Ocho de la mañana del domingo 18 de enero de 2015. Computadora de Natalio Alberto Nisman. Nueva pestaña. Google. Psicodelia. Buscar.
La psicodelia es muchas cosas, principalmente un área de la ciencia, un componente de ritos ancestrales y un género creativo que inventó industrias culturales. Y también es lo último que se buscó en la máquina del fiscal Nisman, presumiblemente por él mismo. "Psicodelia", a secas. Un concepto tan normalizado pero a la vez tan dinámico como para que un funcionario del Poder Judicial federal de 51 años y 26 de carrera necesite googlearlo.
Qué es la psicodelia
La etimología de psicodelia va por el lado de "manifestación del alma" y viene del combo griego de psykhē (alma) + dēloun (desvelar, manifestar, hacer visible). El neologismo lo acuñó el psicólogo inglés Humphry Osmond a mediados de los '50, en un intercambio con el novelista y filósofo Aldous Huxley. El autor de Un mundo feliz (1932), también británico, había sacado Las puertas de la percepción unos años antes, en 1954, y para 1956/1957 le andaba mangueando mescalina al Doc Osmond. Todo esto ya casi dos décadas después de que Albert Hofmann sintetizó el LSD en 1938.
Psicodelia y lisergia van muy de la mano y el ácido lisérgico o LSD es uno de los drivers más potentes y efectivos de psicodelia que se hayan creado. Y subrayo creado porque hay cientos de bocas de expendio naturales de psicodelia, algunas usadas de manera ceremonial y para la búsqueda visionaria hace miles de años, con pinturas de hongos mágicos que datan de hace 7000 a 9000 años.
Están la psilocibina, la mescalina, la ayahuasca, el peyote, la salvia, la morning glory, el floripondio, la amanita muscaria y cientos de especies y compuestos vegetales con la capacidad de hacernos ver, sentir y escuchar cosas que no están ahí, de hacernos percibir el tiempo y el espacio de formas no solo no convencionales, sino en un punto delirantes.

La psicodelia es entonces un campo técnico-científico, integrado por sustancias con propiedades psicoactivas, algunas de ellas sintéticas y muchas otras naturales, investigadas por algunas disciplinas de las ciencias durísimas, como la neurofarmacología.
La psicodelia es también una tradición ancestral, un canal de integración a las comunidades a partir de ritos de iniciación o de toma colectiva, y un modo también por el cual se definen destinos de una comunidad por interposición de sus figuras chamánicas.
Y la psicodelia es además un movimiento cultural o bien el "brazo drogado" del jipismo, que vehiculizado especialmente por la música abrió una tradición creativa en todas las artes, acuñó una estética, propuso un nuevo "código de convivencia" y se convirtió en contraseña entre los discordantes.
En resumidas cuentas, la psicodelia es ciencia, religión y arte, un solapamiento de potencialidades trascendentales. Y lo más probable es que te seduzca por alguno de esos tres aspectos.

Una "psylist" para arrancar
La música psicodélica como segmento triggereó entre 1965 y 1966 con The Beatles, Rolling Stones, Beach Boys, 13th Floor Elevators, Donovan, Love, Velvet Underground, The Who, The Zombies, The Doors y hasta The Byrds o The Mamas & The Papas.
Enseguida se abrió una tradición más radicalmente psicodélica con Grateful Dead, Jefferson Airplane y Pink Floyd, que con el paso de las décadas fue incluyendo a The Flaming Lips, Tame Impala y Wilco, la cumbia psicodélica amazónica y los guitarristas tuareg de Níger, el psytrance más duro del condado, los shows de King Gizzard & the Lizard Wizard o los covers que hace Geese, las joditas que supieron armar The Avalanches, Aphex Twin o The Chemical Brothers, el aceleracionismo flashero de Tool o tracks irresistibles de MGMT.
En Argentina, la psicodelia arrancó su linaje con Pescado Rabioso, La Cofradía de la Flor Solar, Los Abuelos de la Nada o Color Humano, sobre el fin de siglo brilló en grupos como Babasonicos o Los Natas, y durante el esplendor indie sumó especímenes aún añorados, como Morbo y Mambo. Hoy, a escala creciente aparece Winona Riders como una referencia de psicodelia vernácula, con disonancias y shows interminables.
"Me gusta si marea"
En verdad todos tuvimos experiencias psicodélicas. Los que nos drogamos y los que no se drogaron. Sí, también los chiquitos y las chiquitas, desde muy temprana edad. Me refiero puntualmente a una forma de alteración de la conciencia que está tan extendida en el tiempo que ya ha de ser universal: marearse a propósito. Una actividad que reúne todos los elementos que comúnmente se usan para definir el alcance de la psicodelia o lo psicodélico: el gap con "la realidad", la incomodidad en el propio cuerpo, la alteración de los sentidos, algunas reacciones físico-químicas, destellos en la vista.
Es muy elocuente cómo nos regodeamos en esa sensación durante la infancia, con juegos de mareo como los giros con los brazos extendidos, que se van poniendo más intensos cuando pasan al carrusel giratorio típico de cualquier plaza, y viran al hardcore cuando llega el samba, ya casi entrando en la preadolescencia. De ahí el shout-out a Sara Hebe en el subtítulo de esta sección.
Y es un camino que se recorre también en la adultez, con juegos de mareo más descerebrados, digamos, como el girar en 360º con la cabeza apoyada en el bate de béisbol. Y con esas nuevas formas de administración que se habilitan después de los 18, ya sea por llegar a la edad legal o por la disponibilidad de dinero: el alcohol como "mareo en sorbos", la marihuana como "mareo en pitadas" y las beneméritas drogas psicodélicas como "supermareo".
Y todo recontra bien con el porro, lo amo, pero el cannabis no es una parte formal de la psicodelia. No lo es porque no implica experiencias alucinógenas, consistentes en visiones, alucinaciones y el contacto o el reconocimiento de algún tipo de "realidad alternativa" donde hay cosas que se sienten y vivencian aunque no estén pasando. El cannabis no ofrece eso y mucho menos una experiencia enteógena, comúnmente ceremonial, donde todas esas visiones orbitan la presencia en las visiones de algún tipo de entidad, en general espectral o elemental, que dialoga con ese "alma que se manifiesta" para bajarle un mensaje. Pero aunque no en lo formal, es indudable que en lo cultural sí el cannabis forma parte del starter pack psicodélico, como su stage más bajo.

Para qué sirve hoy la psicodelia
Con 70 años de tradición como movimiento cultural, la psicodelia no es hoy solo una estética o un sonido, ni siquiera una excusa para usar drogas. De algún modo, la psicodelia también puede fungir como una estrategia personal de manipulación de la atención.
La ampliación de la distribución, acceso y consumo microdoseado de hongos psicodélicos es un indicador claro, equivalente a otras oleadas de modas narcóticas como el porro gourmet à la Moon Rocks, el rosin o las gomitas de alta concentración de THC. La psicodelia es, por supuesto, también una categoría de mercado, a menudo operada por motherfuckers with no magic.
En un mundo en constante evolución tecnológica y enrevesado por psyops impuestas mediante narrativas psicopáticas y/o esquizoides, la psicodelia resulta un andarivel para pedalear la metacognición o metapercepción. No es algo que se entrene; de hecho, quienes quisieron ir all-in con el entrenamiento psicodélico terminaron, en general, no pudiendo volver a "este lado". No se entrena, digo, pero entrena en ver los hilos de las cosas, contribuye a la disolución o disminución del volumen de los triggers (miedo, ego/status, incluso el fomo), y así se constituye como un camino de reconexión, de rewiring, con la experiencia sensible away from keyboard.
