La figura del gaucho rebelde atraviesa la historia argentina como una forma de desobediencia organizada. Entre el bandolerismo, la violencia estatal y la lealtad, Antonio Mamerto Gil encarna una genealogía de hombres que eligieron no entregarse: vivir al margen de una ley que los necesitaba dóciles.
En Argentina, la figura del gaucho configura una forma de ver el mundo desde la rebeldía y la emancipación. Una forma de abrirse paso entre el orden establecido con un sistema propio. Aunque hoy parezca lejana, casi mítica, esa figura deja como herencia la posibilidad de no entregarse. Vivir en la propia ley. Hacer de la rebeldía una cosecha cuyos frutos luego serán compartidos con otros que acarrean la misma pena.
"Sin saber qué hacer de mí / y entregado a mi aflicción / estando allí una ocasión / del lado que venía el viento / oí unos tristes lamentos / que llamaron mi atención” (José Hernández, La vuelta de Martín Fierro)
El bandido
Hay un tipo de gaucho que condensa esa tensión: el bandido. Eric Hobsbawm no pensaba al bandolerismo como un bloque homogéneo. Al estudiar las sociedades rurales, distinguió algunas figuras: el bandido social, sostenido por su comunidad y perseguido por el Estado; el vengador, atravesado por una violencia personal y excesiva; y los haiduks, bandas organizadas de jinetes que se reconocían como hombres libres y que, en algunos territorios –como el nuestro– enfrentaron conquistas extranjeras.
Todas esas figuras tuvieron paso por Argentina, antes y durante su conformación; algunas veces fueron nombradas como gauchos alzados. En Facundo, Sarmiento define al gaucho malo como un hombre que es perseguido y admirado.
“La justicia lo persigue, desde muchos años, su nombre es temido, pronunciado en voz baja, pero sin odio, y casi con respeto.” (Domingo Faustino Sarmiento, Facundo)
El contexto sobre el que escribe Sarmiento –los reclutamientos, el desplazamiento y la extensión del Estado– funcionó como semillero para las historias de gauchos que, después de conocer las desgracias de la pólvora ajena, decidieron vivir al margen de esa ley que los necesitaba dóciles y disponibles para matar a otros iguales.
Antonio Mamerto Gil pertenece a esa genealogía.

Gaucho Antonio Gil
Antonio Plutarco Cruz Mamerto Gil Núñez nace en Paiubre, Corrientes, en algún año entre 1840 y 1847. Como tantos otros gauchos, es obligado a participar en la Guerra de la Triple Alianza y, al regresar, vuelve a ser reclutado, esta vez por un coronel de filiación liberal para luchar en contiendas civiles.
En esos días, según la tradición oral, Antonio sueña con el Dios guaraní Ñandeyara, que le acerca una revelación: no quieras derramar la sangre de tus semejantes. Gil, que era colorado, federal como tantos gauchos del siglo XIX, reconoce en esa orden una guerra ajena. Como el Martín Fierro que huye del fortín para no seguir matando por mandato de otros, comprende que no hay nada que dudar: le tuerce el brazo al destino y decide desertar.
“Para qué voy a pelear y derramar sangre”
Con esa decisión, acepta que su vida transcurrirá en los márgenes de la ley. Huyendo y sobreviviendo a fuerza de hazañas, entiende que la violencia no tenía un solo sentido, la hace su herramienta. Su mito se forja en vida. En su fuga recorre pueblos, se integra a las fiestas, roba y reparte entre los pobres, enamora a las mujeres de los policías y recibe el amparo de familias que eligen resguardarlo durante sus huidas.
Antonio existe porque creó su propio sistema. Su vida entera es un sincretismo: en sus creencias conviven Dios, San Baltasar y San La Muerte –a quien lleva colgado en su pecho en forma de amuleto–. Dios, porque algunas versiones reconocen a Mamerto como un gaucho con una habilidad distintiva entre los de la época: sabía leer, y esto le permitía leer la Biblia para él y sus compañeros. Por su parte, San Baltasar es el Santo Negro venerado en Corrientes y festejado por devotos y promeseros mediante bailes y toques con impronta africana; reconocido como santo popular y, a la vez, aceptado por la Iglesia por formar parte de la tradición de Reyes Magos. Distinto es el caso de San La Muerte: su leyenda cuenta que fue un monje jesuita en tierras guaraníes, que se alejó de su misión para curar a los pobres. Acusado de realizar actos de brujería, resultó injustamente encarcelado y aislado, murió preso y despertó pasiones en los humildes. Antonio Gil era devoto de todos ellos, un hombre de fe que la construye sin seguir mandatos, a su imagen y semejanza.
Crimen, deseo y violencia
Del mismo modo conviven su manera de habitar el crimen, el deseo y la gestión de la violencia. Prefiere ser leído como criminal antes que entregarse dócil a un orden que desconoce sus razones. A partir de esto, cruza un umbral de posibilidades, ahora inacabables. La historia es adornada por refutadores y creyentes: Cruz Gil puede serlo todo. Su realización es contradictoria y esto permite que haya tantas versiones como maneras de recordarlo.
Deja de importar la cronología y la forma en la que se desenvuelven las cosas, porque el mito se adecúa al deseo de quien lo relate. Pero hay un hecho común que funciona como punto de partida: Antonio se sale del orden y se configura como un problema para el Estado. Se niega y hace de esa negativa su razón. Es este rasgo el que lo sentencia y le brinda justificación a quien un 8 de enero termina con su vida.
Sus últimos días son relatados por medio de diversas historias. Todas encarnan una manifestación constante de ese mundo propio que levantó. Algunas cuentan que el pecado cometido por el gaucho fue enamorar a la mujer de un comisario.
Otra, la más fuerte, cuenta que un 6 de enero el gauchito se une a los festejos de San Baltasar, allí se bebe y se baila, se festeja al Santo Cambá durante dos días seguidos. Al terminar la fiesta, agotados, Gil y sus compañeros deciden dormir una siesta bajo un árbol; no esperaban ser sorprendidos por un sargento que los carga y traslada rumbo a Goya. Era sabido que en esa ruta los prisioneros no llegaban a destino y eran ajusticiados a la vera del camino.
Unos 8 kilómetros al norte de Mercedes, la tropa decide hacer un alto en el camino para descansar a los caballos. Los compañeros de Gil son fusilados en el acto, pero a él no le entran las balas. Dos disparos rebotan en el amuleto que le pesa del cuello. Los soldados, conocedores de la fama del gaucho, se ven apabullados. Confirman los mitos que rodeaban al matrero. Se niegan a matarlo, pero el sargento pide que lo cuelguen de los pies, para evitar ser paralizado por su mirada, y allí, bajo la sombra del árbol, decide degollarlo.
Las últimas palabras de Antonio a su verdugo se desenvuelven casi como una promesa:
"Con la sangre de un inocente se curará a otro inocente"
Todos los hombres presentes cargarán con la incomodidad de lo hecho, pero el sargento en particular llegará a su casa para encontrarse con dos desdichas: una nota que le informaba que Mamerto era inocente y a su hijo doblegado por la tos y la fiebre, atacado sin razón por alguna enfermedad. Lo golpea el recuerdo, las palabras de Antonio.
Carga a su hijo y vuelve al árbol. Lo recuesta sobre la tierra, aún húmeda con la sangre, se ensucia las manos con ella y comienza a rezar pidiéndole al gauchito que interceda ante Dios. Así nace el primer devoto: su propio verdugo. Luego volvería a ese árbol, esta vez caminando y con una cruz de madera sobre su hombro, descolgaría el cuerpo, le daría sepultura, y al clavar la cruz le agradecería.
Ha matado a un inocente y clava en la tierra la señal de trascendencia.
Antonio Mamerto Gil correntino y milagroso
gaucho de Dios y anchuroso como el Paraná símil
amigo cielo y candil del pueblo desamparado
cuánta gente habrá llegado a arrodillarse a su cruz
como buscando la luz que el oro siempre ha negado [...]
Desde el milagro aquel que al verdugo concedió
a nadie de a pie dejó como el santito más fiel
porque es y fue sin cuartel entre cintas coloradas
de esas personas dotadas que hasta después de la muerte
siguen sirviendo por suerte a toda su paisanada.
(Saúl Huenchul, Historia del Gauchito Gil)

Resulta hasta cómico cómo esa voluntad de ser una molestia para quien pretende imponer un orden es algo que Antonio sigue manifestando hasta después de muerto.
Hay particularmente una historia relatada en El culto al milagroso Antonio Gil “El Gauchito” (1996): se debe asfaltar la ruta y el trazo de ella se enfrenta con el oratorio, a los ingenieros les resulta lógico mover el santuario dentro del campo, pavimentar y ya. Los operarios advierten que no es buena idea, pero no se los oye. Se les pide obedecer. Muchos renuncian en el acto. Otros continúan los días siguientes siendo testigos de la negativa al gaucho. Se rompen las grúas, se frenan, no tienen razón para hacerlo y sin embargo se frenan. Los jefes pierden a los trabajadores, que escapan ahuyentados por el mal augurio. Comienzan a enfermar quienes dieron la orden. Es evidente que no es posible mover el altar, el gaucho no quiere.
Algo similar ocurre con el propietario de las tierras donde Antonio fue asesinado, enterrado y hoy venerado. Harto de que su propiedad sea un punto de encuentro de devotos, solicita que se traslade el cuerpo a un cementerio de Corrientes. Poco después, su vida se da vuelta y lo encuentra víctima de la mala fortuna. Comprende que no es casual y decide dejar el cuerpo en su lugar. Finalmente, y por otras razones, el cuerpo es trasladado al cementerio.
Su relación con el catolicismo se inscribe en esta misma lógica de fricción. La institución no lo reconoce, pero existe. Lleva la cruz y se le reza como intermediario ante Dios. A pesar de ser definido como un santo pagano, los curas de las zonas aledañas al santuario le abren las puertas a los devotos y milagreros, bendicen las imágenes, besan las estatuillas y dan misa en su nombre.

La voluntad de ir contra lo ordenado
La construcción del mito vence al tiempo. Los misterios sobre su vida otorgan las razones para sentirse cercano. En ese orden propio –caótico, sincretista, imprevisible– todo puede suceder. Iorio supo definirlo como "una entidad espiritual que media entre la deidad y el hombre encarnado".
Comparto un video inédito de Ricardo Iorio en el ciclo "Devociones" del Canal Infinito sobre El Gauchito Gil.
— RaroVHS 📼 (@RaroVHS) September 18, 2025
Mi trabajo de archivo sigue a full, pero se realizan nulas producciones audiovisuales, así que no está sirviendo para mucho en este momento. Si quieren colaborar, en la… pic.twitter.com/cbVgIP0MVI
Hay allí un sentido último: comprender y compartir el dolor y el coraje de aquel hombre que se desarrolló desde su oposición espontánea a lo otro. De esta manera, podríamos hacer como él, transformarnos en un homenaje al atrevimiento.
“Contágiame con tu valentía y tu bravura para poder enfrentar los ásperos días que deba resistir”
(Oración día 6, novena al Gauchito Gil)