de mis colegas.
Todos los que intentamos escribir robamos. ¿De dónde robás vos?
Me reí. No "robo", yo "me inspiro en". Una forma elegante de decir "hurto". Mirá, robo de todos lados. Del cine, de la literatura de ficción, de la poesía, del teatro. El teatro es muy bueno para robar estructuras para un texto, quiero decir, dónde empieza, dónde está el nudo, dónde termina una nota. Esa forma típica aristotélica puede alterarse. A veces, mejor empezar por el conflicto, por el medio. Ahora mismo la casa de arriba está en obra. Todos los días a las ocho entran los chabones a laburar. Van tres semanas de escuchar cómo conversan entre ellos. Aviso que sigue firme el patriarcado y que es posible que permanezca cuatro generaciones más. De sus charlas también es posible robar. Trato de no robarme a mí misma, porque el autoplagio es una cosa terrible, terrible.
¿Qué tengo que hacer si quiero empezar a escribir? ¿Qué consejo me darías si estoy recién empezando? ¿Por qué debería animarme?
Lo que tenés que hacer si querés empezar a escribir es sentarte y escribir.