Origen y desafíos de la clonación: desde la palta Hass hasta los caballos de polo argentinos

En la década de 1920, un empleado del servicio postal estadounidense llamado Rudolph Hass se topó de casualidad con un aviso de Edwin Hart, un promotor inmobiliario que vendía terrenos para cultivar. El aviso decía que era un gran negocio cultivar paltas.

Rudolph, que antes de ser cartero se había dedicado al noble oficio de la venta puerta a puerta, se preguntó si sería buena idea plantar ese árbol y juntar algo de dinero con sus frutos. En California, donde él y su familia vivían, se consumía mucha palta pero era algo de ricos, se vendían a un dólar cada una. Rudolph, que tenía un buen salario, ganaba 25 centavos por hora.

Finalmente, gracias a un préstamo y ahorros, terminó comprando un terreno de casi una hectárea que ya contaba con algunos árboles de palta. En ese momento, la variedad más común en California era La Fuerte, que se llamaba así después de haber sobrevivido a una helada muy importante. Rudolph quería una variedad distinta y compró una bolsa de semillas supuestamente de una variedad guatemalteca. Logró germinarlas y las injertó en árboles grandes, un método común en la botánica que ahorra unos años hasta que las plantas den frutos. 

Aviso de Edwin G. Hart
Aviso de Edwin G. Hart.

Tuvo suerte con varios árboles menos con uno, en el que el injerto no prosperaba. Estuvo a punto de talar el árbol pero, probablemente por pereza, decidió dejarlo ahí. Unos años después, en 1931, la planta dio seis paltas, un año después fueron 125. Igual no eran buenas noticias: las paltas eran de piel rugosa y oscura, parecían podridas. 

Rudolph decidió, ahora sí, talar de una vez el árbol. Pero justo antes de hacerlo, su hija probó una palta y le dijo que era muy rica. Por dentro eran cremosas y de buena consistencia. Entonces decidió llevar algunas a la oficina para compartirlas con sus compañeros. Todos estuvieron de acuerdo con su hija y le pidieron que llevara más.

Capaz pensó: “menos mal que no talé el árbol”. De todos modos, con ese aspecto y siendo su interior tan blando la nueva variedad seguramente no resistiría muy bien el transporte. Para probarlo aprovechó que trabajaba en el correo y mandó una caja a la ciudad de Chicago ida y vuelta. Varios días después, luego de atravesar el país y recorrer casi 7000 kilómetros, cuando llegaron nuevamente, las paltas estaban intactas. En 1935 decidió patentar su palta como una nueva variedad y, como era habitual en esa época, le puso su apellido. Había nacido la palta Hass.

Todas las paltas Hass del mundo, que representan más del 80% de todas las paltas que se consumen y generan miles de millones de dólares por año, surgieron a partir de un árbol (que casi fue talado dos veces) clonado.

La planta de palta, Persea americana, es originaria de América y se puede reproducir por autopolinización, es decir su propio polen germinando a sus flores, o por el polen de otra planta. El problema es que como las gametas (el polen o los óvulos) se generan entrecruzando los cromosomas de las células al azar, es casi imposible que se vuelva a generar el genoma original cuando se obtiene la semilla. 

Por eso, si alguien planta la semilla de una palta Hass, con un poco de suerte en unos años el árbol dará paltas pero nunca serán como las originales. Entonces, si es imposible reproducirlo a través de la semilla, ¿cómo se reprodujeron los millones de árboles de palta Hass que hay en el mundo en este momento? 

Son clones. Todas las paltas Hass del mundo, que representan más del 80% de todas las paltas que se consumen y generan miles de millones de dólares por año, surgieron a partir de un árbol (que casi fue talado dos veces) clonado a través de esquejes una y otra vez en todo el mundo. 

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Las plantas pueden reproducirse a través de esquejes gracias a que, en ciertas condiciones, un tejido diferenciado puede desdiferenciarse para luego dar lugar a todos las estructuras del organismo como el tallo, las raíces o las hojas. Esta es una característica espectacular de las plantas que permite, por ejemplo, robar un tallo de una planta que nos gusta y, con un poco de suerte, tenerla en el balcón. También permite que sea relativamente sencillo, a partir de un fragmento de la hoja u otra estructura a la cual se le realizó alguna modificación genética, generar una planta completa con esa modificación. Eso se logró por primera vez en 1983 con plantas de tabaco resistentes a un herbicida.

En animales,  en cambio, es mucho más difícil que simplemente robar un pedacito del organismo y esperar que se regenere entero.

Copycat

Ralph Wedgwood fue un inventor inglés que le hizo la vida más fácil a todos los empleados administrativos del mundo. En 1806 patentó el papel carbónico, una hoja finita y cubierta de tinta que, al ponerla entre dos hojas blancas, permite copiar lo que se escribe en una de ellas. Un sueño hecho realidad 130 años antes de que se inventaran las fotocopiadoras y solucionaran el problema de raíz. Hace bastante poco me enteré de que, cuando en un mail copiás a alguien y lo ponés en CC, ese “CC” viene de “carbon copy”, un homenaje bastante lindo al siglo XIX, el mejor de todos.

Pero CC se usó también en 2002 para “copycat”, la primera mascota clonada de la historia, de nombre Rainbow. Que era, obviamente, un gato. En realidad una gata, una gata calicó, guarden ese dato. Lo increíble es que, a pesar de estar clonadas, el clon de Rainbow no se parecía en casi nada a la gata original.

Clonar organismos es algo que hacemos desde hace bastante. De hecho, en 1885, Hans Adolf Eduard Driesch, un biólogo y filósofo alemán, clonó un erizo de mar a partir de un embrión en estadío de dos células, es decir que esa primera célula del organismo sólo se había duplicado una vez. Hans Adolf las agitó, logró separarlas y mágicamente cada una de esas células dio lugar a un erizo completo. Dos erizos clonados en el siglo XIX. 

Lo mismo sucedió unos años después con una salamandra. Otro Hans, esta vez Spemann, logró separar las células embrionarias de este animal, y cada una dio lugar a una salamandra diferente, clon de la otra.  

Si bien en los experimentos se obtuvieron clones de animales, es decir gemelos obtenidos por métodos artificiales, en ambos casos se partieron de embriones. Digamos que son clones pero estaba bastante fácil el clonado.

El primer ensayo a partir de células diferenciadas fue en 1958 cuando John Gurdon trasplantó el núcleo de una célula intestinal de renacuajo en un huevo de rana sin núcleo. Como resultado, obtuvo renacuajos genéticamente idénticos al portador de aquella célula intestinal. Esto fue importantísimo, no solo por el hecho de ver muchos renacuajitos iguales, sino porque demostró finalmente que una célula diferenciada (de intestino en este caso) contiene toda la información genética del organismo.

Si bien todas las células de un organismo tienen la misma información genética, el secreto está en qué genes se expresan en determinadas situaciones. Existen modificaciones en el ADN que no afectan la información en sí pero pueden ser muy importantes provocando que haya genes prendidos o apagados en distintas células. La epigenética es la rama que las estudia. El prefijo “epi”, que proviene del griego, quiere decir “sobre”. Pero ya vamos a volver sobre eso (segunda cosa que prometo a la que voy a volver, espero no olvidarme).

Estas diferencias epigenéticas, que van acumulando las células a medida que se diferencian, fue lo que nos hizo pensar durante muchos años que clonar mamíferos era imposible. Hasta que en 1996, Ian Wilmut logró clonar, entre 277 intentos de transferencia nuclear de células diferenciadas, en este caso de glándula mamaria, a la oveja Dolly.

El método de clonación por el que se logró a Dolly fue mejorando en las últimas décadas y en la actualidad existen miles de clones entre los que se encuentran, entre muchos otros, vacas, cabras, ratones, ratas, conejos, perros, lobos, gatos y caballos. De hecho, en febrero de 2001, nació Dolfina Cuartetera, una yegua de polo que, según su criador, Adolfo Cambiaso fue la mejor de la historia, y que, por eso, sería clonada varias veces. Los caballos de polo tienen que tener ciertas características como velocidad, agilidad y maniobrabilidad. Además el temperamento es fundamental porque tienen que poder responder bajo presión, mientras el jinete los conduce con una sola mano en las riendas (la otra sujeta el palo) y le da señales de peso para ir para adelante y para atrás.  

Dolfina Cuartetera fue clonada repetidamente. De hecho, en el partido número cien de Cambiaso, en 2017, el jugador salió en cada período de juego con un clon diferente y en el octavo, el último, con la yegua original que se había retirado unos años antes, en 2015.

Dolfina Cuartetera, una yegua marrón muy linda, tenía todas esas características. De hecho, la primera vez que Cambiaso se subió a la yegua dijo “esto es lo mejor que tengo”. La verdad es que tenía razón: hasta su retiro, en 2015, Dolfina Cuartetera ganó el campeonato más importante de ese deporte durante 10 años consecutivos. Por eso, Dolfina Cuartetera fue clonada repetidamente. De hecho, en el partido número cien de Cambiaso, en 2017, el jugador salió en cada período de juego con un clon diferente y en el octavo, el último, con la yegua original que se había retirado unos años antes, en 2015.

Lo terrible es que los clones tenían manchas distintas en la cara, al igual que CopyCat. Y eso es por la epigenética. El patrón de coloración del pelaje en muchos mamíferos se da muchas veces por factores epigenéticos. En gatos tiene que ver con el silenciamiento del cromosoma X.

Los mamíferos podemos ser XX o XY. Este es el par de cromosomas que determina el sexo biológico del animal. El punto es que el cromosoma X es mucho más grande que el cromosoma Y y, por lo tanto, contiene muchos más genes. Entonces, las hembras tienen mucha más información genética para muchos genes, lo cual es un desbalance que hay que resolver. 

Los gatos, por ejemplo, silencian uno de los cromosomas X. Ese proceso es azaroso y, dado que los genes que dan lugar a la coloración de pelo están en ese cromosoma, las gatas hembras tienen patrones únicos y, además, esa mezcla puede dar lugar a tres colores distintos. Por eso, si ves una gata de tres colores (una gata calicó) es casi 100% probable que sea hembra. Pero si la clonás, es casi imposible que tenga un patrón de coloración similar porque el silenciamiento del cromosoma X, donde están los genes de coloración del pelo, ocurre al azar. Eso es lo que pasó con Copycat.

Encima se conocen muchos problemas de salud que ocurren por factores epigenéticos. Es sabido que los clones de mamíferos suelen vivir menos y desarrollar más frecuentemente un montón de enfermedades.

¿Entonces para qué clonamos?

No sé si hay una razón real para hacerlo. En investigación biomédica, disponer de animales genéticamente idénticos podría reducir el ruido experimental que proviene de la variación entre animales de la misma especie y ver con más claridad qué efecto produce una droga, una mutación o una condición ambiental. De esa manera, se puede reducir el número de animales utilizados en experimentos.

En yeguas de polo, tener individuos genéticamente iguales a los que se someten al mismo régimen de entrenamiento podría ser una buena idea, además de la publicidad infinita que puede darle a alguien jugar un partido con yeguas clonadas. 

Pero si me preguntás a mí, te diría que hoy en día lo hacemos sobre todo para hinchar las pelotas.

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