Nadie que haya pisado las montañas Blue Ridge de Carolina del Norte en los años cuarenta podría imaginar que en ese rincón remoto del sur de los Estados Unidos funcionaba algo más parecido a una utopía que a una universidad. El Black Mountain College abrió sus puertas en 1933 y las cerró en 1957, dejando apenas veinticuatro años de historia y una lista de egresados que desafía cualquier lógica estadística: Robert Rauschenberg, Merce Cunningham, John Cage, Buckminster Fuller, Franz Kline, Willem de Kooning, Charles Olson. No era una institución de élite. No tenía endowment, ni edificios propios, ni siquiera acreditación formal durante buena parte de su existencia. Tenía, en cambio, una idea.
Olvídense de la Bauhaus como referencia directa: aunque Josef Albers llegó desde allí en 1933, huyendo del nazismo con sus ejercicios de color y su filosofía del material, lo que se construyó en Black Mountain fue algo distinto y más radical. La Bauhaus era alemana, modernista, obsesionada con la síntesis entre arte e industria. Black Mountain era americana, pragmatista, obsesionada con algo más difuso y más ambicioso: la formación del ser humano completo. Su primer rector, John Rice, era seguidor de John Dewey y creía que el aula no era el lugar donde ocurría la educación, sino apenas uno de los muchos espacios donde podía ocurrir. La granja, el taller, el comedor, el ensayo de teatro, la biblioteca, la discusión política entre estudiantes y profesores que vivían juntos sin jerarquía formal: todo eso era currícula.
Un mismo estudiante podía aprender composición musical con John Cage por la mañana, trabajar en la construcción de una cúpula geodésica con Buckminster Fuller por la tarde y discutir poesía con Charles Olson después de cenar.
Sin estructura disciplinar rígida, sin departamentos, sin créditos obligatorios en el sentido convencional, el College funcionaba como un ecosistema donde el conocimiento cruzaba fronteras que en otras universidades eran infranqueables. Un mismo estudiante podía aprender composición musical con John Cage por la mañana, trabajar en la construcción de una cúpula geodésica con Buckminster Fuller por la tarde y discutir poesía con Charles Olson después de cenar. No era multitasking ni curiosidad superficial: era algo que hoy llamaríamos, con el vocabulario que Alejandro Piscitelli recuperó para el siglo XXI, la formación de un polímata.
Opciones como estas son las que Piscitelli describe en su libro Polímatas: el perfil antidisciplinario del trabajador del futuro (Santillana, 2023) cuando habla de la necesidad urgente de formar profesionales capaces de cruzar la grieta entre ciencias y humanidades, entre el hacer y el pensar, entre la matemática y la filosofía. Su argumento central es que el mundo BANI (quebradizo, ansioso, no-lineal, incomprensible) no puede ser navegado con especialistas encapsulados en sus disciplinas, sino con personas capaces de ejercer lo que él llama una "epistemología zoom": entrar y salir de distintos niveles de análisis, conectar dominios aparentemente inconexos, operar en la complejidad sin reducirla. Black Mountain College no tenía ese vocabulario, pero tenía la práctica.

Ya en 1933, Rice entendía que el alumno era el eje de la educación y no los contenidos. Esta inversión copernicana (que hoy suena a lugar común pero que era escandalosa en el contexto académico norteamericano de entreguerras) implicaba reducir al mínimo las jerarquías entre docentes y estudiantes, involucrar a ambos en la gestión de la institución y apostar por el proceso creativo como método de conocimiento. Albers lo sintetizó de otra manera: lo que importaba no era lo que el estudiante producía sino lo que aprendía mientras lo producía. El error era bienvenido. La incertidumbre, también.
El resultado fue un caldo de cultivo para lo que hoy reconoceríamos como pensamiento lateral, innovación antidisciplinaria y, en términos de Piscitelli, la siembra activa de polímatas. Cage llegó a Black Mountain sin saber exactamente qué iba a hacer y terminó componiendo 4' 33'', su obra más famosa y más incomprendida, en la que el silencio es la música. Rauschenberg llegó sin formación artística consolidada y terminó inventando los combine paintings, objetos que no eran ni escultura ni pintura ni instalación sino las tres cosas simultáneamente. Fuller llegó con sus geometrías y se fue dejando una cúpula geodésica que los estudiantes construyeron con él, aprendiendo ingeniería al mismo tiempo que aprendían a colaborar entre ellos.
El polímata no es simplemente alguien que sabe de muchas cosas. Es alguien que puede conectarlas, que puede pensar en los bordes de las disciplinas donde todavía no hay lenguaje establecido, donde el conocimiento es provisional y la pregunta vale más que la respuesta.
La dimensión pedagógica del Black Mountain College no puede separarse de su dimensión política. Era una institución deliberadamente holocrática en un contexto histórico donde la jerarquía era el orden natural de las cosas. Tomó decisiones colectivamente, con estudiantes y profesores en igualdad de condiciones en las asambleas. No tenía un presidente sino un rector que podía ser desafiado y cuestionado. Este clima de horizontalidad no era un decorado: era la condición de posibilidad para que ocurriera lo que ocurrió. La creatividad radical necesita entornos donde el error no sea castigado y donde la autoridad no sea la última palabra.
Aquí aparece una tensión que Piscitelli también trabaja en su libro y que no se puede ignorar: el polímata no es simplemente alguien que sabe de muchas cosas. Es alguien que puede conectarlas, que puede pensar en los bordes de las disciplinas donde todavía no hay lenguaje establecido, donde el conocimiento es provisional y la pregunta vale más que la respuesta. Eso requiere una formación que pocas instituciones están dispuestas a ofrecer porque es costosa, ineficiente desde el punto de vista industrial y difícil de evaluar con métricas estándar. Black Mountain lo intentó y lo logró durante veinticuatro años. El precio fue su propia supervivencia: cerró en 1957 por falta de financiamiento.

Una de las preguntas que quedan flotando después de estudiar el Black Mountain College es si fue un milagro irrepetible o un modelo. La respuesta incómoda es que fue las dos cosas. Las condiciones que lo hicieron posible (un grupo pequeño de personas extraordinariamente comprometidas, un contexto de crisis que liberaba energías creativas, una ubicación remota que creaba comunidad por necesidad) son difícilmente replicables a escala. Pero la lógica pedagógica que lo sostenía, la convicción de que el conocimiento verdadero surge del cruce entre disciplinas y de la integración entre teoría y práctica, entre arte y ciencia, entre pensamiento y acción, esa lógica sí es transferible.
Trasladar su propuesta pedagógica al presente implica confrontarse con un sistema educativo que sigue organizándose exactamente al revés: por departamentos estancos, por créditos acumulados, por especialización creciente desde edades cada vez más tempranas. Piscitelli lo señala con precisión cuando describe la necesidad de "rediseñar a fondo las instituciones que entrenan a los profesionales, empezando por las universidades". Black Mountain no esperó el permiso del sistema para hacer eso. Lo hizo en los márgenes, con pocos recursos y mucha convicción, y en el proceso produjo una concentración de innovación artística e intelectual que todavía no tiene explicación dentro de los marcos convencionales de la sociología de la educación.
Los trabajos que van a sobrevivir a la automatización son, en buena medida, los que requieren exactamente lo que Black Mountain entrenaba: capacidad de síntesis, pensamiento en los bordes, habilidad para conectar dominios que el mercado mantiene separados.
Ochenta años después del cierre del Black Mountain College, vivimos en un momento donde la pregunta que esa institución intentó responder volvió con urgencia renovada. La inteligencia artificial está rediseñando el mapa de las profesiones de maneras que ninguna especialización disciplinar puede anticipar completamente. Los trabajos que van a sobrevivir a la automatización son, en buena medida, los que requieren exactamente lo que Black Mountain entrenaba: capacidad de síntesis, pensamiento en los bordes, habilidad para conectar dominios que el mercado mantiene separados. No es nostalgia lo que nos lleva de vuelta a ese experimento en Carolina del Norte. Es la necesidad de encontrar genealogías para lo que hoy se presenta como novedad.
Resulta tentador, y también necesario, cerrar con una pregunta que Piscitelli hace casi de manera explícita y que el Black Mountain College convierte en urgente: ¿qué tipo de instituciones queremos construir para formar a las personas que van a vivir en el mundo que ya está llegando? No tenían la respuesta, pero tenía algo más valioso: la disposición a experimentar sin garantías, a aceptar el fracaso como parte del método y a apostar por la inteligencia colectiva sobre la autoridad individual. Cerró sin haber resuelto sus problemas financieros, pero dejó funcionando algo más duradero que cualquier edificio: una forma de pensar la educación que cada vez que el mundo se complica vuelve a parecer inevitable.

