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Manual para perderse en la ciudad: del flâneur a la psicogeografía

La ciudad puede ser transitada de forma automática, encerrados en nuestra visión de túnel que apenas nos permite ver lo justo y necesario para no chocarnos con otro transeúnte ni morir atropellados, o puede ser leída como un mapa terrenal místico (e incluso mágico) y recorrida a través de prácticas improvisadas pero conscientes como el flaneûrismo o la deriva, métodos que exceden el simple paseo sin rumbo y se pueden utilizar como un sistema para modificar nuestra consciencia sobre el entorno artificial. La disciplina que estudia el impacto de estos entornos geográficos urbanos en nuestras emociones y nuestro comportamiento se conoce como psicogeografía.  

El flâneur

El concepto de psicogeografía tiene su germen en la figura del flâneur y en el acto de la deriva urbana. El flâneur fue un personaje que proliferó entre principios y mediados del siglo XIX en Francia, un intérprete de la vida en la ciudad que recorría sus calles a pie sin ningún plan en concreto, dejándose llevar por la intuición; un caminante que analizaba y asimilaba el paisaje urbano mediante la atención plena a los detalles, interpretando la simbología, los mensajes y la información (indetectables para el transeúnte común y el ojo poco atento) que le ofrecían las ciudades: arquitectura extraña, objetos abandonados, artefactos anómalos, marcas y pintadas, pasajes.

Por las calles menos transitadas, los rincones poco iluminados, las puertas prohibidas y los callejones oscuros, caminaba el flâneur con su particular búsqueda poético-espiritual, dejándose asombrar por las rarezas de una ciudad llena de vida.

La París de aquella época era una ciudad que abundaba en puentes: sobre ellos viajaba la burguesía con sus automóviles modernos y, por debajo, por las calles menos transitadas, los rincones poco iluminados, las puertas prohibidas y los callejones oscuros, caminaba el flâneur con su particular búsqueda poético-espiritual, dejándose asombrar por las rarezas de una ciudad llena de vida. De esa forma, el dandy diurno se codeaba con la burguesía y el flâneur nocturno se reunía con los perdedores ocultos, los derrotados de la historia: drogadictos, dealers, delincuentes, cafishos, prostitutas, vagabundos, místicos callejeros.

En las primeras líneas de su libro Infancia en Berlín hacia 1900, el filósofo alemán Walter Benjamin escribe: “Importa poco no saber orientarse en una ciudad. Perderse, en cambio, en una ciudad como quien se pierde en el bosque, requiere aprendizaje”. La figura del flâneur (encarnada en el poeta Charles Baudelaire) fue rescatada por Benjamin en textos como Libro de los pasajes, Un poeta en el esplendor del capitalismo o Sobre algunos temas en Baudelaire. Para Benjamin, el flâneur es un espíritu libre que se mueve siguiendo su propia cadencia onírica, sin prestarle atención al ritmo febril de la ciudad y sus transeúntes siempre apurados; un detective alienado de la urbe, que desapareció con la llegada de la sociedad de consumo.

Iain Sinclair, el psicogeógrafo.
Iain Sinclair, el psicogeógrafo.

El psicogeógrafo

Fueron los integrantes de la Internacional Situacionista (vanguardia política y artística del siglo XX que se convirtió en piedra angular del marco teórico y práctico de las revueltas culturales durante el Mayo Francés, cuyo principal referente era el filósofo Guy Debord) quienes utilizaron por primera vez el término deriva para referirse a una técnica de pasos ininterrumpidos a través de ambientes urbanos diversos, donde uno o más derivantes renuncian durante un tiempo indeterminado a las motivaciones rutinarias para abandonarse al caminar y recorrer las ciudades durante horas, perderse por pasajes aleatorios, vagabundear sin un objetivo específico y observar las posibilidades que ofrece la ciudad con sus paisajes urbanos. Las derivas propuestas por los situacionistas podían durar una jornada completa (el intervalo comprendido entre dos periodos de sueño, sin relación alguna con la puesta o salida del sol), y las más extremas podían prolongarse durante cuatro o cinco días.

El concepto de psicogeografía tiene su germen en la figura del flâneur y en el acto de la deriva urbana. Según Guy Debord, la psicogeografía propone el estudio de los efectos precisos del entorno geográfico, planificados conscientemente o no, al actuar de forma directa sobre el comportamiento emocional de los individuos. Los psicogeógrafos asimilan estos efectos a través de la exploración de las calles, el análisis de la arquitectura y la interpretación de las esculturas y los grafitis, utilizando la deriva como medio de asimilación del espacio urbano. El concepto de deriva, dice Debord, al estar ligado de forma directa al reconocimiento de efectos de naturaleza psicogeográfica y a un comportamiento lúdico-constructivo, es contrario en todos los aspectos a las clásicas nociones de viaje y paseo. Los situacionistas no encontraban la fórmula para trastocar el mundo en los libros, sino vagando. Eran esos vagabundeos los que, quizá, luego se traducían en escritura. “Leyendo las calles, y dejando constancia de ello sobre el papel, el flâneur funciona casi como un periodista cuya tarea incluye tanto la indagación y recolección de información, como la reflexión acerca de las impresiones contemporáneas”, escribe Fiona Songel en El arte de leer las calles.

Quizá el psicogeógrafo moderno por antonomasia sea el escritor Iain Sinclair, una leyenda viviente de las letras inglesas, autor de libros fundamentales del revival de la psicogeografía como Lud heat, London Orbital, La ciudad de las desapariciones y Los ríos perdidos de Londres / El sublime topográfico.         

Sinclair cree que el caminar puede convertirse en un acto mágico, un ritual que nos pone en contacto con los estratos invisibles y las vibraciones de los lugares, lo que nos provee de información que se puede vincular para reconstruir la historia de la ciudad. Utiliza la práctica de la deriva y la psicogeografía (términos que admite haber canibalizado del situacionismo francés) para conectar con la psicosis del lugar donde vive y escribir sobre él.  

Alan Moore

Una de sus obras más importantes nació a partir de la obsesión malsana que Sinclair había desarrollado para con la autopista orbital M25 (en aquel momento la autopista de circunvalación más grande del mundo) construida por Margaret Thatcher en 1986. El psicogeógrafo inglés veía a la Thatcher como una bruja que introdujo el ocultismo en la política británica, una maga oscura que absorbía las vibraciones sombrías de Londres y generaba un aura maldita que poco a poco iba destruyendo la ciudad, y creía que la inauguración de la M25 el 29 de octubre (dos días antes de Halloween) había tenido un tremendo significado ocultista. Para Sinclair esa autopista era un parapeto conceptual, un collar de seguridad para estrangular a la metrópolis, el círculo de la bruja que Thatcher había colocado alrededor de Londres para proteger sus dominios. Entonces, para contrarrestar la magia negra impregnada en la M25 y exorcizarla de los demonios thatcherianos, utilizó la psicogeografía a través de una especie de “deriva controlada”, con la que buscaba asimilar a la bestia de cemento y asfalto recorriéndola a pie en el sentido contrario a las agujas del reloj durante meses. Este acto psicogeográfico fue plasmado muchos años después en un proyecto transmedia (libro y documental) llamado London Orbital.

Sinclair cree que el caminar puede convertirse en un acto mágico, un ritual que nos pone en contacto con los estratos invisibles y las vibraciones de los lugares, lo que nos provee de información que se puede vincular para reconstruir la historia de la ciudad.

Sinclair también es autor de White Chappel, Trazos rojos, una novela con evidente espíritu psicogeográfico que lleva al lector de paseo por las zonas ocultas del Londres más oscuro donde (siguiendo las pistas del periodista e investigador británico Stephen Knight) arriesga una hipótesis sobre la verdadera identidad de Jack El Destripador. Esta novela y otros textos de Sinclair como Lud heat inspiraron al guionista y mago Alan Moore a escribir From Hell, una novela gráfica de culto que versa sobre la identidad de Jack El Destripador y compone un retrato de la Londres victoriana a través de derivas, ocultismo, magia, epifanías y asesinatos. El cuarto capítulo es un claro ejemplo de la psicogeografía entendida por Alan Moore: el médico real William Gull y su cochero emprenden un paseo en carreta que los lleva a recorrer el East End londinense, una excusa para revelarle al lector la historia oculta de la ciudad a través de su arquitectura: ritos, simbolismo y mitología impregnada en esculturas, edificios, tumbas como la del poeta místico William Blake y, sobre todo, catedrales y obeliscos construidos por el arquitecto barroco y francmasón Nicholas Hawksmoor, a quien Sinclair le dedicó uno de sus textos más famosos: Hawksmoor, sus iglesias. Sobre este escrito, Javier Calvo (traductor al español de la obra de Sinclair) escribió en el prólogo de La ciudad de las desapariciones que, gracias a la deriva urbana, los misterios y su arqueología oculta, es el texto más influyente de la literatura inglesa de las últimas décadas, y que por sí solo generó fenómenos como el revival ocultista ligado al post-punk, el renacimiento de la psicogeografía o la carrera entera de Alan Moore y Grant Morrison.

From Hell. Alan Moore.
From Hell. Alan Moore.

El mago

Grant Morrison, mago pop, psiconauta y guionista de profesión como Alan Moore, practica lo que los magos urbanos llaman “deriva mágica”. Algunas tradiciones ocultistas (como la Chaos MagicK), al ser derivados de la magia no-dogmática, incorporan a sus prácticas performances y rituales como la deriva o la psicogeografía, pero con variaciones esotéricas. La deriva mágica consiste en perderse recorriendo las calles, pero con una intención puramente ritualística, de adivinación o invocación. En un artículo web de divulgación esotérica, Morrison escribió  sobre la deriva desde el punto de vista de la Magia Pop: “Relájese, vaya a dar una caminata e interprete todo lo que usted vea como un mensaje que el infinito le quiere dar. Busque patrones en el vuelo de los pájaros. Haga oraciones oraculares a partir de las letras y números de las placas de los coches. Escuche los ruidos de las calles, voces que se transforman en rápidas, casi subliminales peticiones y súplicas. Camine tan lejos y todo el tiempo que usted desee. Cuanto más sin sentido sea la caminata, cuanto más camine por motivo de la experiencia pura, más se sumergirá en la conciencia mágica”.

Salir a caminar sin rumbo, perdernos en la ciudad, prestarle nuestro tiempo a una actividad improductiva, apropiarnos del espacio que habitamos, puede ser un acto de resistencia, un movimiento subversivo.

Entre los años 1994 y 2000 Grant Morrison escribió Los invisibles, su obra magna. Entre los personajes secundarios hay un vagabundo de las calles de Londres llamando Tom O’Bedlam, que es también un poderoso mago miembro de la organización secreta y subversiva conocida como Los Invisibles. Tom O'Bedlam es el mentor de Dane (a.k.a Jack Frost, el elegido), a quien deberá enseñar sobre magia, ocultismo, desobediencia, la verdadera naturaleza de la realidad y el secreto que esconden las ciudades. En un monólogo esclarecedor Tom le revela a Dane: “Las ciudades tienen su propia forma de hablarte, observa el reflejo de un letrero de neón y verás que deletrea una palabra mágica que evoca sueños extraños. ¿Nunca has visto la palabra «ixat» brillar en la noche? Ese es uno de los nombres sagrados.”

La deriva mágica es un método efectivo de comunicación directa con el genius loci (el espíritu protector de un lugar), el guía de los magos urbanos que buscan perderse para conectar con las ciudades.  

Los Invisibles. Grant Morrison.
Los Invisibles. Grant Morrison.

La guía

Vivimos inmersos en el capitalismo tardío. La hipermercantilización transforma cada aspecto de nuestra existencia en una mercancía; la hiperconectividad obliga a nuestro ser digital a estar disponible 24/7; la hiperproductividad nos empuja a la eficiencia constante; la idea de “desperdiciar” nuestro tiempo en ocupaciones que esta sociedad capitalista juzga como “inútiles” nos provoca culpa. Producir, consumir, producir, consumir. El agotamiento físico y mental es inevitable. En este contexto, salir a caminar sin rumbo, perdernos en la ciudad, prestarle nuestro tiempo a una actividad improductiva, apropiarnos del espacio que habitamos, puede ser un acto de resistencia, un movimiento subversivo. La psicogeografía es una práctica constituyente de la realidad.

 A continuación, una breve guía práctica para quien quiera cultivar el liberador arte de la deriva psicogeográfica:     

  • Probablemente la mejor manera de acercarse por primera vez al cosmos de la psicogeografía sea a través de una deriva controlada. Es posible llevar adelante esta práctica sin siquiera desviarte de tu rutina: el modo más sencillo es recorrer ese mismo camino que hacés a diario (rumbo al trabajo, a la facultad, al club, a la panadería, etc.) pero esta vez comprometiéndote a romper tu visión de túnel. ¿Cómo? Poniendo atención a todo lo que te rodea, centrándote en aquello a lo que normalmente no le prestás atención, siendo consciente de que estas pisando un organismo vivo llamado ciudad. Enseguida vas a notar que ese mismo camino que transitás todos los días (y que creés conocer de memoria) cambia por completo. Aceptar que la visión de túnel acota tu universo sensorial es el primer paso para empezar a comprender la psicogeografía. Observá tu barrio con ojos de extranjero, como si fuese la primera vez que estás ahí. A través de esta nueva perspectiva vas a poder avizorar toda aquella arquitectura que antes se te escapaba: grafitis y pintadas que ahora parecen hablarte, objetos que siempre estuvieron ahí pero que nunca habías visto por la simple razón de que jamás les prestaste atención. Dejate llevar por todas estas novedades sin salirte de la ruta que te lleva a tu destino, sea cual sea. Sentí con el cuerpo lo que tiene para comunicarte el lugar. Que tu instinto te indique dónde posar la mirada, dónde detenerte a analizar el espacio. Reapropiate de tu barrio.
  • Para un ejercicio más avanzado, elegí un lugar donde quieras perderte para conocerlo a fondo. Puede ser tu barrio o alguno desconocido. Si viajás en tren, podés bajar en una estación random; si vas en colectivo, bajá en una parada elegida al azar y comenzá a caminar hacía donde te lleve tu instinto. Cuando sientas que es suficiente, detenete y mirá atentamente todo lo que te rodea. Desde ese centro neurálgico elegí un camino a seguir, o más bien dejá que tu intuición lo elija por vos. Comenzá a caminar, consciente del todo, pero sin pensar hacia dónde te dirigís. Eso es lo menos importante; lo trascendental ahora es caminar pilotado por lo sensorial. Tus piernas moviéndose en modo automático son la mejor brújula.
  • Dejate influir por lo que te provoca la arquitectura. A veces las derivas estimulan impresionas luminosas,  pero otras nos dejan sensaciones opacas. Aceptalo como parte del viaje. Aprendé de ello. Buscá objetos que nadie reclama, artefactos descartados por la obsolescencia programada. Los fragmentos que se crucen en tu camino pueden ser piezas de un puzzle mayor. Tomalos como regalos que la ciudad tiene para ofrecerte. Meditá sobre su significado.
  • Rodeá una plaza, después ingresá en ella y caminá formando una cruz. Parate en el centro y observá aquello que te circunda: son anomalías en una burbuja de concreto. Sentí la energía residual de las miles de personas que han transitado ese espacio. Conectá con esa parte de la ciudad.
  • Alejate de las multitudes. Elegí, en lo posible, los barrios. Los edificios tienen una historia para contar; las casas, otra muy distinta  
  • Sé paciente, relajate. No intentes forzar sensaciones ni situaciones que no existen. Cuando las cosas pasen, tu cuerpo lo va a sentir.    

Porque lo importante es encontrar al genius loci, conectar con él a través de la deriva. Movete siempre alerta porque puede estar en el lugar menos esperado: debajo del banco de una plaza, en el arrullo gorgoteante de una paloma que camina a tú alrededor, en la boca de una alcantarilla, en el mensaje de un cartel luminoso, en los ojos de un perro con hambre. Cuando te comuniques con él, lo que tenga para decirte será solo para vos y nadie más.  

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