El profeta McLuhan
Todas las épocas eligen sus determinaciones. Alguna vez se pensó que había un destino asignado por los dioses, o por un único Dios. En otros momentos fueron las leyes de la historia, la voluntad, la razón o la raza, los subsistemas que condicionan la economía o la lucha de clases. Más recientemente la determinación fue lingüística, cultural, sexo-genérica. En el presente, aunque persisten elementos de todas estas creencias, la determinación en la que primero pensamos es la tecnológica. De ahí, las discusiones sobre el poder del algoritmo, sobre la incapacidad de ser felices, que se derivan de nuestro uso del botón de like, o las denuncias acerca de la destrucción de la democracia por culpa de los nichos informativos, las cámaras de eco que producen las redes sociales, etcétera.
En esta búsqueda obsesivamente humana por identificar nuestras nuevas determinaciones, la obra de un pensador del siglo XX que había quedado en una posición más bien incómoda adquiere un nuevo valor. El canadiense Marshall McLuhan (1911-1980) fue el primero en identificar y explicitar la nueva era de los medios que se había consolidado con la popularización de la televisión a mitad de siglo. Fue extremadamente famoso. Aparece en Annie Hall debatiendo con Woody Allen sobre una de sus teorías, y en la excelente y necesaria Videodrome (1983) de David Cronenberg, el gurú mediático “Brian O’Blivion” está inspirado directamente en su figura e ideas. Pero esta popularidad también tuvo su costo. En primer lugar, su estilo ensayístico y poco académico (y, a veces, un tanto reiterativo), junto con declaraciones altisonantes y radicales, lo volvieron menos digerible para audiencias académicas. En segundo lugar, el tipo de generalización al que era muy adepto dejaba flancos abiertos por todos lados, con lo que criticar sus imprecisiones y sus saltos argumentativos era fácil. Así lo hizo, entre otros, Raymond Williams, padre de los estudios culturales británicos. En tercer lugar, McLuhan no encajaba bien en el clima de época de los círculos intelectuales de los años sesenta y setenta. No era marxista, no se ocupaba de denunciar a los poderes fácticos, se autorreconocía católico y describía los cambios que producían los medios con un tono de inevitabilidad que a menudo parecía celebratorio. Los efectos que, según él, provocan las tecnologías en la consciencia humana no eran algo que pudiera juzgarse como “negativo” desde una torre de marfil. Lejos estaba de la crítica feroz a la “industria cultural” (entendida como manipulación ideológica de las masas) que llevaron a cabo Theodor Adorno y sus discípulos directos e indirectos.
El punto fundamental de referencia para empezar a entender a McLuhan es aquello por lo que es más famoso, la frase “el medio es el mensaje”. Lejos de querer decir algo como que “la línea ideológica de una empresa de medios se expresa en todos sus contenidos”, que es el sentido con el que más habitualmente se la usa, el poder de esta idea reside en que para McLuhan los medios son “extensiones del ser humano”. Así como la televisión extiende (como indica literalmente su nombre) la vista, la rueda extiende el pie. ¿Pero la rueda es un “medio”? Normalmente usamos esa palabra para referirnos a los medios de comunicación masiva, ya sea en tanto tecnologías concretas (la radio, la televisión, internet) o empresas (Clarín, La Nación, Gelatina), pero una de las grandes apuestas teóricas de McLuhan consistió en ampliar su sentido para incluir cualquier “dispositivo” (en el sentido amplio en el que el alfabeto fonético es un dispositivo) que permita expandir nuestros sentidos y capacidades como especie.
Entonces, ¿qué significa que el medio sea el mensaje? Significa que lo que importa de un medio no es lo que dice, sino lo que hace, y esa dimensión del hacer nunca se puede reducir ni basar en un contenido. Las tecnologías nos afectan a un nivel mucho más profundo que nuestras opiniones políticas o nuestros gustos musicales. Cambian nuestra relación sensorial con el entorno, con los otros, y con nosotros mismos, tanto en términos de individuos como de cultura o especie. El ser humano es lo que los medios hacen de él. El medio nunca es neutro. Una pistola puede usarse para dispararle a un hombre inocente o a un ejército enemigo, pero siempre se usa para disparar, expandir la capacidad de herir del cuerpo humano. Una red social puede usarse para conocer amigos y obtener recomendaciones de lecturas o para radicalizarte y hacerte nazi, pero siempre está operando de la misma forma sobre tu mente y cuerpo. Pasar programas educativos en la tele no hace que sea menos televisión. El contenido de un medio es como una salchicha que se le tira al perro guardián para que no vea que están entrando a robar, McLuhan dixit.
No vamos a intentar acá un resumen de las ideas centrales de McLuhan. Para hablar de cómo nos sirve para pensar la inteligencia artificial del presente, resulta más productivo identificar tres ideas que se encuentran en su obra (algunas más desarrolladas que otras) y que tienen un gran impacto en la teoría de medios contemporánea y en las teorías sobre los efectos de la tecnología.
Primero, como ya anticipamos, los medios no son transmisores pasivos de mensajes o contenidos preexistentes. Analizar un medio consiste en ser capaz de ver más allá de lo que muestra en su superficie, pero no para buscar el "mensaje oculto" (como hace típicamente la crítica de la ideología), sino para comprender la manera en la que afecta nuestro aparato sensorial y psíquico. Para McLuhan, los medios no solo amplifican. También entumecen o incluso “amputan” facultades y capacidades. El incremento de un aspecto siempre tiene como consecuencia el detrimento de otro. La hipersensibilidad contemporánea es también un anestesiamiento.
Segundo, no debemos entender las tecnologías y los medios como meras consecuencias de proyectos y desarrollos técnicos progresivos. Es decir, un medio no se agota por la historia de los inventos previos que lo hicieron posible, ni se explica por las intenciones declaradas de sus creadores. Las condiciones de posibilidad siempre son más complejas y suelen formar parte de problemas sistémicos de una cultura o civilización, muchos de los cuales (sino todos) solo se hacen visibles tiempo después de su aparición. Además, los medios no solo hacen que algo preexistente se vuelva obsoleto: también recuperan e incorporan algo del pasado.
Tercero, los medios dan forma al mundo, pero lo hacen de manera cuasi-invisible. Son parte del trasfondo permanente de nuestras interacciones, de nuestra autopercepción y de nuestra manera de darle sentido a lo que nos rodea. Son como el agua y nosotros, los peces, y por eso no los vemos. Por supuesto, vemos los medios como tales (como la PC en la que estoy escribiendo esto), pero lo que está en primer plano (el hecho de que puedo contemplar los píxeles de mi monitor reproduciendo las letras que pulso en mi teclado) nunca termina de representar los efectos que produce. Imbuidos como estamos en un mundo electrificado, digitalizado y cubierto de pantallas de distintos tamaños, solo mediante un esfuerzo podemos empezar a comprender qué hizo de nosotros la técnica.
La extensión algorítmica del lenguaje
La popularización de Internet ya trajo consigo una revitalización de McLuhan, particularmente por su célebre metáfora de la “aldea global” (una comunidad mundial que, al estar hiperconectada, recupera elementos de las sociedades tribales premodernas), que es mucho más óptima para la web que para el mundo de la televisión en blanco y negro en el que fue formulada. Hoy, a partir de la masificación de chatGPT y sus competidoras como Gemini, Claude, DeepSeek y un par más, cabe preguntarse qué podemos entender de las inteligencias artificiales generativas (IAgen) si las miramos desde este marco.
En principio, decir que la IAgen es un “medio” se encuentra con el problema que provocó el advenimiento de la computadora personal (conectada a internet, como lo están hoy todas las computadoras) a la teoría tradicional de la comunicación, acostumbrada a separar sus efectos con base en tecnologías concretas como la imprenta, la radio, el cine o la televisión. La computadora es un “metamedio” en el que hacemos, entre muchas otras cosas, lo que hacíamos con los medios anteriores, como escuchar la radio, ver una película o mandarnos mensajes. La IAgen que usa el 99% de la humanidad no es más que una aplicación, un programa que se ejecuta online y que tiene una interfaz particular que se conecta con la tecnología que opera tras ella, los famosos “grandes modelos de lenguaje” (o LLM por su sigla en inglés) en todas sus capas de software y hardware.
Si para McLuhan la escritura alfabética fue una extensión de la voz y la rueda una extensión del pie, la inteligencia artificial generativa podría representar la extensión del proceso mismo de la cognición y el lenguaje. Ya no solo externalizamos la memoria (como hicimos con la escritura y sus diferentes soportes) o la velocidad de cálculo (con la informática tradicional), sino la capacidad de sintetizar, asociar y articular sentido. Al hacerlo, posiblemente estemos anestesiando la capacidad epistémica de la escritura. El pensamiento no es algo que ocurre “dentro” y luego se “vuelca” en palabras; hay una parte importante de él que sucede en el acto mismo de escribir o hablar. El “mensaje” de la IAgen no es el contenido que el modelo nos responde, sino la reconfiguración de nuestra relación con la verdad y la autoría. En un mundo donde el contenido es generado por un “loro estocástico”, la noción de estilo se convierte en un parámetro ajustable, un filtro más. El medio IA nos está diciendo que el lenguaje es un recurso perfectamente predecible y, por lo tanto, automatizable. Asistimos a la transformación de la cultura en una base de datos que, a diferencia de los libros colocados en una biblioteca (que dependen de lectores humanos capaces de ponerlos en diálogo), puede generar sentido por sí misma.
A McLuhan le gustaba invocar el mito de Narciso para explicar que el joven no se enamoró de sí mismo, sino de una extensión de sí mismo que no reconoció como tal (su reflejo). Al interactuar con LLMs, experimentamos un narcisismo algorítmico que, a diferencia de las redes sociales, tiene la capacidad de aislarnos por completo de la mirada del otro. Cuando leemos una respuesta de la IA, estamos viendo un reflejo procesado de la conciencia colectiva humana, pero es una conciencia que se presenta como eternamente amigable y disponible para nosotros, lo contrario de ese “Gran Hermano” que nos aterra en las distopías de control total. La nueva aldea global es un laberinto de espejos. El medio, en vez de proyectarnos un mundo externo (por más manipulado que pudiera estar), nos proyecta una versión de la realidad hiperajustada a nuestras expectativas semánticas y pragmáticas.
Entender la IAgen desde McLuhan nos obliga a dejar de mirar la pantalla para mirar el entorno. El verdadero efecto de la IA no está en la calidad del contenido que produce, está en cómo cambia la estructura de nuestro trabajo, de nuestra educación y de nuestra percepción de lo humano. Si el ser humano es lo que los medios hacen de él, la IAgen está moldeando un sujeto que busca la síntesis y la personalización antes que la profundidad o la revelación de algo que lo excede. Pero no por eso debemos caer en el pesimismo. En el mundo de los medios y las tecnologías, no hay amputación sin expansión de otra capacidad. Es posible pensar que estamos ante una extensión radical de nuestra capacidad de orquestación. Si el hombre de la “era Gutenberg” (dominada por la imprenta, las relaciones causa-efecto lineales y el individualismo) era un especialista dedicado a profundizar en una sola línea de pensamiento, el sujeto de la era de la IA se parece más a un director de orquesta. La inteligencia deja de ser una acumulación de datos o una destreza mecánica de redacción para convertirse en una facultad de diseño, de saber preguntar y de saber conectar resultados que antes estaban dispersos en el ruido de fondo de la cultura global. El contenido de la IAgen es, precisamente, toda la cultura mediática anterior procesada y puesta a disposición como un conjunto de asociaciones probables. Lo que estamos viviendo no es el fin de la creatividad humana. Se trata más bien de su paso de una fase artesanal a una fase sistémica. Del mismo modo que la calculadora no nos hizo peores en matemáticas, la IAgen podría liberarnos de la “carpintería” del lenguaje para permitirnos habitar la arquitectura de las ideas.
La tecnología no es algo que simplemente usamos; es el medio ambiente en el que existimos y con el que coevolucionamos. En este nuevo salto evolutivo, el desafío no es resistirse a la automatización, un gesto tan inútil como el de quien pretendiera seguir enviando mensajeros a caballo en la era del telégrafo. Es más bien comprender la nueva gramática de la existencia que estos modelos generan tanto a nivel de la superficie como del trasfondo. La libertad no pasa por tomar distancia crítica desde fuera, sino por aceptar que solo podemos entender los flujos técnicos dejando que nos transformen, afinando la sensibilidad necesaria para habitar sus velocidades y sus turbulencias sin quedar a la deriva.