Dos cosas han hecho que el público general haya vuelto sus ojos sobre los X-Men en los últimos dos años. Una, el último tráiler de Avengers: Doomsday, en donde el protagonismo se lo llevan los mutantes. El otro, la salida en 2024 de la espectacular serie X-Men ’97, un auténtico éxito de público y crítica que, encima, se arriesga a retomar un lore noventoso y “extenderlo” a otras sagas adaptadas que han desfilado en los issues de la serie. Este humilde aporte, que sigue la saga de "guías" como la de los Los Cuatro Fantásticos, Batman o Superman, tiene como fin orientar a aquellos que entraron a los X-Men por las películas o por la última serie. Y, de paso, es un guiño cómplice para los que habían aceptado su naturaleza mutante desde mucho más atrás en el tiempo, por ser lectores de Forum, Vid o Símbolo, por haber visto la primera temporada de la X-Men Animated Series en Fox Kids o Telefé o por haber perdido noches y noches con más de un jueguito.
Momento, cerebrito… ¿Quiénes son los X-Men?
Para muchos, X-Men nació como metáfora de los Civil Rights en su mutante ADN: Xavier es Martin Luther King, Magneto es Malcolm-X, los mutantes son los afrodescendientes inclinándose hacia la vida en armonía o hacia la lucha racial por la hegemonía. Pero, así como la historia se repite (dice Marx que dijo Hegel), el origen de los X-Men se da también en dos tiempos. Ninguno de los dos alcanza nunca, por supuesto, el mote de farsa: todo en los X-Men siempre bordea la tragedia; mejor, el más intrigante de los melodramas.
X-Men nació como metáfora de los Civil Rights en su mutante ADN: Xavier es Martin Luther King, Magneto es Malcolm-X, los mutantes son los afrodescendientes inclinándose hacia la vida en armonía o hacia la lucha racial por la hegemonía.
La primera versión, el X-Men número 1, aparece en agosto-septiembre de 1963 de la mano de Stan Lee y Jack Kirby, los dos responsables de haber inaugurado la Marvel Comics propiamente dicha con el invento de Los Cuatro Fantásticos (1961). Justamente, si uno revisa la portada de este primer número mutante (que originalmente se iba a llamar los Merry Mutants, titulazo que más de un guionista con gusto por lo kitsch ha querido recuperar), notará que hay una indicación de que lo que se va a leer tiene mucho del espíritu del cuarteto primigenio en sus páginas. Allí el lector descubrirá por primera vez al Profesor Charles Francis Xavier, un mutante paralítico con poderes telepáticos (puede leer la mente) y telequinéticos (puede mover cosas con la mente) que desafían cualquier idea previa y hasta posterior de lo que el control mental puede hacer (¡tiemblan los hipnotistas adictos al programa de Susana Giménez!... Ah, cierto que eso no existe más).
Xavier ha fundado una Escuela para Jóvenes Talentos, tal la traducción al castellano. Allí se encuentran sus cinco alumnos, la piedra basal de la formación en este misterioso instituto: Cíclope, Bestia (sin el pelo azul que hoy lo caracteriza), Ángel, Hombre de Hielo y Chica Maravillosa, nombre que nunca le pegó del todo a Jean Grey. En ese primer issue se enfrentan al enemigo por antonomasia de los X-Men, Magneto, amo de la atracción, cuya primera versión estaba mucho más cerca de los villanos típicos de la Silver Age, lejos todavía de los numerosos matices que tendría con el paso del tiempo. Se agregarían algunos X-Men, pero los más estables fueron sin dudas Havok, el hermano de Cíclope con la capacidad de disparar rayos de plasma, y Lorna Dane, llamada mucho más adelante en el tiempo Polaris, quien resultaría ser hija del amo del magnetismo (junto con La Bruja Escarlata y Mercurio), dueña de las mismas capacidades que su procreador.

La serie original de los X-Men sería un poco el patito feo de la multitud de títulos creados por Kirby y Lee, hasta el punto de que cierran su colección en el número 66 para luego dedicarse a reimprimir historias clásicas hasta la mitad de la década del setenta. En esos años, los X-Men aparecerían en algunas historias, y hasta sus personajes tendrían una nueva vida en otras colecciones, como pasó con Bestia, quien sufriría la transformación en la criatura de pelo azul (aunque primero fue gris) y luego ingresaría en la fila de Los Vengadores, serie que nació junto con los X-Men y que había ganado la partida en ese tramo inicial de la historia. Pero este es el primer origen; vayamos al segundo, quizás, mucho más relevante.
En 1975, Roy Thomas, pero sobre todo Len Wein, dos guionistas que hacían las veces de editores y que veían con buenos ojos la idea de crear un grupo con miembros de diferentes partes del mundo, pusieron manos a la obra. Thomas había sido el guionista del último tramo de los X-Men originales antes del cierre, teniendo una etapa memorable de la mano del increíble Neal Adams (leer esas historietas, en verdad, es un ejercicio de disfrute comiquero inigualable). Pero lo cierto es que, pese a esta intención de armar un grupo multicultural, Thomas poco pudo hacer, por lo menos hasta la aparición del Giant Size X-Men n° 1, la mítica Second Genesis, que quedaría totalmente a cargo de Len Wein y de un joven pasante que tenía sus pies puestos en el mundo del teatro: Chris Claremont. Este tercer miembro es clave y, en algún modo, no se pueden pensar los X-Men del 75 sin la caracterización del querido Chris, o sin los disfraces, las poses, la combinación de colores y lo llamativo de sus concepciones visuales, a cargo de Dave Cockrum. Este último era un dibujante que había partido de DC luego de una pelea tonta por el reclamo de originales y que había dejado una marca indeleble en la historia de la Legion of Superheroes, al haber sido el responsable del cambio de look de todos ellos para entrar en la década del rock progresivo, pero también de la música disco. Varios de los bocetos de nuevos personajes, pensados para un spin-off de la Legion, llamado The Outsiders, quedarían flotando hasta hallar su hogar en los nuevos mutantes multiculturales.
No se pueden pensar los X-Men del 75 sin la caracterización del querido Chris, o sin los disfraces, las poses, la combinación de colores y lo llamativo de sus concepciones visuales, a cargo de Dave Cockrum.
Pero, ¿quiénes son estos nuevos mutantes? La lista ya lo dice todo, son esos personajes que se han identificado con la franquicia, prácticamente, desde el momento en que aparecieron: Tormenta, una mutante keniata con la habilidad de controlar los elementos; Rondador Nocturno (sí, lo digo con el tono castizo de las traducciones españolas), un mutante alemán parecido a un demonio azul con la habilidad de teletransportarse; Wolverine (acá me puse purista, pero también pueden llamarlo Lobezno o Guepardo, no me ofendo), originalmente un enemigo canadiense de Hulk que apareció en los números #180-#181 de aquella colección y que ahora integraba un grupo mutante; Coloso, un humilde y sensible granjero soviético capaz de transformarse en una mole de acero; Fuego Solar, un personaje japonés que fue recuperado de la era de Roy Thomas, y que vuela y proyecta fuego de su cuerpo; Banshee, un antiguo enemigo de los X-Men, ahora del lado de los buenos, con la capacidad de volar y arrojar de su boca disparos sónicos; y Ave de Trueno, un nativo-americano apache con fuerza, velocidad y percepción acrecentada. De estos personajes, Tormenta y Rondador Nocturno ya estaban en los bocetos de Outsiders. Wolverine había sido creado por Wein y John Romita, aunque su primera aparición quedó en manos de Herb Trimpe (y Thomas hoy reclama que también algo tuvo que ver). Banshee y Fuego Solar venían de la primera época de la serie. Los restantes eran todas creaciones ad hoc, pero sensibles a esta búsqueda de un grupo multicultural, que sorprende por lo adelantado a su tiempo. ¿Hoy se habla mucho de “inclusión forzada”? Bueno, imaginen lo que era en mitad de los setenta presentar un grupo que tenía una mujer afro, un alemán luego revelado católico, un apache y hasta un superhéroe que venía de criarse con el enemigo rojo.

Si bien la historia de ese número es bastante sencilla (los nuevos X-Men tienen que salvar a los viejos X-Men, atrapados por una isla mutante llamada Krakoa), a partir de su éxito se recuperó el título original y dejaron de publicarse reprints. Empezaron a hacerse historias originales (al comienzo, bimestrales) de la mano del ayudante de Wein, Chris Claremont, quien comenzaría poco a poco a adueñarse de la serie, dándole una impronta que marcaría el ritmo de la década del ochenta. Justamente, desarrollando sus ideas con Cockrum, Claremont inaugurará la historia de Fénix, con la transformación de Jean Grey en el número 100-101, para luego desfilar en una historia cósmica que continuará el dibujante que reemplazará a Cockrum y llevará, con Claremont, la serie a la cima de ventas: el inigualable John Byrne.
Desde 1975 hasta 1991, no podemos pensar a los X-Men sin la escritura de Claremont y su manera de construir la serie. Recomiendo con énfasis el especial de seis capítulos dedicados a “La Patrulla-X de Chris Claremont”, hecho por uno de los mejores podcast dedicados al mundo de las historietas, Sala de Peligro. Cada capítulo tiene una duración promedio de seis horas, pero si hay ganas de meterse de lleno en esta aventura, no puedo sino recomendarlo: no dejan nada afuera.
Perdón: ¿y las recomendaciones?
Sí, claro, vayamos al punto luego de esta dedicada introducción. Voy a pasar a recomendar cuatro posibles “cómics de entrada” para meterse en el mundo mutante, los cuales, claro, son apenas indicaciones para dar los primeros pasos. No recomendaré ninguno de los dos números arriba comentados, ya que son lugares esperables para arrancar. Aquí vamos por otro lado. Como en un laberinto, cualquier puerta es válida para perderse.
“Rubicon” (X-Men vol. 2 #1 al #3)

El título que le puse a la primera saga del volumen 2 de los X-Men responde al título del número más vendido en la historia de los cómics. Sí, con más de 8 millones de ejemplares vendidos y una tapa cuádruple, este issue entró al libro Guiness de los récords, aunque con la trampita de que para completar el dibujo había que hacerse con más de un ejemplar (o sea, tenías que tener cuatro versiones del número 1 para tener el dibujo completo). Esta historia planta ciertas bases que luego continuarán: el tiempo de los X-Men con base en Australia (la “Outback Era”) y la progresiva disolución del trabajo en equipo para convertirse en un cómic coral, en donde cada personaje vive una aventura diferente. Y, por supuesto, la redención de Magneto, personaje complejo y de gran densidad (héroe mutante, sobreviviente del Holocausto, consciente de la ambigüedad de una lucha por la supervivencia contra el enemigo humano, etc.); tanto, que pasó a ser un miembro estable de la Escuela, educando a los Nuevos Mutantes, el grupo de los más pequeños, y ayudando al grupo central.
Los personajes dispersos volverían a juntarse recién en la “Saga de la Isla Muir”, para formar un gran equipo de X-Men. Tan grande que hubo que dividirlo en dos: el equipo dorado y el equipo azul, para hacer honor a los colores del traje que remitía al uniforme escolar del primer equipo. En estos primeros tres números del volumen 2, dedicado al grupo azul (Cíclope, Wolverine, Rogue, Gambito, Bestia, Psylocke y Júbilo), pero con la participación del grupo dorado (Tormenta, Jean Grey, Hombre de Hielo, Coloso, Arcángel), los alumnos de Xavier deben enfrentarse a un Magneto nuevamente villano, enojado por la manipulación que sufrió por parte de la Dra. Moira McTaggert y convencido de que la única manera de vivir en el planeta es imponiendo la voluntad mutante por sobre la humana.

Se consigue fácil, desde los primeros números de Símbolo editados allá por los noventa en Argentina hasta las ediciones más cuidadas y de mejor calidad, en castellano e inglés, que se pueden comprar en la página de referencia para estas adquisiciones. Quizás la edición más recomendable sea el Must Have de Panini, con el título de “Génesis Mutante 2.0”, el cual contiene del #1 al #7 del volumen 2 de X-Men.
“E de Extinción” (New X-Men #114-#116)
Algo que no comenté en su momento y que me parece necesario subrayar: los X-Men siempre han tenido que dialogar con su primo del otro lado del multiverso, la serie Doom Patrol de DC. Las similitudes son tantas que muchos piensan que X-Men es el resultado de espionaje empresarial. El hecho de que Niles Caulder y Charles Xavier compartan la silla de ruedas y sean súper inteligentes, o que tanto los X-Men como la Patrulla Condenada (hasta en España vieron esta similitud: Patrulla-X, Patrulla Condenada) sean un grupo de misfits buscando ser entendidos, bueno, son coincidencias que escapan al mero zeitgeist. Dicho esto, a comienzos de los 2000, qué mejor forma de renovar la agotada franquicia mutante, ya con una adaptación filmográfica encima (la de Bryan Singer), que recurriendo al guionista que hizo que a finales de los ochenta la Doom Patrol vuelva a ser un grupo relevante y hasta estéticamente jugado. Claro, hablamos del mago escocés, Gran Morrison.

Morrison toma a los personajes de los X-Men, se queda con los que más le interesan (Cíclope, Wolverine, Jean Grey, Bestia, Xavier), pasa al bando de los buenos a una villana reconvertida (la Reina Blanca, Emma Frost, quien ya se había sumado a la Mansión X en la época noventera de Generación X como profesora) y se anima a llevar adelante un acto de complejísimas repercusiones que hasta el día de hoy se sigue explorando en los cómics: un genocidio mutante a altísima escala en Genosha, antigua nación africana creada por Claremont como metáfora del Apartheid y reconvertida en paraíso mutante, ahora destruida por súper centinelas asesinos. Sí, es lo mismo que se vio en el episodio “Remember It” de X-Men ’97. A partir de ahí, introduce a Cassandra Nova, hermana gemela de Xavier, y vuelve la mirada sobre el pasado a veces oscuro y la agenda secreta del Profesor X (tópico que sería visitado más de una vez a lo largo de toda la historia de los mutantes).
Grant se propone mostrar a los mutantes no como los eternos perseguidos por la humanidad, sino como el siguiente paso en la evolución. La extinción anunciada en el título no es la de los mutantes: es la extinción de humanidad.
Los dibujos de Frank Quitely, socio recurrente de Morrison, son espectaculares, y aquí el querido Grant se propone mostrar a los mutantes no como los eternos perseguidos por la humanidad, sino como el siguiente paso en la evolución. La extinción anunciada en el título no es la de los mutantes: es la extinción de humanidad, la cual, por más que actúe violentamente, tiene sus días contados.
El run de Morrison está totalmente editado en sus respectivas sagas, inclusive se consigue en las ediciones de tapa dura y negra de Salvat, así que no hay forma de perdérsela en papel.
“Dotados” (Astonishing X-Men #1 al #6)
Siguiendo la línea de Morrison, Joss Whedon (quien luego la pegaría con su entrada en el MCU con Avengers) y el lamentablemente fallecido John Cassaday inauguraron una nueva etapa de la franquicia mutante, retomando el título astonishing, complementario del uncanny, adjetivo fundamental en la vida mutante. Los autores se concentraron en una base sólida de personajes: Wolverine, Reina Blanca, Cíclope y Bestia, la adición de Kitty Pryde (personaje favorito del fandom y de Whedon) y la resurrección del injustamente muerto Coloso. Este último no se veía en las páginas X desde su muerte, un sacrificio necesario para terminar con el virus del Legado (sí, metáfora del SIDA).

Whedon vuelve un poco a los fundamentos originales: personajes con roles claros, pero también la idea de que los X-Men son, ante todo, un grupo de superhéroes. Eso los lleva a enfrentarse a situaciones cotidianas, como detener robos o amenazas civiles, todo en pos de que se vea que los mutantes están para ayudar, no solamente para combatir a sus propios enemigos.
El dibujo de Cassaday es de otro planeta: sus dobles splash pages con los personajes caminando a cámara, un poco inclinados, hacen que el disfrute de este cómic sea tanto por la historia como por su puesta en página. Lo dice alguien que le presta más atención a los diálogos y a la narrativa. Además, esta historia introduce la invención de una “cura” para dejar de ser mutante, que ha tenido su adaptación en X-Men: The Last Stand. No es la mejor de la serie inaugurada por Synger, pero sí la que tiene, creo, la mejor secuencia de pelea (contra un centinela en la Sala de Peligro).
Se consigue en todos los formatos, también en la colección de Salvat: no hay forma de no tenerla por muy poca plata.
“La saga de la Fénix Oscura” (Uncanny X-Men #129 al #138)
Es imposible hablar de los X-Men sin hacer referencia a esta saga. Obviamente, necesita mucha lectura previa para entenderse cabalmente, pero es tan clásica, tan importante para la historia de los X-Men y de todas las historietas Marvel, que no mencionarla es un pecado. Es como hablar de Legion of Superheroes y no tener en cuenta la Great Darkness Saga. Sencillamente, no se puede.

¿Qué hay en esta historia? De todo. Primero, la resolución de la historia de Fénix, iniciada por Cockrum, ahora cerrada por la mano maestra el mejor John Byrne (bah, tiene también otras mejores etapas, sino revisen su paso por Los Cuatro Fantásticos). Hay una extensión del lore inicial tan increíble que la historia comienza en la Tierra y termina, otra vez, en un conflicto interestelar, en donde vuelven a aparecer los Shi’ar. En los primeros números, vemos debutar en las páginas de los X-Men al Club Fuego Infernal, enemigos recurrentes de los alumnos de Xavier, con Sebastian Shaw a la cabeza, pero con la también infatigable Emma Frost como Reina Blanca. Ayudados por Mente Maestra, viejo enemigo de los X-Men ahora convertido en Jason Wyngarde, el Club busca hacerse del poder inconmensurable de Fénix, la querida Jean Grey ahora transformada en una entidad cósmica capaz de hacer desastres a nivel Universo, ya no Sistema Solar. Obvio, le sale mal: Fénix comienza a pasarse al lado oscuro (¿de la fuerza?) y deja de ser la amable Jean Grey para convertirse en una entidad caótica que devora un sol y mata a billones de criaturas de la civilización D'Bari. Acusada de genocidio intergaláctico, Jean es llevada por Lilandra, Majestrix Shi’ar, a juicio por combate, resolución al estilo medieval que Game of Thrones puso luego de moda. ¿Quiénes se enfrentarán en el lado oscuro de la Luna, en una antigua ciudad Kree, por el destino de Fénix? Los X-Men y la Guardia Imperial Shi’ar, creada por Cockrum como eco de sus queridos "legionarios". Así, cada miembro de la Guardia Imperial es una copia de un personaje de la Legion of Superheroes, hasta el punto de que Gladiador no es otro que Superboy (o Mon-El, si gustan). A ese nivel de poder nos enfrentamos.
Es raro contar el final de una historia tan conocida, pero lo cierto es que, por presiones editoriales de Jim Shooter, editor en jefe, la historia original, que terminaba con la supervivencia de Jean, tuvo que ser modificada: alguien que había cometido un genocidio de tal magnitud no podía sobrevivir. En conclusión, Jean/Fénix se suicida para terminar con las atrocidades de la entidad cósmica. El número 138 de Uncanny X-Men es piedra basal de todo lo que vendría en la Bronze Age, hasta el punto de que, inclusive al día de hoy, esta historia es revisitada a la manera de un trauma.
Si bien el modelo de “historia río” de Claremont funciona aquí de manera ejemplar, haciendo que no haya cortes específicos que marquen cuándo comienza o termina una saga, sí es cierto que la lectura de estos números en un solo tomo, por más que acumule referencias a otras historias, es un magnífico trampolín para seguir leyendo historias de mutantes. Y también para meterse en la pata cósmica de una serie que tiene tanto de metáfora social como de épica espacial.
Lo que queda afuera
Quedan afuera muchas cosas. No hablé de la saga “Días del futuro pasado”, otro momento clave en la época Claremont-Byrne; no mencioné “Desde las cenizas”, con el dibujo increíble de Paul Smith; no me estiré hasta la “Masacre Mutante”; ni que hablar de la “Era de Apocalipsis”, de la relativamente reciente etapa de Hickman. Tampoco de otras series, como la increíble Excalibur (que cada vez me gusta más).
Que el lector vaya y se encuentre con su factor mutante preferido. El porvenir dirá si estas recomendaciones han ganado lectores para un universo X que no para de mutar.
