Dragón Ball es una serie que amamos quienes crecimos con apenas una pantalla (quizás dos, si teníamos suerte) en el hogar. La mirábamos una y otra vez pese a los problemas de la época: el horario, la no existencia del on-demand, los reiterados y fastidiosos reinicios, los padres y madres a los que no les gustaba y no la entendían... ¿De qué está hecha esta obra que nos atrapa tanto hasta el día de hoy?
Hace 40 años, cuando tuvo su primera emisión era imposible prever que se convertiría en uno de los mayores productos culturales evergreen del siglo XXI. Si bien hoy acumula más de 600 episodios entre todas sus series (DB, DBZ, GT, SUPER, KAI, DAIMA y más de 20 películas entre OVAS, largometrajes, emisiones especiales), en sus inicios fue apenas una reinterpretación libre y humorística de una tradicional leyenda china que paulatinamente fue nutriéndose de los productos culturales de la época.
Durante las últimas décadas de la Guerra Fría, Hollywood (ariete cultural norteamericano) creó un imaginario de fantasías espaciales (hijo de la carrera espacial), apocalipsis futurista (producto del riesgo nuclear) y seres cuyo objetivo era destruir a la humanidad (alienígenas, cyborgs humanoides). El autor combinó estos elementos con el cine de artes marciales (muy exitoso en Oriente), para crear la más exitosa adaptación moderna del mito chino de Sun Wukong. Todos estos elementos bailaron al ritmo de la muñeca de un autor que sabía condensar adrenalina y tensión en el espacio que dan unos cuadrados de historieta, con una pizca de particular humor japonés (que en Occidente rozaba la banquina de la moralidad).

Dragon Ball se convirtió así sin proponérselo en un dispositivo cultural que tradujo un imaginario global para una generación entera formada por la televisión a color abierta. Quizá el primer producto animado enteramente hijo de la globalización que se consolidó en el final del Siglo Corto.
Volver a Dragón Ball en un contexto en el que China está ascendiendo como primera potencia política y económica es redescubrir una muestra de soft power cultural, aunque más no sea lateral e involuntario: en la época que la televisión era un integrante más en los hogares, el animé nos enseñó la cosmovisión y la mitología oriental sin que lo supiéramos. Y como todo proceso creativo, Toriyama fue encontrando la historia entre dibujos de manga, idas al cine y la presión creativa de sus editores.
El inicio mitológico, el humor y las artes marciales
“Viaje al Oeste” es uno de los mitos chinos más extendidos en Asia oriental, algo así como “El Quijote” para el mundo hispano. Relata la historia del Rey Mono Sun Wukong (que en Japón se le pronuncia Son Goku), un ser mitológico habitante de las montañas chinas que se obsesiona por alcanzar la inmortalidad y en esa búsqueda se vuelve cada vez más poderoso, hasta el punto de desafiar a las deidades, desequilibrando la convivencia entre el mundo terrenal y el divino. Por otro lado, el mito también hace mención al viaje del monje Xuanzang desde la capital del imperio hasta la India por la Ruta de la Seda en busca de los sutras, unos papiros sagrados con las enseñanzas de Buda.

Los estudios históricos coinciden en que el monje Xuanzang existió y que su viaje duró 16 años entre el 629 y el 645 D.C. durante el período de la dinastía Tang. A su regreso trajo más de 657 textos budistas, haciendo una contribución fundamental a la expansión y difusión del budismo en esa parte de Asia. La historia de Xuanzang y sus aventuras en India fueron parte de la historia oral en China (con sus deformaciones mágicas y mitológicas), hasta que en el siglo XVI el escritor Wu Cheng'en lo bajó al papel para convertirlo en una obra literaria fundamental.
Wukong (recientemente adaptado a un exitoso videojuego) es un ser representado habitualmente como un simio antropomorfo con vestimentas medievales que se caracteriza por su gran fuerza, confianza, audacia y espíritu rebelde. Se lo dibuja con los objetos divinos que adquiere en su viaje, como una nube en la que viaja por los cielos y un báculo que puede cambiar de tamaño hasta hacerse infinito o caber entre sus dientes o dentro de su oreja como si fuera un alfiler.
Su historia atraviesa un arco de redención tras su encuentro cara a cara con Buda, quien lo humilla y transforma su obsesión ególatra en condena: inmortal y poderoso como era, tuvo que vivir atrapado en una montaña por 500 años como castigo por el caos que ocasionó en el equilibrio universal. En este punto el relato nos lleva directamente al momento en que el monje Xuanzang (o Hsuan Tsang, dependiendo de la traducción) comienza su peregrinaje y lo encuentra en la montaña de los Cinco Elementos de China. Como condición para ser libre, Wukong debe convertirse en el primer discípulo del monje y acompañarlo en su búsqueda de los sutras.
En 1984 un joven Akira Toriyama comenzó a dibujar una nueva tira tras el momentáneo final de la exitosa Dr. Slump. Presionado por sus editores de la revista Shonen Jump para crear una historia que conectara con el público juvenil, tuvo la idea de recrear el famoso “Viaje al Oeste” pero con personajes actuales.
Los primeros bocetos del protagonista mostraban un pequeño mono vestido con ropas medievales montado en una nube con un báculo en su mano. Pero había que hacerla más identificable con el público juvenil lector de manga de la década del ochenta.
La siguiente versión sería entonces un niño, más parecido a los niños japoneses. Pero para mantener la esencia mitológica, Toriyama le dibujó una cola de mono (en el mito Wukong podía transformarse en el ser que quisiera con el detalle de que iba a mantener su cola en cualquier forma), le puso un traje de granjero y le dejó el pelo puntiagudo y desordenado.
Así nació el Goku que todos conocimos al principio de la serie, pero aún faltaba algo: el traje del niño no era el adecuado para una historia de acción y aventuras. Toriyama entonces se inclinó por dibujarlo con un dogui de artista marcial, como el que usaban los personajes de las películas orientales de artes marciales de aquel entonces. Obviamente el niño tendría las características del propio Wukong en el mito: fuerza descomunal, osadía, espíritu rebelde, aventurero, tozudez y extrema confianza en sus capacidades.
Bulma sería la que buscaría estos objetos sagrados mágicos y la encargada de reunir "discípulos" para su viaje. Tomás Eliaschev, periodista especializado en series animadas señala que la cultura pop japonesa de esa época "ya había experimentado y popularizado versiones feminizadas o muy andróginas" del monje Xuanzang, por lo que Toriyama se inclinó por crear un personaje de este género. Además de Wukong, el monje tuvo otros discípulos, como el cerdo antropomorfo Zhu Bashie y Sha Wujing, que en la serie no son otros que Oolong y Yamcha. Obviamente no son los únicos seres mitológicos que aparecen representados en la obra.

Las Esferas del Dragón funcionan como una traducción pop de los sutras budistas: objetos sagrados que obligan al viaje, prometen transformación y recuerdan que todo poder exige un camino previo. En tanto, Shénlóng es uno de los dragones celestiales más antiguos y venerados, asociado en la mitología china al clima, la lluvia y el equilibrio entre el cielo y la tierra. El autor decidió introducirlo y adaptarlo a su relato.
La referencia explícita al Rey Mono se completaba con la transformación en Ozharu bajo la luna llena, una metamorfosis que dialoga directamente con uno de los núcleos simbólicos de “Viaje al Oeste”: el conflicto entre poder y autocontrol. Sun Wukong es invencible, pero su mayor enemigo no es un adversario externo sino su incapacidad para dominar su propia fuerza. Para Hernán Panessi, periodista especializado en cultura pop, esta parte de la trama es “la más auténtica” de la obra de Dragon Ball, ya que “entroniza el espíritu infantil de Toriyama, su amor por las aventuras y su humor”.
Al finalizar el primer arco, la recepción del manga y animé habían sido aceptables por lo que la serie debía continuar. Si la columna vertebral era china, los músculos y los movimientos vinieron del cine de artes marciales de Hong Kong y de Hollywood: el Sensei propuso a sus editores (Kazuhiko Torishima en ese momento) seguir la línea de las películas de la época. La fórmula era el diseño de los combates, con su énfasis en las posturas, los nombres de ataques gritados y la coreografía propios de Bruce Lee. También, las tramas de acción con una pizca de humor físico de Jackie Chan (del cual Toriyama era particularmente fanático).
En los Budokai Tenkaichi (Torneos de Artes Marciales) está muy presente Bruce Lee (la forma lenta y acumulativa de energía del Kamehameha recuerda al Puño del Furor del Dragón) pero hay también algo de las tramas de Karate Kid: su representación del vínculo entre el maestro y el aprendiz con el Maestro Roshi, la secuencia de entrenamiento enfocado en la humildad y la disciplina y las distintas escuelas con sus distintos valores enfrentándose (sobre todo en el 22° torneo contra los discípulos del Maestro Tsuru). El esquema del "entrenamiento duro como camino a la superación", resonó en una generación global que creció con esos films.

En esta trama de constante superación Goku se encuentra con rivales cada vez más fuertes que lo obligan a entrenar para aumentar su fuerza. Una referencias al contexto sociopolítico aparece sutilmente en la trama de la Patrulla Roja, como una caracterización de los totalitarismos del siglo XX, sobre todo de lo que fue el nazismo.
El viaje del héroe de Goku es de una superación constante: una vez que se vence a los enemigos terrenales, lo más lógico era que la amenaza subiera al nivel de deidades o, mejor dicho, demonios. Con la saga de Piccolo Daimaō, Dragon Ball abandona definitivamente el tono de aventura infantil y comedia picaresca para ingresar en un territorio más oscuro, donde el mal ya no es un obstáculo episódico sino una fuerza estructural que pone en jaque el orden del mundo.
A diferencia de los antagonistas previos, Piccolo no busca riqueza ni prestigio: quiere dominar el mundo y someterlo mediante el terror. Es la primera vez que la amenaza es verdaderamente global y que la muerte (real, irreversible) irrumpe con crudeza en la historia.
La aparición de Piccolo Daimaō también introduce por primera vez de manera explícita el eje del otro mundo y de las jerarquías espirituales. Goku entrena con Kamisama, una deidad que no es todopoderosa sino un guardián del equilibrio, y cuya existencia está atada (en una paradoja profundamente oriental) a la del propio demonio al que intenta contener. Dios y demonio como dos caras de una misma entidad: sin uno, el otro no puede existir.
En términos mitológicos, Piccolo Daimaō encarna la idea de que el mal no puede ser erradicado por completo, solo transformado. Su derrota no implica su desaparición definitiva, sino su reencarnación en Piccolo Jr., una figura que llevará ese conflicto interno a lo largo de toda la saga. Toriyama lleva con este personaje uno de los conceptos más persistentes de Dragon Ball y Viaje al Oeste: la posibilidad de redención. El demonio no es destruido, es reabsorbido en el ciclo de la vida, anticipando el largo camino que recorrerán otros antagonistas hacia la integración, el aprendizaje y, eventualmente, la protección del mundo que alguna vez intentaron destruir.
DBZ: la irrupción del cine sci-fi manteniendo las bases míticas
Tras la saga de Piccolo (se la conoció en el animé como Dragon Ball Z; en el manga nunca cambió de nombre), los guerreros de artes marciales ya no eran desafío para Goku y rivales más poderosos sólo podrían venir desde el espacio. A partir del arco de los Saiyajins, Toriyama abandona la relativa intimidad del mundo marcial y explota hacia la ópera espacial y la distopía cyberpunk. Y lo hace mirando directamente a la cartelera de los setenta y ochenta.
“Cuando uno escribe, siempre escribe sobre uno” teorizó el escritor Kurt Vonnegut. La introducción de Gohan es uno de los tantos giros copernicanos que Toriyama mete en DBZ. Él había sido padre de Sasuke Toriyama en 1987, y con Goku adulto la serie necesitaba un personaje que conectara con las infancias.
Para un padre no hay nada más hermoso que ver a un hijo siendo feliz haciendo lo que ama. Aunque si uno es egoísta, quiere que el hijo lo supere en sus propias aptitudes. Toriyama amaba a su obra tanto como a su hijo y le cumplió ese anhelo a su personaje protagonista: Gohan (y, en cierto modo, Goten a través de Gotenks) acabaría la serie siendo mucho más fuerte que su padre.
La trama de Goku como superviviente de una raza extinta de guerreros de un planeta destruido recuerda a la trama de Superman. Mientras que Vegeta es su alter ego, una representación en oposición de lo que Goku podría haber sido y no es. Pero también la diferencia abismal entre casta y plebe: la rebeldía y osadía de Goku al desafiar a la casta de su raza es la misma que tuvo Wukong enfrentándose a las deidades.
El mundo mitológico chino permanece y se profundiza en la serie con la representación del Otro Mundo, su estructura y su organización (con Kaio-sama como Dios de la galaxia superior a Kamisama, encargado solo de la tierra; y Enma Daio como Deidad encargado de administrar el destino de los muertos). En Dragon Ball morir no es el fin de algo, sino una parte más del ciclo de la existencia en el universo; y los dioses que habitan este mundo se parecen más a funcionarios públicos inmortales encargados de administrar ese orden.

En la saga siguiente, el villano principal es un emperador del universo al estilo Star Wars que rivaliza con una raza de guerreros, los saiyajin, cuyo príncipe es su principal amenaza (Vegeta también está emparentado con Paul Atraides, protagonista de Dune). Sin embargo, este no es un conquistador clásico: es un especulador inmobiliario espacial que convierte planetas en activos.
Durante la segunda mitad de los ochenta, Japón vivió una de las mayores burbujas financieras e inmobiliarias del siglo XX. El precio de la tierra en Tokio se disparó y en el peak del neoliberalismo a nivel mundial, empresarios en Japón compraban terrenos para no usarlos, sino para revenderlos, y se decía que unos pocos metros cuadrados de Tokio valían más que países enteros. En 1991 esta burbuja especulativa estalló y comenzó lo que se llamó la “década perdida” japonesa. Freezer aparece en el manga en ese umbral temporal.
No se puede decir que Toriyama “pensó en la burbuja” para crear a Freezer, pero el clima cultural estaba ahí. Como al capital especulativo, a Freezer no le importan los planetas ni la vida; solo le importa el valor de cambio. Su forma de hablar es educada, cortés y empresarial. Freezer no grita como un tirano: sonríe como un CEO ambicioso, mal que les pese a ciertos sectores políticos amantes de Dragon Ball que admiran o aspiran a ser especuladores.
Aunque hoy parezca difícil de pensar, Dragon Ball estuvo a punto de terminar en varias ocasiones. Uno de esos finales inminentes se vislumbró en el crepúsculo del arco de Freezer. Corría el año 1991 y hubiera sido un cierre perfecto para una saga legendaria: alcanzando el grado de súper saiyajin, Goku venció al emperador del universo y murió en la explosión del planeta Namekusei. Sin embargo, ni Shonen Jump ni Toei Animation iban a dejar morir una gallina de huevos de oro. Le pidieron al Sensei que continuara como sea la saga. ¿Qué podía venir luego de vencer al mismísimo emperador del universo?
La respuesta estuvo otra vez en la ciencia ficción y en los tráilers de próximas películas que se pasaban por el cine. Uno de los estrenos más esperados de ese año fue la secuela de “The Terminator”, la película que había lanzado a Arnold Schwarzenegger al Olimpo de Hollywood. La segunda parte “Judgment day” se estrenó en salas de EE.UU. a principios de agosto de ese año. Un mes antes, el 15 de julio de 1991, Toriyama daba vida a su propia versión de John Connor/Kyle Reese.
Al igual que Connor, Trunks representaba la esperanza de la humanidad frente al inminente genocidio exterminador de las máquinas; y, como Reese, viaja al pasado en una máquina del tiempo para impedir una tragedia y cambiar la historia. Los editores amaron la idea y dieron el visto bueno para continuar, aunque meterían bastante mano en el guión de la saga.

Hablar de la obra de Toriyama es hablar también de los editores que lo acompañaron en las distintas etapas: Kazuhiko Torishima, Yū Kondō y Fuyuto Takeda. Si bien los tres estuvieron en distintos momentos de la serie, Toriyama consultaba a todos (sobre todo a Torishima, el que más lo exigió). Freezer había dejado la vara muy alta como villano por su carisma, presencia y el temor que infundía. Los androides 19 y 20, que Toriyama pensó como principales enemigos en un inicio, no eran carismáticos ni transmitían temor o respeto; 17 y 18 eran estereotípicamente bellos y no parecían tan malvados (de hecho, rápidamente el autor shippea a 18 con nuestro querido Krilin).
Toriyama encontró la respuesta en otra rama del sci-fi: Cell es un androide pero biotecnológico, un producto de la bioingeniería sin ética, que combina características de Alien (en su origen como larva hasta criatura monstruosa) y Depredador (en su forma física) y encarna el temor al descontrol tecnológico de los avances científicos propios del fin de la Guerra Fría. Kondo, editor en ese momento, le insistió para que perfeccionara ese personaje y le agregara transformaciones como Freezer. Así llegaron al diseño de Cell Perfecto que conocemos, y que, ciertamente, es tan memorable como el emperador del espacio.
Buu y el cierre mitológico
El otro final posible, por supuesto, fue con Cell. Con Goku muerto y Gohan superándolo, todo estaba dado para cerrar la historia: el héroe había cumplido su misión y la siguiente generación estaba lista para tomar la posta. Sin embargo, una vez más, los editores (esta vez, Fuyuto Takeda) insistieron en continuar. Toriyama aceptó con una condición: mayor libertad creativa. Estaba cansado, sentía que las ideas comenzaban a agotarse y quería volver a escribir guiones con más humor, como en los inicios.
La respuesta para darle un cierre definitivo a la saga estuvo en la vuelta al origen: la mitología oriental. Majin Buu no es un villano político ni tecnológico, sino una fuerza primigenia, caótica y anterior al orden mismo del universo, cuyo concepto recuerda a los "puni" o "mazoku" del folclore japonés. Su sola existencia desequilibra la armonía entre el mundo de los vivos y el otro mundo, y los propios Dioses Supremos se ven obligados a intervenir en el plano de los mortales. Este regreso a lo mítico también era el camino narrativo más orgánico para traer de vuelta a Goku desde la muerte. Además, había un arco de personaje que quedaba pendiente de cerrar: el de Vegeta.
Una de las grandes enseñanzas de Dragon Ball es que la convivencia exige dejar el ego de lado. En Viaje al Oeste, esta idea se cristaliza cuando Sun Wukong comprende que su fuerza y su rebeldía sólo adquieren sentido cuando se ponen al servicio de un bien colectivo, y acepta convertirse en discípulo de Buda. Ese arco de redención es una constante en la obra de Toriyama y se expresa con claridad particularmente en dos de los personajes que comienzan como antagonistas y terminan siendo protectores del equilibrio: Piccolo y, de manera más profunda y dolorosa, Vegeta.
Sorpresivamente, el héroe del final no es Goku ni Gohan ni Vegeta ni Vegetto ni Gotenks. El héroe es colectivo. Vegeta, una vez que admite que Goku es el número uno, no por vencer a los demás sino por superarse a sí mismo constantemente, logra desprenderse de su orgullo (ego). Y encuentra así la estrategia para derrotar a Majin Buu.
Él mismo había recibido el impacto de una Genkidama nerfeada que casi lo mata. Pero Freezer, más débil que Buu, también sufrió ese poder y lo pudo resistir. Solo una Súper Genkidama formada con la energía de toda la humanidad podía vencer a un enemigo de esa magnitud. Goku ejecuta el ataque, Vegeta diseña la estrategia, Mr. Satán (que comenzó como alivio cómico y terminó encarnando el poder simbólico de los ídolos populares) convence a la humanidad de participar, y millones de personas entregan su energía. El héroe colectivo. Quizás, como señala Panessi, “el mayor legado involuntario de la obra de Toriyama”.

En Oriente (y particularmente en China) la idea de comunidad organizada no es una discusión sino un principio. Cada parte ocupa su lugar en función de un equilibrio mayor, incluso a costa de los deseos individuales. Tal vez el propio Toriyama haya atravesado un proceso similar al dejar de lado su agotamiento creativo tras la saga androide para escribir un cierre digno. Sus editores le dieron la chance de completar el viaje de su Son Goku de forma épica. Al final, quien cumple el último deseo de Goku no es Sheng Long, sino Enma Daiō-sama, que le devuelve a su rival más formidable purificado y convertido en un ser bondadoso, para que luche, aprenda y se forme como guardián de la vida y el equilibrio universal.
Es una realidad que la serie ha quedado encasillada en un consumo varonil debido a la representación de las masculinidades y las tramas atadas a la fuerza física de los protagonistas. Pero lejos de ser solo eso, con Dragon Ball, Akira Toriyama adaptó al Rey Mono y lo enfrentó a los desafíos, temores y amenazas imaginarias del final del siglo XX. La obsesión de Sun Wukong por la inmortalidad, imposible en el plano físico, se cumplió en términos culturales gracias a Toriyama.
