Crónica de la frontera Argentina-Paraguay
Éramos tantos y yo no sabía quién era
Éramos tantos en la frontera
Coiffeur, "Frontera" (No Es, 2006)

Existe un lugar en el Mundodisco de Terry Pratchett que me recuerda a mi ciudad natal: Ankh-Morpork. Recuerdo que cuando leí por primera vez El color de la magia, a los 7 u 8 años, me fascinó la descripción de las dos ciudades, hermanadas por el río y separadas por el sistema de clases. Sin darme cuenta, el viejo Terry estaba describiendo la versión fantástica y amplificada de Posadas y Encarnación.

Bajo la misma lógica que Piltover y Zaun en el universo de League of Legends, son una célula de dos núcleos que funciona como un solo organismo. Cada una de las partes tiene cierta autonomía, pero en su relación de consorcio comparten la misma suerte. Y una coincidencia más: tienen un puente, simbólico y concreto, que las une. En la vida real, se llama Puente Internacional Roque González de Santa Cruz: el jesuita que fundó los primeros asentamientos en ambos lados del río Paraná.

Es cierto que la Triple Frontera arrastra la marca del imaginario construido a partir del turismo, de las investigaciones, de las ficciones y documentales. Sin ir más lejos, mi viejo tenía el VHS de La Misión, de Roland Joffé, con las actuaciones de monstruos como Jeremy Irons y Robert De Niro. Crecí sabiendo que Iguazú era un imán hasta para las producciones de Hollywood, que no suelen mirar demasiado hacia este sur. Y sí, terrible locación, entre la Selva Paranaense y las Cataratas, tiene sentido. Pero acá también pasan cosas, dijo el aduanero.

Por eso les voy a contar algunas que aprendí sobre esta frontera en particular, la de Ankh y Morpork. Digo, Posadas y Encarnación. Lo primero que puedo trazar es el paralelismo estético: Posadas vendría a ser la linda, la careta, la Buenos Aires wannabe, mientras que Encarnación abraza su latinaje con pasión y con ciertos condimentos de la gran Arabia, que ya les contaré. Como una sociedad fenicia, existe una percepción imperante del ser es tener. Tu familia, tu apellido, tu lugar en la comunidad, están signados por tu lugar en la pirámide.

Un ejemplo de esto es el Parque Japonés, un complejo de baile que existió en Posadas entre 1930 y 1953 o 1956 (depende de dónde lo busques). Se llamaba así porque estaba regenteado por la familia Yamaguchi. Tenía cuatro pistas ubicadas desde lo más alto a lo más bajo de la barranca del Paraná. Los nombres de las cuatro pistas eran la Caté, la Palmolive, la Saldos y Retazos y la Puloil.

¿Qué las diferenciaba? Por supuesto que la clase social a la que pertenecías. Caté es sinónimo de cheto, la más obvia, pero las otras son muy divertidas también. Palmolive fue el primer jabón con perfume de la época, era un producto al que podía acceder la clase media alta. Saldos y Retazos era el sitio para empleados de comercio, viajantes y todo ese espectro de laburantes. Abajo de todo, el fondo de olla: la Puloil (un limpiador en polvo), donde iban criadas, obreros y albañiles que aprovechaban sus francos para sacar pecho en la bailanta.

Como en todo sistema hay espacio para el contrabando, diría A. Salcedo, los hombres iban y venían entre las pistas tratando de conquistar chicas. Ellas no se podían mover de sus asientos y solo podían bailar si un chico les "cabeceaba", si las invitaban. El niño bien se enamoraba de la chica pobre o la empleada se enamoraba del patrón, y así. Hecha la ley, hecha la trampa.

Hasta hoy persiste la sensación de que estamos siempre juntos, pero no mezclados. Recuerdo estar en un bar, tomando cerveza en una ronda con el ministro del Agro y la Producción, que en su ebriedad trataba de fundamentar lo importante que era Spinetta en la cultura. Parece que somos iguales pero no, nepo babies hay en todos lados. Compartimos los espacios y el territorio, pero no así la realidad.

Lo que quiero decir es que Posadas siempre tuvo una comunidad de habitantes pretenciosos, que disimulan hasta su tonada frente al foráneo para alejarla del acento paraguayo. De hecho, los primeros en afincarse por esta zona fueron los dueños de negocios yerbateros y azucareros que estaban ubicados hacia la zona centro y norte de la provincia, en la serranía de la selva espesa (con un modelo extractivista, por supuesto). Caserones inmensos, losas y mampostería importada de Europa y África, labiales y coloretes.

Uno de esos es la "Rosadita", nuestra actual Casa de Gobierno frente a la Plaza 9 de Julio, que perteneció a Rudecindo Roca, hermano de Julio Argentino. De este lado nunca se cultivó, porque para eso estaba Encarnación –We don't sow, dirían los Greyjoy–. Todo lo que se come sigue viniendo de afuera, en su mayoría. Igual, digamos que por más plata que tengas, para muchos no habrá sido disfrutable la vida en un lugar lleno de mosquitos, alimañas, truhanes devenidos en mensúes, calor y humedad. De este lado, alta alcurnia; y del otro, postales del obraje montaraz.

Ambas ciudades reniegan o se ufanan de esas posiciones históricas. Y una vez que Argentina fijó sus límites como Estado-nación, todo comenzó a potenciarse. Como en el videojuego Death Stranding, de Hideo Kojima, una de las figuras principales en este mapa es el pasero: el que lleva productos de un lado al otro del río. Con la aparición de la Trinchera de San José en la guerra contra el Paraguay, la actividad comenzó a ser mal llamada contrabando. Y digo mal llamada porque es la percepción centralista del poder la que trasladó hacia el terreno de la ilegalidad una costumbre arraigada. No lo digo yo, me lo dijo la historiadora Silvia Gómez, del Archivo Histórico Municipal de Posadas. Una vez fui a consultarle unos datos y usé la c-word. Me miró muy feo y lanzó una frase que no se me borra más: "¡No te atrevas a llamar contrabando a una práctica cultural preexistente!".

"¡No te atrevas a llamar contrabando a una práctica cultural preexistente!" | Foto: Marcos Otaño
"¡No te atrevas a llamar contrabando a una práctica cultural preexistente!" | Foto: Marcos Otaño

Con el nuevo límite, las mujeres aprovecharon sus polleras y vestidos amplios para guardar tabaco, maíz, ropa, caña, marihuana, merca, lo que sea. Las paseras son una insignia de cuanto académico se ponga a analizar el fenómeno local con su fascinación antropológica. Y su práctica dio lugar a uno de los lugares más emblemáticos de nuestra ciudad: el Mercado Modelo La Placita. En pocas palabras, es una especie de La Salada que está a punto de cumplir 70 años y es parte del primer barrio que tuvo la ciudad, Villa Blosset.

En los '90, era el lugar donde compraba juguetes truchos de los Power Rangers: tenía todo el equipo y los megazords, y los enfrentaba con mis figuras de Dragon Ball. Con el nuevo milenio, llegaron la Play chipeada y la promo de tres juegos por tres pesos, los pokemones, las cartas de Yu-Gi-Oh!. Todo trucho pero todo nuestro: las zapatillas Nikei, las Adibas, las Punna. En general, comprar algo original en esta ciudad te hace ver un poco estúpido. Pasa con todo, con el parlantecito JBL, con el Xiaomi, con el Labubu, con lo que esté de moda.

Por ejemplo, hace algunas semanas, cuando estaba entrando a la oficina, el de limpieza lucía unas Jumpman Jack de Travis Scott, con el colorway del lanzamiento original. Entré a StockX para chequear el precio de reventa actual y llega a 330 dólares. Él los usa para limpiar porque, como dijo Phillip K. Dick en The Man in the High Castle, las cosas tienen la importancia que nosotros le asignamos.

Mercado Modelo La Placita - Marcos Otaño (2025)

Marcos Otaño, autor de las fotos que acompañan esta nota, vivió otras etapas de esta flamante Miami tercermundista. Él se ocupó de ir a sacar algunos registros actuales a La Placita, aunque la situación de hoy dista muchísimo del esplendor con el que uno la imagina. Como brazo funcional de nuestra identidad, era ese sitio donde el posadeño podía conseguir esos símbolos de estatus con precios al costo o fijados al valor del guaraní. Todo llega desde Encarnación y nadie cuestiona la legalidad de su origen ni piensa que hacer una inspección sea una buena idea. Además, el complejo tiene un pasillo donde están los puestos que recuerdan más a otras épocas: yuyos para el mate, yerba canchada (la que se usa para el tereré), jarabes, especias, choclo desgranado para el chipá guazú o una buena sopa paraguaya.

En fin, Marcos habló con una de las referentes que están ahí, y le tiró la peor. El audio se corta por la mitad, pero me sirvió para entender cómo fue cambiando la dinámica. Secundina Acosta tiene 88 años ("para 89") y es de las que venden hierbas y medicamentos naturales. La macroeconomía, con similitudes a los '90, genera una asimetría con el comercio de Paraguay. Y no es lo único que cambió, según la pitonisa. Hoy, algunos pocos tienen el control de muchos de los puestos y "como vienen con plata, hacen lo que quieren". También se quejó de que para vender yuyos "hay que hacer cursos".

Secundina Acosta en La Placita | Foto: Marcos Otaño
Secundina Acosta en La Placita | Foto: Marcos Otaño

La cosa cambiaria hace que crucemos a buscar mejores precios en nuestra ciudad hermana, aportando como todos los argentinos de bien a la fuga de divisas. Me hizo acordar al texto de Ana Camblong, Habitar la Frontera, donde dice: "Nadie nos consulta, ni siquiera nos advierte acerca de cuál será la última moda geopolítica para la próxima temporada". Pero durante los tiempos de Méndez no existían monstruos como Temu y Shein, que tomaron por completo al público objetivo de este santuario. Una cruel ironía que el mercado global se coma al Mercado Modelo.

Le pregunté a Marcos qué pensaba de todo este asunto de frontera. Me di cuenta de que salimos a conseguir material y obviamos esa primera charla entre nosotros. Para mi sorpresa, observamos cosas parecidas. "Es súper interesante porque influye mucho lo social, las clases, como que está muy ligado también a lo no formal", me dijo en un audio de WhatsApp. También coincidimos en el claroscuro de esa informalidad.

Las obras de la Central Hidroeléctrica elevaron la cota del río | Foto: Marcos Otaño
Las obras de la Central Hidroeléctrica elevaron la cota del río | Foto: Marcos Otaño

Además, dijo que antes, desde el Arroyo Zaimán hasta Villa Cabello (barrio ubicado en un extremo oeste donde confluye el Arroyo Mártires con el Paraná), vivían "quinientas mil familias y ahora hay 17 casas". Desconfié del dato y tuve que poner las comillas porque, nobleza obliga, la población actual de la ciudad, según el Censo 2022, apenas llega a las 400 mil personas y contempla lo que se dice Gran Posadas, incluyendo los municipios de Garupá y Candelaria.

Pero entiendo lo que quiso decir: las obras de la Central Hidroeléctrica Yacyretá elevaron la cota del río y modificaron para siempre nuestro mapa. Hay sitios que están bajo agua, lugares donde viví mi adolescencia, como el puerto, el ferry detrás de la vieja estación de trenes, la Laguna San José. No podemos volver a ellos sino a través de la memoria o las fotos. Sobre esto, Marcos dijo: "El mercado hizo lo suyo, y no el 'Mercado Modelo', como decía la señora, ese fue creado para la gente pobre". Y todas esas personas que vivían de la pesca, los oleros y sus ladrillos, las lavanderas, perdieron oficios, arraigo e identidad: "Fue un saqueo cultural, más que nada".

Muchas personas que vivían de la pesca perdieron oficios, arraigo e identidad | Foto: Marcos Otaño
Muchas personas que vivían de la pesca perdieron oficios, arraigo e identidad | Foto: Marcos Otaño

Lo que me llevó al texto de Ana Camblong: "Se supone que el corazón no solo se ubica en el medio, sino que además ejerce sus funciones vitales con jerarquía principal". Bueno, como en Ankh-Morpork, aquí el crimen está legalizado y solo faltaría que el intendente de Posadas diga, como Lord Vettinari: "Si es inevitable tener crimen en la ciudad, por lo menos que sea organizado y pague impuestos".

Pero lo divertido de la frontera es que somos la suma de todas esas contradicciones. O dicho mejor por Camblong: "Estamos habitando la paradoja del confín central, del corazón en los talones –¿acaso el talón de Aquiles del Estado nacional?–, de las distancias interiores y las cercanías externas. Habitar la frontera supone instalarse en los decursos de la paradoja".

Habitar la frontera | Foto: Marcos Otaño
Habitar la frontera | Foto: Marcos Otaño

Creo que es el mejor cierre posible, pero les comparto el texto completo para que lo disfruten ustedes también:

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