Hay un fantasma que recorre los hogares de cada habitante de Berisso, Ensenada y el gran La Plata. Es un miedo colectivo que no se dice en voz alta, no por ser tabú sino por temor de invocar a la tragedia. Porque no es un temor ilógico. No está despojado de fundamentos. Fue un riesgo real en algún tramo de la historia argentina.
Como un monstruo vasto, la refinería de La Plata tiene una capacidad de refinación de petróleo de 210.000 barriles, un ser hecho de tanques inmensos, chimeneas que escupen fuego las veinticuatro horas de los siete días de la semana, con un desfile de camiones cisterna que entran y salen y generaciones de trabajadores que vienen desde el gobierno de Alvear a la actualidad y que conviven con el gran fantasma. Con ese gran dragón.

No es para menos. Los más viejos han establecido la tradición oral de contarle a sus descendientes que, posteriormente al golpe de la Revolución Libertadora, hubo una amenaza real de bombardear la refinería, que se puede leer en las primeras páginas de Operación Masacre. Parte del mito es que Perón claudicó a la presidencia por ese motivo. Lo que no es leyenda en absoluto fue el éxodo de los habitantes de la ciudad de Ensenada para escapar de una muerte ardiente. No era para menos: el 16 de septiembre de 1955, el mismo día de los bombardeos de Plaza de Mayo, hubo un ataque al barrio Campamento. Tres días después fuerzas navales lideradas por el buque ARA 9 habían volado 9 de los 11 tanques de la refinería de Mar del Plata.
Los más viejos han establecido la tradición oral de contarle a sus descendientes que, posteriormente al golpe de la Revolución Libertadora, hubo una amenaza real de bombardear la refinería.
De la misma forma, la generación que vivió la inundación de La Plata de 2013, dio testimonio que, mientras las aguas ahogaban a las víctimas del desastre, buena parte de los afectados miraba cómo una bola de fuego comenzaba a subir del otro lado del bosque. Los piletones con agua tratada desbordaron y la mezcla entre líquido industrial y pluvial hizo que se incendiara un horno y una unidad de destilación. Muerte por fuego y agua. Pero, por suerte, una vez más y aunque haya sido en medio de otra tragedia, se evitó ese final apocalíptico.
El fantasma presente de una explosión que se lleve toda la ciudad. Como salida de los viejos videos de las pruebas atómicas o de la clásica escena de Akira, donde Tokio queda pulverizada en un abrir y cerrar de ojos. Algo de ficción. Algo que ya ha sucedido.
“Cuando llegaron al tanque lo rodearon. Subieron hasta la mitad y allí quedaron apretados al tanque formándole una especie de cinturón ceñido. El latido de su luz se hizo más nítido. De imprevisto una tremenda explosión lo tiró al suelo y el tanque se encendió. Casi de inmediato sonó el codificado silbato de la sirena de alarma. Juan reaccionó como pudo y cruzando la Avenida se encontró corriendo por el campo en dirección a la calle 66”.
El 10 de febrero de 1982, algo emergió de las profundidades del arroyo cercano a la petroquímica y comenzó un pandemónium que precisaría de la acción conjunta de operarios de la fábrica, de policías y militares y científicos de la Universidad de La Plata. Una amenaza imparable, cómo las naves en Marte Ataca, Día de la Independencia o La Guerra de los Mundos. Pero tendrían una forma inusual. No serían Kaijus, no serían Trífidos. Serían sapos.
“Los Batracios de Fuego” es una nouvelle de 50 páginas que salió impresa en una suerte de folletín de muy poca circulación y de la que quedan dos o tres ejemplares. Obra del escritor, poeta, político y ciudadano ilustre de Berisso, Raúl Filgueiras, la trama va saltando de falso protagonista a otro, construyendo un relato coral en el que se establece el primer contacto de la humanidad con una raza de extraterrestre y la ola de ataques a la refinería de YPF. Y estos testigos de la hostilidad de civilizaciones que vienen de estrellas distantes no son precisamente héroes de acción ni hombres de proezas sobrehumanas. Estamos hablando de trabajadores, de militares que tienen que calzarse un lanzallamas o de académicos de apellido inglés que no estudiaron para combatir a un enemigo indestructible.

Julián Axat detalla en un artículo de su blog El Niño Rizoma el rescate simbólico de algo que solo unos pocos conocían. Narra la búsqueda previa y la mención de "Los Batracios de Fuego" en el libro “Historia de la Ciencia Ficción Latinoamericana II”, como un texto fundador del género en la región.
Todos hemos experimentado el impacto de El Eternauta en nuestro recorrido por la ciencia ficción. Acá hay algo de eso también, cómo dice Axat en el texto, las influencias de Wells están ahí. La llegada de algo invencible que deja por el piso cualquier intento de resistencia y requiere pensar por fuera de lo convencional para siquiera imaginar en derrotarlo. Obviamente, el trauma de los bombardeos de Plaza de Mayo y la refinería de Mar del Plata, y los enfrentamientos armados durante la insurrección de Isaac Rojas, hacen fácil percibir el reflejo distorsionado del gran miedo militar. Pero hay algo de sorpresa en "Los Batracios de Fuego". Cómo ocurre en la obra de Oesterheld (cuando los cascarudos resisten el ataque de las milicias en el Monumental), es la cercanía, los lugares habituales como escenario del prodigio, lo que dibuja una sonrisa en el rostro y espolea la imaginación.
El trauma de los bombardeos de Plaza de Mayo y la refinería de Mar del Plata, y los enfrentamientos armados durante la insurrección de Isaac Rojas, hacen fácil percibir el reflejo distorsionado del gran miedo militar.
Como dijimos antes, hay un uso muy efectivo del falso protagonista, donde cada salto en la mirada es también una lupa puesta sobre un lugar, una ocupación o un arquetipo de persona. La historia arranca con dos hermanos: Juan y Antonio. El primero baja de un colectivo en la Avenida del Petróleo, la calle que corta la zona industrial a la mitad para conectar La Plata y Berisso. La calle 60 es simbólica, tiene una mística particular: el panorama fabril a ambos lados, los tanques y las luces rojas, las torres inmensas y las columnas de fuego iluminándolo todo. Hay una sección que antaño supo tener una arboleda densa y una cabaña en el medio, alejada de todo, a la que se atribuía la presencia de algún ermitaño, hacha en mano, acechando el bosque, teñido del rojo de las llamas.
Los personajes de "Los Batracios de Fuego" no son los clásicos protagonistas de una historia de ciencia ficción tradicional de los cincuenta. Son encarnaciones de un modo de pensar y una forma de vida casi extinta. Un mundo de trabajadores unidos bajo un ideal de comunidad organizada. Antonio, por ejemplo, es empleado del frigorífico Swift. La razón por la que Berisso es el “kilómetro 0” del peronismo. En la novela, la masa obrera está presente todo el tiempo. Operarios de frigoríficos o fábricas, policías o militares, académicos y científicos, todos son parte de algo más grande que ellos. Raúl Filgueira construye a través de un ideal, personajes que están preparados para un propósito más grande que el individuo. La gran masa de inmigrantes e hijos de inmigrantes que vino a hacer grande su tierra nueva.
“Emilio se paseaba por entre los tanques. Era uno de los mejores bomberos de YPF. Consciente. Tal cómo debe serlo un hombre que está en permanente contacto con el peligro. Y su conciencia no alcanzaba únicamente al puro instinto de conservación personal, sino que se encauzaba a evitar los peligros de accidentes para sus compañeros y la pérdida de materiales de la empresa”.
Esto último (“la pérdida de materiales de la empresa”) puede ser tomado como una muestra de capitalismo salvaje y alienación del obrero. Pero no es cualquier empresa, es YPF, es el patrimonio nacional, es la patria misma. Entonces, la invasión no solo pone en riesgo la vida de los protagonistas, sino la noción de soberanía que se ve amenazada cada noche con un nuevo ataque del misterioso invasor.
Las criaturas que dan nombre a la obra no son agentes de la destrucción o colonizadores estelares, sino, como se revela más adelante, exploradores que han quedado varados en nuestro planeta y no tienen cómo regresar. Los ataques a los depósitos de combustible no tienen otro propósito más que alimentar su hambre de energía para poder emprender el retorno a su hogar. Poco a poco, y con el esfuerzo de los hombres, sus agallas y su conocimiento, el enemigo va tornándose una criatura incomprendida a la que hay que auxiliar: organismos muertos de hambre que solamente encuentran sustento en aquello que da vida a nuestras máquinas.
"Los Batracios de Fuego" es una novela de ciencia ficción. Por ende, aunque lo disimule, tiene un componente político. Pero está escrita con inteligencia y sabe administrar su fuerza. No es un manifiesto peronista que va a repeler a cualquier ser humano que no cante la marcha, sino una oda a los trabajadores, a una ciudad y una historia de invasión con una vuelta de tuerca. Filgueira fue un histórico trabajador del frigorífico Swift y, más importante aún, tuvo un rol crucial en la autonomía de Berisso, convirtiéndose en el primer comisionado que luego daría lugar a Aschieri, el primer intendente de la ciudad. Es decir, una novela de ciencia ficción escrita por una primera figura de la historia de la urbe. Ciencia ficción obrera que nació en el centro mismo de la historia local.
El rescate hecho por Julián Axat me llevó a un montón de preguntas. Los tres ejemplares sobrevivientes parecían corresponderse con esos viejos tomos de las historias de Lovecraft que se perdían en los anaqueles de las bibliotecas y sólo salían a la luz cuando se alineaban los planetas y los esfuerzos de algunos académicos. Obviamente, la aparición de “Los Batracios…” nos hace cuestionarnos si hay otras novelas del mismo estilo del autor. Por lo pronto, en las obras citadas del poeta se encuentra una llamada “Cuando los Bikáteros descendieron en la Balandra”, cuya búsqueda no me ha llevado a ningún lugar. Sus libros están agotados y no hay nuevas tiradas y el camino hacia ellos implica realizar el mismo trabajo que Axat: preguntar, buscar, descubrir. Algo que parece más extraterrestre que las ranas espaciales: tomarse un tiempo y encarar una lectura que no está al alcance de todos.
Los tres ejemplares sobrevivientes parecían corresponderse con esos viejos tomos de las historias de Lovecraft que se perdían en los anaqueles de las bibliotecas y sólo salían a la luz cuando se alineaban los planetas y los esfuerzos de algunos académicos.
Nunca había escuchado sobre Raúl Filgueira y eso que soy berissense y trabajé en una biblioteca popular. Ahí lo único que escuchaba era una y otra vez los mismos poemas sobre el terruño. Tuve que buscar fuera de mi tierra para encontrar algo que me hablara en un mismo idioma. ¿Había fallado yo como berissense o las instituciones que me educaron? Mientras tanto, los batracios permanecían escondidos en la húmeda oscuridad, ahí donde se sentían como en casa. ¿Cuántos jóvenes escritores se creen pioneros sin saber que hay maestros que ya jugaron con las mismas herramientas? Y la escritura nunca es una carrera para ver quién llega primero, sino un lugar donde buscar consejo, donde afilar los cuchillos. Ya todo está hecho, por eso está bueno hallar esa escuela sobre la que construir la propia voz.
Por suerte, gente cómo Julián Axat está ahí para rescatar las viejas obras. Nos debemos a los entusiastas, a los locos, a los exploradores, a los socorristas de la memoria. Hay por ahí, tal vez, escondidos a los ojos de los curiosos, otras obras que extiendan un puente a quienes observan los cielos en busca de luces extrañas y visitantes inquietantes. Historias ocultas, donde lo pulp ocurre en nuestras calles, donde los Wells y los Bradbury toman mate y viajan en colectivo. Y seguirán existiendo, porque la ciencia ficción es patrimonio nacional. Porque nunca dejaremos de imaginarnos un nuevo futuro, cada día.
Mientras tanto, el gran gigante sigue durmiendo. Sus chimeneas sueltan fuego con el mismo brío que hace ya 90 años. La materia negra y burbujeante que se mezcla en su interior es regurgitada para poner en movimiento los vehículos de millones de compatriotas. El fantasma del fuego y la destrucción merodean por la mente de aquellos que habitan a su alrededor, sabiendo que solo hace falta una chispa para borrarlos del mapa. Quizás un día acontezca la catástrofe que muchos soñaron. Quizás no pase nunca. Pero no solo los dragones sueñan. Y siempre hay un obrero que imagina lo cercano y lo fantástico bajo una misma llama.

