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La tradición del nekketsu: desde Dragon Ball a Jujutsu Kaisen

Para quienes veíamos anime en veinte partes pixeladas en YouTube, es evidente que muchas cosas han cambiado. En poco más de una década, el anime pasó de circular en comunidades de fansubs rarosRAROS a consolidarse como una industria global que genera aproximadamente US$ 25 mil millones anuales. 

En el pasado era cosa de desvelados con la Revista Lazer bajo el brazo; hoy es uno de los consumos más populares del mundo. Antes era de nicho, tenía su propio canal, y había una distinción entre otakus enclosetados y gente que iba por la calle disfrazada de Naruto. Hoy los disfraces de anime son comunes en una fiesta.

El anime ha pasado por un proceso de normalización, bastante ligado a la ampliación de su público a través de plataformas como Crunchyroll. Sus programas mainstream se han adaptado al mercado internacional y, de esta manera, hemos esquivado algunas excentricidades, tan comunes hasta hace unos años. Lo raro fue encapsulado por campañas de marketing tan eficaces como el nihonjinron, la política cultural que durante décadas logró que medio planeta creyera que Japón era geishas, samuráis y cerezos. Este evangelio nipón fue cuidadosamente incentivado por el programa estatal Cool Japan, el cual, mediante el Cool Japan Fund creado en 2013, ha invertido US$ 500 millones para promover la cultura japonesa a partir del soft power y las tourist traps.

El anime ha pasado por un proceso de normalización, bastante ligado a la ampliación de su público a través de plataformas como Crunchyroll. Sus programas mainstream se han adaptado al mercado internacional.

Ahora todos somos otakus, ¿o no? Pero la masificación trajo como consecuencia un consumo acelerado y algorítmico, que tiende a presentar cada estreno como una fuente nueva de cosplays para streamers y fandoms. Japón aprovecha para vender un montón de falopa que te oneshotea. El anime está viviendo un proceso de carcinización en el que todo lo aprobado por “estudio explotador nº3es una adaptación de alguna light novel para hacer bulto entre los animes que ven todos los pibes, con un protagonista que es una fantasía del consumidor pasivo promedio.

El problema no es que el anime sea masivo, bro. El tema es que, en ese proceso, se diluye la propia tradición del género. Cuando el público deja de detectar reescrituras y homenajes, el anime pasa a consumirse como un producto anodino. La intertextualidad se vuelve invisible.

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El anime de hoy en día parece ser la continuación del comentario subestimativo de antaño: “ver dibujitos de monas chinas”. Pero el anime no es una secuencia de éxitos comerciales aislados. En el anime y, sobre todo, en el shōnen, hay un sistema de tropos que se reescriben y enriquecen el entramado simbólico. 

Ignorar esa genealogía no disminuye el placer, pero empobrece la interpretación. Mapearla permite comprender que toda nueva serie es un capítulo más en un diálogo que comenzó siglos atrás. Es bello, de mínima, darse cuenta que, por ejemplo, el subgénero nekketsu (anime de pelea perteneciente al shōnen) logra inscribirse en un canon oriental centenario que involucra religión, ideología y políticas. Sobre este subgénero voy a profundizar en la nota.

¿Qué es el shōnen?

El shōnen es el manga dirigido a jóvenes varones. Es un recorte demográfico. En términos narrativos, funciona con una estructura bastante estable. El protagonista desea convertirse en el mejor. Quiere ser Hokage, capitán, rey de los piratas, héroe número uno o simplemente el más fuerte. Todo depende del mundo. Ese objetivo organiza el recorrido de la historia. El camino suele incluir entrenamiento, derrota, rivalidad y comunidad antes de llegar a una transformación que redefine al protagonista.

Ahora bien, dentro del shōnen, está el nekketsu. Del japonés 熱血, lit. “sangre caliente”, es un subgénero que incluye todo lo que coloque a jóvenes varones en situaciones aventureras/violentas. Esto puede ser batallas, trompos o derrocar un gobierno.  

Como la mayor cantidad de mangas shōnen son del subgénero nekketsu, se terminó solapando el recorte demográfico con el subgénero en sí. Esto no quiere decir que no haya comedias románticas dentro del shōnen, o incluso que los géneros no se puedan combinar.

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Sí, este meme es del primer shōnen de pelea.

La tradición: antes del manga

Una manera sencilla de entender que el shōnen de pelea está conectado a una tradición de larga data es ver el origen de los elementos que lo componen. Hay una fórmula rutinaria: un protagonista de pelo picudo y extrovertido con talento latente, un rival más frío que lo desafía, una escalada constante de poder, una transformación decisiva. Sin el contexto histórico, todo eso parece repetición pura. Siempre veo fanáticos decepcionados porque los conflictos de las series que consideraban distintas y edgy al final terminan por resolverse gracias al poder de la amistad.

Pero ignoran que este es uno de los tópicos centrales del género. Para el shōnen y, más específicamente, el nekketsu hay un sustrato cultural que es fácilmente detectable desde lo intuitivo, pero que tiene un nombre: el yamato-damashii.

Es bastante evidente, para cualquiera que haya visto más de dos animes, que el hard-magic system está completamente volcado a la comunidad, el esfuerzo y la astucia. El héroe no solo enfrenta en combate al villano, sino que también debate con él mientras pelea. La victoria es aplastante no sólo porque lo ha vencido físicamente, sino también discursivamente. El momento cúlmine de la victoria es cuando el héroe entrelaza el golpe final con el argumento irrefutable que demuestra que, ante la verdadera virtud, el cinismo del villano no es lucidez, sino debilidad.

Para el shōnen y, más específicamente, el nekketsu hay un sustrato cultural que es fácilmente detectable desde lo intuitivo, pero que tiene un nombre: el yamato-damashii.

El yamato-damashii, que suele traducirse como “espíritu japonés”, es un concepto para valorar lo propio frente a influencias externas: originalmente, frente a China y, posteriormente, frente a Occidente. Condensa una serie de valores asociados a la perseverancia, la rectitud moral, la lealtad y la capacidad de sobreponerse a la adversidad. Durante el período Heian, por ejemplo, se anteponía este sentido común japonés al prestigio intelectual chino. Siglos después, en la Restauración Meiji, fue recuperado en un contexto de modernización occidental acelerada. Se usaron textos del Nihonjinron para reforzar un imaginario colectivo de armonía, pisos de tatami e inescrutabilidad. El Nansō Satomi Hakkenden, por ejemplo, es una novela publicada en ocho tomos durante el siglo XIX y que narra la historia de ocho guerreros que deben unirse, enfrentar pruebas y recolectar perlas para restaurar el orden. Este texto fue inspiración de Inuyasha o los Power Rangers.

Al mismo tiempo, el concepto yamato-damashii no es estático. En el shōnen contemporáneo puede adquirir matices diversos. Algunos animes juegan con la idea de que la perseverancia no siempre garantiza justicia. Otros muestran instituciones rígidas que traicionan el espíritu que dicen defender. Sin embargo, la idea originaria permanece: el carácter se forja bajo presión y se revela en la adversidad. Entender esta dimensión permite leer el shōnen como algo más que entretenimiento juvenil.

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Leyenda de Yamata no Orochi

Además, la tradición mítica japonesa recogida en el Kojiki y el Nihon Shoki funciona como una base de datos que los mangakas reutilizan. Jiraiya, Yamata no Orochi, Momotarō, Amaterasu y sus leyendas son ingredientes de arcos enteros que los mangakas reescriben.

El caso Dragon Ball Z

​​La exaltación de la amistad y el esfuerzo dialogan con una tradición de siglos de antigüedad. Viaje al Oeste de 1590 fue la base de Dragon Ball: el Rey Mono Sun Wukong, que está influenciado por Hanuman del Rāmāyaṇa, es el ejemplo del protagonista de nekketsu por antonomasia, Goku. De hecho, Son Goku es la traducción al japonés del nombre Sun Wukong, un guerrero que desafía la burocracia celestial y enfrenta las adversidades junto a sus compañeros en un viaje de transformación. Dragon Ball es el que codifica el modelo nekketsu. Instaló el torneo, el rival como espejo, la escalada infinita del poder, la imagen visual del aura. Inventó la pelota. Todo lo que nos parece normal hoy en día lo trajo Goku.

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Italo Calvino decía que un clásico es aquel libro que arrastra la huella de lo anterior y deja marca en todo lo que viene después. Dragon Ball cumple con ambas condiciones. Es heredera de Viaje al Oeste, del cine norteamericano de los ochenta y del sincretismo confucianista-budista-taoísta. La obra de Toriyama dialoga con las producciones de Bruce Lee, Jackie Chan y la literatura wuxia. Al mismo tiempo, moldea al Big Three. Naruto, Bleach y One Piece no se entienden tan bien sin ese antecedente. Buena parte del shōnen posterior es hijo de Dragon Ball Z.

Su impacto se dejó ver a nivel global. En América Latina, Dragon Ball es un fenómeno colectivo tan amplio como Los Simpson. Hay parrillas con Goku pintado, y comparte disfraces en trencitos de la alegría con Spiderman y el Pato Donald. En EE.UU. circuló tanto como el cine de kung fu de los setenta. Así como Wu-Tang Clan tomó su estética de las artes marciales, artistas como Frank Ocean y Kendrick Lamar incorporan referencias al anime sin tono irónico ni guiño marketinero, sino simplemente porque forma parte del paisaje cultural de su generación.

Dragon Ball

Dragon Ball escribe en piedra elementos que eran muy dispersos dentro del shōnen y los vuelve el estándar. El pacing del manga es cronométrico. La progresión dramática avanza con claridad, sin desvíos. La escalada de poder es de goce, porque es anterior al powerscaling forobardero de mirar fútbol contando corners en vez de abrazarte con tus amigos. En el plano visual, redefine la forma de dibujar las peleas. Toriyama era un capo usando los paneles y el espacio en blanco; simplificaba los fondos y las peleas eran las más legibles hasta el momento. Tal vez haya sido por vagancia, pero el diseño del Super Saiyajin fue revolucionario y además ahorraba tinta porque no había que colorear de negro el pelo.

Protagonistas y rivales

Para demostrar la tradición acumulativa, basta con tomar un personaje contemporáneo y seguir su genealogía. Hacer un koseki de la obra. Por ejemplo, Jujutsu Kaisen es una reescritura de Bleach y Naruto. Ambos, a su vez, dialogan con Hunter x Hunter y con Dragon Ball, entre otros. 

En especial, Itadori Yūji de Jujutsu Kaisen es un buen punto de partida para dar ejemplo. Un protagonista shōnen convencional arrojado a un sistema-mundo más contemporáneo, más seinen. El personaje encarna elementos que ya aparecían en el protagonista de Bleach, Kurosaki Ichigo.

Por un lado, la estética de ese anime: uniformes oscuros, drip, entidades espirituales, mundo oculto que convive con lo cotidiano, las peleas cool, el aura antes de una transformación. Las "expansiones de dominio" son herederas del bankai y los territorios de Yu Yu Hakusho. Además, el anime es extremadamente clippeable.

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Por otro lado, tenemos al personaje. Ichigo ya era una anomalía híbrida que funcionaba como shinigami sustituto (incapaz de ser capitán o escalar posiciones). Itadori de Jujutsu radicaliza sus elementos: es un engranaje entre los exorcistas, un mero recipiente para alojar a su demonio interior. Pero también es capaz de integrar otras habilidades: tiene potencia física o aprende técnicas de los fetos malditos.

La figura del demonio interior es central en la historia japonesa y también evolucionó con el tiempo. En Viaje al Oeste tenemos a Wukong, que es una bestia en sí. Posteriormente, en Dragon Ball, Goku pierde el control bajo la luna llena y se convierte en Oozaru, inspirado parcialmente en el hombre lobo. Ichigo discute con su hollow interno en un debate ético. Itadori, de Jujutsu Kaisen, directamente alberga a Sukuna, un súper demonio invencible que puede usurpar su cuerpo, similar a las primeras apariciones de Kurama en Naruto, pero sin sello ni restricción.

La dinámica grupal de Jujutsu Kaisen remite inevitablemente a Naruto: tres estudiantes y un mentor carismático que se cubre la cara. Es el Team 7 reescrito en clave moderna. En vez de ninjas, son hechiceros malditos. Incluso la construcción de personalidades dialoga con esa tradición: el protagonista impulsivo, el compañero más introspectivo, la figura femenina fuerte y el sensei cool peli-blanco con un amigo que regresa de la muerte.

Pero la figura del rival codificada en Sasuke tampoco surge ahí. El origen más estereotípico se remonta a Han en Enter the Dragon y, yendo más lejos aún, su diseño es impensable sin la influencia de Yoshihiro Togashi. La intensidad oscura de Hiei de Yu Yu Hakusho, la tragedia del clan masacrado que recuerda a Kurapika de Hunter X Hunter, la estética fría que contrasta con el protagonista vitalista.

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Isayama también ha dicho que Hiei inspiró a Levi Ackerman de Attack on Titan

Incluso el arco de exámenes chunin de Jujutsu es hijo del torneo Budokai Tenkaichi de Dragon Ball. La paleta visual forma parte de esa lógica. El protagonista de colores cálidos en contraposición al rival de colores fríos. Deku y Bakugo son una inversión consciente de este truco.

Es un código tan naturalizado que ya ni se percibe. Para cuando llegamos a Megumi en Jujutsu Kaisen, a primera vista nos damos cuenta de que será el rival amigovio.

Magic Systems

Una evolución interesante en los animes es la energía vital, que encarna uno de los pilares del Yamato Damashii. En los primeros animes modernos, la energía se presenta como algo homogéneo: todos usan ki, energía con forma de rayos, pew pew.

Con el tiempo, los autores introdujeron reglas más precisas. Las habilidades comenzaron a diferenciarse según personalidad, técnica o condición específica. El poder dejó de medirse únicamente en cantidad y pasó a definirse por sus restricciones y características particulares.

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El cuadro de funcionamiento del nen.

La creatividad en el uso de los poderes tomó un rol central. Indirectamente, también fue la principal influencia para el sistema de batalla a distancia que vemos en Pokémon, Yu-Gi-Oh, Beyblade y demás franquicias en donde se pelea por proxy.

En Jojo’s Bizarre Adventure comenzaron a utilizar los Stands, manifestaciones del espíritu de cada individuo. Cada Stand tenía habilidades únicas, representativas de la personalidad de su portador. Con este precedente, Yoshihiro Togashi inventó el nen. Un sistema de energía similar al ki, pero combinado con las restricciones y potenciales creativos que tenían los Stands.

Esta sofisticación respondió a una necesidad narrativa. A medida que el público se familiarizaba con la escalada de poder, el sistema requirió mayor complejidad para mantener tensión dramática. Esto se nota en el manga de Jojo’s: un Stand de la tercera temporada se convierte en pistola, pero un Stand en la octava temporada, si alguien persigue, intenta acercarse, investiga o incluso manifiesta intención hostil hacia el usuario, activa una cadena de eventos improbables pero físicamente posibles y confundibles con mala suerte cuya desgracia escala proporcionalmente a la persistencia del perseguidor y puede manifestarse a través de accidentes, choques o tropiezos.

En Jujutsu Kaisen, las estructuras de poder responden más a la creatividad del usuario que a la energía pura, pero con un cambio notable en el tono: pasó de ser energía vital para convertirse en pactos con demonios o poder residual de emociones negativas, que se convierte en energía maldita.

El worldbuilding de las historias respondió a este cambio en la concepción de la energía. El panteón celestial de Viaje al Oeste al que se enfrenta Wukong es la burocracia celestial planteada por Confucio. Es armoniosa y orgánica. Su jerarquía es natural. Pero, en Dragon Ball Z, el panteón celestial tiene una jerarquía natural, pero ya no es armoniosa, está lleno de seres mortales capaces de destrozar la jerarquía divina. En Bleach, el panteón celestial, la sociedad de almas, es un sistema de funcionamiento aparentemente armonioso, pero con una jerarquización militar impuesta como orden artificial.

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Finalmente, en Jujutsu Kaisen la organización de clanes exorcistas no es ni natural ni armoniosa. Itadori pelea contra un sistema corrupto, al que no le interesa en lo más mínimo el equilibrio del mundo. Las familias funcionan bajo intereses ocultos en una red de corrupción planteada desde el primer momento, hilada con la historia de irrupciones y sangre en Japón.

Me parece conmovedor que el anime no haya perdido su densidad estructural. Su riqueza simbólica e intertextual se mantiene intacta.

El río barroso

Los mangakas no trabajan aislados. Kishimoto tomó lo que aprendió de Toriyama y de Togashi. Gege Akutami repensó Bleach y Naruto. Cada obra es eco de la anterior. Fogwill reescribe a Borges en Help a él. Borges reescribe a Dante en El Aleph. Dante mete a Virgilio en la Divina Comedia. Virgilio reescribe a Homero en La Eneida. El shōnen es más o menos parecido.

Los mangakas leen manga. Cuando ponen una referencia, están haciendo un guiño a sus lectores porque asumen que disfrutamos del género tanto como ellos. Poder entender el largo río barroso de influencias nos permite entender el anime desde un lugar mucho más profundo y conectado a los tópicos que lo anteceden. Resulta hermoso entender de dónde vino todo lo que disfrutamos hoy.

No hace falta volverse erudito. Nadie necesita leer el Kojiki antes de ver Jujutsu Kaisen. Es solo una invitación. Saber que Itadori arrastra una cadena que pasa por Ichigo, por Goku y por la historia de un mono de hace 600 años me conmueve un poco. De pronto, ya no estoy consumiendo una serie más. Estoy participando de una tradición.

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