La "user experience" de la nicotina
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FUMAR ES PERJUDICIAL PARA LA SALUD
(Ley Nº 23.344)

El primer cigarrillo que fumás en tu vida siempre es un asco. Como la cerveza, es un gusto adquirido. La nicotina tiene un efecto dual: te energiza, te pone alerta, pero también puede contribuir a reducir la ansiedad o inducir cierto estado de relajación respecto al entorno. No voy a entrar en el rabbit hole de que "fumar es saludable" porque no es necesario y porque es bueno asumir que algo evidentemente nocivo, en su justa medida, puede ser disfrutable de todos modos.

Las marcas que fumaba en mis primeros años eran "de minita" (Virginia Slims, por ejemplo) porque no me dejaban tanto olor ni me raspaban la garganta –y porque soy medio minita de todos modos–. Es el día de hoy que elijo marcas con sabor más suave y acaramelado; al fumar poco (no llego a los 10 puchos por semana) puedo permitirme comprar atados más caros y no caer en alternativas más económicas pero agresivas al paladar.

En el último tiempo, me han acercado atados traídos de afuera que dejan en evidencia la pobre oferta local que hay en el rubro. Marlboro 100's Black, American Spirit o incluso atados raros comprados en el Barrio Chino demuestran que el pucho puede ser un producto con muchas variaciones de sabor y empaquetados que se ven muy cool.

También se popularizaron los snus: pouches de tela con nicotina dentro, que cumplen ese mismo rol energizante sin meterte toda la porquería alquitranada resultante de la combustión. En lo personal, los valoro porque me permiten seguir teniendo al cigarrillo como "aire premium". No volverme un usuario intensivo garantiza poder seguir disfrutando no solo la sustancia sino también el hecho social de una sobremesa o "cortar el día" fumando un puchito.

Otros subproductos mucho más populares son los vaporizadores, vapers o vapes, que han sido claves para la inserción de la nicotina en el mercado femenino. En lo personal, no es un producto que me haga gracia: está diseñado para ser adictivo porque viene en sabores "ricos" encubriendo que lo que consumís es literalmente veneno, sin contar con los muchos excipientes y cosas raras que deben venir aparejados al vapor químico.

El pucho como lubricante social

Siempre tuve una relación ambigua con el pucho. Crecí en casa de fumadores, vi a mis viejos fumar 2 o 3 atados por día, en cada reunión familiar o social había siempre una neblina de humo como cortina de discusiones sobre política y cultura. La suma de eso y que durante la adolescencia hiciera muchas actividades deportivas, me generó un rechazo bastante grande al cigarrillo, que a veces llegaba hasta el asco.

Pero el pucho estaba ahí, cuando venía gente a casa o cuando pegaba los pósters de Schumacher en mi cuarto. A los 16 probé los habanos Cohiba y me replanteé algunas cosas sobre el humo, le encontré cierto gusto aunque todavía el olor que me dejaba en las manos y en el aliento era un tanto insoportable. Entrando en los 20, mientras forjaba mi propia vida social, comencé a entender la función "performativa", o una excusa elegante para eyectarse de una conversación aburrida para ir a tomar un poco de aire pensando a solas.

Pedir un cigarrillo o fuego para prenderlo es también una gran apertura para una conversación, en un mundo donde (sobre todo para las generaciones más jóvenes) ese primer contacto se siente cada vez más restringido. Siempre bromeo con que yo compro puchos para que me los fumen mis amigos. Entre negroni y negroni, se vuelve inevitable prender uno como forma de estirar el momento. Bares de habanos y tabaquerías funcionan como punto de encuentro para congeniar y son reservorios de ese privilegio de "fumar adentro", hoy conducta severamente castigada.

Fumar para farmear Aura

Desde hace algunos años, hay una subcultura de internet dedicada a las "cigarette aesthetics", una reivindicación cultural del pucho. El recuerdo de una época en la que no existía una condena social tan agresiva hacia el tabaco, donde se podía fumar en interiores y donde cada uno de los asientos de los aviones de línea tenía un cenicero.

A fuerza de imágenes de promotoras de tabacaleras en la grilla de salida de un Gran Premio de F1 –que desde hace años apela al público femenino para venderle alternativas al cigarrillo–, de fotos de grandes líderes políticos o actores/actrices con un pucho en la mano, los jóvenes sensibles encontramos un bastón emocional contra un mundo que a cada rato nos quiere recordar que todo lo que nos hace felices nos puede matar.

Es, además, una evidente campaña de marketing clandestina, en un contexto donde las tabacaleras ya no pueden ser sponsors en eventos deportivos, en medios de comunicación ni en la vía pública. Ante ese impulso protector y vigilante del sistema (tan presente desde la pandemia de COVID-19), ese paraíso perdido que reivindican las "cigarette aesthetics" tiene un filo cultural y político que reflota muchas ideas sobre la emancipación personal, la fuerza vital y el erotismo.

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