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Hay una serie más o menos breve de preguntas que se hacen todas las personas cuando se levantan. ¿Por qué no soy más feliz? ¿Por qué tengo que hacer esto? ¿Cuál es el sentido de este esfuerzo? Si tenemos una mascota, o incluso si solo vemos videos de animalitos en nuestro scrolling matutino, le podemos sumar una variante que nos acompaña desde hace milenios: ¿por qué no puedo ser un animal y listo? ¿Qué ganamos con todo esto?

No faltan explicaciones para la insatisfacción humana. La historia de la filosofía, de la religión, y más recientemente del psicoanálisis y la sociología, son pródigas al respecto. La pretendida dignidad del ser humano, de ese bípedo sin plumas, es un arma de doble filo. Pico della Mirandola, en pleno Renacimiento, decía que nuestra nobleza reside en la movilidad. El ángel es un ángel, y el perro es perro y nada más, pero el hombre puede ser ángel, puede ser perro o incluso un molusco, y esta movilidad es su territorio. Pero la elección no es neutra. No da igual ser un therian o un santo. Con la posibilidad de ascenso viene una condena para quienes no lo intentan. Así como muchas mañanas nos preguntamos para qué tanto esfuerzo, también nos aqueja la duda: ¿no deberíamos esforzarnos más?

Un famoso soneto del poeta alemán Rainer Maria Rilke (1875-1926) describe un torso del Dios Apolo. Los dos tercetos con los que cierra proclaman: 

Si no siguiera en pie esta piedra desfigurada y rota bajo el arco transparente de los hombros ni brillara como piel de fiera;
ni centellara por cada uno de sus lados como una estrella: porque aquí no hay un sólo lugar que no te vea. Has de cambiar tu vida.

Esta última frase (“Du musst dein Leben ändern”, en el original alemán) es el título de una de las obras más importantes del filósofo Peter Sloterdijk. Es la síntesis de un mandato inmemorial que cada época y cultura encuentra la forma de renovar. Estamos bajo la observación de una fuerza que nos llama a superarnos, que nos dice que la vida que vivimos no es la mejor vida posible, y que esa otra vida no es solo una posibilidad estática e indiferente.

El concepto central que atraviesa el libro de Sloterdijk, y que se encuentra también en algunas otras de sus obras, es el de “antropotécnica”. La idea en sí no es muy compleja: existen técnicas, prácticas y (sobre todo) ejercicios que hacen que esta criatura animal que somos se humanice. Esas técnicas varían a lo largo de la historia y en cada contexto, pero siempre involucran una “tensión vertical”, una idea de que hay algo más allá de lo cotidiano y de las exigencias básicas de la supervivencia y la vida social, un algo que nos convoca a todos pero que solo algunos eligen escuchar y perseguir. Están, dice Sloterdijk, los que siguen la corriente de la vida y flotan en su río, y los que se apartan a la orilla para buscar algo diferente. Unos no podrían existir sin los otros.

La elección no es neutra. No da igual ser un therian o un santo. Con la posibilidad de ascenso viene una condena para quienes no lo intentan. Así como muchas mañanas nos preguntamos para qué tanto esfuerzo, también nos aqueja la duda: ¿no deberíamos esforzarnos más?

Las formas históricamente más reconocibles de este proceso son filosóficas y religiosas (y a menudo, una combinación de ambas). Muchas podrían incluirse en la categoría de “ascetismo”. Ayunos, silencios prolongados (los alumnos de Pitágoras no podían hablar por cinco años desde que entraban a su escuela), meditaciones, aislamientos, separaciones, renuncias. La vida común, el lenguaje común, los sentimientos comunes, pero también el alimento, el sueño, el sexo y la reproducción: todos están bajo sospecha. En la tradición occidental, hay dos grandes modelos que a menudo funcionaron en tándem: el estoico grecorromano o el monje cristiano (y sobre todo el santo, y todavía más, el mártir). Con sus diferencias, ambos aprenden que las preocupaciones que aquejan a la mayoría de los mortales son espurias y ridículas (si no directamente pecaminosas) frente a un orden mayor: la naturaleza entendida como un destino racional total, o Dios.

San Francisco
San Francisco arrollado en meditación, Mariana de la Cueva y Barradas

La modernidad tuvo que encontrar una manera de mantener estos ideales en un mundo mayormente secularizado y menos proclive al ascetismo. A su vez, la autoridad del pasado (la escultura de Apolo entendida como el ideal de una humanidad en contacto frecuente con lo divino) se relativizó hasta casi extinguirse: el progreso está en el presente que se extiende como una flecha hacia el futuro. En Así habló Zaratustra, Nietzsche encontró una forma de encarar el problema de la autosuperación en la figura del acróbata. Es él (o ella) quien está suspendido en el aire entre el “último hombre” (la humanidad degradada insensible a cualquier autosuperación) y el Übermensch (o “superhombre”), intentando hacer el trayecto sin estrolarse contra el suelo.

Así como la secularización obligó a repensar los ejercicios espirituales, el otro desafío es la democratización. Aristóteles o Platón no tenían mayores inconvenientes en imaginar y conceptualizar formas de autosuperación (por ejemplo, el elogio de la vida contemplativa como el más cercano a lo divino) que excluían a los esclavos y a las mujeres. El estoicismo y el cristianismo, cada uno a su manera, ampliaron notablemente el espectro, pero siempre había otro (sea un infiel, un pecador, un hereje o un grupo de personas simplemente demasiado obtusas para aceptar el mandato de cambiar su vida) fuera del rango. En un mundo crecientemente globalizado y en el que los valores tienden a buscar el denominador común por sobre los faccionalismos históricos, de repente surge una pregunta que el asceta rara vez tenía que encarar: ¿vos quién te creés que sos?

Identidades posmodernas

Pero por supuesto, la época que vivimos ahora, llámese como se llame, no carece de ejercicios ni de “filósofos”, a menudo reemplazados por gurúes. El mandato se sostiene, y quizás tendrá que sostenerse mientras el ser humano pueble el universo. Has de cambiar tu vida: anotate al gimnasio. Has de cambiar tu vida: leé libros de autoayuda, hacete neo-estoico y corré descalzo por la ruta. Has de cambiar tu vida: desconectate de internet, armá una secta, despertate a las 5 am, date una ducha helada y ponete a tradear, bro.

Para Sloterdijk, la religión no es en última instancia más que una forma algo imprecisa de llamar a distintos conjuntos de ejercicios antropotécnicos. Sin ellos, la existencia se vuelve cada vez menos significativa. ¿Qué es ser cristiano, sin la exigencia de ser un buen cristiano? Y en esa exigencia está la tensión vertical, el mandato, la presencia de la mirada de Dios. Lo otro es aesthetic, es un lindo hobby, una forma de distinguirte de tu familia o tus amigos ateos. Si la religión no te exige nada, quizás no la estás haciendo bien.

Pero este problema va mucho más allá. Porque una de las tensiones más fuertes de nuestra época es la que existe entre identidad y ejemplaridad. La idea de que ser como somos está bien, o incluso que es el único mandato que debemos atender. La publicidad nos lo recuerda insistentemente: este producto o servicio te habilita a ser como sos. Pero también las políticas de la identidad se encuentran con este obstáculo esencial. Si la identidad es tu refugio, si la única tensión es inmanente y solo te pide que te autovalores, ¿cómo superarse? ¿Cómo no quedar encerrados en un loop cerrado de autoconfirmación? La cuestión es compleja. Es lógico que sacarse de encima estereotipos sea liberador. El Apolo de Rilke no deja de ser un varón blanco europeo con amplia musculatura: ¿por qué una mujer trans latinoamericana debería sentirse interpelada por él? Pero la relativización de todo ideal, de toda tensión vertical, también conduce a una comodidad que, a corto o mediano plazo, nos vuelve a dejar insatisfechos.

No hay lugar para renuncias o sobreexigencias si tu tensión es llegar a fin de mes. Y, sin embargo, la interpelación no desaparece. Has de cambiar tu vida, nos sigue susurrando esa voz.

A la pregunta matutina de para qué el esfuerzo, o a la culpa por no haberse esforzado lo suficiente y por haberse conformado con asumirse alguna cosa, se suma un problema más, uno que deriva del “realismo capitalista” para usar la expresión de Fisher. En condiciones de explotación, el esfuerzo por sobrevivir y mantener una estabilidad mental funcional es tan grande que quizás no haya margen para acrobacias o ejercicios. No hay lugar para renuncias o sobreexigencias si tu tensión es llegar a fin de mes.

Y, sin embargo, la interpelación no desaparece. Has de cambiar tu vida, nos sigue susurrando esa voz, pero la modernidad introdujo un desvío crucial en esta exigencia. Como señala el propio Sloterdijk, a partir de la Ilustración y las grandes gestas políticas, el mandato vertical mutó hacia lo macroscópico: ya no se trata solo de cambiar tu vida, sino de cambiar el mundo. La revolución intentó reemplazar a la ascesis. El militante ocupó el lugar del monje y la utopía social reemplazó al paraíso.

Pero aquí es donde el realismo capitalista cierra la trampa. Cuando cambiar el mundo se percibe como una empresa clausurada, esa inmensa energía transformadora rebota contra la impotencia colectiva y vuelve a caer sobre el individuo. Nos aplasta bajo la forma del automejoramiento perpetuo y solitario. Quedamos atrapados, entonces, en una tensión irresoluble. Por un lado, la urgencia de un cambio a gran escala que parece siempre fuera de alcance. Por otro lado, la presión de una optimización subjetiva que, aislada de sus condiciones materiales, corre el riesgo de volverse mero narcisismo.

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