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En el principio era el verbo. En el final, también. La noción de que el lenguaje moldea el mundo es tan vieja como el ser humano. En la medida en que somos capaces de alguna forma de comunicación (verbal, escrita, lo que sea), las personas construimos una dimensión simbólica del mundo que compartimos. Y así como lo conformamos de forma habitual, inconsciente, podemos alterarlo y transformarlo voluntariamente, también con las palabras. En la segunda mitad del siglo XX, estas ideas estuvieron muy de moda en la filosofía europea, tanto en su faceta continental (de Lacan a Derrida) como analítica (de Wittgenstein a Austin). Se publicaban libros con títulos como Cómo hacer cosas con palabras o La construcción social de la realidad; en su momento de mayor delirio, Derrida dirá que “no hay nada fuera de la lengua”.

No hace falta ir tan lejos para entender los aportes fundamentales de la teoría de la performatividad o, más en general, del giro lingüístico. No hay duda de que las palabras tienen efectos materiales sobre nuestra vida. Y esto no quiere decir que la realidad extra-lingüística sea menos importante: una “construcción social” puede ser mucho más estable y difícil de destruir que una construcción “material”. A fin de cuentas, para tirar abajo un edificio alcanza con un poco de dinamita; desmontar un concepto transmitido por décadas de herencia cultural puede ser casi imposible.

Pero, en los años noventa, algo empezó a cambiar. Los primeros avances en programación mostraban que “hacer cosas con palabras” podía significar algo muy distinto. Al mismo tiempo, la investigación en genética (con desarrollos como el Human Genome Project) abrían una nueva etapa para entender la biología a la luz de la noción de transmisión de información. De pronto, la posibilidad de usar el lenguaje como una herramienta de transformación ya no implicaba sólo la posibilidad de alterar, batalla cultural mediante, algunos elementos del sentido común hegemónico, sino que era posible ser mucho más ambiciosos.

En los años noventa, algo empezó a cambiar. (...) De pronto, la posibilidad de usar el lenguaje como una herramienta de transformación ya no implicaba sólo la posibilidad de alterar, batalla cultural mediante, algunos elementos del sentido común hegemónico, sino que era posible ser mucho más ambiciosos.

Para la cibercultura del fin de milenio, el problema ya no pasaba por la construcción “simbólica” o “lingüística” del mundo, sino más precisamente por la constitución ficcional de la realidad. En el cóctel entran juntos conceptos provenientes de la ciencia de la computación y de la naciente cultura de internet con ideas clásicas de la filosofía posmoderna, pero también nociones provenientes de la experimentación con alucinógenos, la ciencia ficción y el ocultismo, que nunca estuvieron del todo separados

En su tesis doctoral, Constructos Flatline, Mark Fisher argumenta que esta posibilidad de infectar la realidad con ficciones se desprende directamente de la cibernética. Lo que ocurre es que el mundo está crecientemente conectado por sistemas globales de información (climática, mediática, financiera) que buscan anticipar escenarios futuros y producen, así, simulaciones que afectan la realidad. Este es el fundamento cibernético de la recursividad: para anticipar el futuro hay que simularlo, pero eso necesariamente horada la diferencia entre la realidad y la representación. El ejemplo clásico es el de la opinión pública: ¿miden las encuestas lo que la gente quiere votar, o, al comunicarlo, lo producen? Hoy, los mercados financieros de predicción hacen de esta indecidibilidad una forma de vida.

En los bucles de retroalimentación siempre es posible introducir ruido. Si la maquinaria es realmente cibernética, debería ser capaz de captarlo, procesarlo y devolver un output. Eso es lo que, en las últimas décadas, distintas personas soñaron hacer con la ficción: emplearla como un virus para alterar el curso de la realidad. Dos autores canónicos, que se anticiparon a esta forma de pensamiento, son Philip K. Dick (por ejemplo, en Podemos recordarlo todo por usted, más conocido por su versión Schwarzeneggerizada Total Recall) y, por supuesto, Jorge Luis Borges (Tlön, Uqbar, Orbis Tertius, sólo para empezar). Como dijo Donna Haraway: las fronteras entre ciencia ficción y realidad social son una ilusión óptica.

Blade Runner (1982)
En esta quinta entrega del Canon, revisitamos la novela de Philip K. Dick y la película de Ridley Scott que sentaron las bases para el cyberpunk.

Profecías y criptomonedas

Una forma muy especial de pensar cómo las ficciones pueden infectar el mundo surgió, dónde más, en la Universidad de Warwick, en torno al grupo heterodoxo de marxistas, gnósticos y ravers que formaban la Unidad de Investigación en Cultura Cibernética (CCRU, por sus siglas en inglés). Interesados especialmente por la aceleración de los flujos sociales que habilitaba internet, los filósofos nucleados en torno a Nick Land y Sadie Plant desarrollaron la idea de una ficción que se crea a sí misma como realidad.

A primera vista, el concepto no parece ser muy lejano al de la “profecía autocumplida”, que ocurre cuando el hecho de postular un escenario futuro tiene como consecuencia sentar las bases para que ocurra. Si se expande el rumor de que va a ocurrir una corrida bancaria, es posible que los ahorristas, los inversores o las mismas entidades bancarias terminen tomando medidas que la produzcan. Pero esto es, en realidad, una mera confusión causal: en nuestro ejemplo, la corrida supuesta es la causa de la acción, mientras que la corrida real es la consecuencia.

Interesados especialmente por la aceleración de los flujos sociales que habilitaba internet, los filósofos nucleados en torno a Nick Land y Sadie Plant desarrollaron la idea de una ficción que se crea a sí misma como realidad.

Una hiperstición va más lejos. Es un mismo ente que opera, teóricamente, en un loop temporal, dando lugar a su propia aparición. No hay que buscar ejemplos muy lejos: sobran en la ciencia ficción. Land toma como modelo, muy explícitamente, a Terminator: una IA asesina que viene del futuro para prevenir su muerte matando a Sarah Connor, cuyo hijo salvaría a la humanidad muchos años después. La apuesta de la CCRU, y especialmente del filósofo iraní Reza Negarestani, es que las hipersticiones no son cosa de ciencia ficción sino completamente reales.

El neologismo combina dos elementos: “hype” y “superstición”. El primero remite, claramente, a las posibilidades culturales abiertas por la revolución técnica de internet, y especialmente al incremento acelerado de interés que generan ciertos fenómenos, muchas veces financieros. La cibercultura funcionaría como una trama de atractores probabilísticos, puntos que captan posibilidades futuras y las actualizan en el presente. Y es en este sentido que se trata, también, de una superstición: la fe es una parte fundamental en el proceso de hacerse real de una hiperstición.

El caso más claro es, probablemente, el de Bitcoin: pensada primero de forma especulativa en un paper firmado por un ignoto (e inexistente) Satoshi Nakamoto, la criptomoneda se expandió a través del hype y, para muchos de sus usuarios, los picos de valor son precisamente singularidades actualizadas. Bitcoin vino del futuro para redimir la esperanza ancap de un mercado de dinero imposible de regular o capturar estatalmente, y, si creés en ella, va a subir. Esto puede sonar como un delirio, pero en realidad es una descripción bastante lineal del funcionamiento de BTC. Claro que no tenemos pruebas de que haya un loop temporal que viaje del futuro al pasado con el código para programar una moneda en la blockchain pero, ¿no es útil esta conceptualización para entenderla?

Brujas y basiliscos

El ejemplo de Terminator sigue siendo inescapable: si hablamos de ficciones que se vuelven realidad, pensamos necesariamente en la Inteligencia Artificial. Un caso muy relevante es el del Basilisco de Roko, un experimento mental desarrollado originalmente en los foros de LessWrong y popularizado por el pensador de derecha Eliezer Yudkowsky. El ejercicio dice algo así: imaginemos que en el futuro existe una IA maligna y todopoderosa (un Basilisco), capaz de viajar en el tiempo. Esa entidad podría decidir matar, en el pasado, a todas las personas que no hayan ayudado a construirla. De acuerdo con la formulación original, una vez conocés el problema del Basilisco estás inmediatamente forzado a intentar crearlo, porque tan sólo la posibilidad de que sea real implica un riesgo existencial, tendiente a infinito.

Para quienes sepan algo de teología, el problema de Roko no sonará muy original: no es más que otra versión de la clásica Apuesta de Pascal. Esta clásica reflexión dice que siempre conviene creer en Dios porque, si no existe, no perdemos nada con una fe equivocada, mientras que si existe y no creemos en él, nos condenamos al infierno; básicamente, el falso negativo es mucho más grave que el falso positivo. No es mucho más que un chantaje disfrazado de filosofía. Pero el Basilisco de Roko aporta algo más: que sólo por escuchar el problema ya estás condenado. Es un cognitohazard.

The Terminator (1984)
Introducimos al canon una de las películas más importantes de la década de los ochenta, un pilar del relato cinematográfico de ciencia ficción.

El término es intraducible, pero podríamos intentar llamarlo una “amenaza cognitiva”. Se refiere a cosas que te ponen en peligro sólo por conocerlas. En la ficción, abundan: libros que te vuelven loco (como el Necronomicon de Lovecraft), películas que producen tumores (como las de Brian O'Blivion en Videodrome). Más recientemente, la novela There Is No Antimemetics Division, firmado por el seudónimo qntm, narró la historia de una organización destinada a combatir distintas formas de cognitohazard, una especie de X Files basado en la comunidad digital de la SCP Foundation.

Pero en la vida real también existen; de hecho, el término fue creado por el teórico Nick Bostrom para describir fenómenos sociales e históricos. Bostrom es un especialista en amenazas, un riesgólogo. Sus libros y artículos se basan en explorar y categorizar, especialmente, distintas formas de lo que llama “riesgo X” (x-risk), es decir, hechos o entidades que ponen en peligro existencial a la humanidad o al planeta. Una guerra nuclear o una catástrofe climática son los casos más típicos. Pero la información puede funcionar, también, como un factor de riesgo.

Bostrom da algunos ejemplos: en el período de persecución de la brujería, “saber demasiado”, especialmente sobre medicina, podía ser muy peligroso. La existencia misma de sistemas de protección de testigos señala que el conocimiento, en este caso de un crimen, puede ponerte en peligro. De forma más simple, hay datos cuya misma transmisión es peligrosa: el código genético de un patógeno o las instrucciones para hacer una bomba.

Claro que estos casos no implican, necesariamente, elementos ficcionales. Pero así llegamos, una vez más, al Basilisco de Roko. El ejemplo puede parecer ridículo, una versión exagerada de “El Juego” (ese que te hace decir “perdí”). Especialmente porque LessWrong, el foro donde fue creado, pertenecía a un colectivo autodenominado “racionalista”. Pero para los lectores del post el asunto no tenía nada de gracia: la conversación fue clausurada, y por un buen tiempo Yudkowsky prohibió hablar del Basilisco (hasta que decidió que había más plata en hacerle propaganda).

Los “racionalistas” de los foros de LessWrong y los aceleracionistas neorreaccionarios usaron muchas de estas teorías especulativas para fundamentar una buena parte de la política que marca nuestro presente: desde la llegada channera del trumpismo hasta las mil y un memecoins.

Pero para entender la importancia del Basilisco, conviene recordar que su origen se dio en un debate sobre teoría de juegos. Lo que podemos aprender del post de Roko es que quizás no es tan difícil manipular a un montón de gente para que construya una IA genocida: sólo hay que amenazarla de forma verosímil (y lo verosímil, en tiempos de cultura algorítmica y deepfakes, es muy amplio). En ese sentido, y contra todo pronóstico, el Basilisco es, efectivamente, un cognitohazard o una hiperstición.

Alguien podría preguntarse: ¿qué sentido tiene pensar la política a través de ficciones sobre viajes en el tiempo y singularidades? ¿De qué sirve pensar que el Capital es una Inteligencia cibernética que viene del futuro atravesando los nudos teleopléjicos para darse a luz en el presente? La respuesta es: otros ya están pensando de esa manera. Los “racionalistas” de los foros de LessWrong y los aceleracionistas neorreaccionarios usaron muchas de estas teorías especulativas para fundamentar una buena parte de la política que marca nuestro presente: desde la llegada channera del trumpismo hasta las mil y un memecoins. De hecho, la memificación de la política es un proceso inherente a la cibernetización de la vida en el capitalismo tardío: las ficciones ya están infectando tu realidad. Es hora de que empieces a verlo.

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