No soy cinéfila, no tengo una cuenta en letterboxd, no estoy al tanto de las últimas novedades del cine y no tengo una crítica sofisticada y llena de referencias para hablar de una película, pero alguna vez fui punk, conocí los principios del DIY e invertí muchísimas horas de mi vida en armar videos caseros con amigos en los cuales pensábamos un guion, escenarios, hacíamos tomas y editábamos con nuestras precarias compus de escritorio.
Este texto no es una reseña, porque seguro hay gente mucho más habilidosa y formada para dicha tarea. Más bien, es una suerte de crónica y rejunte de sentimientos (ojalá que algo esperanzadores) que me generó haber visto Godzilla en Santa Fe, el gran evento cinematográfico que da pie a un nuevo género: el súpercine santafecino.

¿Qué es Godzilla en Santa Fe?
En las profundidades de la Laguna Setúbal, un huevo primitivo quedó incubando durante siglos hasta que una tarde cualquiera ocurrió lo inevitable. De entre las aguas emergió un Godzilla mutante, desatando una furia milenaria que amenaza con llevarse puesto el Puente Colgante y sumergir a la ciudad de Santa Fe en el caos. El desastre es inminente, se pudre todo. Pero dos pibes comunes y corrientes, y un científico intentan advertir a las autoridades sobre el peligro. Como era de esperar, al principio nadie les cree demasiado. Sin embargo, con el reptil prehistórico acechando la costanera, los tres tendrán que valerse del puro ingenio santafesino para frenar a la bestia y salvar la ciudad.
Godzilla en Santa Fe es una película 100% casera, hecha 100% desde la autogestión. Algo que comenzó como un sueño de su director, Alexander Duré, y se terminó concretando gracias al laburo en equipo de lo más hermoso que hay en este mundo: los amigos. Alexander cuenta que al principio comenzaron siendo él y Gastón Zuñiga y a lo largo del proceso se fueron sumando más personas. Esto lo destaco porque la acción es tan contagiosa como la apatía. ¿Querés empezar un proyecto y sentís que nadie te va a hacer la segunda? Empezá, te juro que nada contagia tanto como ver a alguien súper manija y entusiasmado haciendo algo.
Es una película 100% casera, hecha 100% desde la autogestión. Algo que comenzó como un sueño de su director, Alexander Duré, y se terminó concretando gracias al laburo en equipo de lo más hermoso que hay en este mundo: los amigos.
Los créditos iniciales anuncian que no hay un interés comercial en la elaboración de la película sino puro deseo de sacarse las ganas de hacer una peli sobre Godzilla entre amigos. Y sí, sé que el dinero es todo un tema y tampoco quiero caer en un discurso un tanto polémico donde romantizamos el no querer hacer guita con las cosas que creamos, pero a veces siento que nos vamos de mambo y nos volvemos incapaces de pensar cualquier cosa por fuera de los circuitos mercantiles. ¿Para qué voy a hacer algo si no me deja guita? Godzilla en Santa Fe viene a decirnos: sí, loco, la guita es reimportante pero no todo en la vida es guita. Y hacete a la idea de que probablemente nunca ganes demasiada guita si no venís de una familia acomodada con suficientes recursos para bancar tus pasatiempos, pero la salida no puede ser resignar un sueño: juntate con tus amigos y HACÉ ALGO igual. Y ellos se juntaron, con cámaras que tenían en casa, sin un mango, algunos problemas de audio, dinosaurios de juguete y dijeron: hagamos una película. ¿Y qué pasó? Llegaron al Gaumont, llenaron salas, esas cosas que solo te pasan cuando finalmente vencés el miedo y te ponés a hacer.
Esa noche en el Gaumont
La sala estaba llena de esa gente rara y particular que nunca sabés bien en qué rincones de la ciudad se esconde, pero cuando la ves sentís la corazonada de que estás en el lugar correcto.
Antes de comenzar la peli presentaron al equipo que la hizo posible: un grupo de chicos muy jóvenes (MUY jóvenes). Ahí sentí mi primer boost de ilusión: todavía hay pibes que se juntan en una casa a flashearla y deciden hacer cosas a partir de ese flash. Antes de dar inicio a la película avisaron que, al finalizar, la audiencia podría adquirir el merch oficial. Por supuesto que cuando terminó la película con mi amigo decidimos ir a conseguir ese bendito merch oficial, el cual era comercializado en la puerta del cine por uno de los actores de la película, Esteban Corva. Él además es artista visual, así que fue quien diseñó los posters. A esto me refiero cuando digo que esta película es el mejor ejemplo de la autogestión y el DIY: todos hacen de todo un poco y lo hacen muy bien, porque, más allá de talento, hay un deseo genuino por darle vida a una idea.
Ingenio laburante, astucia obrera
Esta película es ingenio puro. En todos los sentidos: en su realización, en la manera en la que con tan poco logran contar tanto y en un humor con crítica social muy bien apuntada.
Godzilla en Santa Fe está tan llena de detalles que no alcanza con verla una sola vez. Cuando salimos del cine con mi amigo íbamos recapitulando los distintos elementos que aparecían en la peli y que exponen un ojo extremadamente atento a las vivencias cotidianas del argentino promedio. También se nota que los que hicieron esta película son parte de eso que románticamente llamamos la masa trabajadora. No, en serio: laburantes e hijos de laburantes, que captan el detalle que solo puede captar alguien que tuvo que pasar mucho tiempo de su vida atrapado en las redes insoportables de la burocracia municipal. Una computadora apoyada sobre una caja de archivos color azul que dice “FOLIOS”, reuniones importantísimas para salvar a la provincia que son mantenidas en oficinas repletas de mates y paquetes de yerba semivacíos, una pava eléctrica hecha pelota, el noticiero local con sus titulares dramáticos y jocosos sosteniendo un periodismo de investigación flojísimo de papeles... Todo configura una composición folklórica contemporánea alucinante.
La crítica a la ineficiencia del Estado es brillante, efectiva, afilada y acertada sin ponerse en un lugar antiestatista liberal. Muy por el contrario, deja clara una cosa: nadie se salva solo y, cuando el Estado no responde, debemos activar los lazos comunitarios, pero ante todo hay que romperle bien las pelotas al Estado.
Es el ingenio propio de los que vivimos con el mango justo, estamos inflados las bolas y ya sabemos que cada puto paso que queremos dar en nuestra vida es un rompedero de huevos porque somos unos CROTOS.
La crítica a la ineficiencia del Estado es brillante, efectiva, afilada y acertada sin ponerse en un lugar antiestatista liberal. Muy por el contrario, deja clara una cosa: nadie se salva solo y, cuando el Estado no responde, debemos activar los lazos comunitarios, pero ante todo hay que romperle bien las pelotas al Estado.
Es una película que habla de amor
Esta película para mi es amor. Es comunidad, es la prueba clara de que si nos juntamos de forma desinteresada y mancomunada podemos hacer cosas fascinantes. Y no lo digo solo por la trama (que un poco nos habla de eso), sino por todo el fenómeno de producción que hubo detrás. Los extras y los actores son amigos y familiares que se coparon. La toma en el puente, completamente arriesgada, dependía de que los que estaban manejando ese día para ir a trabajar no los putearan y entendieran que un grupo de amigos estaba filmando una peli, y sorprendentemente lo entendieron. También hay amor y comunidad en la audiencia. Una audiencia que va a bancar la película no solo desde el lugar del fanático freak obsesionado con una pequeña rareza del cine independiente, sino también desde la ternura, desde el cariño, desde el deseo de confiar en que todavía podemos hacer cosas porque sí y decir “banquemos a los pibes de Godzilla en Santa Fe, loco!” En un sistema que nos impone la eficiencia y la hiper-productividad como mandato, donde vamos con nuestros smartwatch tratando de sacar nuestra mejor versión mediante la optimización de métricas (¿Cuánto dormiste? ¿Cuántos pasos hiciste? ¿Cuánta agua tomaste hoy? ¿Qué valores dieron los latidos de tu corazón?), que de repente haya algo que se haga porque sí, porque hay tiempo libre (escaso, pero libre), porque hay ganas, porque es divertido, porque está bueno y punto es no sólo un alivio, sino también una inyección de deseo.

Bancá a tus amigos, bancá a la gente que hace cosas piolas
Sí, muchas veces bancar a nuestros amigos haciendo cosas implica fumarte cinco horas de un evento de poesía performática en un centro cultural donde el inodoro se tapa siempre y tenés que tirar los papeles en un tacho cuya cantidad de residuos triplica su tamaño. Sí, no siempre está bueno, pero hay que bancar. No queda otra, hay que bancar la autogestión, hay que bancar espacios independientes (los de verdad, no mentiras pseudo-corporativas que ya muy bien han sabido defenestrar Fama y Guita en YouTube), bancar propuestas que escapen de los circuitos comerciales y las pretensiones marketineras. No porque seamos fanáticos de la austeridad y no nos interese el dinero; claro que queremos dinero, necesitamos dinero para poder sostener este estilo de vida donde leemos artículos de blogs, nos suscribimos a un newsletter de gordos compu y vamos a ver películas independientes, pero algo más tiene que movernos en esta vida. Así como no tener dinero nos condiciona en muchos sentidos, hacer y crear solo por dinero nos condiciona de la misma manera. Hay ideas, hay sentimientos, hay experiencias que solo pueden plasmarse cuando soltamos de una puta vez esa maldita obsesión por querer pegarla.
No todo puede ser aesthetic, cool y lleno de likes. De hecho, parte importante de la difusión de Godzilla en Santa Fe fue el boca en boca. Cada persona que veía la peli le decía a un amigo: NOOOOO, CHABON, TENÉS QUE VER GODZILLA EN SANTA FE. Otro punto para recuperar un poquito de fe en la humanidad: aún podemos llegar a lugares sin depender 100% de pegarla en redes, todavía funciona el boca en boca y obligar a tu amigo que lleva cinco días encerrado jugando a la play a salir de su casa para otra cosa que no sea laburar.
Cada vez que decidimos consumir algo producto de la autogestión y la producción independiente, por fuera de ese universo de plataformas centralizadas donde ya no somos dueños de nada, salvo de un puñado de suscripciones insoportables, molestamos. Un poquito.
Algunos todavía confiamos en la potencia de lo trash, de lo casero, de lo manual. El DIY no murió, pero está en riesgo de extinción. La buena noticia es que todavía está en nuestras manos mantenerlo vivo y además no es una tarea tan ardua. De hecho, es la mejor manera de conocer clase tras clase de tipos raros y feos, FEOS como vos y como yo. En una entrevista, Alexander Duré dice que la película es en parte “burlarnos de que no tenemos plata y lo hacemos igual”. No tener plata y hacerlo igual, es por ahí. En un mundo regido por el dinero, hacer las cosas igual, aunque no tengas un mango, es un bello acto de rebeldía (por lo menos, en términos poéticos, ya que nadie está aún dispuesto a llevar a cabo acciones un poco más violentas). Hay que volver a abrazar la belleza de lo desprolijo, de lo que no está finamente pulido por la IA o las tendencias de diseño 2026 que saltan en tu tablero de Pinterest. Lo lindo y refinado cada día me aburre más. Por favor, alguien tiene que estar un poco cansado de que todo tenga que ser una experiencia estética. Hacé, creá, bancá, juntate con amigos y amigas, no tengas miedo a equivocarte, no tengas miedo a dar cringe, confiá en el poder de las cosas que son hechas desde el amor (o desde un odio que te rebalsa tanto que necesitás hacer algo con eso: odiar es bueno).
Aunque todo esté perdido, siempre queda molestar. ¿A quién va a molestar Godzilla en Santa Fe? Claro, entiendo que a nadie de forma directa, pero yo creo que cada vez que decidimos consumir algo producto de la autogestión y la producción independiente, por fuera de ese universo de plataformas centralizadas donde ya no somos dueños de nada, salvo de un puñado de suscripciones insoportables, molestamos. Un poquito. No hacemos la revolución, no estamos cambiando la realidad, pero molestamos un poco. Construimos comunidades, permitimos que otras cosas ocupen lugar en un mundo donde el espacio, aunque enorme, es limitado. Son maneras que tenemos de hacer de nuestra existencia presencia y resistencia frente a un circuito productivo que te quiere tan adentro como afuera.

