El viento sopla donde quiere, y oyes su voz,
pero no sabes de dónde viene ni a dónde va.
(Juan 3, 8)
Uno
Algunos años tienen curvas suaves que con Jonah, mi compañero, podemos transitar sin demasiada atención, tal como acompañamos ahora, con los pies en el agua, el dibujo de la costa del Golfo Nuevo, al sur de nuestro país. Otros años se nos presentan con giros más duros, como 2022, que fue muy difícil. Porque en el balance final, dentro de la columna del "debe", escribimos el nombre de una amiga. Y dentro de la columna del "haber", capitalizamos dolor. Perdimos a Karina Vismara y entonces ganamos un duelo. La tristeza se nos volvió un patrimonio con el que hubiéramos preferido no contar.
Y sin embargo, tres años después de su partida, acá estamos: contando dolor. Pero más que nada, queriendo contarla. A ella, que el pasado 7 de enero hubiera cumplido 35 años. Y a su primer LP, Casa del viento, de cuya primera presentación en vivo se cumplirá una década en abril.
Es que hace mucho que sé que quería organizar unos renglones de despedida que también la inscribieran una, mil veces, todas las que hicieran falta, en el archivo de la memoria musical argentina. Y entonces honrar el don que recibí al haber podido atestiguar su búsqueda, su compromiso inusitado con el propio talento, su potencia precisa –quirúrgica pero sentida– cada vez que se calzaba una guitarra. Hasta ahora no había podido articular mucho. Ningún lamento escrito, ningún párrafo con el que pudiera reponer algo concreto sobre ella.
Pero en la intimidad de mi diario, un mes y pico después de su partida, había dejado constancia de unas impresiones. Hablan con el divague propio de un registro personal de la vida cotidiana. Por momentos, hablan más sobre otros que sobre ella. Ahora vienen a darme un empujoncito y me ayudan a subrayar su pertenencia, de pleno derecho, en esa memoria a la que hoy le pido que la invoque, que la escuche, que por favor la tenga presente.
Dos
Karina Vismara falleció el 10 de agosto de 2022, a los 31, debido a una insuficiencia renal. Unos meses antes le habían diagnosticado cáncer de mama. Y por más que haya pasado sus últimas dos semanas en una cama de hospital que no le anunciaba mejoría, su partida fue inesperada. Alrededor suyo nadie quería esperar otra cosa que no fuera su recuperación. E incluso confieso que, si yo alguna vez había esperado algo para Karina, había sido que la pegara. Concepto esquivo y demasiado genérico, pero que en mi anhelo sin mucha escala de grises suponía el reconocimiento de un público en cantidad tal que, al pagar por escuchar su música en discos y recitales, permitiera que ella pagara cómodamente el alquiler de su casa, dándole curso exclusivísimo a aquello en lo que era sobresaliente. En fin, esperé toda una fábula de consagración a la música. No pasó.
Hasta donde el cuerpo la acompañó, trabajó dando clases de inglés. Mi vieja fue alumna suya y amaba compartir las tardes con ella. Le ofrecían una excusa para preparar una tetera y comer algo dulce, mientras hablaban largo y tendido sobre Los Beatles. Karina se había perfeccionado como música en Inglaterra, en el Liverpool Institute for Performing Arts, y el mismísimo Paul McCartney le había entregado el título de graduada. Mi mamá contó ese logro a todo aquel que quisiera escucharla sacar chapa con su profesora de inglés. Por otro lado, Kari también atendió la barra del Centro Cultural Richards por algún tiempo, gracias a Paco Gallardo, otro early adopter e impulsor de su música desde su sello, Exiles.
Pero no puedo juzgar este esquema de vida como un impedimento para vivir haciendo música. Porque Karina se las ingenió para grabar discos, pagar mezclas, imprimir flyers, tocar sola, tocar con banda, producir fechas, sacar CDs, manijear algo de prensa, meter un tema en una *uta playlist de Spotify, participar en ciclos, sostener giras, probar distintos géneros, ser parte de algunos festivales, aparecer en compilaciones y grabar videos. Fue muy ducha para los modos de hacer del pibismo autogestivo.
Es decir, Karina cultivó con destreza –y me permiten acá enchufar una cita de De Certeau– un arte de vivir en el campo del otro, pudiendo participar activamente en la escena musical local, con mayor o menor independencia del mainstream. Y la conocieron unos cuantos. Aunque yo hubiera querido que la escucharan todos durante muchos años más.
Tres
La mañana del 26 de septiembre de 2022 escribí en mi diario:
Fuimos a despedirnos de Sonia y César, los papás de Kari. El miércoles vuelven a Balcarce, después de un mes y medio cerrando cosas de Karina. Sonia es super pulcra y ordenada. César anda con el cigarrillo por todos lados. Se habían ocupado de dejar las paredes y la pintura de la casita que Sonia y Kari habían alquilado, sobre el pasaje El Quijote y Bolivia, muchísimo mejor que como las encontraron. Una casa con una humedad ancestral en los placares, por ejemplo.
Mientras hablábamos de bueyes perdidos con Sonia y César, entreví la foto de Karina que Sonia tenía de portada en su celular. Estaba hermosa y parecía más chiquita. En seguida reconocí la blusa que usaba en la foto, porque la tenía puesta la noche en que la conocimos con Jonah, en una terraza porteña. Todavía me acuerdo de esa composición suya tan distintiva, con la que la cruzamos por primera vez: la camisa abrochada hasta el cuello y los labios bien rojos. El flequillo al borde de los ojos perfectamente delineados y la mandíbula ligeramente hacia adelante, coronando sus facciones. La Karina eminentemente folk, a la que escuché cantar tantas veces No le digas qué hacer.
Seis meses atrás había llegado desde Inglaterra y barajaba opciones para su vida en Argentina desde la "casa del viento", en su Balcarce natal. Así le decía al chalet de su familia entre el campo y las serranías de la provincia de Buenos Aires. Doy fe que ahí sí que el viento podía envolverte en un silbido adueñándose, por ejemplo, de puertas y ventanas. Kari usaría esa misma expresión para titular su primer LP, que grabó dos veces. La primera con los equipos que James, por entonces pareja de Karina, había traído con él desde Inglaterra. Pero esas grabaciones quedaron descartadas en medio de una crisis que, entre otras cosas, desembocó en separación y la llevó a reconfigurar la grabación de su disco, llevándolo a foja cero.
El segundo intento la encontraría en Capital, desarrollando una dupla creativa con Andi Barlesi (Los Álamos, Springlizard, Kulku) que la acompañó desde la producción de este disco donde se destaca el sonido acústico de la guitarra precisa de Karina, algunos pocos arreglos sutiles de banjo y contrabajo. Los agudos de su voz, dulces e increíblemente melancólicos bien al frente. Un toquecito de delay. Letras en inglés y letras en español que me fui aprendiendo de escucharlas en vivo una y otra vez: "Cuando no te pasa a vos, no es verdad. Qué fácil es hablar. Qué fácil, criticar".
Cuatro
Creo que Karina volvió a Buenos Aires con la recomendación tácita de los Hermanos MacKenzie –Ceci y Galgo Czornogas–, que habían parado en su casa cuando andaban de gira por Inglaterra. Jonah y yo la cruzamos por primera vez cuando fuimos a escuchar a Marina Fages y Lucy Patané en un departamento que alguna de ellas cuidaba en San Telmo. Era la etapa en la que tocaban juntas seguido y habían organizado un reci chiquito y acústico, para juntar plata e irse de gira por Europa. Más década de los 2010 no se consigue.
Me quedan imágenes sueltas de esa noche, como una que la tiene a Marina escribiendo con esmero, sobre un pizarrón, el menú casero que también habían cocinado ellas para ofrecer. Reverberaciones de la memoria que me deambulan en modo aleatorio. Pero la motricidad fina de Marina, instrumentos acústicos y hamburguesas de lentejas también me recuerdan que en una noche de terraza porteña, bajo el soundtrack compuesto por otras dos amigas, para Jonah y para mí nació una amistad con Karina que nos marcó con el trazo indeleble de la vida que se pone en común, que se juega y se deja afectar con otros.
Al poco tiempo de ese encuentro ya estábamos en Balcarce. Nos invitaron. Nos autoinvitamos. Karina y familia nos fueron a buscar a Mar del Plata después de una fecha de Los Palos Borrachos, una fecha veraniega, ebria y caótica –como todas las suyas–.
Sonia nos preparó sorrentinos para el almuerzo del día siguiente. A la hora de la siesta, Jonah grabó unos arreglos en banjo y clarinete para la primera versión del disco que preparaba Karina, que jamás se usaron. César se asomaba con cualquier excusa, para comentarle a Jonah sus propias influencias musicales y sus semblanzas de infancia en los Estados Unidos. Tocaba unos acordes con su guitarra, se iba para no molestar, volvía a entrar en escena con más entusiasmo que antes. Se notaba que estaba contento de tener compañía en la casa. Yo creo que estuve ahí para registrar estas bambalinas y guardarlas para siempre en el corazón.
Unos meses después de esta juntada, Karina dejó Balcarce otra vez para instalarse en Capital. Y más adelante presentó Casa del viento en un Centro Cultural Matienzo que estrenaba ubicación en el barrio de Almagro. Nico Bereciartua abrió esa fecha, para la que Santi Pozzi hizo un póster precioso, que me viene bien ahora como ayuda memoria.

Con una suerte de súper banda ad hoc, Kari cerró esa noche con su versión de "Old Man", de Neil Young. Quizás ese cover haya sido el preludio del sonido potente que vendría después con Selva (2019), su segundo disco, al agenciarse una tremenda compañía para conjugar sus composiciones con guitarra eléctrica, bajo y batería.
En Capital, y con el paso del tiempo, Kari sumó nuevos y más amigos. Participó con frecuencia de espacios como el Open Folk Buenos Aires o Sofar Sounds. Se fue de gira por Europa. Después por México, creo que con Lola Cobach. Con todo, nunca entendí si en las giras le iba bien o le iba mal. Para mí, volvía cansada. Un poco consumida.
Entre idas y vueltas permanecen sus lazos históricos, como Micha, con quien nos encontrábamos siempre agitando bien adelante en todas sus fechas, y Toti, su amigo fotógrafo que supo retratarla para la tapa de su último disco. Su hermana mayor, Pamela. También sumó amores y desamores. Me guardo el derecho de esquivarlos, con cuidado, en este racconto.
Cinco
De la despedida de septiembre, también registré en mi diario:
Con Sonia y César también hablamos del abuelo de Kari –César Senior– que fue parte de la Estación Experimental del INTA Balcarce. A comienzos de la década de los 60 vivió con su familia unas temporadas en Ithaca, Estados Unidos. Había viajado para formarse en una maestría sobre filosofía y psicología rural, nada más ni nada menos que en la Universidad de Cornell, como parte de las actividades de perfeccionamiento que el INTA impulsaba entre su personal de entonces. Luego volverían a Balcarce, para aplicar las nuevas destrezas adquiridas. Quizás algo del propio recorrido de Karina se remonte a esta historia. Entrenarse afuera y después volver a los pagos para poner en práctica lo aprendido.
Nos contó César –Junior– del majestuoso kit de camping que su papá había comprado mientras vivían en Ithaca y que todavía guarda en el altillo. Incluye un baño portátil con tuberías y todo. ¿Qué mementos de su hija guardará César ahora en ese altillo? Yo guardo uno en el placard del baño.
Cuando Rosita, nuestra primera hija con Jonah, nació en 2016, Kari vino a conocerla a casa. Llegó con un ajuar de regalo que incluía un toallón con capucha. Con ese paño envolví en un abrazo calentito a nuestra bebé después de cada baño, hasta que creció tanto que el toallón quedó corto. Unos años después, lo usé también para secar a Aurora, nuestra segunda hija. Rosa se acuerda de Karina. Aurora, no.
No puedo no conectarme estos días con estas historias sin sentir que el empuje de lo que supimos ser se nos escurrió entre las manos como arena. Aunque suene a grasada barroca.
Precisamente, Sand va a llamarse el EP de Jonah donde hay algunas canciones que cantó con Kari y con Julia –aka Betty Confetti/Betty Blight–. Grabaron las voces en el estudio de casa antes de la pandemia, cuando todavía la única que tenía una enfermedad grave era Julia, que se recuperaba de su bastante compleja afección cardíaca. Entonces ensayaban los tres al sol, en el patio de casa. Rosita y yo fuimos audiencia privilegiada de esos coros demorados a tres voces, mientras alguna de las chicas bombeaba un shruti box. Exploraban una shanty sea song, Blood Red Roses, que Jonah y yo solíamos escuchar en Memories, el segundo disco de Mimi Baez y Richard Fariña. Y como me pasa con Sand ahora, siento que ese disco suena a contrapelo de una muerte. La de Fariña –en un accidente de moto antes de que saliera el disco–, la de Karina. Siempre me partió al medio la tapa de esas otras memorias, con el retrato de Mimi Báez, viuda de Richard Fariña a los 21 años. Qué mierda cuando se muere gente joven.

Seis
Quizás la llegada de sus 30, en una ciudad que siempre sentí que le pedía mucho y le concedía poco, le haya endurecido el cuero. Y quizás algo de eso escucho en Selva, su segundo LP, que se me diluyó entre la pandemia, mis puerperios –temporadas guardada en casa– y el diagnóstico de su cáncer –que le requirió dejar de tocar en vivo para ocuparse de su salud–. Agudos un poco más enojosos y menos melancólicos. Si Casa del viento había sido mezclado por Noah Georgeson, de los Vetiver, este segundo fue grabado y mezclado en los míticos estudios Ion por el Pájaro Rainoldi, mi prócer personal de la vieja guardia skatepunk.
Siete
El fallecimiento de Karina nos encontró como niñeros de su perro, enfrentando el dilema de contárselo a su animal de compañía, de alguna forma. Fue con él a upa pero sin palabras. Una caricia que va y que viene por el lomo del animal. En realidad, creo que su fallecimiento nos encontró enfrentando el dilema de contárnoslo a nosotros mismos y tener que decirnos que a veces, la vida duele y que las cosas no pasan como uno quisiera.
En esa misma entrada de diario ya citada, escribí, por último:
Todavía no caigo, no puedo creer que Kari haya fallecido. Siento, más bien, como si se hubiera ido de viaje a un lugar del que, en todo caso, no va a volver. Pero hay una especie de enorme familiaridad que me impide pensar que haya muerto.
Este enero parece querer recordarnos que esa enorme familiaridad sigue operando entre nosotros de alguna forma. Porque, ¿cuántas chances hay de que, durante los días que escribo este texto y que con Jonah nos mojamos las patas en el agua fría de las playas del Golfo Nuevo y que, cuando salimos a buscar algo dulce para acompañar un mate al aire libre, entremos a un cafecito y justo estén sonando las canciones de Karina? Una caricia va y viene por el lomo.
Amiga, te escuchamos.