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En medio de una crisis generalizada de la experiencia, el psicoanálisis trae una épica de la subjetividad, una versión violenta y oscura del pasado personal. Es atractivo entonces porque todos aspiramos a una vida intensa, en medio de nuestras vidas secularizadas y triviales…

Ricardo Piglia

Neurosis, época y territorio 

La época freudiana, y el propio Sigmund, se debatía entre el racionalismo (espiritualidad lógica) y el ocultismo (paranoia estetizada). Dos versiones del desciframiento que lejos estaban de resultar antagónicas para sus practicantes y cultores. Nuestra época es diferente: biodescodificación que mezcla esoterismo y eugenesia, astrología basada en evidencia cognitivo-conductual, psicología positivamente cruel, constelaciones familiares apoyadas en neurotransmisores, confesionarios superyoicos vía IA, entre otros ejemplos hipsoteristas.

Sin ánimos corporativos ni evangelizadores, advirtiendo críticamente los problemas y estragos de más de un siglo de homo psicologicus, estas líneas buscan esbozar el creciente avance de retóricas “novedosas” sobre lo anímico. Pero no es más que un retorno simplón a modos pre-psicólogicos de pensar e intervenir sobre la conducta, que incluye concepciones de sentido común acerca de palabras clave como “afecto”, “emoción”, “ansiedad”, “salud mental” o “sanar”, con una fuerte raíz individualista, borrando toda dimensión relacional. El terraplanismo anímico refiere entonces a la fijación patológica de medir el sentir y a una renegación del carácter conjetural de los afectos. Considera que todo estado del alma puede ser inequívocamente transcrito, juzga como conspirativo cualquier atisbo de malentendido y domestica ferozmente la mínima expresión de ambivalencia. Es en definitiva un emo de los dos mil pero con vocación de CEO.  

Meme amigo

Trataremos de recordar algunas malas noticias que desde finales del siglo XIX la ética freudiana aporta para leer mejor los ropajes del naturalismo, proponiendo una metodología modesta, pero con la capacidad de producir efectos perdurables (lejos del clisé solemne o aletargado, lo que ocurre en una sesión, transferencia mediante, es más bien un Attack, Attack, Attack!) en torno al malestar pero también en relación a los modos de desear y gozar. Y si el obrar referido es clínico en tanto ético, dicha terapéutica estará más próxima a la vitalidad del lazo común que a las salidas garcas del nihilismo o de la comodidad altruista. 

No ridiculizaremos tampoco a quienes eventual o militantemente adscriben a los modos new age de tratamiento del alma. Y no por compasión, sino por reconocer que en muchos casos esos modos se constituyen en respuesta de las barbaridades que el discurso médico primero y el psicológico hegemónico después provocaron en quien sufre.

Lo aquí planteado se inscribe en una corriente de pensamiento que sin preámbulos denomino psicoanálisis argentino, en clara alusión a nuestro territorio que es, en definitiva, donde sufrimos y disfrutamos.

Asociación libre enigmática

¿Qué es asociar sino un decir libre en tanto enigmático? Un decir imposible, necesario y fallidamente apasionante. La atención “parejamente flotante”, rudimento que modula la escucha y uno de los pocos preceptos técnicos innegociables del psicoanálisis, apunta a una justa distribución de la riqueza de lo oído: la escucha interviene para operacionalizar el capital enigmático. Gleichschwebend fue generalmente traducido como “parejamente flotante”, aunque bien podría ser “igualmente repartida”. La escucha freudiana sería una repartición que iguala, al dotar de relevancia aquello subalterno y por bajarle el precio a la grandilocuencia. Una suerte de justicialismo significante

Se tiende a resistir la libertad asociativa por las mismas razones que se rehúye de lo enigmático, es decir, por la dificultad de un sentir que prescinda de ratificación externa. Al psicoanalizar(nos) comprobamos que descifrar un enigma no hace más que reescribir nuestra historia como mitología, al tiempo de convertir al mito individual (yo, mamá, papá, mis hazañas y miserias) en soporte o plataforma para otros enigmas que ya no serán solamente propios. Nada que ver, entonces, con la imputación a la terapia de “paja intelectual”.

(No) recuerdo, luego historizo 

Nuestra historia no está hecha sólo de recuerdos. Volviendo a la cuestión del enigma, diremos que además del método importa cuál es el objeto a descifrar, acción que de una u otra forma implica una historicidad. 

No es sólo lo que deja marcas la materia prima para rememorar, sino también lo que apenas dejó una huella. En esto se basan los trabajos del historiador Carlo Ginzburg, freudiano a su manera, que resultan particularmente indispensables ante modos de subjetivación arrasados por la inmediatez y desanclados de cualquier tradición. Me refiero a un sujeto análogo al del Hombre suburbano de Pappo: sin historia, sin tiempo y sin memoria.

Tute psicoanalisis

“No se me ocurre nada”, algo que se escucha en las sesiones, no es necesariamente signo de pereza o falta de inventiva. Tampoco es signo de un olvido en tanto recuerdo reprimido. Para una laguna hace falta agua, y a veces no hay ocurrencia porque no hubo nunca un recuerdo de aquello efectivamente acaecido. Como reza el dicho popular, que yo le atribuyo a otro gran freudiano, Jauretche: “Algunos oscurecen las aguas para que la laguna parezca más profunda. Pero qué honda será la laguna que el chancho la cruza al trote”.

El más grande hallazgo de Freud no fue postular que existe una operatoria más allá/acá de la conciencia (cosa intuida por sabios, filósofos e incluso silvestres médicos del alma de su tiempo), sino advertir que ello inconsciente tiene su raíz en lo visto y oído previamente a la madurez perceptiva. Dicho de otro modo, que hay experiencia subjetiva, y por ende traumatismo, mucho antes de que pueda agenciarse un “yo” que olvida y eventualmente recuerda. Esas primeras experiencias subjetivas perduran como marca y constituyen un territorio/reservorio limítrofe a la alucinación y al delirio. 

Este facto se lleva puesto los cimientos de cualquier propuesta seudo terapéutica basada únicamente en el agenciamiento yoico y en la creencia de que la voluntad del individuo consciente es lo que permitirá una transformación anímica.

Un ejemplo de lo que Freud incluiría dentro de la Psicopatología de la vida cotidiana (1901): nos acordamos de algo (pongámosle, de la primera infancia) y no nos queda claro si dicho recuerdo es propio, prestado o una mezcla fronteriza entre lo supuestamente vivenciado y lo que me contaron que ocurrió ese día, las fotos que vi, las anécdotas de las reuniones familiares, etc. Los recuerdos más íntimos y entrañables tranquilamente pueden venir del Otro, y no es simple casualidad metonímica que acordarse remita a acordar, lo propio de un acuerdo.

Inconsciente y repetición 

El mencionado hallazgo (que hay vida psíquica previa a la experiencia yoico-subjetiva) le impuso al método un obstáculo y le exigió a la teoría una complejización para poder, cual movimiento de tai chi, hacer de dicho obstáculo un punto de inflexión en la cura, una posibilidad para tratar lo que es puramente cosa y que resiste a toda significación. 

Técnicamente, si no hay posibilidad de recordar tampoco es posible “hacer consciente lo inconsciente”: no se asocia porque no hay cadena, hilo ni tela para cortar/recordar. Y aquel que no recuerda posiblemente actúe, por ejemplo, un silencio. O peor: enferme. Aquí la etiología de la desproporción de lo que esperamos/demandamos de nosotros y de los demás, así como también de fenómenos a veces vulgarizados pero que tienen su especificidad clínica como el acting, el pasaje al acto (derrapar, a veces incluso sin romper nada) o el amplio espectro de los ataques de pánico.

Así, y desde el punto de vista teórico, la resistencia no será obstáculo sino que pasará a convertirse en indicador del más fuerte núcleo problemático, la repetición, de la cual Freud se inspiró en la filosofía poética de Nietzsche consignándola como experiencia psíquica del eterno retorno. Este descubrimiento ocurre ante la confrontación clínica de un asunto muy jodido: no necesariamente alguien quiere curarse o dejar aquellas satisfacciones tan dilectas como perjudiciales. Es decir, hay un más allá del principio del placer y que por ende tanto analista como analizante van a requerir algo más que buena voluntad para acometer un proceso terapéutico. 

Edición inglesa de El malestar en la cultura en el corazón de Manhattan.
Edición inglesa de El malestar en la cultura en el corazón de Manhattan.

La interpretación, como maniobra, debe supeditarse a una estrategia mayor, el manejo de la transferencia, para abordar aquello jugado más acá del decir y la confesión. La genealogía de la obra freudiana es análoga a la diacronía de un tratamiento: al comienzo viene todo más o menos bien, hay efectos propios del recordar y del significar, pero luego la rueda se detiene y nos confrontamos con que aquello que nos duele y comanda es tan nimio como abrumador. Primero nos la vemos con lo que rebosa de sentido y después con su carencia absoluta. O, lo que es lo mismo, nos angustiamos al comprobar que ya no hay ningún descubrimiento mágico que nos ilustre y que, menos aún, vendrá de las prestidigitaciones del analista. Sin exagerar, un duelo similar al acaecido cuando dejamos de ser niños.

Algunos textos clave para leer esta transmutación epistemológica: Recordar, repetir, reelaborar (1914), Más allá del principio de placer (1920), El yo y el Ello (1923) e Inhibición, síntoma y angustia (1925). Este período suele canonizarse como “el giro de 1920”; es también simultáneo a una vuelta teórica a la represión y, sobre todo, a la revisión de las causas y el tratamiento de la angustia. Este aspecto último y muchos otros serán genialmente formalizados por Jacques Lacan a través de la sutil y enigmática noción de objeto a. No casualmente en su Seminario XI (1964) postula que los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis son, en pares, inconsciente y transferencia, pulsión y repetición. Hecha la mención, ojo con el consumo problemático de lacanés.

Meme Zizek

Recapitulando, importará el sueño y su interpretación, pero no sin haber delimitado el ombligo del sueño (especie de agujero negro donde todo flujo de sentido se pierde) para luego construir esa escena primaria rebosante de vigencia. Ante la inmensidad vacía, una creación literaria hecha en análisis, una ficción real. ¿Y todo para qué? Para devolverle al neurótico su capacidad de amar y producir, entendiendo amor como pasión gregaria y producir como potencia creadora, sea uno artista o laburante. Pareciera obvio o tautológico, pero lo que intentamos es la concreción de formas de satisfacción que sean satisfactorias.

Ficcioanálisis

Del obstáculo técnico, volvemos al método. Aquí ubicaríamos a las Construcciones en el análisis (1937), yeite conjetural del analista que apunta a producir no una respuesta sino un enigma, a provocar una causa antes que un efecto directo. O de un modo simple más no impreciso, construir una discusión donde prima la esterilidad yoico-afirmativa del “no sé me ocurre nada” o del “me las sé todas y no paro de repetirme”. Ante el vacío, una confrontación con la dimensión de la verdad. Por ello, “… en muchos casos se tiene la impresión, para decirlo con Polonio, de haber capturado uno de los esturiones de la verdad con ayuda del señuelo de la mentira”, dice un Freud tan ilustrado como pillo, demostrando que un valor tan festejado hoy en día como es la “transparencia” podría no representar verdad.

Si construir, que es fabricar un shanzhai de recuerdo, implica un artificio para andamiar lo endeble de nuestra experiencia, bien podríamos rebautizar lo que hacemos como ficcioanálisis. Similar a la hiperstición de los aceleracionistas o las Ficciones borgeanas. Lo inconsciente parido por aquellos elementos insignificantes que remiten a una huella, mítica en tanto mnémica. Se trata de una pasión peligrosa, y por ello conviene advertir que: 

  1. no todo lo enigmático es descifrable;
  2. no todo lo descifrado constituyó un enigma.

Pero más allá de la peligrosidad, es una pasión potente ya que permite la imposible tarea de inventar, como excepción calculada, enigmas humanamente artificiales: el psicoanálisis dignifica por ver y escuchar ficción allí donde simplemente había miseria, produciendo una respuesta asociativa.

El detective y el brujo

Sherlock Holmes resuelve misterios porque abraza una incomodidad radical: sostiene el enigma hasta el final. Y lo logra construyendo un caso (clínico): en todas sus proezas hay un síntoma neoproducido que lo incluye e interpela, valiéndose para ello de un tercero/testigo, Watson, encargado de narrar lo que en sí sería puro delirio.

Sherlock Holmes & Freud

No es casual que Conan Doyle, como tantos de su época, fuese adepto a las ciencias ocultas, y se afanara en mixturar medición empírica y captación de fuerzas del más allá; pero lo ejercía con sobriedad, separando el berretín personal de su obra. El detective como Amo del misterio, el crimen como excusa para mostrar el reverso del positivismo. Parecido a Freud, quien decidió dejar su afición por el ocultismo (transferencia de pensamientos, telepatía y vaticinio) afuera del consultorio, dándonos sólo algunos rastros en su obra escrita (Psicoanálisis y telepatía de 1920, Sueño y telepatía del 1922). Precaución motivada por saber que su joven ciencia no aguantaría la imputación de “brujería”, pero antes bien por apostar a un método más efectivo: partir “desde el alma” (Seele en alemán, cuya raíz recuerda la familiaridad entre alma y psique) para producir efectos sobre una materialidad ontológicamente nueva, un psiquismo hecho de cuerpo y lapsus, esa Otra escena donde nada puede no ser equívoco.

O sea, digamos, una tercera posición ante el espiritismo y el naturalismo, que, al ponderar al decir sobre el fenómeno, evitaba una u otra forma de extractivismo anímico, haciendo de lo familiar y cotidiano el corazón de lo extraño (hablamos de lo ominoso o unheimliche) y evitando que lo extraño se impusiera como destino a priori o fatalidad externa. La palabra como condición para el enigma y no al revés. 

La distancia con el “brujo” Carl Gustav Jung encuentra parte de su explicación en esta encrucijada. Jung sabía más que sus propios pacientes. Más allá del chisme, esta fue la razón clínica por la cual se distanciaron con Freud. Oscar Masotta caracterizaba las tesis de Jung con base en ciertas “verdades preexistentes” (arquetipos), como un sistema idealista donde el espíritu ya está constituido, que captura el saber y lo coloca del lado del terapeuta. Resulta entonces un saber absolutamente vacío que evita/ahorra interrogarse respecto a los objetos del goce. 

Meme

Freud, bastante más humilde ante el saber, era kantotemista: se limitó a hacer del Edipo el mito fundante de un imperativo categórico puesto en el incesto, un deseo y su prohibición. 

Son los padres

Una lectura posible de la tragedia de Edipo: creyó como propio un enigma que era de toda una comunidad (Tebas, la filiación, la divinidad y el poder), lo despolitizó y leyó con la anteojera de su novela familiar. Y no conforme con ello decidió resolverlo, degradando una oportunidad trabajosa, y obteniendo poco más que una literalidad obscena.

Cuando Freud usa al mito y lo convierte en Complejo (estructura lógica que conjuga inexorabilidad, necesariedad y contingencia, articulando a su vez una concepción temporal no lineal) está operando la tragedia, dejándose tomar por el enigma de la histeria (“ya no creo en mi neurótica”, vulgarizado como “mis histéricas me mienten”, es menos desconfianza que sospecha hospitalaria) para escuchar en ese drama singular un input de la doble moral victoriana y del declive de la cienciología médica. 

Por ello el complejo no es una fábula picaresca entre el nene, la mamá y el papá, ni un delirio abstracto entre falos, castración y ley. Es un modo de construcción de lo real: tecnología del yo universalmente moderna que ordena la experiencia al tiempo que degrada las relaciones de poder en familiarismo, lo sexual en erógeno, el deseo en necesidad, entre otras. No es joda, se trata del resto subjetivo-antropológico que afirma y prohíbe el comercio incestuoso, siendo uno de los fundamentos de eso que llamamos [El malestar en la] cultura (1929).

El trayecto edípico, análogo al realizado por el rey de Tebas o cualquier Héroe de las mil caras (sea Cristo o Skywalker), comienza en la ingenuidad gozosa, pasando por la duda, el miedo y la desilusión (complejo de castración) para luego inscribir un impasse o inscripción simbólica (sepultamiento del complejo). 

El saldo: un modelo de respuesta prematura ante la castración (si bien por semántica la asociamos a mutilación, impotencia o cosas peores, es la metáfora que pudo encontrar un picante Freud para referirse a la máxima carencia simbólica del ser, ni más ni menos) que en los casos menos desfavorables (neurosis silvestres, gente como uno) se inscribirá a través de la represión: se reprime lo moralmente inadecuado pero ante todo lo que fue experimentado en voz pasiva como excesivamente placentero, conjugando de manera sintomática placer y prohibición. 

Star Wars
Luke resolviendo prematuramente el enigma filial, perdiendo su sable, mano e ingenuidad esperanzada de un sólo corte.

El saber edípico es tan robusto como precoz, y lejos de cesar en la más tierna infancia tiende a repetirse cuando ya hace rato dejamos de ser niños y ante personas que no son mamá o papá, sea en una relación de pareja, laboral o político-representativa. Más abajo retomo la relación entre enigma, sexualidad y saber, pero por lo pronto podemos formular que:

1. cómo nos paramos frente a lo enigmático es el mejor indicador clínico para situar nuestra posición en el Edipo y, por ende, nuestra relación con la realidad;

2. tragedia sin héroe y héroe sin tragedia son dos formas en bruto de la neurosis, siendo la cancelación de la incógnita el origen de la pasividad.

Un Edipo sin complejo, no operado e intencionalmente dejado en estado bruto, literariamente literalizado, estetizado en su infantilismo, es el fundamento de engendros como la biodescodificación (“nueva medicina germánica”) las constelaciones familiares o ciertos usos de la astrología: su potencia sugestiva y performática se logra mediante la reducción del complejo filial a mero  familiarismo, estando más acá del chiste o meme: “son los padres” (o los astros o las energías) como respuesta a cualquier cosa. Por ello es que volver a los mitos es tan importante como abstenernos de literalizarlos o darles un uso aplicacionista. 

Demos una definición para ilustrar lo anterior: constelador familiar es la persona que pervierte la novela familiar del neurótico en culebrón costumbrista, lavado pero implacable en su afán justificatorio y culpabilizante. Es decir, quien sugestiona con obediencia debida una individualidad tan tiránica y atomizada como familiarista y dependiente. Es como un analista pero de sistemas pre-freudianos, que reemplaza la vitalidad del pasado por mórbidas “vidas pasadas”.

Toda neurosis es, si no se la cuida, neurosis de destino, una profecía autocumplida. La calamidad presente en la noción de destino, sobre todo su uso neoconductista, no radica en que algo malo va a pasar, sino más bien que ello va a pasar/está pasando, pero nunca ya pasó; es decir, la exclusión del pasado, la omisión de que algo malo ya ocurrió y que volverá a ocurrir si no se lo recuerda/elabora/historiza. Una repetición más acá de lo idéntico, una sucesión (en el sentido jurídico) que adiciona causales, las acumula cual feedlots y genera inanición pulsional. El resultado: un mortífero resto cero. Anulación, negacionismo causal: “...total no perdés nada”. En definitiva, la tragedia leída en su literalidad supone el fin de la historia, mejor dicho, su no-principio. Un Big Bang sin sujeto/tiempo.

De ahí que, sin perjuicio de la lucidez de sus autores, D&G, El antiedipo, cuyo subtítulo es Capitalismo y esquizofrenia, no esté exento de derivas reduccionistas, o si se prefiere, de trocar psicologismo por sociologismo: que todos los males que me aquejan sean por culpa de mis viejos no es menos burdo que afirmar que todo malestar se origina por el capitalismo, aún cuando ambas premisas sean verdaderas.

Lejos de concluir pero intentando una aproximación contraria al sentido común, del clisé que utiliza rudimentos edípicos como latiguillo, o de las grandes ficciones tipo Woody Allen donde el sujeto edípico-neurótico es, a veces muy bien y a veces no tanto, caricaturizado, dejamos planteada la complejidad de la tecnología edípica, su vigencia clínico-cotidiana y los alcances biopolíticos de escuchar el enigma cifrado que emerge cuando hablamos de “mamá y papá”.

Individualidad y delirio 

La relación entre el individuo y su libertad está estructurada como una folie à deux. Sin distancia imaginaria, una fuente delirante adquiere hegemonía, narcisista antes que discursiva, sobre otro delirio normalizado, arrojando como producto un cuerpo-apéndice, mórbido pero exultante de recelo y crueldad, que nos evoca la imagen siniestra del gemelismo siamés; o su correlato actual: el lumpen cripto-sujeto que monetiza su iris y adquiere su implante cerebral, espejo invertido de La extracción de la piedra de la locura (¡1494!) del Bosco.

El meme primordial y definitivo.

La muralla obsesiva de toda neurosis hace pedalear en el aire al deseo, lo ensimisma y empobrece en la enunciación del “mí” (“I, me, mine” diría George Harrison). De tanto interés por lo interior se consuma un entierro en vida. En suma, un deseo condenado a la miseria individual, aún cuando la misma esté recubierta de excrementos suntuosos. Si se triunfa en dicha empresa, la libertad individual está garantizada, y el crimen de la autorreferencia será tan perfecto como la muerte. Se conjura una “sanación” que, al concretarse, se lleva puesto eso de nuestra falla que era lo único interesante que teníamos.

“Conocerse a uno mismo” podría pensarse como una patología normalizada, siendo el desinterés, el cinismo o la inconsciencia no su reverso sino meras formaciones reactivas. Su genuino opuesto, la subversión de esa pulsión epistemo-ombliguista, consiste en una extrospección: la transmutación del sujeto en alguna causa donde el saber no sea confirmatorio, reivindicativo, o edípico (todas formas del saber Amo/Esclavo). Apelamos al cuidado de sí de los antiguos, profanado con lucidez por Michel Foucault, que ubica al deseo humano en la intimidad de la relación con el Otro, demostrando las limitaciones de la subjetivación psicologista moderna y su continuación, el neoindividualismo que captura lo singular en la ilusión de libertad individual. 

Singularidad y comunidad

Según el poeta Hölderlin el libre uso de lo propio es lo más difícil. Si no se llega demasiado tarde, el trabajo freudiano puede exhumar los restos de cuerpo atomizado mediante la invitación a narrarse más allá de sí, de lo conocido e incluso de lo recordado. Narracción, experiencia del convivio, del abrazo en la extrañeza: “no te conozcas a vos mismo, conocé eso antiguo en vos que nace al participar de una nueva causa”. 

Todo este trabajo culminará en el borde de la antes mencionada muralla obsesiva  dejando despejado un horizonte, una conclusión metodológica: que el deseo humano es lo que permite superar la ilusión de interioridad, sublimándola, como pulsión parcial que es, en simple intimidad. Lo íntimo, siempre impropio por ser plausible del compartir, una singularidad necesariamente común. 

Milei
Pancarta en una de las marchas universitarias realizada seguramente por alguien del campo psi, que utiliza una fórmula de Lacan ($<>a, fantasma).

Eso que llamamos “sentido” ha de encontrarse en el interior de un proyecto, de una trascendencia incluso terrenal. Una fuga en calma hacia el porvenir que pone en su lugar a la interioridad y su conocimiento: será crucial pero como historia, necesaria en el presente como reminiscencia.

“Nunca seré polipsía

Entre la causa y el efecto humanos hay una hiancia defectuosa llamada deseo. Explorar este hueco sin precocidad extractivista ni letargo cancelatorio, causando desde allí afectos, originales por lo anacrónicos, es la labor de un/a psicoanalista, su deseo hecho oficio. Ni hippismo puritano ni la pasividad agresiva del tip

Causa/afecto sería más caro al psicoanálisis. Posición contra-científica más nunca oscurantista que advierte como central ello que la ciencia no suele ponderar: el acceso a la verdad requiere de una profunda transmutación subjetiva, es decir, para la verdad hace falta una espiritualidad sintomática. Subvertir la causa es asumirla posterior al afecto.

Se psicoanaliza más allá de lo psi, que antes de prefijo referente al alma es función policial. Como dirían los pibes, abstenerse de armar causa cual vigilante o cualquiera de sus variantes: carpetazos etiológicos, biodescodificaciones sin códigos, fantasmeadas de vidas pasadas de moda. Hoy son los psinfluencers quienes mejor ejercen esta función de policiamiento anímico.

Consumir lo que se trafica 

Lo viejo funciona, pero Freud no es viejo: es un anacronismo por venir. No se trata de volver a Freud, la cuestión es que si hay voluntad de escuchar lo que es pura falla, Freud retorna. Más aún: Freud vuelve (Fv) a pesar de sí mismo y de nuestros opulentos e imberbes narcisismos.

Avivar, tal como conducir, no implica mandar a leer o a analizarse, sino persuadir. No es casualidad que en la conducción de la cura intentemos esta clase de avive: que la propia palabra produzca efectos, evitando quedar parados en el lugar de confesor, maestro, amo o gurú. De lo contrario seríamos como cualquier astrólogo, que no es el que predice el futuro sino quien futuriza la inmediatez, haciendo pasar por destino especial una receta de lo más genérica: un agente inmobiliario de incertidumbres anticipadas que reduce lo singular a lo genérico, lo político a lo individual, la trascendencia a la inmanencia, la cosa al signo, el deseo a la sugestión. 

Contra el terraplanismo anímico batallamos, traficando lo que consumimos: la potencia anímica argentina, el orgullo de la contradicción, la salud mental como problema político antes que compendio diagnóstico; o el psicoanálisis como hecho maldito, con una intrusión que suele ser virtuosa en el espacio público, incluyendo las instituciones sanitarias. La cultura criolla, más próxima al estar siendo (Kusch) que al ser, que produjo super inventos para paliar lo trágico como el tango, nuestro sofisticado humor popular, el asado como ritual gregario y hasta un Papa que se psicoanalizó

El psicoanálisis es complejo, difícil y a la vez potente, básicamente porque es trabajoso. Aunque a veces suene trillado, nostálgico o malintencionado, es por nuestra “cultura del trabajo” que el invento freudiano pegó tan bien en estos pagos. El trabajo (analítico) no dignifica, es la dignidad (en lo fallido) lo que moviliza al trabajo (psíquico). Un trabajo que otorga el derecho a un deseo.

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