¿Escuchaste alguna vez del concepto de “Estado profundo”? Es la "teoría conspirativa", ficcional o real, de que existe una red subterránea que maneja los hilos del gobierno federal de los Estados Unidos de América. Un “Estado detrás del Estado”, conformado por miembros de las agencias de inteligencia y seguridad, por intereses industriales y financieros globales, por los medios de comunicación y por actores y productores de Hollywood. Te estamos mirando a vos, Jeffrey Epstein.
Si bien es una teoría que nace de problemas estadounidenses, en los últimos años ganó popularidad en la discusión pública. Probablemente te hayas topado con la idea antes y, si no, bienvenido: es un rabbit hole interminable.
Distintas variantes de esta teoría han pululado en la cultura norteamericana desde la década de los cincuenta. En los últimos años, distintos grupos en internet (generalmente pertenecientes a la derecha o la alt-right) desde foros como 4chan o 8chan desarrollaron formas modernas de esta teoría. QAnon y Boogaloo Movement hacen de la existencia de un Estado profundo parte central de su programa. Sin embargo, la teoría obtuvo popularidad y masividad durante la presidencia de Donald Trump, que se encargó de propagar la idea de que una burocracia administrativa conspiraba en contra de su gobierno.
Pero la derecha no tiene el monopolio de la sospecha: encontramos construcciones parecidas en la izquierda. Desde esta perspectiva, sin embargo, prefieren hablar del "complejo militar-industrial", esa alianza de generales y contratistas que se enriquecen con guerras interminables.
Las criptocracias, los gobiernos invisibles u organizaciones secretas son temáticas utilizadas en la cultura popular. Sin embargo, muy pocas veces fueron tratadas las raíces reales de estas teorías conspirativas de manera seria. Más allá del mito, estas tienen una raíz real: la burocracia administrativa norteamericana creó, durante los años de la Guerra Fría, mecanismos para expandir su poder arbitrario y se constituyó en una amenaza para la democracia y la república.
Uno de esos pocos intentos por denunciar de manera seria las consecuencias del Estado Dual estadounidense nació de un género musical que se posiciona ―de forma exitosa― en los márgenes del mainstream: el metal.
A continuación, explicaré cómo las guitarras distorsionadas y los dobles pedales denunciaron el peligro de que los Estados Unidos deje de ser una democracia del pueblo y para el pueblo.
Antídoto contra la paz y el amor
El metal nace en los últimos alientos de la contracultura de los sesenta. La industria musical en aquel momento estaba plagada de hippies que predicaban discursos de paz, amor y unión fraternal. El rock era All You Need is Love de los Beatles, inundado de la parafernalia y el arcoíris del flower power.
Hacia el final de la década, algunos jóvenes, que nacieron en el seno del movimiento, sintieron que después de los Kennedy, el trauma de Vietnam y los movimientos por los derechos civiles, nada había cambiado demasiado.
Los metaleros emergieron de las cenizas del mundo y de esa la revolución fallida.
La primera banda de metal hecha y derecha fue Black Sabbath. Sus dos primeros discos de 1970 son muy parecidos al blues rock o al hard rock que sonaba en la época. Sin embargo, la diferencia principal de los Sabbath está en lo temático. El metal nació como una fractura estética: el arcoíris fue reemplazado por el negro.
Las letras de Sabbath pusieron en escena al Mal. En War Pigs, la guerra no es una abstracción política, sino un aquelarre con generales que guían a las masas, cuerpos que se queman en el campo de batalla, estruendos de maquinaria asesina, lobotomías, políticos corruptos...
En palabras de Ozzy Osbourne, Sabbath nació como un antídoto contra la idea de paz y amor. Mientras el folk de Bob Dylan protestaba con metáforas, bandas como Metallica, Megadeth o Slayer prefirieron la visceralidad.

El metal miró al caos de frente. Es la diferencia entre un discurso pacifista y el inicio de Rescatando al Soldado Ryan: el foco está puesto en los cuerpos desmembrados, en las baterías chocando contra la carne, en el fuego calcinante. El metal puso al oyente en el medio del fuego cruzado.
Aunque muchas bandas del heavy y glam metal —Judas Priest, Scorpions, Mötley Crüe, Def Leppard— optaron por el hedonismo, fueron las ramas extremas —thrash, death y black metal— las que profesionalizaron la estética del caos.
Este origen es esencial para entender por qué, a mediados de los ochenta y comienzos de los noventa, algunas bandas van a desarrollar un tipo de crítica política que es especial y casi exclusiva del género.
…Y justicia para pocos: denunciar el Estado dual
El discurso político de estas bandas de metal duro fue una denuncia hacia el Estado de Seguridad Nacional (NSS).
Este sistema, consolidado en los setenta, tiene su raíz en la Ley de Seguridad Nacional de 1947, que centralizó el mando militar y creó la Agencia Central de Inteligencia (CIA). El objetivo principal fue la integración de las políticas interior, exterior y militar. Esto permitió que los servicios bélicos y las agencias del gobierno cooperaran con mayor eficiencia en asuntos relacionados con la seguridad nacional.
Este último punto es clave. La letra de la ley no definió nunca el alcance del concepto de seguridad nacional. La ley otorgó a las agencias la libertad de interpretar su propia jurisdicción. El problema es evidente: el Consejo de Seguridad Nacional (NSC) y la CIA empezaron a actuar por encima de cualquier marco legal.
La seguridad nacional se convirtió en el sostén de la política de Estado. El sistema se sostuvo sobre una realidad económica: la guerra como el motor de EE.UU. Tras la Gran Depresión, la principal preocupación del establishment norteamericano era mantener altas tasas de empleo y una industria vigorosa. La salida a la crisis de los treinta fue la Segunda Guerra Mundial: el conflicto reactivó la economía norteamericana mediante la fabricación en masa de armamento y la estimulación de la industria pesada. Como consecuencia, se recuperó el empleo y se recompuso el tejido social.
Los políticos y economistas estadounidenses construyeron a partir de esto una conciencia común de la importancia que la industria armamentística tenía en la salud del sistema económico y, por ende, en la paz y seguridad interna de la sociedad.
Como diría Keynes, a la economía capitalista se la puede estimular a través de la construcción de pirámides, terremotos y guerras. Entre 1959 y 1974, el 75% de las compras del gobierno federal tuvo estrictos fines militares.
A todo esto, la Guerra Fría fue una oportunidad única para perpetuar este "estado de emergencia" por décadas, delegando el poder a la arbitrariedad de agencias y corporaciones.
Como argumentó Marcus G. Raskin, exasesor en el NSC, este sistema fue una "deformación constitucional" que amenazó la libertad ciudadana. Para muchos, el Estado había sufrido un golpe silencioso ejecutado por la inteligencia y la industria bélica. Ese golpe invisible fue el blanco principal del thrash metal norteamericano de mediados de los ochenta.
La madurez del thrash metal transformó la rabia punk en pensamiento crítico. Bajo el conservadurismo de Reagan, bandas como Megadeth, Testament y Nuclear Assault abandonaron el hedonismo para atacar al sistema. Esta denuncia no fue partidaria, sino "antipolítica": el metalero se situó en una posición de superioridad moral, denunciando a un "otro" corrupto (el poder) mientras se mantenía "trve", ajeno a los intereses del mercado.
Era muy importante para los metaleros estar por fuera de la política tradicional. Para ellos, el poder político (o corporativo) y la integridad moral son mutuamente excluyentes. El metalero exige de sus pares la honestidad y autenticidad. Es por esto que la calumnia más dura entre metaleros es la de “venderse”.

Esta diferenciación entre un “nosotros” moralmente impoluto y un “ellos” corrupto, combinada con una poesía sin eufemismos, son claves en la constitución de la narrativa antisistema, antiestablishment y conspiranóica.
Una de las principales temáticas representadas en discos de esta época es la maquinaria bélica. En la iconografía de la época, la amenaza nuclear es omnipresente: Peace Sells… But Who’s Buying? de Megadeth, The Ultimate Sin de Ozzy Osbourne, Infernal Overkill de Destruction y básicamente toda la discografía de Nuclear Assault. Si ampliamos la búsqueda a armas pesadas en general, la lista es infinita.
El impulso a programas armamentísticos y el estimulo a la política de “destrucción mutua asegurada” es la trama de Rust in Peace… Polaris de Megadeth. La canción está narrada desde la perspectiva del misil balístico Polaris, parte esencial de la fuerza disuasiva nuclear británica durante los setenta y ochenta. La letra expone que, a pesar de que la existencia misma de este arsenal es un peligro para la supervivencia de la humanidad, se sigue desarrollando y expandiendo. Unos años antes, Megadeth describió un panorama de apocalipsis nuclear en la canción Set the World Afire.
De manera parecida, en Blackened de Metallica se describe la descomposición del mundo en un invierno atómico. Los ejemplos son interminables: la aplanadora de siete minutos de los canadienses Voivod, Nuclear War; la pegadiza And Then There Were None de Exodus; la crónica del último hombre sobreviviente a la devastación nuclear en Last Man Alive de Whiplash; la autoexplicativa Thermonuclear Devastation de Onslaught.

La canción Best Defense de Atrophy habla del desarrollo de la industria armamentística para la reproducción de un esquema de poder burocrático y la concentración del capital económico.
La broma en la que se convirtió el Pentágono
Ganar una guerra es lo último que tienen en mente.
La promoción profesional es lo único que les importa.
Nuestros pobres pasan hambre en ciudades de todos los estados
Los contratistas de defensa roban la comida directamente de sus platos
Megadeth, por su parte, pregunta: “Se vende paz, pero ¿quién la compra?”. Los conflictos armados son un negocio para una gran parte del establishment. El sistema dice defender el orden y la decencia moral, pero al mismo tiempo se beneficia de la guerra y la opresión de otros países.
La incursión de los Estados Unidos en guerras sin sentido es otra de las tramas extendidas en el género. Las letras hablan de los efectos deshumanizantes y alienadores que la guerra tiene en la población y, sobre todo, en los reclutas.
Tomando el punto de vista de un soldado que recibe las ordenes de su superior, Metallica retrata la deshumanización absoluta de la guerra en Disposable Heroes.
Niño soldado, hecho de arcilla, ahora una cáscara vacía
Veintiuno, hijo único, pero sirvió bien
Criado para matar, no para preocuparte, haz lo que decimos
Esta idea del soldado como una cáscara vacía se profundiza en One, donde la humanidad queda literalmente prisionera de un cuerpo sin miembros, sin sentidos. El soldado ya no es un hombre, sino un autómata descartable, una máquina de matar condenada al olvido.
Atrapado en mí mismo, mi cuerpo es mi celda
La mina terrestre me quitó la vista
Me quitó el habla, me quitó la escucha
Me quitó mis brazos, me quitó mis piernas
Me quitó mi alma, me dejó con una vida en el infierno
Misma temática reflejada en la canción War Ensemble de Slayer: la guerra transformada en un deporte, solo importa cuanta gente sos capaz de matar. Atrophy lo narra de forma más literal en Killing Machine: un joven de 17 años que se enlista en el ejercito y se transforma paulatinamente en una máquina obsesionada por asesinar. “Una vez muerto, serás olvidado y reemplazado por alguien nuevo”, dice uno de los versos.

Surf Nicaragua de Sacred Reich toma el asunto desde el humor. La canción explica cómo los reclutas se someten a una performance y juegan a ser G.I. Joe. También retrata como el sistema vacía al soldado de propósito: se enlistan por un ideal, para defender el “estilo de vida americano”, pero son mandados a luchar a Nicaragua o a intervenir en los asuntos internos de naciones que ni conocen ni les interesan. La “lucha por la democracia” es otra cáscara vacía.
La intromisión de las agencias de seguridad e inteligencia en los asuntos políticos internos y externos es una preocupación expresada por algunas bandas de la época. Los neerlandeses Asphyx en Serenade in Lead narran, desde el punto de vista de un agente de inteligencia, las intervenciones criminales al servicio de intereses oscuros.
Voy a destrozar tu sociedad
Cambiar el curso de la historia
Hora de romper su pasividad
Poner fin a esta estúpida diplomacia
C.I.A., canción de Riot, narra desde la perspectiva de un agente de inteligencia que fanfarronea acerca de su autoridad y poder. Como si se tratara de un cowboy, actúa por fuera de la ley: es parte de una elite social privilegiada, con la potestad de influir directamente en los asuntos públicos y privados.
Otras bandas denuncian la creación adrede del desorden interno para construir un enemigo que justifique la intervención en los conflictos sociales. Chaosmöngers de Voivod relata como las organizaciones subversivas le hacen en juego al establishment: crean desorden, instalan miedo y de esa forma, se legitima la vigilancia y el control social. When Freedom Dies de Nuclear Assault dice esto de manera directa.
Unidos en un tiempo de necesidad
Contra un enemigo común
Los años de muerte soportados, los años de dolor
Contra una fuerza maligna que no está en su sano juicio
¡Nos convertimos en el enemigo!
Cuando la libertad muere por la seguridad
En la década de los ochenta, la televisión se consolidó como entretenimiento masivo y las bandas de metal rápidamente tomaron conciencia de que esta novedad, en manos de la gente equivocada, funcionarían como herramientas de manipulación.
Brainwashed de Nuclear Assault empieza con diatribas contra la radio como medio para expandir el consumismo y la música comercial y poco profunda. También describe a la televisión como una máquina que azota a la mente con noticias tendenciosas y sitcoms estúpidas. La consecuencia: una población que ama a un sistema que la desprecia.
En última instancia, el metal revela que la democracia es una fachada. El Estado real no es el de las leyes, sino el "Estado Profundo": una oligarquía de generales, burócratas y corporaciones que han secuestrado la soberanía popular. Para el metal, el pueblo ya no es soberano; es, simplemente, combustible para la maquinaria.
Conclusión
En 2009, Dave Mustaine, líder de Megadeth, definió su álbum Endgame como una advertencia contra el "Nuevo Orden Mundial".
Como cristiano, creo que el “final del juego” se trata de un gobierno mundial, una moneda mundial. Es todo parte de un plan maestro. Sé que habrá un momento catastrófico. Estamos viendo nuestro país desintegrarse en este momento, y da miedo. De eso se trata 'Endgame': de educar a nuestros fanáticos, mostrarles un poco de lo que está pasando dentro de la administración y que las cosas no han cambiado en absoluto; todo se trata de personas siendo dirigidas por personas que tienen el dinero.
En Lying in State del álbum Dystopia de 2016, una de las estrofas expresa lo siguiente:
Lo que estamos presenciando es el declive de la civilización occidental.
Aplastando nuestro potencial y apilándolo, ¿cómo nos retratará la historia?
Ataca a la familia, ataca su fe y sus sueños.
Ataca el cuerpo, y la cabeza caerá.
Su retórica es muy cercana a la de los foros 4chan: la supuesta conspiración contra los “valores occidentales”, la búsqueda de un gobierno global que elimine las naciones…
Dave Mustaine declaró no ser parte ni apoyar a ningún partido político. No expresa simpatías con ningún dirigente. Mantiene el espíritu anárquico y antiestablishment de sus orígenes.
James Hetfield, líder de Metallica y su principal letrista, dijo en una charla con Joe Rogan en 2016 que estaba cansado de la corrección política de su ciudad natal de San Francisco, California. Se mudó a Colorado, donde está en contacto con la naturaleza y puede llevar la vida tranquila que dice necesitar. Dicho estado le permite realizar su singular hobby de cazar animales.
En el pasado, el vocalista de Metallica expresó en los medios que nunca votó en ninguna elección, no le interesa. Declara no apoyar ningún partido político.
Algunos veteranos músicos de la escena del thrash hoy coquetean ideológicamente con la derecha conservadora.
Este giro hacia el conservadurismo libertario responde a un fenómeno clave: el establishment —las corporaciones financieras, las agencias de inteligencia, las universidades, los medios de comunicación, Hollywood— absorbió la contracultura.
El centro del poder intelectual, económico y político se configuró en una catedral “biempensante”. Incorporaron al ecologismo, feminismo, al movimiento Black Lives Matter, al orgullo LGBTIQ+. Al hacerlo, los convirtieron en commodities y en mecanismos de control ideológico. Hoy, el statu quo es "biempensante"; por eso, el metalero —genéticamente anti-sistema— se siente más cómodo cerca de la derecha que del progresismo institucional.

Sin embargo, el thrash del siglo XXI mantiene viva la llama. Bandas como Municipal Waste, Havok y Violator han retomado los tropos del género, oscilando entre el antifascismo y la denuncia al Estado Dual.

El thrash no encaja en el compás político tradicional. Es síntoma de un clima de época: la incomprensión ante un mundo cada vez más globalizado, donde la individualidad se disuelve en el complejo entramado de intereses corporativos inaccesibles. En esta crisis de la institucionalidad clásica, el thrash fue uno de los primeros géneros musicales en tomar el tema en su complejidad: ir hasta las raíces de la descomposición, hasta ese hueso que no se quiere dejar ver.