Si se publicara hoy por primera vez La masacre de Reed College sería acusada de ser la responsable del crecimiento de las amenazas de tiroteo en las escuelas argentinas desde la victoria electoral del partido libertario, la plataforma de lo peor de la cultura gringa (xenofobia, racismo, libre portación de armas, etc.). Sería considerada un manifiesto para terminar de desatar la locura, como lo ha sido Los diarios de Turner, la novela del racista William Pierce, que sirvió de inspiración en el caso de Thimoty McVeigh y el bombardeo de Oklahoma City. Pero la diferencia es que Fernando hace una crítica, no una apología, aunque los límites entre ficción y ensayo sean borrosos.
“Por accidente. Gané una beca por accidente”, explica Fernando Montes Vera, sobre cómo carajo terminó un año (2009/2010) en un campus universitario que se convirtió en el escenario de su novela La masacre de Reed College. La misma fue posteriormente ganadora del premio otorgado por la desaparecida Editorial Dakota en 2012.
Como muchos estudiantes de Letras no tenía idea sobre cómo insertarse al mercado laboral fuera de los infernales call centers. Pero con algo de astucia pudo desenvolverse como profesor de español para extranjeros. “El trabajo, si te gustaba, era lo más. Si no te gustaba, bueno, es una pesadilla”, sintetiza Fernando. Hasta que un día, de casualidad, le llegó la data de que un college estaba buscando profesores de español y aplicó. Pensó que se trataba de un intercambio en Argentina, la oferta no explicaba demasiado y la reunión orientativa sólo multiplicó las dudas. “Nos empezaron a hablar de que el campus era bellísimo, y que las ardillas... ¿Por qué me están hablando de ardillas?”. La situación era entre cómica e inexplicable y, sin ninguna clase de bagaje pedagógico, Fernando comenzó a pasar las diferentes instancias de evaluación. En una de las actividades replicó un sketch de Chá Chá Chá, la convención de Batmanes del Mercosur. Quizás por lo bizarro, por lo “out of the box” de su clase, finalmente quedó como profesor de español. Tres Doritos después estaba en medio de un campus progre en una ciudad cuyo lema es “Keep Portland Weird”, en el Estado de Oregón, en el noroeste de los Estados Unidos.
Reed College era la excusa perfecta para el descontrol: los universitarios usaban la experiencia estudiantil como un pase libre para la experimentación sexual, etílica, psicotrópica sin ninguna clase de consecuencia. Estudiar era una tarea secundaria.
El shock cultural fue absoluto, se sentía despersonalizado. Los estadounidenses no eran como en las películas, la colonización cultural había mentido: hablaban diferente, actuaban de una manera mucho más border. El extrañamiento lo llevó a hacer una especie de estudio antropológico sobre lo que sucedía en el campus: una institución manejada por adultos que trataba a sus estudiantes, también adultos, como bebés. Reed College era la excusa perfecta para el descontrol: los universitarios usaban la experiencia estudiantil como un pase libre para la experimentación sexual, etílica, psicotrópica sin ninguna clase de consecuencia. Estudiar era una tarea secundaria. La cuota mensual de siete dígitos era para experimentar el campus, más que para aprender.
“Ahora hay más información pero el acceso a las becas es clasista. El hecho de que sepas qué becas, cuáles son, de dónde sale la información, a quién pedirle una carta de recomendación, todo eso es clasista. Hay muy poca gente que tiene acceso. Cuando vos lo analizás objetivamente, está diseñado para los ricos, sobre todo acá. Entonces fue contar la experiencia de verlo como un outsider y alguien que eligió también decir 'ok, yo lo vi y no me gustó, no es para mí, perfecto si te gusta esa vida', desmitificar un poco el tema de la beca afuera”, explica el autor, que aclara también que la primera versión de su novela era más tirando hacia el terror. De hecho, el título del archivo era Campus Terror. Después mutó a Neverland, porque su intención era contar sobre el limbo entre la adolescencia y la adultez que viven los estadounidenses en la etapa de la educación superior, una etapa que en Argentina no existe: no es inusual que acá alguien de veinte años tenga un compañero de trabajo que lo doble en edad y que no se trate de una pasantía arreglada por una universidad, sino un verdadero trabajo para subsistir.

La masacre de Reed College terminó siendo una novela sobre las masacres estudiantiles. Pero su título es capcioso, porque en la obra no hay una sola masacre, sino que se habla más bien de una "tradición pop" de la idiosincrasia estadounidense: el fanatismo por las armas, la espectacularización de la violencia. Una de las primeras ideas con las que uno se topa en la novela es que “los estadounidenses no se divierten, solo pierden el control”. El punto de mira es el docente argentino Mariano Bustamante, que viaja con una beca y se desencanta con la dinámica institucional, cargada de racismo y xenofobia. La masacre de Reed College es una novela casi profética: predice el lenguaje inclusivo y también el uso de internet para conspirar, denunciar y trollear. Publicada en 2013, captó el zeitgeist de una época que todavía no había comenzado.
Ante la pregunta de si es una novela que podría ser publicada en la actualidad, Frenando reflexiona: “Ahora sería leído distinto. Si yo no lo hubiera publicado antes, ahora sería leído como una parodia. Pero yo lo escribí antes”.
Fernando retrata la institución como un mediador kafkiano al que es imposible acceder, con el que es imposible comunicarse, como si se estuviese hablando con una IA que tiene un par de respuestas preestablecidas, imposible de humanizar. Y también expone uno de los grandes hobbies estadounidenses: las teorías conspirativas y los tiroteos masivos. En las páginas de la novela nos topamos con el movimiento argentino Ningunismo y con Bohemian Grove, una especie de antesala de la isla de Jeffrey Epstein, además de leer varios guiños a tiradores como el estudiante coreano Seung-Hoi Cho y Elliot Rodger (que por su manifiesto se convirtió en uno de los padres de la cultura incel).
La masacre de Reed College es una novela casi profética: predice el lenguaje inclusivo y también el uso de internet para conspirar, denunciar y trollear. Publicada en 2013, captó el zeitgeist de una época que todavía no había comenzado.
La posibilidad de un tiroteo era omnipresente en el campus. El cuerpo docente estaba prevenido. Cómo pasaría y quién sería el atacante eran temas de conversación habituales durante la estadía de Fernando. Él comenzó a escuchar anécdotas, rumores. Al tratarse de un college liberal no había cámaras de seguridad. Era el paraíso para una masacre. “Me acuerdo que tuve una conversación con una de las profesoras de ahí. Le pregunté si para ella el tema de los shootings era algo. 'Claro, es algo en lo que pensamos', me dijo. Conviven con eso”.
La cantidad de horas al pedo le permitieron macerar ideas, pero no fue hasta que regresó a Argentina para la fiestas que abrió un Word y comenzó a tipear. Fernando ya tenía dos terceras partes de la novela cuando se enteró de que la editorial Dakota abría la convocatoria para escritores, en ese entonces, menores de treinta años. Le metió pila durante tres semanas para completarla. El catálogo de Dakota se componía principalmente de autores estadounidenses pertenecientes a la alt lit y al cine mumble core, como Tao Lin y Megan Boyle. Hasta el nombre de la editorial, el edificio donde Mark Chapman asesinó a John Lennon, eran un buen presagio de que La masacre de Reed College tenía posibilidades de ganar. Y así fue.

La novela generó interés por parte de la prensa, fue tapa del suplemento Ñ, pero Fernando no volvió a publicar. En Argentina tuvo muchos trabajos, entre ellos, el de docente de español en el penal de Ezeiza para los internos extranjeros. Amigos, conocidos y escritores estaban convencidos de que ese mundo carcelario iba a ser el escenario de su siguiente proyecto. Pero Fernando quería hacer una novela visual. Así es como nace VideoDreams.
VideoDreams
“Recuerdo que el primer borrador fue en un Excel, empecé transcribiendo videos virales, graciosos, se me había ocurrido que podía ser como como un zapping de YouTube”, explica el autor. Originalmente se llamaba Lancaster, en homenaje al castillo que aparece en los blocks de hojas de los años noventa, y era una novela tradicional. Fernando recuerda que pensó: “ahora voy a escribir otra novela y alguien la va a querer publicar. O al menos alguien va a querer aceptar leer el borrador”, pero apenas hubo respuesta. El mundo literario era infranqueable y se le hizo notar que la publicación de La masacre de Reed College parecía haber sido tan sólo suerte: era un outsider de ese mundillo, no era parte ni era bienvenido.
Desechada la idea de publicar en el formato tradicional, el proyecto tomó otro rumbo y tardó casi una década en gestarse. Aunque su versión definitiva tomó forma en la pandemia, salió a la luz como sitio web en 2022. En el about de la página Fernando enlista los lenguajes y programas que usó para darle vida: HTML5, JavaScript, Unity, C#, Live, Reason y Dall-E Mini. Porque VideoDreams nació como un disco de canciones inspiradas en el vaporwave, que fueron acompañadas de un videoclip. Estaba obsesionado con el cruce entre lo analógico y lo digital, con el cambio de eras, con la nostalgia de los aparatos defectuosos (con ruido, con interferencia), a los cuales había que atarlos con alambre para extender su vida útil. En esas tecnologías obsoletas, encantadas, habitadas por fantasmas, encontró un refugio, un portal hacia el mundo que quería contar.

Hasta ese momento VideoDreams era una novela tradicional con un soundtrack. Pero con el tiempo el archivo fue sumando links a páginas extrañísimas, videos de Youtube, grupos de Facebook. Se fue convirtiendo en otra cosa, en una especie de grimorio moderno, único. Pero la suma de estos elementos no era arbitraria: se acoplaban a la historia, armaban una arqueología de lo que se iba contando. Los links externos funcionaban como notas al pie, novelas dentro de la novela, como había hecho David Foster Wallace en Infinite Jest.
“Cherry Fix, una artista no hegemónica al borde de la inexistencia, navega la discriminación de un inframundo excluyente y racista en la Buenos Aires de los 2010, cuando queda involucrada en una intriga criminal: influencers de todas las edades transmiten sus muertes en vivo a medida que el odio se convierte en el token más popular, en el blockchain del trauma”, resume Fernando.

En el fondo VideoDreams es una aventura gráfica inspirada en el clásico Maniac Mansion: tenés que sortear una serie de microvideojuegos para que la trama avance. Lo primero que se nos aparece es una pantalla de tubo que nos invita a tipear indicaciones para ir al Parque Centenario y recorrer los puestos. Pero Fernando ha sido benévolo (¿con los jugadores? ¿Lectores?), y los juegos pueden saltearse para ir directamente a lo literario. VideoDreams es una especie de paso superador de las visual novels japonesas: obras literarias interactivas en las que el texto tiene algunas posibilidades de variación al estilo Elige tu propia aventura. Nunca se llega al extremo de los Alternative Reality Games, donde la experiencia inmersiva roza lo borderline al estilo la película The Game de David Fincher, donde uno puede recibir llamadas telefónicas o estar obligado a ir a diferentes puntos geográficos para buscar pistas.
“Me gusta la idea de transmedia porque estás contando distintas cosas a través de distintos medios. Yo creo que, por ejemplo, una obra multimedia trabaja un texto multimodal donde utilizás muchos modos o muchos medios para una historia, pero yo creo que cuando tenés un videojueguito que cuenta una historia y un disco que cuenta otra y que atraviesa toda la obra, eso es transmedia”, explica Fernando, que originalmente no pensaba que su obra iba a ser un engendro de internet, sino una novela con un QR.

Al igual que La masacre de Reed College, VideoDreams encierra un diálogo privado con lo más extremo y subterráneo de la cultura, con los fantasmas, con un pie en Argentina pero con otro en lo global, ya sea por el colonialismo cultural o por el acceso a la información que internet nos ha brindado. Es un recorrido por una internet que ya no existe, por webs muertas, por una inocencia ya desaparecida, pero que la generación Geocities/mIRC/ICQ recuerda. La novela/juego recupera viejos videos de programas de chimentos, teorías conspirativas y sectas, se obsesiona con el autodiagnóstico de enfermedades, con la pasteurización de lo distinto como identidad. Si bien sus dos obras funcionan con lógicas y plataformas diferentes, al atravesarlas es evidente que fueron creadas por la misma persona, porque las obsesiones son las mismas.

