El terror de criar conejos

Cuando una relación de pareja se termina después de varios años una de las partes afirma “Fue un fracaso”. Como si el hecho de que algo llegue a su fin implica que no valió la pena. El amor reducido a la tiranía del tiempo. Desde que adopté a mi primer conejo, Duchamp, lo primero que la gente me pregunta es: ¿Cuántos años viven? 

Las personas ven un conejo y piensan en la muerte. Al principio daba explicaciones, informaba que con buenos cuidados pueden vivir hasta doce años, existen casos de quince. Se repite tanto esa pregunta, poco original, que el sonido de la frase me anestesia. Respondo “Nadie sabe cuándo va a morir”. La falta de precisión provoca incomodidad en el otro, insatisfacción. 

Las personas ven un conejo y piensan en la muerte. Y cuando piensan en la muerte vislumbran la propia. Eso les asusta. Los vuelve chiquitos, frágiles. 

Podría no convivir con conejos y el dolor que implica, pero elijo hacerlo. Toda relación es una certeza de dolor. El riesgo de ver sufrir al otro, el peligro de dañar por accidente, la posibilidad de ser dañada.

El pelaje de Duchamp era gris oscuro y blanco. Me acompañaba hasta la puerta cada vez que salía de casa, al volver me esperaba sentado como un perro. Guardo una foto suya en el primer cajón de la mesa de luz. Desde 2016 vivo con once conejos. No fue algo planeado, sucedió. Un accidente. Algunos accidentes pueden ser hermosos, milagros breves. En esa época tenía un conejo llamado Warhol, un Gigante de España color caramelo. Existen más de cuarenta y cinco razas de conejos. Warhol llevaba el orgullo de pertenecer a la segunda de mayor porte, después de los Conejos de Flandes. Iba a ser enano, pero creció y creció, se transformó en una enorme bola peluda de orejas largas, infinitas. Warhol tuvo muchas personalidades, al igual que cualquier persona. Al final de un verano perdió el entusiasmo, nada lo animaba. Olí a la muerte. La muerte emana un perfume agrio que se impregna en las paredes de la casa. Busqué estrategias para alargar su vida, evitar que me dejara. Adopté una coneja polish, blanca, de ojos celestes. She-Ra. El veterinario aseguró que Warhol no podría preñarla porque era grande de edad. Pero sucedió. Un accidente. Algunos accidentes pueden ser hermosos, milagros breves. En abril de 2016 nacieron cinco conejos en la cocina de un departamento pequeño como la vida de cinco conejos. Blancos, cada uno igualito al otro. Sobrevivieron tres, los otros dos fallecieron en menos de un mes. Al día de hoy, esos tres conejos viven conmigo: Godzilla, Mothra y Rodan. Tres kaijus, monstruos japoneses. En abril van a cumplir diez años. 

Podría no convivir con conejos y el dolor que implica, pero elijo hacerlo. Toda relación es una certeza de dolor. El riesgo de ver sufrir al otro, el peligro de dañar por accidente, la posibilidad de ser dañada.

Las personas ven a un conejo y piensan en la muerte. Yo miro a un conejo y pienso en la vida. 

Cuando los dos conejos de la primera camada murieron, She-Ra ya estaba preñada de nuevo. Semanas después nacieron seis conejos. Contemplé la eventualidad de la muerte desde que los gazapos salieron sin pelo del cuerpo de su madre. El veterinario nos aseguró que no iban a sobrevivir, nacieron prematuros, mezcla de dos razas muy distintas. Ninguno murió. 

Con el paso de los años algunos conejos de esa segunda camada fallecieron. Cada final me dejó algo. La muerte carga tristeza, pero no siempre es desgarradora. A veces es una escena conmovedora. Un gesto de agradecimiento. Una despedida dulce. Un paso natural. Cuando muere un animal no culmina el vínculo. Se quedan como fantasmas, espíritus que no dan miedo. Solo están, recorren sus rincones preferidos. 

Llevo al romance entre Warhol y She-Ra tatuado en el brazo derecho. Lo miro con frecuencia porque extraño verlos juntos, lo miro también para recordarme que lo imposible es relativo. 

En casa ya no ocurren accidentes. Si un conejo se apaga le damos refugio a otro, intento mantener el mismo número. Once. Cuidar a un animal nos consume parte de la vida, como corresponde. No son relaciones simétricas, como lo es con algunas personas. Una de las partes ama distinto que la otra.  

Todos tienen una historia desoladora con un conejo, un relato de la infancia que los acompaña en forma de trauma. Las personas me buscan para desahogarse, vomitarme su cuento de terror. Yo hago un ejercicio para endurecerme, aprieto los puños, me muerdo los labios, aguanto, trato de distanciarme del dolor ajeno. Hay una idea errada sobre los conejos: ser los animales perfectos para un niño. Un niño desconoce cómo cuidar a un conejo, porque por lo general los adultos tampoco saben hacerlo. 

Entonces la fragilidad adquiere una doble capa: es frágil quien necesita ser cuidado, pero también quien no sabe cómo cuidar. 

Cinco cosas básicas sobre los conejos:

1-No pueden alimentarse a base de zanahoria como nos mostraron los dibujos animados.

2-No pueden vivir encerrados en una jaula.

3-No pueden tener cables a su alcance.

4-No pueden recibir viento fuerte cerca de las orejas

5-No pueden ser bañados, se higienizan de manera autónoma. 

Los conejos cargan en su lomo el terror. Los entiendo, intuyo el idioma que hablan. Hacen ruidos imperceptibles, pero los escucho. Al dormir sueñan y mueven el hocico, rebaten las orejas, sacuden una pata trasera. Hay que soportar el misterio, acceder a ellos con el límite que imponen. Por la noche los conejos están muy activos, corren, saltan, trafican secretos. Algunas madrugadas duermo entrecortado, despierto y los espío, no intercedo, respeto la intimidad de una especie a la que no pertenezco. 

La fragilidad adquiere una doble capa: es frágil quien necesita ser cuidado, pero también quien no sabe cómo cuidar. 

Hay conejos que son hiperactivos como un hurón, otros duermen mucho. Pequeños osos panda. Algunos son permeables a la domesticación, otros apuestan a la rebeldía. Ningún animal debe adaptarse a nuestras expectativas o falta de amor. 

Gabo Ferro canta “Lo que te da terror/ te define mejor”. A las personas los conejos les provocan pavor porque eso que les asusta es la soledad. Ser abandonados. Los animales de corta vida nos exponen al duelo, un entrenamiento permanente. El amor nos expone a la pérdida, es el costo de querer y ser queridos. 

Hay otra pregunta que siempre me hacen: ¿Por qué te gustan los conejos? Nunca tuve una respuesta. 

Hace dos años coincidimos en el mismo lugar con mi maestra del jardín de infantes. Gabriela. La última vez que la vi yo medía 95 centímetros. Ahora hablábamos a la misma altura, las dos somos adultas. Le conté sobre mis conejos. Antes de despedirse con un beso en la mejilla me regaló la revelación de esa incógnita. “De vos recuerdo cómo estabas siempre en la casa de Luján, esa nena tenía un conejo”. Hay fragmentos de mi infancia que quedaron fuera de foco, cuando Gabriela mencionó la escena una parte de la memoria se volvió nítida. Recordé ese conejo, cómo acariciaba su lomo, quería tener uno, dos, tres. Mi mamá nunca me dejó. Once. Crecemos para hacer todo lo que nos prohibieron nuestros padres. 

No quiero una vida sin conejos.

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