Below the thunders of the upper deep;
Far, far beneath in the abysmal sea,
His ancient, dreamless, uninvaded sleep
The Kraken sleepeth: faintest sunlights flee
[…]
Then once by man and angels to be seen,
In roaring he shall rise and on the surface die.
Con estos versos del poema sobre El Kraken de Alfred Tennyson, Busqued inaugura su ópera prima: Bajo este sol tremendo (2009), novela que junto con Magnetizado (2018) conforma su acotada pero substancial bibliografía. Su obra caló hondo y fue un parteaguas en la escena literaria argentina. Prefirió calidad sobre volumen, y publicó cuando el material era digno de sacar a la superficie.
Desde mi humilde lugar, propongo poner sobre la mesa un perfil de Carlos: ya no su faceta como escritor, ni la huella que marcó como precursor forero desde su blog; uno que los contemple, pero que también nos acerque a quien fue como persona: espiritualmente, un gordo más. Uno que entendió el fundamental de separar señal de ruido para dejar un legado que no se diluya en la saturación.
Videncia o el poder del archivo

Para quien no lo haya leído, Carlos Busqued es quizás solo ese fantasmagórico usuario de X que cada tanto aparece citado arrojando luz sobre cualquier tópico. Un oráculo maquinal, una suerte de Pulpo Paul del timeline que predice el futuro, aún desde las profundidades del más allá. Sin embargo, pondría en duda toda mística que se le atribuye. Más que predecir, Busqued registraba.
Twitter funcionaba para él como una interfaz de pensamiento. Usaba la plataforma para anotar casi en tiempo real lo que se le ocurría, sin procesarlo demasiado. Esa acumulación (más de 250.000 posteos) no respondía a una lógica performática, sino a una pulsión de archivo. Sin dudas, tenía un ojo afiladísimo para leer el clima de época, pero antes que atribuirle dones esotéricos conviene pensar el método que hizo que sus trabajos destaquen: percibir, filtrar, escribir. Una vez establecida la historia que iba a contar, atravesaba la etapa de producción y, como los mejores cuentistas, recortaba compulsivamente. Todo lo que escapase a la monotonía del relato y no fuese estrictamente necesario en esos términos, afuera.
El gordo definitivo

A priori, si scroleás un poco en su usuario (@carlosbusqued), que está entre esos que pueden considerarse línea fundadora de lo que otrora fue Twitter, no vas a tardar mucho en toparte con posteos misántropos en los que manifiesta total apatía por la humanidad como especie toda. Si buscás su nombre en Google Imágenes, el resultado arroja un tipo rotundo en sus dimensiones, casi siempre vistiendo remeras de death metal (Cannibal Corpse, Anal Vomit, Blaspheme) o con alguna estampa particular del estilo “Jesús es mi capitán”, o “esto no está acá”. Súbitamente, acá emergen dos conceptos: el de peso neto, desarrollado en Círculo Vicioso, y ese teorema según el cual los hippies son malas personas que larpean bondad y el metalero es un tipazo que aparenta lo contrario.
Detrás de su virtual carcasa de insensibilidad, Carlos escondía una gran ternura: cualquiera que le haya dejado un mensaje o le haya tirado una buena onda, seguramente recibió una respuesta en sintonía de su parte.
Nació en 1970 y se crio en Presidente Sáenz Peña, Chaco, lugar que hizo mella en él por la ferocidad de su ecosistema. Se recibió de Ingeniero Metalúrgico en la UTN de Córdoba, donde fue docente y formó parte de EDUTECNE, la editorial que difunde los conocimientos técnicos, científicos y culturales alcanzados en la facultad. También fue productor de la radio universitaria y le dió vida a un Podcast, cuando nadie sabía siquiera que significaba esa palabra. Podemos pensar a La Nutria es un animal del crepúsculo como una suerte de ensayo sonoro de Carlos.
Otro registro valioso es su blog, que a veces empleaba a manera de diario para contar su progreso (o su estancamiento) con la escritura. En este sentido, Carlos era transparente con las vicisitudes y el esfuerzo que suponen la literatura y la vida misma. Si bien se enorgullecía de haber escrito, el rigor de su auto exigencia para con su producción lo hacía sostener que había maneras menos tortuosas de sublimación. Padecía la burocracia y los trámites; las boletas de los servicios podían amontonarse en su buzón hasta que le cortaran el suministro de agua o luz, situación que atravesaba con cierta recurrencia. En una entrevista confiesa que llegó a fumar hasta 7 porros por día, porque no le entraba en la cabeza como podía hacer la gente para soportar la realidad. En otra, sentencia: “Siempre fui ese tipo con falta de iniciativa, de conducta desmotivante. Odio tener que ganarme la vida, estar peleándola, calculando. Creo que si uno nace tendría que ser indemnizado”.
Algo que sí disfrutaba era la lectura. En su canon ubicaba autores como Philip K. Dick, Burroughs, Tolkien, Lovecraft, Capote, Dennis Cooper o Bukowski. Además, (denominador común del gordo) le encantaba pasar horas navegando en Internet, sumergiéndose en rabbitholes que picaran su curiosidad, como la mitología del calamar gigante, el lore de algún asesino serial o documentales bélicos. Mucho de eso está presente en su blog.
Borderline Carlito, bloguero viejo

La primer entrada de su blog, Borderline Carlito, data del año 2004. Esta ruina digital abarca temas tan interesantes como variopintos: una cronología de avistamientos del Kraken, la crónica de una visita al museo del OVNI en Entre Ríos, bajadas con data de los aviones de la Segunda Guerra Mundial que armaba a escala o el análisis de la retórica evocada por los pastores evangelistas que aparecen en la lisérgica madrugada televisiva.
Carlos le prestaba mucha atención a lo que pasaba en la marginalidad. Se movía por las ciudades como un antropólogo del lumpenaje, ya sea documentando grafitis con mensajes conspirativos, siguiéndole los pasos a un loco que escribía premisas antisionistas o recolectando carteles con consignas extremistas que dejaba la gente en la calle por deporte. La esfera de la derecha radicalizada como refugio para la congregación de gente rota lo atraía como un imán, al punto de asistir a marchas filonazis o desfiles militares en “estado perceptivo” para pasearse entre la fauna de los asistentes.
Con la misma perspicacia, en otra entrada te cuenta como avanza la confección de la pecera que habita su innominado ajolote o sus travesías para pegar marihuana, en tiempos en los que dicha tarea podía representar una tarea titánica.
Existe una versión extendida de su blog, hecha por un usuario anónimo (@KrakenTremendo) con explicaciones de las referencias y fuentes que usaba, y en 2024 la editorial Blatt y Ríos publicó una selección de textos homónima al blog, Borderline Carlito.
Además, mucho material audiovisual del blog está embebido desde su canal de YouTube, donde la mayoría de sus videos no superan las 500 visitas.
Otro punto altísimo de este archivo es que podemos acceder al derrotero que recorrió Carlos hasta publicar su primera novela, desde que estaba completamente por fuera del radar, siendo solo un nodo más de la red de blogueros, hasta que su trabajo lo puso en el mapa. Tras su divorcio, Carlos estaba pasando uno de los momentos más críticos de su vida. Hundido en el desánimo y con el odio como motor se puso a escribir y probó suerte enviando la novela a varios concursos literarios, pero no obtuvo respuestas.
En el blog podemos encontrar textos embrionarios que luego serían recortados de la versión final como también los interines de la correspondencia vía mail que mantuvo con el mismísimo dueño de Anagrama, Jorge Herralde, quien después de leer el texto de Carlos decidió efectivizar la publicación de Bajo este sol tremendo en 2008, a pesar de no haber ganado el premio que otorga su editorial aquel año.
Bajo este sol tremendo (2009)

Cetarti se está fumando un caño mientras mira Animal Planet. Lo llaman desde Lapachito, un pueblo infernal perdido en el Chaco para avisarle que su mamá y su hermano fueron masacrados con una escopeta: con ese acto de violencia parte el tren de Bajo este sol tremendo.
En repetidas oportunidades Carlos contó que la novela surge de una sensación vernácula, del desasosiego de estar del lado incorrecto de la historia; su padre formó parte de la Fuerza Aérea durante la dictadura y en medio de la depresión en la que se encontraba le cayó la ficha de ciertos episodios oscuros en los que su progenitor estuvo involucrado. De chico frecuentaba círculos en los que se codeaban personalidades castrenses, como el aeroclub de Sáenz Peña, en donde se asustó por la frialdad con la que le clavó la mirada un tipo al que apodaban “el Chancho”, mientras se sacaba la dentadura postiza. Estos y otros elementos, como el ajolote o el armado de maquetas de aviones, son solo algunas de las piezas autobiográficas en las que se apoya para construir el relato. Sin embargo, su obra no podría estar más alejada de lo que se denomina literatura del yo. El libro se erige a partir de una idea cercana al guion cinematográfico clásico, no hay reflexiones trascendentales sino que se narra con hechos, como si viéramos lo que capta el lente de una cámara atrás de los personajes.
Como recomendarla ya es un cliché, procedo a enumerar incentivos potencialmente tentadores: una nube de humo de marihuana que condensa una atmósfera sofocante de principio a fin, ruta, secuestros extorsivos, películas porno, violencia sexual, dogos rabiosos y más. Tope de gamuza. Con una prosa tan parca como impactante, Carlos revolucionó el paradigma literario nacional.
Magnetizado (2018)

Tras el inusitado y rotundo éxito de Bajo este sol tremendo, le costaría poco menos de diez años volver a publicar un libro, esta vez un non fiction, aunque bien podría decirse que no hay ningún género que se ajuste a su arquitectura. Ricardo Melogno en 1982 se subió a un taxi y cuando llegó a destino le disparó en la cabeza al conductor, se fumó un cigarrillo en el auto y se fue a comer una milanesa napolitana. ¿De postre? Mousse de chocolate. Repitió el ejercicio dos veces más en la ciudad de Buenos Aires y otra en Provincia, teniendo tan solo 20 años y, a priori, sin un motivo concreto.
Con la excusa de descubrir el porqué, Carlos se entrevistó con él durante más de 90 horas, y el resultado es un tour por el espiral del kafkiano sistema de salud mental y un manual de lecciones que otorga una vida entera vagando entre pabellones. También accedemos al funcionamiento de las dinámicas ordinarias de la colimba, y todo esto embebido con un trasfondo de magia negra, espiritismo weaponizado e hipótesis que barajan al espectro autista dentro de las posibilidades diagnósticas que influyeron en el leitmotiv de Ricardo. Carlos terminaría identificándose con su entrevistado, un poco por la ausencia de victimización y otro tanto por la beta antisocial. Ya va por su 11° edición, y como dato de color agreguemos que la próxima película de Sebastián Ortega, aunque con ostensibles diferencias, estará basada en el libro y la va a protagonizar Valentín Oliva, alias “Wos”.
Separar señal de ruido
La pandemia fue la imposición (o la excusa perfecta) para que Carlos acelerara su aislamiento voluntario del mundo exterior. En el último tiempo, para no fumar tanto, consumía toscanos Avanti, a los que se refería como “veneno”. El sedentarismo y una dieta no del todo sana le provocaron un infarto, que sufrió en su departamento del barrio de San Cristobal en el año 2021.
Así como otros hacedores de la cultura argentina —Fabian Bielinsky (Nueve Reinas, 2000; El Aura, 2005) o Lucho Bender (Felicidades, 2000)— murió de manera inesperada, y su partida generó la sensación de que tenía muchísimo más para escribir. Dejó inconclusa una novela de neonazis que transcurría en Córdoba, y que, decía, iba a cerrar una suerte de trilogía con sus dos libros anteriores.
Igual que el kraken de la vieja tradición marina, Carlos se asomó a la superficie literaria sin aviso pero con una idea clara: obsesión técnica, relatos contundentes y seriedad en el esfuerzo. Alejado de toda solemnidad, la aproximación de Carlos propone transitar la iteración y combatir las mesetas estableciendo un criterio propio, que tome la necesidad de expresarse pero la use para dejar un aporte. Un criterio que produzca piezas que no se añadan a la infinita contaminación sonora y el slop hoy generado por IA. Para hacer algo que sea meritorio de ser compartido, y que deje un mensaje antes de volver a hundirse en el gélido abismo del océano: que el gordo sepa que el gordo puede.