Las flechas de los elfos del bosque caen sin pausa sobre mi ejército de Hombres Lagarto. Sabía que iba a pasar eso antes de aceptar el desafío: los elfos agazapados en lo alto de una colina, a la espera de que mis tropas se acerquen al cuerpo a cuerpo, descargando saetas sobre las pieles escamosas. Pero tenía ganas de combatir contra ellos.
La batalla ya está perdida, lo sé. Tal vez pueda rascar un empate. Pero entonces, mi estegadón, la bestia estrella de mi ejército (una suerte de triceratops con un castillo encima, repleto de jabalineros), es cargado por el dragón de mi enemigo. El príncipe elfo que lo monta empuña una espada exterminadora de monstruos: si consigue sacar un 6 en la tirada de dado, mi estegadón va a pasar a mejor vida.
El encuentro es cara a cara, sin mediación de pantallas. (...) Consultamos las reglas en un libro grueso que se apoya a un costado del campo de batalla y los ejércitos están detallados en un papel.
No, no es un juego de computadora. Es un torneo de Warhammer Fantasy, juego de fantasía medieval creado por la editorial británica Games Workshop en 1983. Se juega sobre una mesa, con miniaturas de plástico, plomo o impresiones de resina para representar a los guerreros. El encuentro es cara a cara, sin mediación de pantallas. Además de los ejércitos, en la mesa hay desplegados pequeños edificios, colinas y bosques. Cuando alguien ataca, se tiran decenas de dados de seis caras. Nos turnamos para mover las unidades y el sistema se basa en la guerra medieval, aunque incorpora elementos fantásticos y steampunk: magos, dragones, tanques a vapor primitivos.

Estoy peleando la segunda batalla del torneo “Las dos coronas” en El Imaginario, un local de juegos de Belgrano. Enfrento a los Elfos del Bosque con mis Hombres Lagarto. Consultamos las reglas en un libro grueso que se apoya a un costado del campo de batalla y los ejércitos están detallados en un papel. Gané el primer combate contra los Skaven (unos hombres-rata con máscaras de oxígeno y gases venenosos, al estilo Primera Guerra Mundial), pero esta vez la tengo complicadísima. Mi ejército es lento, el enemigo se repliega y espera que me desangre atravesado por sus flechas.
La primera vez que vi una partida de Warhammer fue en la Cofradía del Sur, a mediados de los noventa. Menemismo, Videomatch, Mundial de Francia, esa época. Tenía catorce años, y era un adolescente tímido que acababa de llegar de Mar del Plata y que tenía pocos amigos en la ciudad. La Cofradía (una casa chorizo de Villa Crespo, hoy demolida) era principalmente un club de rol, pero también organizaba batallas de Warhammer Fantasy y Warhammer 40.000. Yo empecé por los juegos de rol: era fanático de El Señor de los Anillos, y el juego de rol de la franquicia fue, para mí, la puerta de entrada natural. Sin embargo, cada vez que teníamos una pausa en la partida, o nos íbamos a comprar un pancho y una coca al buffet, me quedaba unos minutos observando las miniaturas de Warhammer. Me fascinaban los enanos con sus artillerías, o los caballeros de Bretonia pintados a mano. Las batallas duraban horas.
En ese momento, sin impresoras 3D mediante, armar un ejército era para unos pocos. Los modelos más baratos salían dos pesos (dos dólares), y eran las copias truchas de plomo. Un ejército se componía por entre cincuenta y ochenta modelos. En plena crisis y con quince años, era imposible para mí darme ese tipo de lujos.






Ejércitos del Torneo "Las Dos Coronas".
Todos tenemos algún amigo de plata. En mi caso, este amigo se llamaba Martín. Él compró una caja básica de Hombres Lagartos y caballeros bretonianos, y así empezamos a jugar entre nosotros. Más tarde, me regaló el ejército de lagartos y yo le sumé poco a poco otras miniaturas: el estegadón, un mago Slann. También, les contagiamos a otros las ganas de jugar: amigos de rol, mis primos, algún conocido, un rejunte. Al final, éramos 6 o 7 jugadores, algunos con un puñado de miniaturas y otros con ejércitos considerables. No comprábamos modelos originales: Luis Cannobio, alias "Capitán Thule", alias “El Rengo de Chacarita” (sí, políticamente incorrecto, pero lo llamábamos así, porque estaba en silla de ruedas), era nuestro proveedor de miniaturas de plomo. Tenía un taller clandestino (es decir, no autorizado por las franquicias) que producía copias bastante exactas de los modelos de Games Workshops, y las vendía en un puesto icónico del Parque Los Andes, en Chacarita. Era exmilitante de la JP y fue pionero de los wargames. Gracias a él, una generación entera de pibes de una clase media en decadencia pudo apropiarse de un hobby británico que, de otra forma, hubiera estado vedado. Tan curiosa es la vida de Luis que hasta tiene un documental.
Mi viejo falleció el año pasado. En uno de los primeros recuerdos que tengo de él (o, por lo menos, así lo quiero creer, la memoria suele ser caprichosa), lo veo sentado de espaldas pintando unas miniaturas debajo de una lámpara de luz amarillenta. El resto de la habitación está a oscuras, su mesa es como una isla cálida. Yo soy un nene de cinco años, como mucho, y me da curiosidad lo que hace. Parece algo importante: él está concentrado, con el pulso firme, las cerdas del pincel acarician con suavidad la superficie de un tanque diminuto.
Él me legó el gusto por la fantasía y los juegos de estrategia. Una niñez con libros de la colección Robin Hood, mitología nórdica, espadas. Primero me enseñó a jugar al ajedrez, después al TEG y después a un wargame de la Segunda Guerra Mundial. Cada tanto lo jugaba con sus amigos. A mí me encantaba participar del mundo de los grandes. También tirar los dados e imaginarme que un cañonazo había agujereado el blindaje de un Panzer alemán, o que unos tanques Sherman norteamericanos avanzaban hacia un pueblo controlado por los nazis. Años después, también me enseñó a jugar al Civilization en una Pentium 386.
Quizás estaba predestinado a jugar Warhammer. Mezclaba fantasía medieval con estrategia, dos de mis pasiones heredadas.
Allá por el dos mil dejé de jugarlo. Entré en la carrera de ciencia política, me puse a militar, salía a bailar todos los fines de semana. Después me hice docente, después escritor. Las miniaturas de Hombres Lagarto quedaron guardadas en una caja que, mudanza tras mudanza, perdí de vista y terminé olvidando. Warhammer formaba parte de una adolescencia nerd con la que ya no me sentía identificado. Ya no jugaba a “los soldaditos”.

Por aquella época, la franquicia perdió progresivamente adeptos a nivel mundial. Casi no se jugaba en comiquerías ni en clubes de rol. Solo un puñado de personas mantuvo vivo el juego, adaptando reglas, organizando partidas en casas. En 2014, los directivos de Games Workshop debatieron si relanzar su línea de fantasía o concentrarse únicamente en Warhammer 40.000, un juego de estrategia cyberpunk, con miles de jugadores por todo el mundo y que tiene fanáticos prominentes, como el actor Henry Cavill. Desde el 2010 las ventas y los jugadores de Fantasy descendían y, en 2015, después de tres décadas de existencia, se discontinuó. Según el lore, en un evento conocido como el Fin de los Tiempos, el Viejo Mundo fue destruido en un cataclismo. La franquicia fue reemplazada por Age of Sigmar, un juego similar pero de menor cantidad de miniaturas y una dinámica de escaramuzas, más parecida a Warhammer 40.000. Era el fin de una era.
El torneo arranca a las 10 de la mañana. Es sábado, una linda mañana de marzo. El local El Imaginario Games está a unos metros de Cabildo y Juramento, en una galería. Me da culpa perderme un día así. Tampoco tenía muchas ganas de venir hasta acá. En 2025 no solo murió mi viejo, sino que perdí mi principal laburo (desmantelaron el instituto público en el que era investigador y quedaron sesenta personas en la calle) y me dejó una mujer de la que estaba enamorado. Cartón lleno. Había besado la lona varias veces. Quedarme toda la mañana del sábado tirado en la cama era, en mi estado, un planazo. Pero alguien que quiero mucho me repite siempre: “tenés que hacer todo lo contrario a lo que sentís: si te querés quedar en tu casa, salí; si no querés ver a nadie, juntate con gente”. Le hice caso, y me inscribí en el torneo de Warhammer.

Me abre Gustavo, el dueño de El Imaginario. Hay miniaturas exhibidas en vitrinas, potecitos de pintura importados y alineados en estanterías. Gustavo me saluda por mi apellido. Tiene unos sesenta años y conoció a mi viejo. Jugaba wargames con él allá por los ochenta. Al igual que las dos o tres veces que nos cruzamos antes, tampoco ahora me animo a preguntarle por él, sobre cómo era mi papá de joven. La herida todavía no cicatriza. Ya habrá tiempo, me digo, en algún momento. Eso supongo. Eso espero.
Bajamos al subsuelo, donde están las mesas. Son seis para los doce participantes del torneo. En total, el grupo de WhatsApp de la comunidad argentina de Warhammer: Old World tiene más de sesenta miembros, pero una docena es el número que suele participar de los eventos. El juego no es tan mainstream como en otros países, sigue siendo de nicho. Además, muchos viven lejos de los principales locales porteños y hay que transportar dados, metro, miniaturas de plomo o resina y varios etcéteras más sin que nada se dañe. Hay un grupo de Haedo bastante activo, y hay tres de ellos participando en el torneo, pero la mayoría son de Capital. Es gente que generalmente tiene interés en los juegos de mesa, también en los universos de fantasía medieval y de ciencia ficción. La mayoría son hombres de entre 30 y 50 años, con capacidad económica suficiente como para comprar miniaturas, pinturas para modelismo, pinceles. En otras palabras, Gordos Warhammer.
Había algo de nostalgia, pero sobre todo, ganas de jugar a un juego de mesa complejo, entretenido, que obligaba a reunirse sin pantallas. En un mundo saturado de interacciones virtuales y soledad post-pandemia, juntarse a jugar es casi un hecho político, un acto disruptivo.
Patrick Glickmann es el que organiza los torneos. Su historia es peculiar: sus padres emigraron a Dinamarca, huyendo de la dictadura argentina. Él creció allá, tiene un hijo allá, ya mayor de edad. Pero decidió volver a Argentina. En Copenhague trabajó durante más de diez años en un local de Games Workshop. Tiene experiencia en la organización de eventos y conoce el paño. Patrick empezó a jugar Warhammer un poco como yo: era una persona introvertida, le gustaban los hobbies puertas adentro, más tranquilos, y jugando conoció a un grupo de gente que le cayó bien. Un motivo social. Ya laburando en Games Workshop amplió su conocimiento sobre el hobby e incluyó a generaciones de nuevos jugadores. Y también de pintores.
Sí, porque Warhammer también se trata de pintar. Hay cientos de videos en YouTube que enseñan cómo hacerlo, y maestros del pincel que participan en competencias internacionales de pintura. No es solamente jugar y tirar dados. Las miniaturas son de plomo o de plástico gris, entonces hay un trabajo previo de elegir la temática, la paleta de colores y después pintar cada uno de los modelos. Como me explicaba uno de los participantes: “es un hobby que me permite concentrarme en pintar y olvidarme de lo demás”. Yo volví a Warhammer, en gran parte, por eso: cuando lo internaron a mi viejo después de su ACV, pintar era una forma de conectarme con él y también de hacer algo manual, que me despejara. La sublimación del arte. Una evasión mucho mejor que los antidepresivos. En el torneo que organiza Patrick también hay premios para los dos ejércitos mejor pintados. Los ganan Cathay y los Altos Elfos. Se nota la mano de pintores que saben, de pintores expertos.
Mientras despliego mi ejército, mi primo Juan Manuel hace lo mismo en otra mesa. Él fue uno de los que empezaron a jugar conmigo en los noventa. Comanda al Imperio, una mezcla de condes electores alemanes y maquinarias a vapor estilo steampunk. En el torneo jugamos en el mismo equipo, el número seis. Él también me insistió para que volviera a jugar: al ser un juego de mesa, me dijo, siempre tenés que jugar contra un oponente, hay interacción, conocés a otra persona, hay debate y discusión, porque las reglas se adaptan, en parte, conversando y llegando a acuerdos. Te saca de la cueva. También del algoritmo, de los grupos en los que uno se mueve frecuentemente.
Warhammer Fantasy volvió con fuerza en 2024, casi una década después de ser discontinuado. Esto se debió al éxito del juego de computadora Total War: Warhammer, que renovó el interés por la franquicia. La empresa Games Workshop cambió de directivos, vio una oportunidad comercial y relanzó el juego fantástico con el título Warhammer: Old World. En ese momento volvieron muchos jugadores, yo incluido. Mi primo también. Desempolvamos los ejércitos, repintamos a nuestros soldados, compramos nuevas miniaturas. Había algo de nostalgia, pero sobre todo, ganas de jugar a un juego de mesa complejo, entretenido, que obligaba a reunirse sin pantallas. En un mundo saturado de interacciones virtuales y soledad post-pandemia, juntarse a jugar es casi un hecho político, un acto disruptivo.
A las once de la mañana, llega a El Imaginario mi hermana con mi sobrino. Él, por influencia mía, colecciona Hombres Lagarto. Tiene cinco años, la misma edad que yo tenía en el recuerdo de mi viejo pintando el tanque en miniatura. A él le fascina Warhammer, le gusta tener su propia colección. Le construí un templo mesoamericano para que pueda guardar sus seis o siete modelos ahí, hecho de telgopor y papel encolado. Me pregunta todo el tiempo quién es más fuerte, si un dragón o el Increíble Hulk, si un mago Slann o uno de los SuperThings. Pero esta vez se aburre: en un torneo los jugadores están muy concentrados. Algunos, sin embargo, le prestan atención y le muestran miniaturas de dragones y de magos del Caos. Al rato, la madre se lo lleva a la plaza.
El príncipe elfo montado en el dragón embate contra mi estegadón. Mi oponente tira cuatro dados: en uno de ellos saca un seis. El estegadón muere atravesado por la espada exterminadora de monstruos. Una bola de fuego de su hechicera diezma a mis Kroxigors, bestias del tamaño de un troll, equipadas con martillos a dos manos. De poco les sirven, no llegan a enfrentar a ningún enemigo en combate. Las flechas siguen cayendo sobre el resto de mis tropas. Ya ni siquiera se trata de empatar, sino de no perder por goleada.

Llego al tercer turno con la lengua afuera. Patrick indica que se terminó el tiempo. Perdí por paliza. A mi primo no le fue mejor contra los Reyes Funerarios: jugó a no morir. Quedamos cuartos. Cuartos de seis.
Pero, no sé por qué, estoy de buen humor.
Definitivamente, valió la pena salir de la cama para jugar a los soldaditos.
