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La literatura después de internet: Fanfiction, shitposting y escritura memética

Elijamos un punto de inicio para la literatura moderna. La decisión tendrá que ser arbitraria, es obvio, pero necesariamente coincidirá con las profundas transformaciones culturales que se dieron en Europa luego del fin del Renacimiento, entre los siglos XVI y XVII. Haciendo honor a este medio digital, digamos que la literatura moderna empezó hace 421 años, en 1605, que casualmente es el año de publicación del Quijote. Buen cálculo.

El libro de Cervantes tiene una característica que lo señala claramente como un hito en la historia cultural: su vínculo con una herencia, una tradición de las letras. En efecto, la locura del protagonista es disparada por su lectura obsesiva de novelas de caballerías, que representan algo así como un choque de épocas: el género literario del medioevo se vuelve mass media con la intervención de la imprenta. En el segundo volumen, esto tendrá una especie de doblez proto-postmoderno, cuando Don Quijote encuentra y lee un libro apócrifo que continúa sus aventuras (y que efectivamente había sido publicado en España en 1608, el primer fanfic famoso). 

Del mismo modo que no habría Faulkner sin el cine o Phillip Dick sin la televisión, hoy nos toca preguntarnos qué puede hacer la literatura con internet. O, lo que es más interesante: ¿qué le está haciendo internet a la literatura?

Esta introducción me permite hacer tres cosas. En primer lugar, decir que la literatura moderna, al menos en los últimos cuatrocientos veintiún años, se caracteriza por establecer diálogos intertextuales que cruzan jerarquías de lo alto y lo bajo, los géneros elevados y los menores, lo culto y lo popular. Y, más precisamente, por desarrollar una especie de canibalismo sobre los géneros menores: los toma, los procesa y devuelve otra cosa. En segundo lugar, el ejemplo me permite hacer una advertencia: no es tan distinto lo que hace Cervantes con las novelas de caballerías que lo que hacen, digamos, Borges con el policial o Puig con el folletín. Es una advertencia que es importante no olvidar a lo largo de este ensayo.

En tercer lugar, quiero poner el foco en la cuestión tecnológica. No habría Quijote sin imprenta: esa es la relación inherente de la cultura con los medios técnicos de su reproducción. Pero tampoco habría Quijote sin molinos de viento: esa es la relación más contingente de la cultura con los objetos técnicos que definen su tiempo.

Traer la primera cuestión al presente resulta sencillo: hay muchos textos, muy buenos, sobre los límites éticos y estéticos del uso de IA en la escritura de ficción o la poesía. Con la segunda se presentan mayores dificultades: ¿qué hacen los libros con los objetos técnicos de nuestro tiempo? Del mismo modo que no habría Faulkner sin el cine o Phillip Dick sin la televisión, hoy nos toca preguntarnos qué puede hacer la literatura con internet. O, lo que es más interesante: ¿qué le está haciendo internet a la literatura?

En un muy buen ensayo publicado en la revista Los Años 20, por ahora sólo disponible en papel, Julia Kornberg se pregunta si la nueva revolución tecnológica mató la ciencia ficción: “Internet nos debería haber dado una revolución estética a la altura del modernismo inglés del siglo XX, una renovación del lenguaje total que acompañe a las tecnologías contemporáneas, pero (...) se quedó corta”. La hipótesis es desalentadora, pero yo sospecho que se trata de que estamos en una fase embrionaria. Todavía no sabemos muy precisamente qué puede llegar a hacer la web, un invento relativamente reciente, sobre todo en su acceso masivo. Sabemos que hubo una prehistoria de intranets, un primer internet más ¿libre? que luego fue cercado y privatizado (en realidad, nunca fue público). Y sobre todo sabemos que recientemente ha sido integrado verticalmente en plataformas oligopólicas, con la consecuente mierdificación de su contenido. En sus tres décadas de existencia, internet ha cambiado muy velozmente y la literatura no ha terminado de encontrar las formas específicas de procesar esos cambios. Pero eso no significa que no lo esté haciendo.

Me gustaría empezar haciendo una diferencia entre dos formas posibles de pensar esta relación entre cultura y técnica. Por un lado, las obras artísticas pueden tematizar los cambios tecnológicos, es decir, tomarlos como objeto, retratarlos, representarlos, discutirlos. Es decir, ponerlos en juego como parte de su “contenido”. Así como Dickens describe la sociedad industrial inglesa del siglo XIX, hay novelas protagonizadas por streamers, blogueros, foristas de Reddit o 4chan. Desde éxitos de romance adolescente como Fangirl de Rainbow Rowell hasta movimientos con mayores pretensiones literarias como las “internet novels” de Patricia Lockwood o Lauren Oyler, son libros cuyos personajes surfean la web como parte de la trama.

En sus tres décadas de existencia, internet ha cambiado muy velozmente y la literatura no ha terminado de encontrar las formas específicas de procesar esos cambios. Pero eso no significa que no lo esté haciendo.

Este no es el foco de este ensayo. Incluir un tuit en una novela (o un post de Reddit, o fragmentos de un chat de Kick, o un comentario de YouTube) no hace demasiado por cambiar la literatura: es sólo collage. La otra forma posible no pasa por el contenido sino por las formas. ¿Cómo cambia el lenguaje cuando dos generaciones enteras crecieron usando dispositivos digitales que se conectan a la nube? ¿Qué pasa con el registro poético cuando gran parte de nuestra habla se despliega en una red colosal, global? ¿Qué le ocurre a las palabras cuando experimentamos una hipertrofia de lo audiovisual tan gigantesca?

Para responder estas preguntas, hay que pensar en cómo puede vincularse la escritura de ficción con otras formas de escritura, las que circulan libremente por los cables de fibra óptica que unen el planeta. El año pasado, el ensayista británico Sam Kriss publicó un texto sobre este tema en el que, con su clasiquísimo tono polémico, cierra diciendo que hay dos formas literarias nativas de internet que tienen futuro: el greentext de 4chan y el posteo falso en el foro de Reddit “Am I The Asshole”. Podríamos agregarle algunos más: la escritura de wikis ficcionales, con la Fundación SCP como el más claro ejemplo. O el Political Compass, excepcional para la escritura de fantasy o ciencia ficción. Pero, pese a lo que diga Kriss, es difícil decir que estos objetos tengan valor literario por sí mismos. La pregunta es si pueden aportarle herramientas a la literatura.

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Y pueden. La novela Amigdatropolis, de B. R. Yeager, por ejemplo, construye una trama de horror weird a partir de un protagonista que se encierra en su habitación y navega en subforos de 4chan (y también puede sumarse a esta lista su otro libro, Espacio Negativo). O tenemos el ejemplo de There is no antimemetics division, publicada bajo el seudónimo qntm, una joya de la ciencia ficción contemporánea que crea una narrativa casi “monstruo de la semana”, al estilo X-Files, pero a partir del mundo creado colectivamente por la comunidad de la wiki de la Fundación SCP. Y no hay que olvidar que esta misma se basa en una forma memética clásica, ya vieja, que es la del creepypasta. Pasando al terreno nacional, la inclasificable Materiales Para una Pesadilla de Juan Mattio hace un uso de la cita y lo intertextual que no puede no remitir a la cultura del hipervínculo (aun dejando de lado que el tema de la novela pasa necesariamente por internet). Sobre todos estos textos sobrevuela un fantasma: The Sluts, de Dennis Cooper, una novela brutal construida casi exclusivamente a partir de reseñas (contradictorias) en foro de prostitución masculina; fue publicada en ¡2004! En todos estos casos, (que desde ningún punto de vista buscan ser una lista exhaustiva) no se trata de la incorporación de shitposts o greentexts en el texto, sino que esas formas de escritura están integradas, forman para el inconsciente poético de la narración.

Si queremos un ejemplo de un texto escrito influido por e influyente sobre los memes, no tenemos que ir más lejos que “I Sexually Identify As An Attack Helicopter” (“Me Identifico Sexualmente Como un Helicóptero de Ataque”), escrito por Isabel Fall en 2020. El relato es una pieza genial de body horror trans, que transcurre en un mundo donde las personas pueden modificar su cuerpo para literalmente transformarse en dispositivos bélicos; la trama, así, convierte literalmente a los cuerpos en campos de batalla de la industria militar pero también el deseo sexual y la identidad autopercibida. Lamentablemente, el título shitpostero fue tomado como objeto de burla por las fuerzas culturales de la derecha online y la autora, sometida a una campaña de acoso que dura hasta hoy. 

Fuera de los distintos tipos de post de las diversas redes sociales, otro mundo apto para la explotación literaria es el fanfiction. Estrictamente, esta precede por bastante a internet: los primeros escritos hechos por fans circulaban en fanzines en los eventos de cómic y ciencia ficción de la década del setenta. Depende a quién le preguntes, los primeros fanfics eran sobre Star Trek o sobre Dr. Who; en todos los casos, la cultura de shippeo, y específicamente la escritura sobre parejas gay masculinas por parte de autoras mujeres, fue un componente central desde el comienzo. Pero igualmente interesante, a mi juicio, es lo que el fanfiction hace como forma pseudo-literaria: un acto de apropiación respecto de una propiedad intelectual ajena con un único objetivo, que es seguir narrando. Hay una pulsión casi vital en eso, que la literatura puede y debe aprovechar.

Podría citar en este punto el amplísimo, y muy lucrativo, campo del fanfiction reconvertido en literatura original. El sistema es muy sencillo, y hay editoriales especializadas en esto: se toma un fanfic (digamos, por ejemplo, uno de Crepúsculo en el que Edward y Bella son una pareja sadomasoquista), se le eliminan todos los elementos que provienen de la obra original apropiada (por ejemplo, Edward deja de ser un vampiro y cambia de nombre para llamarse, digamos, Christian Grey) y se lo edita como si fuera un libro original. Sería interesante en este caso imaginar que alguien podría escribir fanfiction de ese nuevo libro, y de ese modo proliferar fractalmente hacia el infinito el ciclo de apropiaciones y reapropiaciones; lamentablemente, los libros originales basados en fanfiction suelen ser francamente malos y nadie se molesta en crear un fandom en torno a ellos.

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Pero, más que todo esto, se puede poner el foco de nuevo en lo formal. ¿Qué consecuencias tiene el acto de apropiación de un material original para la narrativa? ¿Cómo se refleja esta condición de forma estructural, interna al texto? El fanfiction es un mundo inmenso, desplegado sobre todo en sitios web que convocan a subculturas específicas (Archive of Our Own, Fanfiction.Net, Wattpad, etcétera), pero algunos patrones suelen repetirse. En primer lugar, las parejas dominan: el romance y la erótica son los géneros principales, siempre (lo que se denomina “slash”). Pero hay elementos más sutiles y más relevantes: por ejemplo, los textos suelen tener muy poca introducción, porque no necesitan presentar a los personajes (ya los conocemos), aunque sí justificar el mundo (que suele ser distinto al del texto original). En el mismo sentido, los textos suelen ser extensos y publicarse por entregas (del mismo modo en que publicaban autores como Victor Hugo o Dickens; recordemos la advertencia: muy pocas cosas son completamente nuevas). Por esto mismo, no suele haber un único clímax, sino que este suele extenderse y repetirse una y otra vez (y no me refiero sólo a la erótica) a lo largo de los capítulos.

En términos de género, el new weird domina: de alguna forma, representa una estética de lo “precario digital” que define a esta literatura post-digital.

Una pregunta que puede surgir en este punto es: ¿qué pasa con todos estos elementos si le extirpamos al fanfiction las referencias al material original apropiado? En algunos casos, como 50 sombras de Grey, esto sólo resulta en mala literatura. Pero ¿y si tomáramos estos tropos y estas estructuras y las aplicáramos directamente a un texto original, que nunca haya sido un fanfic? Lo que resulta es una escritura enrarecida, que parece violar las convenciones literarias más básicas. Un caso claro es Serious Weakness, un espectacular thriller erótico-distópico escrito por Porpentine Charity Heartscape. Siguiendo las convenciones del género, la autora fue comentando el proceso de escritura en un Discord personal, lo que resultó en una novela que sólo puede haber sido escrita en internet pero que no habla necesariamente de internet (en el texto citado, Sam Kriss postula que esto es imprescindible para la producción de una literatura que realmente se haga cargo de la época). Otros ejemplos de este fenómeno son The Apocalypse of Herschel Schoen y otras obras de nostalgebraist, un autor anónimo que también experimenta con LLMs, y publica exclusivamente en el sitio de fanfiction AO3 (pese a escribir ficción original); o bien la todavía inconclusa Ranked Competitive Breast Growth, publicada por Talia Bhatt y Beth Leigh-Ann en el sitio web ScribbleHub. Para un caso más mainstream, un amigo me señaló la posibilidad de leer los libros de Mariana Enríquez bajo este mismo lente de la post-fanfiction.

Una breve nota, saliendo de lo formal y entrando en el contenido: hay bastante más en común entre los ejemplos que cité de lo que me esperaba cuando empecé a escribir este texto. Muchos de estos cuentos y novelas se refieren a elementos de transformación corporal, desestabilización de las identidades, ampliaciones o reducciones de la consciencia y el pensamiento. La influencia de la cultura queer (y especialmente transfemenina) no puede obviarse, del mismo modo que temáticas distópicas y apocalípticas. En términos de género, el new weird domina: de alguna forma, representa una estética de lo “precario digital” que define a esta literatura post-digital.

Con estos casos nos hemos apartado bastante de lo que tradicionalmente se conoce como “literatura”. Específicamente, salimos de la industria editorial y nos movimos hacia el terreno de la edición casera, que ya no requiere imprentas de ningún tipo. Es por esto mismo que, como dice Julia Kornberg en el artículo citado más arriba, el advenimiento de internet parece un acontecimiento más comparable al invento de Gutenberg que a, digamos, el microondas o el iPad. A fin de cuentas, para buscar los efectos de internet sobre la literatura, quizás haya que apartarse de las editoriales, al menos de las tradicionales, y buscar en otros sitios. Pero, en ese mismo proceso, quizás dejemos de hablar de novelas y cuentos y empecemos a necesitar otras palabras. En ese camino, las affordances que provee internet para la interacción, así como la posibilidad de mezclar texto con formatos audiovisuales, rompe completamente los límites de lo textual: los libros se funden con webcomics o videojuegos, como en los casos canónicos de 17776 o Homestuck. Pero de eso tocará hablar en otro lugar.

En un citadísimo texto, Heidegger dice algo así como que un martillo no se nos aparece como un objeto presente, que podemos observar y comprender más allá de su uso específico, hasta que se rompe. Quizás internet todavía funciona demasiado bien para que la literatura termine de procesarlo: las cosas más interesantes pasan cuando observamos sus rincones más oscuros, sus glitches, sus zonas abandonadas. El año pasado, el escritor argentino Manuel Cantón publicó Obsolescencia Programada, un libro de cuentos que lidian precisamente con la reapropiación funcional de distintos objetos técnicos, con las formas en que la cultura ha procesado las tecnologías que iban quedando viejas, que eran reemplazadas o que pasaban a cumplir nuevas funciones. El libro va de 1887 a 2002, desde la electrificación de Buenos Aires hasta el boom de los realities y los videoclubs truchos. Todavía no estamos en condiciones de escribir un relato de este tipo sobre internet, sobre Bitcoin o sobre la Inteligencia Artificial. Pero en algún momento, lo haremos.

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