En el número 20 de la Revista Lazer, Leandro Oberto se despachó con un largo artículo sobre las luces y sombras de Fantabaires 2000, evento de cultura pop presentado en sociedad como "el más grande de Sudamérica". Ahí, el director de la revista y uno de los personajes más importantes del fandom de entonces destacaba como "lo mejor" de Fantabaires a "los pibes disfrazados" que fueron, según decía, "lo más palpable de un cambio generacional". Algo está por pasar, algo está por venir.
Sobre ese fleje que significaron los primeros años 2000, lo "nerd" comenzaba a virar hacia lo "cool" y a los cómics norteamericanos no les quedaba otra que rendirse ante la poderosa avanzada nipona. Así, dentro de esa maraña que estaba gestándose, "los pibes disfrazados" fueron el mascarón de proa de un cambio de setup: adiós a la solemnidad, bienvenidas las risas.
"No conozco ninguna convención en occidente que tenga un concurso de disfraces", escribía un joven y viperino Oberto en aquella Lazer con tapa de Sakura Card Captor, acompañada por una leyenda inolvidable: "Los concursos de Fantabaires, 17 páginas con todas las imágenes y eventos de la polémica convención". Al costado, una imagen de la mítica Rei Ayanami: María Dolores Merlo, ícono de aquel Fantabaires, de la que pocos sabemos y mucho queremos saber. Aquello todavía no era "cosplay" pero, sin dudas, aún con su informalidad, montado en una supernova juvenil, el "concurso de disfraces" de Fantabaires fue el primer concurso de cosplay del país.

"La gente se sacaba fotos con los disfrazados, les hacía firmar autógrafos… era increíble. Sin duda fueron el punto fuerte de la convención. Chicos y chicas, ustedes se merecen todo el crédito por salvar Fantabaires", escribió Oberto en su larga crónica. La llama se encendió después de una primera pasada, el sábado 9 de diciembre del 2000. Cuando se infló el boca a boca, hubo otra el sábado siguiente, pero las cosas se salieron de control y llegaron unos 180 participantes y 3000 espectadores a una sala preparada para 1000.
Y una vez que se prendió esa máquina, nunca más paró. Disfraces, multitudes, efervescencia juvenil. Como siempre, como casi todas estas veces, los protagonistas no son del todo conscientes de estar haciendo historia, sino que es la historia la que va echándose paso al andar. Hoy, Oberto es un destacado empresario editorial que maneja un gran porcentaje del mercado del manga en español gracias a su trabajo en Ivrea, editorial que edita y difunde a las IP más importantes del mercado japonés. Ahora, muchos de esos cosplayers de la primera era siguen vinculados al fandom y otros, como el misterioso caso de María Dolores Merlo, se dedicaron a seguir otros caminos.
A 25 años y unos días de aquel hito iniciático, Oberto lo recuerda como un evento con "mucha energía y mucho caos". Dice el mandamás de Lazer, en exclusiva para 421: "En aquella época las ferias giraban mayormente en torno al cómic americano y los que las organizaban conocían poco y nada de manga. Si bien nosotros también leíamos cómic de Estados Unidos y nacional, conocíamos infinito de manga y queríamos que, en ese sentido, Argentina un día fuera como otros países. Entonces, les insistimos a los organizadores para que nos dejaran armar un concurso de cosplay y hacerlo con cierto humor, como el que teníamos en la revista. Pero nos dieron poco y nada de apoyo logístico, organizativo y de gestión de grandes grupos de personas. Las cosas se hicieron difíciles de manejar. Y el caos reinó".

Hace 25 años, la escena cosplay no existía. O, al menos, no de esta forma tan profesional, tan instalada, tan –o sea, digamos– mainstream. Todo empezó, recuerda Oberto, "con alguna gente yendo disfrazada a las ferias de cómics Fantabaires". Unos 20 fanáticos, como máximo, que se lanzaban a la aventura de confeccionar sus propios trajes, disfraces, máscaras y accesorios. A fin de cuentas, cosplay es la contracción de "costume play", que podría traducirse como "representación teatral en traje o disfraz".
Así fue que, a partir de aquel concurso de Fantabaires 2000, la escena terminó evolucionando muy rápidamente hasta parecerse a las de otras latitudes del mundo. "Se pasó de simplemente disfrazarse a hacer cosplay, que es algo más complejo", asegura Oberto. Y en esa crew que supo ver que ahí había algo poderoso gestándose también estaba Agustín Gómez Sanz, por entonces editor asociado de la Revista Lazer.
También habla Gómez Sanz con 421: "En todos los años anteriores, en la cobertura de los diferentes eventos para la Revista Lazer, siempre hacíamos un destacado para los mejores disfrazados y las cosas más ocurrentes de la propia gente que se acercaba a nuestro stand a saludarnos. De ahí tuvimos la idea de sugerirles a los organizadores que directamente armaran un concurso, que nos ofrecimos a conducir nosotros". Es bastante flashero pero, en ese entonces, los escribas de la Lazer eran como una suerte de rockstars en el cosmos vernáculo del anime.
La idea era que esos rockstars, entonces, pudiesen interactuar con "los pibes disfrazados" y que el público también participara. Con afán visionario, el team Lazer supo capitalizar ese viento a favor. "Era simplemente una forma de reconocer el laburo que la gente ponía en sus disfraces. Las categorías las inventamos en el momento, no lo pensamos como nada más complejo que divertirnos entre todos y celebrar su dedicación", reconoce Gómez Sanz.
Carpas saturadas, miedo al descontrol, un tendal de pibes en un maremágnum hormonal y vallas con policías al frente del escenario. "Ni Leandro ni yo teníamos idea de que iba a ser algo tan masivo. Todo era nuevo en esa época, nosotros incluidos. ¡Apenas había pasado un año de la publicación de nuestros primeros mangas!", sigue Gómez Sanz.
A pesar de sus recuerdos positivos, aún se huele el innegable nivel de testosterona cada vez que una chica salía al escenario disfrazada. Eran otros los tiempos, era otra la historia. "Rescato que ese mismo público festejó como un gol a todos los pibes más chicos que aparecían con sus padres. Se notaba en sus caras la alegría del reconocimiento. Fue una experiencia surreal", completa el hoy traductor de Ivrea.

Entre las protagonistas femeninas, se recuerda la presencia de Vichun, Victoria Ruiz Menna, conocida popularmente como "la Chun-Li argentina". Consultada por 421, recuerda que "ser cosplayer en ese momento era muy raro". ¿Por qué? "Porque la palabra cosplay apareció a posteriori. En ese momento éramos los disfrazados. En Fantabaires 99, si ibas disfrazado, entrabas gratis. Y los disfrazados éramos los más raros entre los raros. Pero los pibes agarraban la revista del evento y, usaban la parte de atrás, que estaba destinada para los autógrafos de los artistas, para pedirnos firmas a nosotros. Era una mezcla entre valentía y novedad", desgrana Vichun, quien anda cursando un doctorado en biotecnología y aún mantiene su cariño por Chun-Li.
Telas, retazos, cartón, macramé, lo que venga. Abuelas y mamás que ayudaban con cortes, zurcidos, maquillajes y pelucas. Modistas que confeccionaban a mano trajecitos raros. Y una estela auténticamente do it yourself que sobrevolaba en el ambiente. En el caso de Vichun, terminó diseñando el traje del personaje de Street Fighter acompañada de su madre. "Le agradezco por quemarse las pestañas conmigo esa noche", tira. Vichun llegó al concurso de disfraces gracias a la Lazer y a las publicidades que veía por todos lados de la Fantabaires 2000, que prometía la presencia del actor Lou Ferrigno, el Hulk de la serie de TV, quien nunca llegó a Buenos Aires. Fueron los pibes disfrazados los que, como dijo Oberto, "salvaron a Fantabaires".
Aquel día, Vichun descubrió que "todo pasaba por lo visual" y que, en rigor, había que ser valiente para pisar ese escenario: podían volar latas y pilas, oír piropos subidos de tono o, incluso, escuchar las peores barrabasadas jamás pronunciadas. Sin embargo, su Chun-Li del juego Street Fighter Alpha fue muy bien recibida. Al igual que la Asuka de Neon Genesis Evangelion que interpretó Cynthia Anahí Platas Puente, hoy dedicada al diseño gráfico y la ilustración. "Éramos los raros", refuerza Platas Puente. Para esos pibes se trataba de una aventura inocente y un punto para compartir gustos, información y amistad.

"Cuando veías cosplays, preguntabas cómo estaban hechos. Era puramente diversión y risas. Y la excusa para encontrarte con gente buena onda para pasar el rato. El resto del mundo te miraba y no entendía nada", completa la Asuka nac & pop. El recibimiento de su Asuka en plug suit fue loquísimo y, de pronto, media convención estaba pidiéndole fotos y autógrafos. Aquella inocencia y fantasía también estaba dada por el hecho de no poder escindir al personaje de la persona: "Era gracioso que algunos no podían separarnos del personaje en sí. Y esa fue la única vez que me aplaudieron en mi vida".
El público era un soberano caótico y adolescente. A veces buena onda, a veces descocado. Un juez duro que, según cuentan las crónicas de la época, no pudo elegir a su ganador. El fardo se lo pasaron a la organización, puntualmente a una mujer llamada "Carla". Nadie coronó durante aquellas dos noches de algarabía.
No obstante, la presencia de ese fandom temprano allanó el camino para todo lo que vino después. "Me siento un poco pionera", desliza Vichun. Y sin dudas lo es. Esos pibes terminaron abriendo un sendero e invitaron a los fanáticos y seguidores a salir del closet otaku. A dejar atrás la vergüenza/timidez/temor por simpatizar con un anime y, en su reverso, pelar un orgullo galopante. "Hoy por hoy, tenés un mercado entero al alcance de un clic para tener lo que quieras. En nuestra época tenías que investigar, buscar, ir al Barrio Chino, a los videoclubes, a conseguir algún VHS copiado cincuenta veces. Había algo muy comunitario, como más físico", revuelve Vichun.
Y así fue ensanchándose la movida. Cambiando intereses, rumbeando hacia nuevos puntos de contacto, configurando otros objetivos, modificando parte de su ADN original. Entretanto, David el Saxofonista, uno de los investigadores más importantes del fandom argentino, afirma que "el cosplay es como un espejo de la cultura argentina".
Desarrolla: "Desde Fantabaires hasta las últimas elecciones presidenciales podemos notar que el cosplay fue un testigo absoluto de los cambios de época. Existe una distancia demencial desde el inicio a pulmón hasta el pibe que entró al cuarto oscuro en diciembre de 2023 vestido de Chainsaw Man. Siento que ahora se olvidó la vieja esencia de buscar la diversión y muchos anhelan un protagonismo que se transforma en una competencia feroz. Por eso, los valores clásicos hay que buscarlos en los pibes y pibas que se divierten con sus trajes, esos que a veces aparecen, por ejemplo, en el Jardín Japonés o en algún evento. El alma de ese universo siempre debe radicar en la infancia, la semilla de todo".

Más allá de la visible y notable suba del nivel general de los cosplays, los viejos protagonistas advierten a esta nueva escena como "algo aburrida". En efecto, Cynthia Anahí Platas Puente suma: "La veo como un negocio donde muchos se divierten, pero otros buscan su momento de fama, de exponerse y de sentir que son alguien. Muy de influencer. Siento que se perdió esa cosa ingenua que le daba magia al evento. Hoy, muchos trajes y pelucas son comprados. Y el cosplay era algo que te rebuscabas como para hacerlo vos mismo. Era un arte en sí".
Girando la cuchara en la olla de referencias contemporáneas, Vichun divisa que más allá del talento de los cosplayers, la cosa cambió porque "al cosplayer se lo respeta cuando tiene muchos seguidores". Por lo demás, sabe que la escena "tomó otro nivel, que tiene un reconocimiento genuino, en el que los cosplayers tratan de convencer al otro de que vos saliste de un videojuego, una película, un anime o un manga. Hay mucho laburo atrás."

Desde ahí, se eyecta una nueva conversación: ¿la profesionalización hizo crecer a la escena o la enfrió? "Es una espada de doble filo", comenta Vichun, porque si bien se potenció su llegada, también hizo que pierda frescura. "A veces, los que recién arrancan tienen miedo de competir con alguien que está desde hace más tiempo. La cuestión es evitar pensar al cosplay como algo competitivo, y tomarlo como algo que le tiene que dar satisfacción a uno. Dentro del ambiente, me gustaría que se vayan dando oportunidades a quienes recién empiezan y que no se sientan aislados. Eso es algo que deberán trabajar los organizadores."
Se suma Platas Puente: "No digo que sea mejor o peor, sino que hay gente que no se divierte con lo que nosotros nos divertíamos. Todo el proceso de hacerlo, de reírte de vos misma, de tomar mates con amigos mientras estás cosiendo. Ahora podés apretar un botón, te llega el traje de afuera, te lo probás, te maquillás y nada más. Antes era más divertido y naive. Hoy, algunos se creen que son estrellas. Antes, te sentabas con uno de Dragon Ball, con un Caballero o con una Sakura a tomar mate con Don Satur. Ahora no pasa tanto".
Eso mismo sintió en el cuerpo Agustín Gómez Sanz cuando, años después de Fantabaires 2000, hizo la conducción de otro evento del palo. Salió con la misma actitud de aquel momento: buscando complicidad, interacción y risas. Al toque, lo bajaron de un hondazo: "'No hagas chistes ni comentarios sobre sus disfraces, acá cada uno ya tiene su rutina armada', me dijeron. Yo me quería enterrar vivo". Naturalmente, le parece "sensacional" que "algo tan de nicho sea celebrado" y festeja que "se perdió el miedo a ser ridiculizado".
A la sazón, los protagonistas de Fantabaires 2000 van acercando posiciones con respecto a dónde está el quid de aquella vieja cuestión. "En el fondo, más allá de los premios, está bueno celebrar la ocurrencia y la dedicación de cada cosplay. En algunas convenciones que participé propuse dar premios a cosplays gasoleros y truchos, como una forma de forzar el ingenio y, al mismo tiempo, reconocer que todos nos estamos poniendo chancletas cortadas en la cabeza y jugando a ser extraterrestres", sostiene Gómez Sanz.
En la actualidad, los eventos y concursos de cosplayers gozan de popularidad y respeto. La escena se agigantó, trajo a nuevos referentes y flamantes formas de consumir y hacer cosplay. Hay premios y celebridades. Hasta tenemos una cosplayer que llegó a ser diputada nacional. El nivel de los cosplays está por las nubes y el flash es realmente alucinante. Así las cosas, lo que empezó como una fiesta llena de mañas, rebusques y gritos se convirtió en una escena súper profesional, que busca la perfección y, en efecto, anhela representar a los personajes de ficción de la mejor forma posible.
"En mi opinión, ambas realidades son buenas e interesantes a nivel social sin que una sea necesariamente mejor que la otra. Quizás el único problema es que tanto profesionalismo hizo perder terreno a la parte divertida de todo eso, y hoy hay pocos lugares donde tomarse las cosas menos en serio y más por mera diversión", cierra Oberto, uno de los padres de la criatura. Felizmente, ya nadie está en el clóset, pero la extrema profesionalización terminó empujando hacia el armario a aquel páramo que solíamos llamar "diversión entre amigos". O hacer las cosas para romper las pelotas y ya está, sanseacabó.