Fui al cine a ver Hail Mary la semana de su estreno: fueron dos horas de puro entretenimiento y pochoclos dulces. No leí la novela de Andy Weir, así que los apuntes que siguen se basan exclusivamente en la película
La historia es una aventura espacial que responde sin sorpresas (pero con eficacia) al esquema clásico del viaje del héroe. Ryland Grace, interpretado por Ryan Gosling, es un profesor de escuela que recibe el llamado a la aventura: una invitación a formar parte del proyecto Hail Mary, la única esperanza de la humanidad ante una amenaza alienígena que está apagando el sol. El profesor Grace primero rechaza el llamado, luego se involucra, encuentra una mentora y aliados, supera las pruebas que se le presentan, aprende algo fundamental sobre sí mismo (en este caso, el valor de la amistad, de arriesgar la propia vida por otro) y retorna con el “elixir” (los microorganismos que salvarán la Tierra). Predecible, sí, pero hay algo en esa estructura que sigue atrapando. El mito no envejece.
En ese sentido, Hail Mary funciona como una película profundamente “Disney”: un universo en el que el orden (material y simbólico) está amenazado, y un héroe individual debe restaurarlo. La amenaza, sin embargo, no proviene de la humanidad (no hay cambio climático, no hay guerra nuclear, no hay capitalismo descontrolado) sino de una fuerza externa: los astrófagos, pequeños organismos alienígenas que devoran estrellas, nuestro Sol entre ellas.
Y entonces aparece Rocky.
Alien vs. E.T: la batalla final
El cine de ciencia ficción hollywoodense suele representar la vida extraterrestre a través de dos grandes modelos. Por un lado, el alien depredador: irracional o incomprensible, destructivo, con el que ninguna cooperación es posible. Es el caso de Alien, donde la criatura es pura biología hostil; de Predator, donde la relación con lo humano se reduce a la caza; o de War of the Worlds, donde la invasión es total y la humanidad apenas puede resistir. Incluso cuando hay inteligencia estratégica, como en Independence Day o Edge of Tomorrow, esa inteligencia, en estos casos, no abre la puerta al diálogo sino que refuerza la lógica militar, la voluntad imperialista. En estos universos, lo alien no es un interlocutor posible: es una amenaza que pretende colonizar nuestro planeta o aniquilarnos.
Por otro lado, aparece el modelo del alien amigable o domesticado: una otredad que puede integrarse sin conflicto a nuestras categorías afectivas y morales. Desde E.T. hasta los encuentros armoniosos de Close Encounters of the Third Kind, pasando por versiones más contemporáneas y paródicas como Paul, este modelo propone una relación basada en la empatía y la cooperación. Incluso cuando la diferencia parece más marcada, como en Avatar, esa otredad se vuelve rápidamente legible: los Na’vi encarnan valores (espiritualidad, conexión con la naturaleza, comunidad) que el espectador reconoce sin dificultad. La diferencia no incomoda: se traduce y se incorpora.
El cine de ciencia ficción hollywoodense suele representar la vida extraterrestre a través de dos grandes modelos. Por un lado, el alien depredador (...). Por otro lado, aparece el modelo del alien amigable o domesticado.
Rocky, el compañero de aventuras de Grace, pertenece claramente a este segundo modelo. Y lo interesante no es sólo cómo está construido, sino también qué aspectos de su mundo quedan fuera de campo.
Educando a Rocky, o los límites de la imaginación
Aunque Rocky posee una tecnología altamente avanzada, la película evita profundizar en su cultura, su organización social o su modo de producción. Su otredad está cuidadosamente limitada: es diferente, pero no demasiado. Su percepción del mundo es apenas distinta de la nuestra, y su moral coincide sin fisuras con la del protagonista humano.
Otro detalle que llama la atención: Rocky es mecánico, Grace es científico. El alien domina la técnica; el humano domina el pensamiento abstracto. Y aunque Rocky parece tener conocimientos más avanzados en varios campos, su lenguaje (su modo de comunicarse) aparece representado como algo que hay que descifrar, traducir, domesticar antes de poder usar. La superioridad técnica de Rocky termina subordinada a la inteligencia interpretativa del humano.
El intercambio cultural, entonces, es unilateral. Grace le enseña a Rocky nuestra música, nuestros códigos, nuestra forma de ver el mundo; y Rocky responde con fascinación. Nunca se pone en juego la posibilidad de que la civilización alienígena cuestione o desestabilice nuestras categorías. No hay conflicto de valores, no hay opacidad cultural, no hay malentendidos irreductibles.
Tal vez el problema no sea que el cine de ciencia ficción imagine aliens “amigables” u “hostiles”, sino que, en ambos casos, los vuelve legibles dentro de nuestras propias categorías. Incluso el enemigo absoluto responde a una lógica reconocible: invasión, guerra, conquista. Incluso el aliado más extraño termina siendo traducible a términos afectivos: amistad, lealtad, cooperación. En ambos extremos, lo alien deja de ser verdaderamente otro. Se convierte en una variación, más o menos creativa según el caso, de lo humano.
Nunca se pone en juego la posibilidad de que la civilización alienígena cuestione o desestabilice nuestras categorías. No hay conflicto de valores, no hay opacidad cultural, no hay malentendidos irreductibles.
En ese sentido, Hail Mary parece sugerir (aunque nunca lo diga explícitamente) que cualquier civilización “honrada” del universo comparte, en esencia, una misma lógica: una organización compatible con el capitalismo, una moral reconocible, una forma de percibir el tiempo y el espacio alineada con la nuestra. Incluso cuando Rocky supera técnicamente al profesor Grace, esa superioridad queda subordinada narrativamente: al final, los alienígenas construyen una playa artificial para el humano, y él termina ocupando el rol de maestro de los “mini Rockys”.
El universo puede ser vasto y desconocido, pero no tanto como para desestabilizarnos.
Habitar la incomodidad, de la mano de Le Guin y Chiang
Por supuesto, hay excepciones. Algunas obras de ciencia ficción han intentado imaginar formas de alteridad más radicales. Un caso especialmente potente en esta línea es La mano izquierda de la oscuridad, de Ursula K. Le Guin. A diferencia de muchas narrativas donde lo alien se vuelve rápidamente legible, Le Guin construye una alteridad que no puede reducirse a las categorías humanas sin generar incomodidad. La novela transcurre en el planeta Gueden, cuyos habitantes no tienen un sexo fijo: son andróginos la mayor parte del tiempo y solo adoptan características sexuales masculinas o femeninas durante períodos específicos. Esta organización biológica tiene consecuencias profundas en lo social, lo político y lo afectivo: no hay división de roles de género estable, no hay estructuras patriarcales en el sentido en que las conocemos, no hay una lógica de dominación asociada a la diferencia sexual.
El protagonista humano, enviado a realizar una tarea diplomática, intenta comprender esta sociedad desde sus propias categorías (masculino/femenino, amistad/deseo, política/traición) y fracasa constantemente. No porque los guedenianos sean hostiles o incomprensibles en sí mismos, sino porque el marco conceptual del humano resulta insuficiente. La novela no ofrece una traducción tranquilizadora: el lector, como el protagonista, se ve obligado a habitar la incomodidad de no entender del todo. En ese sentido, la alteridad no se presenta como un problema a resolver, sino como una experiencia que desestabiliza. Le Guin no imagina simplemente “aliens distintos”, sino que pone en cuestión la universalidad de nuestras propias categorías.

Algo similar ocurre en Arrival, basada en “La historia de tu vida”, una suerte de nouvelle de Ted Chiang. Al igual que en la obra de Le Guin, acá el lenguaje tampoco es transparente: es una forma de organizar la experiencia. Por eso en Arrival es una lingüista la encargada de establecer el contacto con los extraterrestres, llamados heptápodos. Este contacto no se organiza en términos de guerra ni de amistad inmediata, sino de lenguaje. El cuento (y la película) llevan hasta las últimas consecuencias un supuesto teórico fundamental: que el lenguaje no es solo un medio para comunicar el pensamiento, sino una estructura que lo produce. Los heptápodos perciben el tiempo de manera no lineal, y su sistema de escritura (circular, simultáneo) refleja esa percepción. Aprender su lenguaje implica, para la protagonista, alterar su propia experiencia del tiempo, y esto tiene consecuencias tan sutiles como terribles en su manera de transitar la vida desde ese momento. El encuentro con lo alien consigue transformar profundamente la experiencia humana.
Atravesar el espejo: la diferencia como posibilidad y potencia
La diferencia, tanto en la obra de Le Guin como en la de Chiang, no se resuelve: se habita. Esa posibilidad (la de un Otro que no podamos reducir a nuestras categorías) es la que Hail Mary decide no explorar. A diferencia de los guedenianos o de los heptápodos, Rocky no presenta ninguna opacidad real. No hay zonas de incomprensión persistente, no hay categorías que resistan la traducción. Su mundo puede no ser idéntico al nuestro, pero es perfectamente compatible con él.
Esta dificultad para imaginar lo diferente no es exclusiva de Hail Mary. Forma parte de una tendencia más amplia en el cine de ciencia ficción contemporáneo que Roberto Chuit Roganovich analiza en su libro de ensayos El archipiélago. Según Chuit, muchas narrativas audiovisuales actuales avanzan “hasta la acefalía”: llevan la crisis (ambiental, política, biológica) hasta su punto máximo, pero apenas esbozan sus consecuencias. El desenlace, dice Chuit, suele ser una versión aggiornada del “y vivieron felices para siempre”. El género que históricamente se animó a imaginar futuros radicalmente distintos (distopías, utopías, alteraciones profundas del orden humano) termina repitiendo la misma estructura del cuento de hadas, solo que con tecnología más sofisticada y una paleta visual más oscura. El horizonte imaginativo se cierra justo cuando más lo necesitaríamos abierto.

Incluso en películas que plantean escenarios extremos (como Interstellar o The Martian), la resolución vuelve a apoyarse en una confianza casi absoluta en la racionalidad humana y en la capacidad técnica y científica para resolver cualquier crisis. La imaginación del colapso convive con una notable dificultad para imaginar lo que viene después.
En Hail Mary, el colapso económico y social de la Tierra apenas se sugiere. Sabemos que la temperatura global desciende, que el planeta entra en crisis, pero el relato elige cerrar en clave optimista, desplazando esas tensiones hacia fuera de campo.
Y esa clausura imaginativa no es solo narrativa. Es también, y sobre todo, una clausura en la representación del Otro. Rocky comparte nuestra concepción del tiempo y el espacio, se maravilla con nuestra cultura, aprende nuestro idioma, adopta nuestra lógica. No cuestiona nada. No amenaza nada. No nos obliga a repensar nada. Es la versión alienígena que más nos tranquiliza: una mascota inteligente, leal, técnicamente brillante, pero finalmente alineada con los valores de cualquier civilización occidental.
La paradoja es que justamente la figura del alien podría funcionar como una herramienta potente para pensar la alteridad más radical. En una época en la que empezamos a convivir con inteligencias no humanas (algoritmos, modelos de lenguaje, sistemas autónomos), la pregunta por la alteridad, por ese Otro radical, excede el terreno de la ciencia ficción y nos permite interrogar con curiosidad genuina nuestra realidad, explorando todas sus posibilidades. Pero tal vez, parafraseando a Stanisław Lem en Solaris, la humanidad no tiene ningún deseo real de conocer el cosmos ni de aventurarse en otros mundos. Lo que quiere es extender las fronteras de la Tierra. No necesitamos otros mundos, escribe Lem. Queremos espejos.
En una época en la que empezamos a convivir con inteligencias no humanas (algoritmos, modelos de lenguaje, sistemas autónomos), la pregunta por la alteridad, por ese Otro radical, excede el terreno de la ciencia ficción
Y ahí reside también, al menos en mi caso, parte de la eficacia simbólica de Hail Mary. En un contexto global atravesado por incertidumbres (guerras cuya lógica escapa a nuestra comprensión, crisis cuyo desenlace no podemos anticipar), hay algo profundamente tranquilizador en esta imagen de un universo amistoso, habitable, esencialmente parecido a lo mejor de nosotros.
Salí contenta del cine. Gosling está muy bien, la película tiene momentos genuinamente emocionantes, y los pochoclos dulces siempre suman.
Pero no pude evitar pensar, de vuelta en la calle, que el alien que estamos dispuestos a imaginar dice mucho de los límites de nuestra imaginación. Que el género que debería empujarnos hacia lo desconocido tiene décadas llevándonos, con mucho estilo y excelentes efectos especiales, de vuelta a casa.
Y que la única versión del Otro que podemos tolerar es aquella que, en el fondo, no hace más que confirmar lo que somos.