Tres nuevos restaurantes porteños donde alimentar el corazón, la mente y el paladar

L’Estasi Dell'oro, una de las piezas que Ennio Morricone compuso para la banda sonora de Il Buono, il Brutto, il Cattivo (El Bueno, el Malo y el Feo), es una de mis canciones favoritas al momento de salir a la calle.

La canción entra con el arma cargada. Por un lado, me hace sentir que no sólo soy una valkiria: soy también el caballo, la espada, la sinfonía completa y Wagner escribiéndola. Por el otro, claro, es la canción que Metallica hace sonar por los parlantes antes de subir al escenario, y me regresa el temblor de rodillas de aquella vez que los vi en vivo, en el ya fallecido Orfeo Superdomo de Córdoba, con el escenario a media cuadra de distancia y las tribunas hirviendo.

La mejor versión del placer es la que logra reunir ambas maneras de apreciar: cuando la entrada sentimental a sangre y fuego deja lugar eventualmente a la calma reflexiva.

Pero al rato, el revólver vuelve a la funda con el colchón de los tambores y su acelere. El coro y la instrumentación orquestal que suben y bajan como una marea sobre la que navega la soprano Edda dell’Orso. La escala descendente de tubas que conduce hacia el final de la canción me inyecta cosquillas en la nuca. El disfrute es, ahora, más mental.

La mejor versión del placer es la que logra reunir ambas maneras de apreciar: cuando la entrada sentimental a sangre y fuego deja lugar eventualmente a la calma reflexiva. Y al momento de hablar de aperturas gastronómicas, últimamente encuentro mayor alegría justamente en las que encajan en ese doble movimiento. Donde a minutos de sentarme siento una tibieza que me baja la guardia, donde la carta traduce cercanía (y no necesariamente simpleza) y en donde, ya con los platos sobre la mesa, el placer pasa a ser también cerebral y se dibujan los matices, las aristas y las profundidades del sabor.

Spaghetti, albóndigas y la salsa de tomates hermosa de Caprichito.

Caprichito: precisión amigable

Carola Santoro apunta de lleno a aquella idea cuando explica que en Caprichito, el restaurante que cofundó con su hermana Victoria, “la intención no era hacer alta cocina, sino elevar la comida que uno realmente quiere comer seguido”.
Así, para ella es esencial el equilibrio entre producto, técnica y disfrute. “Que sea accesible en el espíritu, pero con estándares muy cuidados de ingredientes y procesos”, resume.

El local y sus guiños (el dibujo de un osito de peluche como logo, la heladera vieja escuela de Coca-Cola, la bola disco en los baños) también acarician ciertos rincones del recuerdo sin gritar demasiado. “Pensamos y dirigimos la obra íntegramente nosotras, sin arquitectos ni diseñadores ni jefes de obra, tomando cada decisión para que el espacio sea realmente propio y coherente con nuestros otros proyectos. La idea es que la experiencia sea tan importante como la comida, que den ganas de quedarse”, señala Carola.

Las hermanas ya venían de un hitazo: Ti Amo, la pizzería de estilo napolitano que abrieron en Adrogué y que, en 2024, quedó tercera en el ranking de las 50 mejores pizzerías del mundo en la lista Top Pizza World. Luego llegó La Sorellina, mismo concepto pero en pleno Colegiales.

Ahora, en Caprichito, la pizza sigue estando presente pero no como protagonista, sino siendo parte de un elenco de cocina golosa y seductora, diseñada en sociedad con el cocinero Emiliano Belardinelli. A través de lasagnas, spaghetti con albóndigas, milanesas y vitel toné, los sabores remiten a las trattorias tradicionales pero con chispa contemporánea. Algo que se refleja incluso en una carta de vinos (a cargo de Celina Bartolomé) que apaga la sed de tinto con opciones frescas y fluidas. Hay gran calidez y franqueza en lo que se come: quizás la mejor demostración es la salsa de tomates que acompaña a las pastas, una flecha de Cupido directa a la memoria emotiva.

Uno de los mejores bocados que probé en los últimos meses: la ensaladilla de trucha de Garabato.

Garabato: complejizar sin perder el rumbo

¿Hay un regreso a una cocina más cercana y reconfortante en varias de las aperturas gastronómicas recientes? Calu Corso, cofundadora de Garabato junto a su pareja Lucas Canga, dice que a la vez sí y no, porque en su caso la búsqueda no responde a una tendencia, sino al deseo de que la cocina “sea fácil de entender para cualquier tipo de público”.

“Cocinamos lo que nos gusta comer, y escuchamos y tenemos en cuenta al cliente”, advierte. Su currículum lo reafirma: además de Garabato lleva adelante Mad Pasta, un restaurante que pasa la herencia inmigrante de las harinas por un colador punk. Allí, todo parece construido minuciosamente en función de la máxima efectividad, y es inevitable recibir cada receta con un enfático movimiento de cabeza hacia arriba y abajo, en un “sí” enorme y silencioso.

Garabato tiene algo en común con Mad Pasta y una palabra de Calu da en la tecla: la “chanchada”. Hay sensaciones gorditas, exuberantes, y cero timidez. Pero más allá del maximalismo, no hay sobredosis ni ruidos y las capas de sabor se ensamblan con nitidez. Para ella, la clave es trabajar “con técnica pero sin complejizar sin sentido”, algo que a veces parece perderse en cierta inclinación ultra-técnica (y rodeada de relato innecesario) de la cocina de los últimos años.

La “chanchada”. Hay sensaciones gorditas, exuberantes, y cero timidez. Pero más allá del maximalismo, no hay sobredosis ni ruidos y las capas de sabor se ensamblan con nitidez.

En Garabato, el matambre de cerdo sale con mejillones y una salsa de Cointreau que invita a perder todo el decoro y lamer el plato hasta dejarlo lustroso. La ensaladilla de trucha (tal vez el bocado más delicioso que comí en los últimos seis meses) sale sobre brioche tostada con manteca y miel: el mordiscón completo es un baile sensual entre las huevas de trucha saladas, la dulzura del pan y el huevo mollet cremoso. Si es posible, hay que reservar asiento en la gran barra comunal que limita con la cocina para tener primera fila al backstage y, de paso, tentarse con los helados que se sirven en la esquina antes de partir a cada mesa.

Tradición y sabrosura: el lehmeyun de El Bocadito.

El Bocadito: leña y barrio

Aquel deseo de cocinar lo que te gusta comer que describe Calu, es también un movimiento de rebobinado que trae de vuelta los recuerdos emotivos, creando un lazo con los paladares que comparten esa memoria.

Para Wilson Rodríguez, las empanadas árabes eran parte esencial del menú nocturno de delivery que se compartía en la mesa familiar. En su local pizzero, Cancha, decidió revivirlas de una forma más libre y, a su vez, más apegada a la tradición culinaria de Medio Oriente. Diseñó así su lehmeyun: carne de cordero especiada sobre un pan de pizza bien aireado.

Ahora, Wilson acaba de estrenar espacio nuevo: El Bocadito. El local supo ser un almacén chino y la zona es una de las más auténticamente barriales de Villa Crespo, aún libre de gentrificación a pesar del muy cercano Movistar Arena. Wilson, su socia y pareja Paula Ramos, y su equipo lograron un restaurante con alma de pulpería. El ambiente se arma entre ladrillos y revoques, el piso de mosaicos calcáreos que encontraron oculto post-reforma, y un corazón en forma de horno a leña.

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Y el lehmeyun sigue firme en la carta (al menos por ahora, el menú es sumamente flexible), en una versión ampliada: lleva carne de cerdo junto a la de cordero, y un toquecito extra de grasa para levantar el sabor. La mezcla de especias es el secreto: un mundo de sensaciones, donde hay un poco de todo pero no se arma lío y todos hablan claro. Completan el set una ensaladita de hierbas, un cuenquito de chutney verde y un poquito de labne (yogur natural bien cremoso) para cortar con frescura y acidez.

Hay también cuadril y bife de chorizo en el menú, además de platitos que bien podrían ser disfrutados por un abuelo vermutero: morrones asados, paté, empanadas fritas y una minipizza canchera con burrata que aún lamento no haber pedido en mi visita. La clara intención es que vecinos y vecinas de todas las edades hagan suyo a El Bocadito.

Por supuesto, las pizzas forman parte del alma misma de Wilson y siguen estando, pero en una versión que persigue la tradicional pizza a la piedra de los ochenta y noventa argentinos. Para él, de todas formas, este movimiento nostálgico común a muchos cocineros jóvenes no es necesariamente novedoso. “Creo que es algo que ya sucedió con la hamburguesa en algún momento o con la pizza también. Quizás ahora son tendencias más puntuales y de nicho, como la hamburguesa smash, o una pizza romana o de estilo New York”, apunta.

Bonus track: botiquín musical de primeros auxilios

Porque si hay algo que el mundo nos demanda últimamente es ayuda emocional, les comparto esta pequeña playlist de subidón, por si L'Estasi dell'oro solito no es suficiente.

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