En Ciudad Garage había varios sectores: Barrio Lego y Barrio Playmobil (eternos enemigos), Barrio Autitos y, en un costado, el cuartel de los soldaditos. Las fronteras eran celosamente custodiadas por los muñecos de He-Man y algún robot de lata. El Tren Lima recorría todo el perímetro trasladando bloques de Rasti, cubos de madera y otro tipo de mercancías que servían para construir edificios, puentes y todo tipo de infraestructuras. Era el año 1983 y faltaban décadas para que aparecieran Minecraft o Roblox. Así que, junto a mi hermano Nacho, nos dedicábamos a erigir “Ciudad Garage” en el garage de la casa de mi abuelo. Claro que a la noche ya estábamos aburridos y nos íbamos a ver televisión sin juntar los juguetes ni ordenar nada. Ciudad Garage quedaba ahí, inmóvil, silenciosa. Pero a la noche llegaba mi abuelo Bruno con su Ford Falcon, cansado y sin paciencia para boludeces. La solución era muy simple: mientras nos puteaba por lo bajo y el Falcon esperaba en la vereda amenazante, mi abuelo barría Ciudad Garage con la escoba, juntaba muñecos, edificios y autitos con la pala de la basura y tiraba todo dentro de una misma caja. En dos minutos no había más Ciudad Garage. Los muñecos de He-Man se mezclaban con los rastis, legos, cubos, soldaditos, vías de tren, mugre, autitos, en una masa entrópica y cruel. Y ahí yacían hasta que con mi hermano nos decidiéramos a armar Ciudad Garage una vez más.
Con los años, terminé dedicándome al guion de cómics para poder seguir inventando ciudades y mundos, con sus barrios, sus leyes, sus habitantes y conflictos. A todos los escritores de ciencia ficción nos gusta jugar al minidios de nuestro propio mundito, diseñar el destino de los personajes, definir épocas, crear reglas y protocolos, ver crecer nuestra creación hasta que parezca que tiene vida propia. Y como lectores nos pasa otro tanto. Todos los niños y adolescentes nerdos de los setenta, ochenta y noventa compartimos los consumos de aquellas épocas monoculturales: Star Wars, Galáctica, Robotech, los libros de Phillip Dick, Christopher Priest o Isaac Asimov. Luego Akira, Ghost in The Shell, Neon Génesis Evangelion. Todos fueron consumos culturales que formatearon nuestra forma de pensar y crear sociedades y sus sistemas de gobernanza.
La confianza y obediencia en el rey o la Iglesia dejaron su lugar para que ingrese el Estado de derecho, las repúblicas y la democracia. El problema es que casi doscientos años más tarde seguimos fatigando un modelo que al mundo actual le queda chico, incómodo, desfasado. La democracia como modelo de gobernanza ya no convence a nadie.
Y es altamente probable que fueran los mismos consumos culturales que moldearon las mentes de otros nerdos genexers y millennials, los mismos que ahora están definiendo la forma del mundo futuro: Peter Thiel, Jeff Bezos, Larry Page, Elon Musk, Sam Altman, Mark Zuckerberg, etc. Claro que, a diferencia de los escritores de ciencia ficción, estos multibillonarios no tienen nada humildes, pero sí de demiurgos. Quieren su propia Ciudad Garage, pero de verdad. Y con un poco más de presupuesto, claro. Y esta vez, las distopías en clave de advertencia como Blade Runner, 1984 o Fahrenheit 451, no son algo a evitar, sino un manual de uso, un menú de opciones, una paleta de colores para sus flamantes diseños sociales.
Hiperstición y la ficción como guion de lo real
El conocido ensayo "The High Frontier" de Gerard O’Neill (traducido al español como "Ciudades del Espacio", Bruguera, 1979), clave dentro de la tradición de la Ficción Especulativa, es un buen ejemplo de cómo opera la hiperstición. Este término, acuñado por Nick Land y el colectivo CCRU (Cybernetic Culture Research Unit), describe a aquellas ficciones que no se limitan a imaginar o predecir el futuro, sino que funcionan como motores culturales capaces de producirlo.
En este sentido, la hiperstición se vincula con la lógica de las profecías autocumplidas: una idea circula, es tomada en serio, moviliza inversiones, proyectos e imaginarios colectivos, y termina creando las condiciones para que aquello que parecía ficción se vuelva realidad. Así, ciertas narrativas especulativas operan como virus culturales o dispositivos de anticipación, infiltrándose en el presente y orientando las decisiones técnicas, políticas y económicas que finalmente materializan el futuro que anunciaban. Un concepto no muy alejado del Virus Mental del guionista escocés Grant Morrison, explayado en obras como Los Invisibles y particularmente en su Doom Patrol. Obra que debe mucho de su originalidad al texto Tlön, Uqbar y Orbis Tertius de Jorge Luis Borges. En este cuento, Orbis Tertius es una sociedad secreta de intelectuales financiada por un millonario estadounidense que desprecia la realidad. Su objetivo es diseñar un mundo coherente y minucioso para sustituir al mundo real, que es caótico e impredecible. Cualquier semejanza con la actualidad, no es casualidad, es hiperstición al cuadrado.

Posdemocracia y nuevo orden
Los Estados democráticos y la burocracia son inventos occidentales, que en plena modernidad del siglo XIX, llegaron para superar a las autocracias previas: la nobleza, los reinados e imperios. La estructura burocrática reemplazó a la autoridad. El ciudadano ya no tenía que obedecer al cura, al jefe o al tipo fuerte del barrio. Solo tenía que seguir las leyes, llenar los formularios, pagar impuestos y votar cuando le tocara. La confianza y obediencia en el rey o la Iglesia dejaron su lugar para que ingrese el Estado de derecho, las repúblicas y la democracia. El problema es que casi doscientos años más tarde seguimos fatigando un modelo que al mundo actual le queda chico, incómodo, desfasado. La democracia como modelo de gobernanza ya no convence a nadie y todavía no logra reinventarse. La huida general se ha dado hacia la derecha, al refugio de los personalismos populistas de Bolsonaro, Milei o Trump. Cuando la estructura ya no sirve, volvemos a la autoridad. Sin embargo, las viejas estructuras no terminan de caer, seguimos votando cada cuatro años, pagando impuestos, confiando en la división de poderes. Cada vez con menos convicción, continuamos la pantomima porque no tenemos otra opción. Acá es donde aparecen las teorías variopintas de la posdemocracia, encabezados por obras como “the Sovereign Individual” de James Dale Davidson y William Rees-Mogg, los escritos de Curtis Jarvin (aka Mencius Moldbug) o el aceleracionismo de Nick Land. Con diferencias y matices, todos terminaron siendo abrazados por los Señores Tecnofeudales como basamento teórico para sus ciudades-Estado, sus finanzas descentralizadas, la liberación de regulaciones y el fin del molesto escrutinio de los gobiernos.
Network States y las nuevas formas de gobernanza
Dentro de las nuevas formas de organización social basadas en la tecnología, tenemos un amplio abanico. Pero todas, de alguna forma, abrevan en mayor o menor medida de los Network States de Balaji Srinivisan. Un Network State es una comunidad que se constituye primero en línea y luego adquiere territorio físico en el mundo real. A diferencia de las naciones tradicionales, se organiza a través de la adhesión voluntaria a un contrato social digital y utiliza criptomonedas para su economía interna. El objetivo es alcanzar el reconocimiento diplomático internacional al lograr una masa crítica de ciudadanos y una gobernanza transparente. De esta manera se busca ofrecer una alternativa descentralizada y eficiente a las instituciones estatales convencionales del siglo XXI. Vayamos entonces pasando revista, de izquierda a derecha. El menú de Ciudades Privadas es variado y confuso. Y no todas están a nuestra disposición.
Charter cities
En el extremo más hippie, empático o pseudo woke, tenemos a las formas más humanistas de neogobernanza. La idea fundamental de esta parte del espectro es respetar al entero social y el bien común. Acá es donde aparece la teoría original de las Charter Cities. La idea es de Paul Romer, Premio Nobel de Economía, quien propone la creación de zonas administrativas independientes dentro de países en desarrollo. La idea principal es lograr puentear la burocracia y la corrupción local. Estas ciudades funcionan como laboratorios de gobernanza competitiva que atraen capital y ciudadanos mediante la oferta de reglas de juego claras, seguridad jurídica y eficiencia económica. Claro que en este caso, no comporta una secesión de hecho con el Estado anfitrión, sino la creación de una “zona exclusiva”, con leyes y regulaciones propias, aunque no del todo independientes.
Vitalik Buterin, creador de Ethereum, va a tomar las ideas de Romer y las va a mixear con los Network States de Srinivasan, para ir dándole forma a su propio experimento de comunidad auto-gobernada.
Zuzalu y otras Pop-Up Cities
Con la aparición de Ethereum, la creación de Vitalik Buterin, la posibilidad de ejecutar contratos inteligentes (smart contracts) dentro de una red global abrió exponencialmente las posibilidades de la organización social. Ya no se trataba solo de emitir moneda, sino de la capacidad de "dar fe" sobre cualquier acuerdo o propiedad mediante la seguridad de la criptografía, sin necesidad de intermediarios estatales. Es en este ecosistema donde Buterin comenzó a proyectar su propia propuesta de organización: las Pop-Up Cities. Estos ensayos territoriales, como Zuzalu, funcionan como laboratorios de convivencia temporal donde se testea en tiempo real si el código puede, efectivamente, sustituir a la burocracia tradicional.
Zuzalu no funcionó como una ciudad permanente, sino como una Pop-up City que emergió durante dos meses, entre abril y mayo de 2023, en la costa de Montenegro, configurándose no como una conferencia tradicional sino como un ensayo de convivencia para unas doscientas personas. Este experimento se sostuvo sobre pilares que definen la vanguardia del pensamiento tecnófilo new age: longevidad, biohacking, wellness, mindfulness y todo ese tipo de palabrejas tan de moda entre gente con pocos problemas. Los habitantes seguían dietas estrictas y participan de charlas sobre envejecimiento mezcladas con criptografía, anonimato y gobernanza, así como otras cuestiones, también cercanas a la ciencia ficción clásica, como “la soberanía de la salud”, que plantea la creación de jurisdicciones temporales capaces de acelerar investigaciones científicas que las regulaciones estatales suelen ralentizar. Todo en pos de vivir más tiempo, más jóvenes, más productivos. Porque claro, esa es otra obsesión de los señores tecnofeudales: hackear la muerte y la vejez. No casualmente, el propio Bryan Johnson, el influencer máximo de la juventud eterna, es un invitado habitual a este tipo de Ciudades Emergentes.
En Argentina hemos tenido otros ejemplos de Ciudades Emergentes como Aleph City, creada por el movimiento Crecimiento, cuya cuarta edición se está llevando a cabo en estos momentos, marzo de 2026. Otra experiencia similar es Edge City Patagonia, cuya primera edición se realizó en octubre de 2025 (y ya está anunciada la próxima). De todas formas, ambos eventos tienen como una de sus principales misiones poner a Argentina en el epicentro del ecosistema cripto mundial, antes que secesionarse y armar su propia ciudad-Estado permanente y escindida del Estado anfitrión. De hecho, el lema bajo el que opera Crecimiento, es “Bring Argentina Onchain. A movement making Argentina the Crypto Capital of the World”. Así nomás, nacionalismo en inglés, un signo de los tiempos.
$UBI, Worldcoin y World ID Passport
Ya desde el 2015, Sam Altman, expresidente de Y Combinator y luego CEO de Open IA, venía estudiando el tema de la identidad digital y el Ingreso Básico Universal. Años más tarde, esas inquietudes tuvieron por resultado la aparición de Worldcoin, la criptomoneda que empezaron a repartir entre países en desarrollo y que tuvo su mayor adopción en la empobrecida e inflacionaria Argentina. Para verificar la identidad digital de los usuarios, se utilizaban datos biométricos a través del escaneo del iris con una misteriosa esfera plateada, conocido como el “orbe”. Uno ponía el ojo, entregaba la huella retinal y a cambio recibía una limosna tokenizada $WLD en la billetera del teléfono. Con la garantía, muy poco confiable, de que esos datos se mantendrían privados y fuera del alcance de ojos indiscretos. Hoy en día, Worldcoin ha mutado y se llama simplemente World, ya que su principal función es la de servir como pasaporte descentralizado, basado en protocolos ZKP (Zero-Knowledge Proofs). Todos los que metimos el ojito en la bola (sí, yo también), ahora tenemos un pasaporte que no nos habilita la entrada a ninguna parte, pero que dice que nosotros somos humanos y no Levonne Smythorsmith.

A medida que recorramos los proyectos de secesión y gobernanza de izquierda a derecha, Sam Altman volverá a aparecer. Es que, como personaje de esta multitrama, Altman es uno de los más fascinantes. Traidor, inescrupuloso, hábil, inteligente, pero, por sobre todo, estratégico, ha desarrollado proyectos supuestamente humanistas como Worldcoin y el Ingreso Básico Universal, pero también invirtió en proyectos que están en la otra punta del espectro, como PRAXIS. Todavía falta para eso. Antes tenemos a los billonarios que quieren hacer su “Earth Exit” hacia el espacio sideral.
Elon Musk, Mars City, Artemis y Moonbase Alpha
Musk se cansó de prometer que gracias a sus cohetes Starship Super Heavy íbamos a poder colonizar Marte. El plan, en teoría, consistía en crear una ciudad-Estado, independiente de las leyes y jurisprudencia terrestres. Musk se cuidó de no confirmar ni desmentir esta cuestión puntual, probablemente para no complicarse los futuros contratos entre la NASA y SpaceX. Pero llegó a circular una extraña cláusula del contrato de provisión de servicios de sus satélites de Starlink, que un poco corre el velo sobre sus verdaderas intenciones:
"En lo que respecta a los servicios prestados en Marte, o durante el trayecto hacia Marte a bordo de la Starship u otras naves espaciales de colonización, las partes reconocen que Marte es un planeta libre y que ningún gobierno terrestre tiene autoridad ni soberanía sobre las actividades marcianas. En consecuencia, las controversias se resolverán mediante principios de autogobierno, establecidos de buena fe, en el momento de la colonización marciana".
Todo esto quedó en suspenso cuando finalmente Elon Musk decidió posponer todos los planes en Marte. Moderó las expectativas propias y ajenas, y en un rapto de humildad inusual, decidió que era mejor empezar por la Luna. Acá otra vez el mismo niño nerd que diseña camionetas polihédricas o un lanzallamas de mano, apareció para ponerle el nombre de Moon Base Alpha, basado en una serie de ciencia ficción de los setenta. Casi todos los nombres acuñados por Elon Musk (Stargate, Grok, Millennium Falcon, Tesla, Optimus, etc.) son citas más o menos oscuras, easter eggs sembrados para que otros fans de la ciencia ficción como él se regocijen en la falsa complicidad.

Moonbase Alpha fusiona SpaceX y Xai en una infraestructura lunar radical: centros de datos construidos con regolito lunar, aceleradores electromagnéticos (mass drivers) y hábitats permanentes que van mucho más allá de la mera exploración. Mientras el programa Artemis se esfuerza por sostener una diplomacia interestatal tradicional, este proyecto emerge como el primer Network State físico del sistema solar, donde la soberanía real nace del dominio absoluto del hardware, la energía solar inagotable y la autonomía computacional. Para 2026, la Luna se posiciona como un real estate muy valioso, iniciando una secesión planetaria en la que la inteligencia artificial reclama su propio territorio de silicio casi ilimitado, lejos de las restricciones gravitacionales y regulatorias de la Tierra.
Jeff Bezos, Blue Origin, Orbital Reef, y los cilindros de O´Neill
Claro que Elon Musk no fue el único en llegar a la conclusión de que para evitar las regulaciones y el compliance empresarial, lo mejor era salir del planeta. Jeff Bezos proyecta su visión de soberanía espacial a través de Blue Origin con Orbital Reef, una estación que funciona como un "parque empresarial de uso mixto" en órbita terrestre baja. El plan inicial es relativamente simple: lanzar una estación modular que pueda alojar entre seis y diez personas, con laboratorios, módulos habitables y puertos para naves que transporten tripulación y carga. Allí se realizarían experimentos en microgravedad, fabricación de materiales y fármacos, operaciones espaciales privadas y turismo orbital. En lugar de una estación financiada y operada exclusivamente por Estados, como la International Space Station, Orbital Reef funcionaría como una plataforma comercial en alquiler, donde distintas organizaciones pagan por usar la infraestructura.
Elon Musk no fue el único en llegar a la conclusión de que para evitar las regulaciones y el compliance empresarial, lo mejor era salir del planeta. Jeff Bezos proyecta su visión de soberanía espacial a través de Blue Origin.
En ese sentido, el proyecto encarna una tendencia más amplia: la privatización de la infraestructura espacial. Si la estación internacional representaba la cooperación estatal del siglo XX, Orbital Reef anticipa un modelo distinto, en el que el espacio cercano a la Tierra comienza a organizarse como una zona económica privada, gestionada por corporaciones y abierta a múltiples clientes. El modelo a largo plazo es el de una ciudad privada completa en órbita, idea inspirada en las colonias cilíndricas giratorias del mentor y profesor de Jeff Bezos, Gerard O'Neill.

En este esquema, el espacio deja de ser una frontera exploratoria para transformarse en un real estate corporativo, donde el "colono" es, ante todo, un cliente o inquilino de la infraestructura privada de Blue Origin. Los nuevos sistemas de gobernanza de Orbital Reef están más cerca de ser el reglamento del consorcio de un barrio privado, antes que un nuevo Estado de derecho basado en burocracia criptográfica.
Próspera de Peter Thiel y las Free Private Cities de Titus Gebel
A diferencia de las Charter Cities de Romer, que aún mantienen vínculos democráticos, las "Ciudades Libres Privadas" de Titus Gebel proponen un contrato directo entre el "Operador" (la empresa) y el "Residente". Los ciudadanos son reemplazados por clientes o usuarios. No hay impuestos, solo hay cuotas de servicio. Cualquier disputa se resuelve mediante arbitraje privado, eliminando por completo la necesidad de un sistema judicial estatal. Es el modelo teórico que inspira gran parte de lo que hoy es Próspera, ciudad-Estado impulsada por Peter Thiel, CEO de Palantir.
Próspera es una Ciudad Privada Libre ubicada en la isla de Roatán, Honduras, que funciona bajo el modelo de una "startup jurisdiccional". Fue creada al amparo de la ley hondureña de las ZEDE (Zonas de Empleo y Desarrollo Económico, algo “casualmente” muy similar al RIGI argentino) para operar con una autonomía casi total con respecto al Estado hondureño, permitiéndole tener su propio sistema civil, tribunales de arbitraje privado basados en el Common Law británico y un esquema tributario independiente (con impuestos cercanos al 1%). Próspera es la implementación práctica de las ideas de Titus Gebel y el neocameralismo de Jarvin. En este enclave, la gobernanza es un servicio prestado por una corporación; los habitantes no son ciudadanos en el sentido tradicional, sino "residentes" que firman un contrato de adhesión vinculante.

En la actualidad, Próspera se ha convertido en un centro para el biohacking y la medicina experimental, al no estar sujeta a las regulaciones de la FDA. A pesar de los intentos del gobierno de Honduras por derogar las leyes que le dieron origen, el proyecto se mantiene firme mediante demandas millonarias en tribunales internacionales, protegiendo su estatus como una "isla" de soberanía privada frente a la jurisdicción nacional.
Pronomos capital
Pronomos (del griego pro: a favor de, y nomos: ley) es un concepto asociado a Nick Land que plantea que el capital no solo opera dentro de un sistema legal existente, sino que tiende a generar sus propias reglas, territorios y formas de gobernanza. La idea sugiere que el capitalismo puede producir nuevos órdenes políticos y jurídicos allí donde se expande. El nombre también fue adoptado por Pronomos Capital, un fondo de inversión impulsado por figuras como Patri Friedman (nieto de Milton) y Peter Thiel, que financia proyectos de nuevas ciudades y zonas económicas especiales con marcos legales propios. De este modo, un concepto teórico sobre el poder organizador del capital se convierte en un intento práctico de crear territorios gobernados por reglas diseñadas desde el mercado. Entre otras, Pronomos está financiando proyectos como Próspera en Honduras, Itana y Alpha City en Lagos, Nigeria y la más polémica de todas por su filosofía y estética: Praxis.
Praxis, banda tributo a Albert Speer
Dryden Brown era, hasta hace poco, un inofensivo surfer fumón. Podría haber seguido así, pero no; eventualmente decidió que era más interesante iniciar una Startup en Silicon Valley y salir a buscar inversores para su nueva idea: Praxis, la ciudad eterna. Nada de andarse con chiquitas. Pronto consiguió el beneplácito financiero nada menos que de los propios Peter Thiel y Sam Altman, el metamorfo a quien, advertimos, todos los bondis lo dejan bien.
En lo práctico Praxis funciona con muchos de los principios que ya vimos de las otras Network States: la ciudadanía tradicional es reemplazada por un contrato de residencia, no se pagan impuestos sino servicios y la aprobación para ser un ciudadano/usuario queda en manos del directorio y su CEO/Emperador. Pero su gran diferencial con los otros proyectos está en la narrativa estética que han intentado construir. Su ideología, denominada futurismo heroico, pretende restaurar la civilización occidental mediante una arquitectura monumental y el rechazo a la burocracia. Acá es donde no disimulan la inspiración tomada de Albert Speer, el arquitecto del Tercer Reich.
La ciudadanía tradicional es reemplazada por un contrato de residencia, no se pagan impuestos sino servicios y la aprobación para ser un ciudadano/usuario queda en manos del directorio y su CEO/Emperador.
Germania fue el proyecto urbanístico concebido por Albert Speer para transformar Berlín en una capital monumental. Su escala colosal y la llamada “Teoría del Valor de las Ruinas” buscaban producir una arquitectura destinada a sobrevivir simbólicamente a su propio tiempo, consagrando la supremacía del Estado sobre el individuo. Si Germania encarnaba la estética del poder del totalitarismo del siglo XX, fundada en la nación y en la idea de imperio, Praxis puede leerse como una mutación contemporánea y privatizada de esa misma aspiración monumental.
Ambos imaginarios comparten una forma de futurismo heroico, una arquitectura orientada a la trascendencia y a la permanencia histórica. Sin embargo, mientras el proyecto de Speer respondía a la voluntad de un dictador y a la lógica simbólica del Estado total, Praxis parece responder a otra forma de poder: la de las corporaciones y sus élites financieras. Allí donde Germania pretendía ser el centro visible de un imperio territorial, Praxis adopta la forma de un enclave: el búnker estético de una élite que imagina su propia existencia vital acelerada y expandida a través de la biotecnología y la edición genética. Un espacio propicio para el desarrollo de IA que, como verdaderos Cíber-Mengeles, logren mejorar la raza humana y hacerles un buen lifting a los telómeros de los billonarios.

Dryden Brown, el exsurfer fumón, llegó a los titulares en enero de 2026 gracias al nuevo incidente diplomático entre Donald Trump y Groenlandia. Lo que empezó como una provocación geopolítica terminó alimentando un proyecto concreto. En 2019, Donald Trump sugirió que Estados Unidos podría comprar Groenlandia, una idea rápidamente rechazada por Dinamarca pero reveladora del creciente interés estratégico por el Ártico. Años después, Dryden Brown visitó la isla explorando la posibilidad de construir allí una ciudad desde cero. El episodio encaja bien con la noción de hiperstición: tweets hipotéticos que, al circular con suficiente intensidad, terminan generando las condiciones de su propia realización. El círculo se vuelve más sugestivo si se observa que Ken Howery, empresario del entorno de Peter Thiel, fue designado embajador de Estados Unidos en Dinamarca, colocando a una figura del mismo ecosistema tecnológico en el centro diplomático de esta nueva frontera.
En ese cruce entre venture capital y geopolítica, Groenlandia aparece como algo más que un territorio: es un laboratorio potencial para experimentar nuevas formas de soberanía privada. Es que además, Groenlandia es una opción óptima para un Network State basado en IA y contratos on chain: frío para los servidores, tierras raras, reservorios masivos de agua, territorio casi despoblado y un estatus soberano en discusión. Las mismas condiciones de la Patagonia, que además ya tiene un RIGI a medida y una Pop-Up City incipiente.
El mercado de utopías inmobiliarias
La oferta es variada. Ya podemos ir especulando en este nuevo mercado en ciernes: un terrenito en Próspera, un monoambiente en Praxis, una cochera en Orbital Reef. Pero no es tan sencillo. Vamos a necesitar una buena cantidad de dólares; mejor dicho, bitcoins. Porque la forma de ingresar a estos futuros posibles no es a través de la sangre o el lugar de nacimiento, sino pagando membresías.
Las formas más progresistas de gobernanza, como las promovidas por Vitalik Buterin o las que explora Santiago Siri en nuestro país, prometen horizontalidad, participación y apertura a la diversidad. Sin embargo, esas mismas virtudes suelen traer dificultades: existe casi siempre una relación inversamente proporcional entre el grado de participación y la facilidad para alcanzar consensos. El problema intrínseco de la democracia aparece tanto en un parlamento como en una asamblea universitaria o en una reunión de consorcio: gobernar implica tolerar a los demás, sus opiniones y sus intereses, especialmente cuando entran en conflicto con los nuestros.
Resulta urgente discutir en serio los planes de estos billonarios tecnofeudales y sobre todo imaginar alternativas. La ciencia ficción y la hiperstición no pertenecen solo a ellos: también pueden ser fuentes de inspiración para quienes no queremos futuros de exclusión.
Por eso, ciertas propuestas más verticalistas, organizadas no en torno al voto horizontal de los participantes sino mediante estructuras jerárquicas y decisorias más concentradas, tienden a preservarse mejor del desgaste permanente de las internas. Al reducir los espacios de fricción deliberativa, logran sostener mayor coherencia estratégica, aunque lo hagan a costa de sacrificar parte de la pluralidad que las formas horizontales buscan garantizar.
En esta oferta de posibles futuros, pertenecer a una ciudad privada no será una opción para la inmensa mayoría de la población. Porque la premisa fundamental de todas estas propuestas es la exclusión. Responden a la lógica de cualquier barrio cerrado. Es tan importante lo que se deja afuera, lo indeseable, que lo que se permite adentro. Como sucede en las Gated Communities americanas, o en nuestros barrios privados como Nordelta, antes de llamar al camión de mudanza uno debe ser aprobado por el consorcio y sus criterios curatoriales demográficos.
La responsabilidad de la imaginación
Podemos descartar a todos estos proyectos como peligrosos caprichos de billonarios que ya no saben en qué gastar sus bitcoins. Aburridos, se inventan nuevas formas de competencia y autoafirmación. Ya no importa quién tiene el yate más largo o el valor más alto de acciones en su portfolio. La competencia ha pasado a ser quién es capaz de determinar la nueva forma social, económica y cultural de la humanidad. No es casual que aparezcan cuestiones como el wellness, mindfulness o el biohacking, mezcladas con temas como criptografía, gobernanza o soberanía. Aunque suene grandilocuente, lo que está en juego es nada menos que el diseño del sucesor del Homo Sapiens, algo que no puede lograrse sin modificar la genética, la mente, la cultura y la sociedad.
Lo cierto es que estos actores están haciéndose cargo de una cuestión que, en realidad, nos concierne a todos: cómo imaginar y organizar el futuro. La diferencia es que ellos cuentan con los recursos y el tiempo para convertir sus ideas en casos reales. Pueden ensayar, equivocarse y volver a empezar una y otra vez. Por eso resulta urgente discutir en serio los planes de estos billonarios tecnofeudales y sobre todo imaginar alternativas. La ciencia ficción y la hiperstición no pertenecen solo a ellos: también pueden ser fuentes de inspiración para quienes no queremos futuros de exclusión, de genética manipulada o de dictadores transhumanos, sino formas posibles de gobernanza y cooperación democráticas.
El peligro, es que el tiempo se está acabando. Hay múltiples amenazas que afrontar, desde la baja de la natalidad, la hecatombe climática, una guerra nuclear, otra pandemia. O la peor: el ominoso Falcon que ya está en la vereda con las luces prendidas. Es mejor que empecemos a imaginar propuestas alternativas que sean más inclusivas. Es eso, o aceptar que vamos a terminar todos barridos y amontonados en la misma caja.
