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Hoy nos toca una de esas películas que son pilares del cine que intentamos canonizar en esta serie de artículos. La realidad es que podría haber sido cualquier película de John Carpenter, de hecho, hasta última hora, estaba casi seguro de empezar por They Live (1988) porque es una película casi construida para la exégesis filosófica posterior.

Sin embargo, la vamos a dejar para más adelante, dado que la filmografía de Carpenter, gracias a su riqueza conceptual, nos va a permitir volver una y otra vez y en cada ocasión encontrar algo nuevo. No es novedad. Al menos en Argentina, el cine de Carpenter tiene una fuerte base de seguidores, ya en el año 2010 Matías Orta publicó su libro (al que debo lectura) sobre la obra del director. Y cabe señalar también la reivindicación del cine carpenteriano por parte del autor y erudito Ángel Faretta cuya teoría acerca del "concepto del cine" se ha vuelto popular entre los jóvenes hermeneutas internautas.

Como sea, hoy nos toca escribir sobre el aclamado director, incomprendido muchas veces, que tiene una filmografía fantástica en todos los sentidos de la palabra, cuya introducción nos abre el camino para incorporar nuevas ramas en nuestro Canon. En este caso, hablamos del cine fantástico, sí, de ciencia ficción también, pero con elementos de terror. Conjugamos así, quizá, el último elemento faltante en la construcción de nuestro recorte. Bajo esta tríada, no nos queda elemento por agregar.

The Thing: un perro, un helicóptero y una nave espacial

The Thing (1982) empieza con una escena que resume la maestría de Carpenter. En primer lugar, vemos una nave espacial que se acerca a la Tierra. Luego, los títulos, y acto seguido un helicóptero que sobrevuela la Antártida. A bordo del vehículo, el piloto y un tipo armado. Busca con su mira en la inmensidad del terreno nevado. Encuentra un perro. Le dispara. Falla todos y cada uno de los tiros.

Lo persiguen hasta una base norteamericana: el puesto de avanzada n.° 31. Ahí, en una secuencia que mezcla falta de idoneidad, mala puntería y problemas etnolingüísticos, el piloto muere por una granada mal lanzada y el que tiene el rifle cae bajo plomo norteamericano después de haber disparado (por error) a uno de los científicos de la base. El perro, sin mayores problemas, se mete en la base.

Sí, toda la tensión o, como diría Hitchcock, el suspense de la película creado con una secuencia de tres imágenes: una nave en el espacio, un helicóptero y un perro. Cualquier ser humano con el IQ suficiente para abrir una banana puede tener una legítima sospecha sobre la naturaleza del perro. La cuestión se termina más o menos de acomodar cuando aparece R.J. MacReady, nuestro protagonista interpretado por el genial y actor fetiche de Carpenter Kurt Russell. Piloto de helicóptero del puesto de avanzada n.° 31, quien sospecha, de manera acertada, que hay algo raro en todo el asunto.

Así, junto con dos miembros del equipo, encabezan una expedición hasta la base vecina de donde venía el helicóptero. Que, al ser noruegos, no pudieron comunicar nada de lo sucedido a los norteamericanos antes de ser abatidos. MacReady, junto con sus compañeros, llega a las ruinas de la base y se encuentran con un escenario dantesco. La base fue destruida, prendida fuego y solo encuentran restos sin vida: material fílmico de expediciones hacia zonas remotas, cuerpos humanos fusionados en una monstruosa aberración y un sarcófago de hielo.

Vuelven a la base. Incomunicados, aislados del resto del planeta, el equipo tendrá que lidiar solo con la situación. Al poco tiempo del regreso, revelan la monstruosidad encontrada en la base noruega. Mientras tanto, el recién llegado perro revela su verdadera naturaleza e intenta comerse a los otros Alaskan Malamute de la base. Entre escopetazos y lanzallamas, el parásito extraterrestre queda abatido. MacReady se instala a revisar el material fílmico y encuentra que los noruegos habían descubierto algo cerca de su base. Decide ir con el helicóptero. Inspeccionan la zona, descubren la nave alienígena y el bloque de hielo que sustrajo la misión noruega. Vuelven al puesto de avanzada.

Blair, uno de los científicos a cargo de la cuestión y quien realiza la autopsia al fusionado cuerpo deforme de la base noruega, corre una simulación sobre tiempo de infección en el planeta Tierra. En tres años (27.000 horas) el planeta entero caería bajo la infección. Blair decide romper todos los elementos que permitan salir de la base al mundo exterior. Así, queda planteado el tramo final de la película donde todo el equipo, desconfiando unos de otros, irá aniquilando a los restantes intentando matar al parásito alienígena.

La Antártida, el Body Horror y el hombre lobo

The Thing es una máquina carpenteriana de ciclo completo. Lo tiene todo. La locación tiene un efecto doble: lugar remoto, lugar aún no explorado. La Antártida como espacio para contar una historia reducida al espacio que lo contiene (el continente, las bases militares) cumple la función de una mansión, una casa, o un pueblo. El terror queda circunscripto a la locación y no tenemos que lidiar con las consecuencias de una infección/invasión global. Es el caso de Tiburón (un ataque en un pueblo costero) o el caso de Alien (infección en una nave espacial).

Por otro lado, la Antártida sigue funcionando como último espacio humano no explorado. Tiene alguna reminiscencia a lo que puede suceder con el lecho marino, o las profundidades de las fosas marianas, con la salvedad de que es un espacio en tierra. Una última frontera donde el espacio mítico está aún disponible. Pensemos, por ejemplo, en los ahora nuevamente de moda memes sobre Hiperbórea y el esoterismo neonazi, o los ya clásicos tropos de la "teoría" de la Operación High Jump. Sí, desde finales de la Segunda Guerra Mundial, la Antártida es "la última frontera" y puede ser terreno de nazis, ovnis y civilizaciones perdidas. Recordemos que todo esto ya está presente en el material original de la película The Thing from Another World (1951) dirigida por Christian Nyby y un no acreditado Howard Hawks. Este material ya contenía todos los tropos que volverían de forma canonizada en The Thing. La idea de un extraterrestre en la Antártida se volvería canónica desde entonces, configurándose como un escenario para lo fantástico por excelencia.

El siguiente acierto de la versión de Carpenter es la introducción de lo que hoy se conoce como Body Horror o terror corporal. Esa forma particular del cine de terror con un particular énfasis en la destrucción y mutilación del cuerpo humano (y no humano también). Género que compartirá con, por ejemplo, David Cronenberg en la próximamente canónica Videodrome (1983). La deformación y mutilación llevada a cabo con efectos prácticos le da una dimensión material palpable a la invasión. No se trata de un concepto abstracto, o control mental, sino de un parásito. Es como una garrapata del espacio.

Por último, pero no menor, es el hecho de la invasión. A diferencia de Alien, por ejemplo, donde la humanidad se topa con un enemigo por una incursión humana a un territorio hostil, en este caso es la parsimonia de una comunidad humana que es trastocada por un agente externo. A diferencia también de las otras películas que venimos analizando, en este caso el monstruo no es un problema de creación humana, sino que es producto de la hostilidad del universo con el cual los humanos cada tanto nos topamos. En este sentido, la función que el extraterrestre cumple es la de un animal que ataca humanos una vez ya establecido en pueblos, ciudades o civilizaciones. Es un quiebre en el sistema de seguridad humana establecido a través de la cultura y una vuelta a un estado de naturaleza previo en el cual, algo tan simple como la subsistencia garantizada, pierde efecto. Pienso en películas como The Jungle Book (1967), donde la figura del tigre cumple esa función aunque algo diluida porque no estamos precisamente en un entorno "civilizado", pienso en The Ghost and the Darkness (1996) y más para acá, heredera de este tropo, está la genial Attack the Block (2011).

Ahora bien, si este monstruo no es Frankenstein, quizá sin buscarlo existe otro monstruo con el cual podemos asociar a este extraterrestre invasor parásito copia humanos. Se trata, ni más ni menos, del hombre lobo. El mito del hombre lobo reviste las mismas características pero, principalmente, la función de ser un cambiaformas. De apariencia humana, esconde su naturaleza de bestia. De esta forma es un enemigo que solo bajo ciertas circunstancias muy específicas (luna llena) puede ser descubierto. Es, además, un monstruo que habita dentro de la comunidad humana destruyéndola desde el interior. La idea del cambiaformas persiste en el cine de muchas formas: desde la idea del cambiaformas al gemelo malvado, pasando por los clones.

Esto es particularmente terrorífico por dos cuestiones. Primero, la idea de no poder distinguir a un humano de un no humano y con lo que eso implica. Tópico que seguirá presente en el cine de Carpenter especialmente en They Live. Por otro lado, la idea de que existe algo que nos puede asimilar, copiar y así eliminar nuestra preciada individualidad. Como vemos, el tropo funciona en muchos niveles.

El fantástico se cruza con la ciencia ficción

Es por esto que The Thing (1982) es un clásico canónico. Todo lo que construye la película es una secuencia de aciertos y, fundamentalmente, una forma moderna del relato fantástico. Es, además, significativo el no intencionado (¿o sí?) cruce con el género de ciencia ficción a partir de la introducción de extraterrestres en la trama. En este sentido, se inaugura la idea de que el cine fantástico puede también convivir con un entrecruce, con una hibridación, con el cine de ciencia ficción. Es lo que también está presente en Alien, por ejemplo. La irrupción en la lógica de lo cotidiano, la aparición de lo sobrenatural, puede tener un giro hacia otro gran género.

Es, en otra forma, lo que sucede con sagas como Warhammer 40K donde la ciencia ficción y el fantástico están unidos en el mismo universo. En este sentido, es una innovación singular dentro de los esquemas de ambos géneros. Claro que es algo que está presente casi desde el comienzo en lo que era conocido como literatura pulp que luego tuvo ramas divergentes en sus variantes más puras pero que eventualmente se vuelve a cruzar de forma orgánica cuando el relato lo necesita.

En este sentido, esta hibridación es una forma de introducir un fenómeno irracional (la ruptura de la realidad empírica que involucra la aparición de lo fantástico) en un género con inclinación a la especulación de secuencias de hechos racionales como la ciencia ficción. Este género híbrido elimina la necesidad de explicaciones ultra-racionales en pos de una búsqueda más relacionada con lo emocional. La justificación científica a diferencia de, no sé, Jurassic Park, es totalmente indiferente.

Para quienes estén interesados existe un videojuego basado en la película que salió en su momento para PlayStation 2 y Xbox, que hace poco tuvo una remasterización. Y, además, existe una serie de cómics de Dark Horse que expandieron la historia y una tiene la particularidad de que MacReady entra en contacto con una base antártica argentina.

The Thing (1982) es un relato acerca de la paranoia, la desconfianza y la destrucción de los vínculos de solidaridad a partir de la necesidad de supervivencia individual. Es por esto, sumado al lugar elegido para la acción, a los tropos de invasión extraterrestre y a las secuencias de terror físico lo que la convierten en una pieza fundamental del cine contemporáneo.

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