14 min read

En mi breve experiencia en la literatura, uno nunca quiere escribir. Uno escribe o no escribe. That's it. Funciona como un peso molesto, un fantasma insoportable colgado en las orejas que te obliga a sentarte, abrir un Word y empezar a teclear. Pero generalizar lo que siento es una irresponsabilidad, un salto conclusivo boludón que quisiera evitar. Sospecho, entonces, que sí existe gente a la que pueda servirle un pequeño empujoncito.

Por eso decidí empezar a trabajar en este ciclo de entrevistas a escritores para gente que quiere empezar a escribir. Llamé a gente que respeto y cuya escritura, de un modo u otro, me resulta inspiradora. Tal vez encuentren en sus respuestas, sus consejos y sus métodos de trabajo eso que les hacía falta para, finalmente, empezar a poner una palabra detrás de la otra. La saga sigue con Juan Felipe Salguero, de Café Kyoto, para hablar sobre escribir videoensayos.

Entrevistas a escritores para gente que quiere empezar a escribir - Episodio I: Cuentos, con Luciano Lamberti
Una saga de charlas sobre las motivaciones y condiciones de la escritura. Y la primera viene con spoiler: vas a necesitar mucho tiempo a solas.

Empezaste escribiendo para otro canal de YouTube. Guionabas contenido para que otra persona se hiciera cargo, con su cara y sus gestos, de tus palabras. ¿Qué se sentía cada vez que veías a otro decir tus líneas? ¿Te sentías bien al ser el director de una especie de teatro, alguien que, desde las sombras, comandaba un títere a tu voluntad? ¿O más bien te generaba algún tipo de incomodidad, como si alguien te estuviera robando algo que creías que te pertenecía?

La sensación era (y en algún punto sigue siendo) extraña. Desde la primera línea que escribí para un Otro entendí que esos bosquejos precarios no me pertenecían en lo más mínimo. Pero tampoco le pertenecían del todo a nadie más. Eran textos sin un hogar claro. No ponía un gramo de mí en esos esbozos, o al menos eso creía. Y cuando sí lo hacía, cuando alguna idea se filtraba entre las consignas y los encargos, aparecía una sensación de despojo que en ese momento no supe nombrar. Con el tiempo la fui entendiendo mejor, y terminé encauzándola en mis propias reflexiones sobre la propiedad, la autoría y esa idea de que algo puede ser «de alguien» de manera pura y estable.

Obviamente, hay una cuestión autoral conflictiva de por medio. Escribir para otro siempre implica una negociación entre la voz propia y la ajena, entre lo que uno piensa y lo que el encargo demanda. Pero en ese momento fue el vehículo que encontré para que mis ideas (que por entonces eran apenas destellos intermitentes e inaccesibles hasta para mí) encontraran un destino. Y ese destino eran cientos de miles de personas que, sin saberlo, estaban siendo interpeladas por un rostro que (probablemente) jamás iban a conocer.

Escribir para otro siempre implica una negociación entre la voz propia y la ajena, entre lo que uno piensa y lo que el encargo demanda.

Con el tiempo la tarea se mecanizó. Se volvió oficio. Y en esa mecanización empecé a sentir con más claridad ese despojo del que te hablaba antes. Ya no como un conflicto puntual, sino como una condición estructural. En este mundo, al final, nada le pertenece a nadie. Y así como bailar nunca fue algo que sintiera como propio, la envidia es un sentimiento del que fui despojado el día que nací. Capaz porque entendí demasiado pronto que las palabras son apenas un préstamo momentáneo en una conversación que es mucho más grande que yo.

¿Por qué abandonaste ese trabajo? ¿Qué sentías que no estaba siendo satisfecho? ¿Había algo en el proceso creativo con lo que no estabas de acuerdo y preferías ser vos quien estuviera en el control total de la sala de operaciones?

No sé si fue por lealtad, por profesionalismo o por simple pudor que, cada vez que me preguntan, respondo: «Me fui por diferencias creativas». Tal vez las dos primeras. Lástima, a nadie. A esta altura, todo ejercicio es contrafactual. Pero estoy convencido de que, si se hubieran respetado los acuerdos iniciales (esos pactos de facto que establecimos cuando decidí meterme de lleno en el proyecto) probablemente habría seguido ahí durante años. Y, en ese caso, hoy no sería el tipo que soy. No me arrepiento en lo más mínimo de haberme ido. Hablo de acuerdos porque, durante un año y medio, lo que al principio parecía un rasgo marginal del tercer socio en discordia (el otro era mi hermano, con quien felizmente sigo trabajando hasta hoy) terminó expandiéndose como una metástasis que invadió cada célula del proyecto hasta volver inviable su continuidad sin una intervención tan traumática como estructural. Mi rol como jefe del equipo de guionistas estaba plenamente asumido, y ni siquiera se trataba de una disputa por el control. El problema era más profundo. Dentro de un mismo cuerpo de trabajo convivían dos proyectos tan antagónicos como mutuamente excluyentes. No podían coexistir sin anularse. Llegamos al punto en que esas tensiones transformaron al proyecto en un corazón que latía, pero no bombeaba. La mesa directiva estaba compuesta por tres, y terminó imponiéndose el capricho de uno por sobre el criterio compartido.
Nos fuimos por la puerta de atrás. Después, la historia hizo el resto.

Entrevistas a escritores para gente que quiere empezar a escribir - Episodio II: Guion, con Malena Pichot
Una saga de charlas sobre las motivaciones y condiciones de la escritura. En la segunda entrega, la guionista, directora y actriz habla de humor, textos y afanos.

Lo que hacías te daba de comer. Se llamaba entonces, y sin muchas vueltas, trabajo. ¿Te considerás un trabajador de la palabra? ¿Qué creés que implica trabajar con la palabra?

Durante mucho tiempo me negué a asumirme como un trabajador de la palabra, aunque ejerciera mi oficio con una disciplina más cercana a la de una fábrica que a la bohemia romántica que suele atribuírsele a la escritura. Es una etiqueta con la que me fui amigando a medida que me despojaba de otras: youtuber, divulgador, comunicador, streamer, periodista. Todas describían algo de lo que hacía, pero ninguna alcanzaba el núcleo. La palabra (y, por consiguiente, la escritura) fue siempre la génesis de todo lo demás. Escribir, para mí siempre fue una forma de autoconocimiento. Uno empieza a entenderse en la medida en que logra explicarse lo que piensa ante una hoja en blanco, en la oscuridad del rincón más recóndito de su casa.

La epifanía me llegó a comienzos de la pandemia, un período que atravesé en gran parte junto a mi pareja de aquel entonces. En un momento se me presentó el desafío de volver a mi casa para grabar una batería de videos que había escrito durante los primeros veinte días de cuarentena estricta. Como trabajador de la palabra no encajaba en la categoría arbitraria de «trabajador esencial», no tenía forma legal de bajar desde los palacios afrancesados de Recoleta hasta La Boca, donde vivía. Hasta que se me ocurrió una idea que, en ese contexto, me pareció brillante: donar sangre. Con ese permiso podía trasladarme hasta un hospital en Barracas. Podría haberme bajado del colectivo en la puerta y caminar hasta mi casa sin más, pero por alguna razón entré, hice la fila y doné. Era el precio a pagar.

Entrevistas a escritores para gente que quiere empezar a escribir - Episodio III: Ensayo, con Tamara Tenenbaum
Una saga de charlas sobre las motivaciones y condiciones de la escritura. En la tercera entrega, el ensayo como género y la importancia de los métodos de planificación, redacción y edición.

"Escribir" es una tarea extraña, más todavía en Argentina, país que todavía parece guardar respecto de esa tarea cierta forma de veneración. ¿Cuándo entendiste que, efectivamente, estabas "escribiendo"? ¿Te dio alguna clase de miedo saber que compartías oficio o profesión con gente de la talla de Jorge Luis Borges, Rodolfo Walsh, Sara Gallardo o David Viñas, por nombrar algunos?

Stephen King tiene un texto autobiográfico titulado Mientras escribo, donde habla de muchas cosas de su vida íntimamente ligadas a su oficio, entre ellas su alcoholismo. Hay una escena que siempre me quedó grabada: cuenta que, antes de irse a dormir, tenía que vaciar en la bacha de la cocina las cervezas que le quedaban en la heladera. Porque, si no lo hacía, cuando se acostaba las escuchaba hablar. Y entonces inevitablemente se levantaba a tomar otra. Y otra. Y otra.
Asumirme como alguien que trabaja de escribir es muy distinto a asumirme como escritor. El oficio puede ser una tarea. La identidad es otra cosa.
Yo me asumí como escritor cuando entendí que la escritura también podía hablarme a mí. Cuando descubrí que, si no me sentaba a escribir, lo que no llevaba al papel me empezaba a murmurar en la cabeza con la misma insistencia con la que a King lo llamaban las cervezas. Yo no necesitaba vaciar nada en la pileta para poder descansar. Necesitaba escribirlo. Me asumí como escritor el día en que entendí que no se trataba de prestigio ni de etiqueta, sino de dependencia. Aunque sí, también tuve problemas de consumo de alcohol.

Con el tiempo "domaste" cierto lenguaje, y te aggiornaste a la dinámica contemporánea de la divulgación de la filosofía política y el video-ensayo en YouTube. ¿Qué fue lo que terminó por pulir tu forma de comunicar? ¿Hay canales de YouTube o Podcasts específicos que te hayan formado?

Fue un proceso largo, arduo y traumático. La verdad es que durante mucho tiempo desprecié mi forma de escribir. Me parecía (y me sigue pareciendo en cierto punto) mecánica y artificiosa, como si cada frase estuviera más preocupada por exhibir su arquitectura que por decir algo con claridad.

Escribir, para mí siempre fue una forma de autoconocimiento. Uno empieza a entenderse en la medida en que logra explicarse lo que piensa ante una hoja en blanco, en la oscuridad del rincón más recóndito de su casa.

Recuerdo que un día, en la facultad, un profesor leyó en voz alta un cuento que había escrito para su clase. Después de enredarse en una concatenación absolutamente innecesaria de subordinadas, paró y, delante de todos mis compañeros, me preguntó: «¿Por qué escribís así? ¿De verdad querés escribir así? Es como estar leyendo a (Theodor) Adorno». Tenía razón. Y eso que yo admiraba a Adorno. Pero la admiración no justifica la imitación torpe. No hay luz posible en un faro cubierto por su propio hollín. Sigue siendo, hasta el día de hoy, el mejor profesor que tuve en toda mi vida universitaria.

¿Qué te sirvió para entender cómo se escribía? ¿Tenés libros de cabecera sobre escritura periodística o de ensayo? ¿Recomendarías alguno?

Con los años fuimos desarrollando una dinámica hermosa con la audiencia de Café Kyoto. Hay un pacto implícito: cualquiera que se haya sentado a escucharme con atención sabe que nunca hablamos solamente del texto, sino de lo que nos pasa a cada uno con ese texto.

Bajo esa lógica, cualquier obra escrita con un poco de corazón tiene potencial ante los ojos de quien se acerca con honestidad. Esa premisa me permitió habilitar un ida y vuelta muy fértil con la audiencia, un intercambio que fue moldeando mi forma de escribir y que me enseñó a trazar esa línea difusa que existe en este oficio entre que no se te entienda y no querer hacerte entender. Lo primero lo pude trabajar: con práctica, con escucha y con retroalimentación constante. Lo segundo, en cambio, es un asunto que excede la técnica. Eso ya es material para terapia.

Entrevistas a escritores para gente que quiere empezar a escribir - Episodio IV: Crónica, con Victoria De Masi
Este ciclo de entrevistas a escritores está destinado a gente que quiere empezar a escribir y necesita un empujoncito. La saga sigue con las respuestas, consejos y métodos de trabajo para escribir crónicas de Victoria De Masi.

¿Hiciste talleres literarios o de escritura ensayística o periodística? ¿Cuál fue tu experiencia?

Mi trabajo como escritor empezó mucho antes de que desarrollara un interés consciente por perfeccionar mi escritura. Las únicas instancias formativas que atravesé fueron los distintos niveles de taller que cursé durante la carrera de Ciencias de la Comunicación en la Universidad de Buenos Aires.
Dentro de un cuerpo docente realmente excelente, puedo destacar a mi profesor Osvaldo Beker, quien, con una pedagogía tan exigente como lúcida (a la altura de aquellas devoluciones incómodas pero necesarias como las del incidente Adorno), supo sacar lo mejor de sus alumnos. Estudiar con él fue entender que, aunque ya llevara más de cinco años ejerciendo el oficio, escribía mal. Muy mal. Y, aun así (o justamente por eso) no perder las ganas de mejorar.

Cuando empezaste a escribir cosas de más largo aliento, ¿a quién le mostrabas los avances? ¿Cuán abierto sos a las reformulaciones y revisiones de un tercero? ¿Te sirven las devoluciones o preferís trabajar solo?

Sin dudas, mi hermano Tomás. Durante muchos años (y sobre todo en la etapa formativa de Café Kyoto) la escritura fue un ida y vuelta constante entre nosotros: lecturas en voz alta, debates, reescrituras, acuerdos y desacuerdos.
A veces uno puede tener una buena idea, un buen disparador, pero rápidamente descubrir que le está apuntando al cielo. Y nada más que eso. En esos casos, tener a alguien que te lo señale a tiempo es fundamental. Hoy Café Kyoto se volvió algo mucho más personal, en parte porque ya no comparto estas inquietudes de la misma manera con nadie más. Hace varios años que no vivimos juntos y, cuando nos vemos, suele ser en un contexto de trabajo. Ahí se vuelve más difícil habilitar ese tipo de diálogo, ese espacio de fricción creativa que necesita tiempo, confianza y un marco que lo contenga.

Juan Felipe Salguero (Café Kyoto)

¿Usás algún tipo de software especializado para organizar el proceso de escritura? ¿Notion, Scrivener, Plotter, Hemingway Editor, Final Draft?

 No. Recién hace un par de años empecé a escribir en Google Docs, únicamente con la finalidad de tener los textos a mano en caso de necesitarlos para su edición o hacerlos circular. Más recientemente, mi ludismo sofisticado me permitió incorporar Adobe Acrobat, sobre todo por algunas de sus herramientas de edición de PDF y por un asistente de IA lo suficientemente limitado como para no hacerme sentir cómplice de alimentar a Skynet cada vez que busco una palabra, una definición, un tema o un capítulo clave en algún material. Voy a investigar las opciones que me comentás.

 ¿Escribís a mano o en la PC? ¿Por qué?

PC, por más romántico que quiera parecer. Tengo una letra espantosa y, además, el problema de apretar demasiado la lapicera mientras escribo. Mi cuerpo no entiende qué es escribir sin tensionarse. Después de un par de hojas termino exhausto. Con la PC puedo pasar muchas, muchísimas horas escribiendo. Y además (seamos honestos) soy un nudo gordiano de inseguridades. Una oración, por más simple que sea, puede someterse a decenas de correcciones antes de que la deje en paz.

No solo sos escritor, sos también diseñador, director, montajista y editor. Herzog decía que, muchas veces, lo que él tenía pensado para sus trabajos termina mutando no solo en la tarea del montaje sino también en la tarea de la filmación. Entiendo que seguís ciertos beats que ya están determinados por el texto escrito, pero, ¿cuánto de lo que escribís termina efectivamente quedando en lo que nosotros vemos como producto final? ¿Cuánto te permitís jugar al calor de las jornadas de grabación?

Lógicamente, el guion es la columna vertebral de todos mis videos. Los escribo como si alguien más fuera a leerlos alguna vez (con notas al pie incluidas), aunque rara vez alguien los haya leído después de que yo mismo los leyera frente a cámara. Capaz es la fantasía de alguna vez publicar una compilación.
El tono del video puede intuirse a partir del tema que estamos abordando, pero eso no impide que aparezcan sorpresas en el proceso. Escribir para leer es una cosa; escribir para decir es otra completamente distinta. Hay palabras que funcionan perfecto en la hoja, pero que, dichas en voz alta y con acento rioplatense, suenan artificiales o impostadas. Esos detalles suelen corregirse sobre la marcha, durante el rodaje. En la práctica, casi todo lo que se escribe termina diciéndose a cámara. Sin embargo, cuando llega el momento de editar (con la cabeza más fría), algunas frases pueden sonar redundantes, confusas o simplemente innecesarias, y entonces las serrucho sin demasiada contemplación. Salvo en contadas excepciones, cuando una escena fue planificada con muchísima anticipación, la puesta estética del video empieza a definirse durante el rodaje y termina de tomar forma en la postproducción. Hace algunos meses grabamos un video en el que, en pleno proceso de filmación, surgió la idea de darle una estética de película de terror. Funcionó. Y esos son los juegos que más disfruto.

Carlos Busqued: kraken vidente y el gordo definitivo
De bloguero misántropo a autor de culto, Busqued revolucionó la literatura argentina con solo dos libros y un ojo clínico para la marginalidad. Descubrí al gordo que prefirió el silencio a la saturación.

¿Cómo te formaste como director, montajista y editor? ¿Fuiste a alguna academia especializada, alguna universidad o sos más bien un autodidacta?

Como casi todo lo que hice en mi vida, fue completamente autodidacta. Hacía lo que debía porque podía, y con los pocos recursos que siempre tuvimos. Así es como también colgué la guitarra y me hice baterista. En todo proceso creativo aparecen desafíos que (principalmente en este gremio) suelen exigir cierta habilidad técnica. Y como nunca tuve plata, la ecuación era bastante simple: si quería algo, tenía que aprender a hacerlo. Esa «jodita», muy progresivamente, me fue empujando hasta acá. Alguien tenía que hacerlo.

¿Qué ruta de lecturas o qué procesos de trabajo le recomendarías a alguien con deseos de empezar a producir videos de tu especie?

Primero que nada: que lo intenten. Frecuentemente me encuentro con amigos o colegas a quienes les encantaría meterse en el mundo del videoensayo, y siempre digo lo mismo: el paso más importante, por sobre todas las cosas, es hacer.
Salvo que tu idea sea clavar un
Take On Me único e irrepetible, para dedicarse a esto tenés que poder hacerlo hoy… y volver a hacerlo la semana que viene. Podés tener una gran idea, claro, pero eso no garantiza que puedas sostenerla en el mediano o largo plazo. De hecho, tener una idea ni siquiera asegura que pueda materializarse en un video concreto.

Escribir es proceso. Es fricción. Necesitás disciplina. Necesitás constancia. Necesitás tolerar que lo que salga hoy no esté a la altura de lo que imaginabas. Y volver mañana.

Por eso —al menos para mí— lo fundamental es sentarte y hacerlo. Ver si esa idea fluye, si se desarrolla, si llega a alguna parte. Cuando tengas eso, intentá filmarte. Como te salga. Lo mejor que puedas con lo que tengas. No hace falta ser un experto para ser un gran artista. Doctrina Art Attack. Después te vas a topar con otro gran desafío: la edición. Con algo de práctica y un par de tutoriales, probablemente lo resuelvas. Y cuando finalmente lo subas, capaz descubrís que te quedó bastante cachilo. Probablemente algún forro te lo haga saber en los comentarios. No importa. Ahora sabés un montón de cosas que van a hacer que esas mismas tareas sean mucho más simples la semana siguiente.

¿Qué programas usás para diseñar? ¿Cuáles para editar y montar, qué otros para hacer el tratamiento de color y la postproducción?

Trabajo prácticamente de manera integral con el ecosistema de Adobe. Eso incluye Photoshop para los diseños, Audition para el tratamiento del audio y Premiere Pro para la edición, el montaje y la colorización. Intenté incorporar herramientas más sofisticadas, pero nunca terminé de acostumbrarme.

¿Tres libros?

La Anarquía de Errico Malatesta, Memorias del subsuelo de Dostoyevski, y Dialéctica de la Ilustración de Adorno y Horkheimer.

¿Qué tengo que hacer si quiero empezar a escribir?

Primero que nada: escribir. No hay atajo más sofisticado que ese. No leer diez libros sobre cómo escribir. Sentarte y escribir. Aunque sea mal. Sobre todo mal.
La mayoría de las personas que dicen que quieren escribir en realidad quieren haber escrito. Quieren el resultado, no el proceso. Pero escribir es proceso. Es fricción. Necesitás disciplina. Necesitás constancia. Necesitás tolerar que lo que salga hoy no esté a la altura de lo que imaginabas. Y volver mañana. La etiqueta «escritor» viene (si viene) después. Antes está el oficio. Y el oficio es repetición. Y si descubrís que no podés pasar demasiado tiempo sin hacerlo, entonces no te preocupes. Ya empezaste.

¿Por qué debería animarme?

Porque, si no lo hacés, vas a quedarte con la duda de quién eras capaz de ser cuando te enfrentabas a una página en blanco. Escribir, por sobre todo, es un acto de honestidad. Es decirte: «Voy a ver qué tengo acá adentro». Y eso da miedo, porque puede ser mediocre. Porque puede no estar a la altura de la imagen que tenés de vos mismo. Pero eso está buenísimo, porque también es una forma de construir tu propia identidad. Y, sobre todo, porque escribir ordena. Ordena lo que pensás, lo que sentís, lo que intuís pero no sabés formular. Es una forma de autoconocimiento que no tiene reemplazo. Si no te animás, capaz tampoco pase nada. El mundo va a seguir igual. Y vos también.

Suscribite