PlayStation, la estación de poder

Hace un par de fines de semana compramos una PlayStation 5 para casa. Una historia con final feliz, pero que arrancó como el orto porque la compré en Frávega, que estuvo 6 días sin procesar el cobro ni preparar la consola, hasta que canceló la operación. Casi una semana me pasearon sus telefonistas, en modo Zubeldía y su ¿Qué puedo eu saber de esa situación?, hasta que me dijeron que el problema había sido que Modo me dejó hacer la compra en más cuotas que las previstas. Esta semana estuvieron llamando a otros clientes a los que les pasó lo mismo y ofreciéndoles un cupón de descuento por la molestia. Pero, aun así, las nuevas condiciones quedan lejos del precio y de las cuotas de la oferta original. Como sea, yo ya lo tenía solucionado: Alejandra fue y me compró una PS5 en Coppel, unos días después. Mujer que resuelve.

El retiro en sucursal fue una secuencia típica de tantos memes que hay con la temática "hombre compra PlayStation". Primero notamos que no solo era casi el mismo precio en cuotas que la compra fallida, sino que además era el modelo de 1 TB de disco y no el de 825 GB, como en la otra tienda. Golazo. Después, el pibe que me atendió en zona de entrega me re festejó la compra: "Te llevás una excelente consola", me dijo mientras sonreía y ponía la caja en una bolsa, y esa bolsa con la caja en otra bolsa, y luego esa bolsa con la bolsa de la caja en una tercera bolsa, para evitar que se rompiera alguna y que la PS5 terminara desparramada por la peatonal lomense. Ni mis viejos me cuidaron así. Y finalmente, al abrir las tres bolsas ante el seguridad y mostrarle el ticket, antes de salir, al tipo se le dibujó otra sonrisa más antes de decirme "Disfrutala" y de contarme que él juega con el hijo "al FIFA" y que ya durante el año pasado dejó de poder ganarle.

Nuestra piba aún no dimensiona lo que significa una PlayStation 5, para ella son "los jueguitos de papi". Pero igual se alegró mucho, así como Ale se alegró mucho, mis sobrinos se alegraron mucho, mis compañeros de banda se alegraron mucho, y amigas y amigos se alegraron mucho. No olvido que mi viejo y sus amigos se mostraban los autos que iban comprando: siempre usados, siempre hechos verga, siempre orgullosos. Diviso el patrón de la espiral descendente del consumo aspiracional de los treintañeros asalariados. Pero no hay modo: me alegré muchísimo por haber comprado la PS5, total el auto usado hecho verga igual lo tengo.

Menciono a mi viejo porque, de alguna manera, mi relación con PlayStation arranca con uno de sus nueve hermanos yéndose a vivir a California en los '70 —fucking legend—. En el verano de 2003 vinieron de viaje sus hijos, mis primos estadounidenses. Yo tenía 16 años y los coletazos de la crisis de 2001 y la malaria de 2002 encima. Y ellos llegaron con dos cosas que me cambiaron la vida: una PlayStation original, que ya no usaban porque habían comprado una PlayStation 2; y una de esas carpetas donde se guardaban los CDs, como las que yo usaba para almacenar mis juegos truchos de computadora, pero repleta de discos originales con sus booklets. De The Smiths y Radiohead, de punk y hardcore californiano, de dub y rocksteady de colección, y de bandas que empezaban a sonar, como The Strokes o The Killers.

Fue el mismo verano en el que probé el porro en una joda en el barrio. Verano de flash vegetal, música indie y una madrugada completa sin dormir, mejorando un Subaru Impreza en el Gran Turismo 2.

Pero el sueño fue muy corto. Por no saber ni pensar, enchufé la Play directamente a la corriente. La consola —japonesa, comprada en USA— se topó con una conexión eléctrica con otra tensión, en el tercer cordón del conurbano y poco después de la gran crisis argentina. Fue demasiado: cuando al mediodía, al despertar, quisimos seguir jugando, la PlayStation ya no prendía. La olfateamos y el olor a chamuscado era evidente. Fue un dolor grandísimo en el alma gamer, como no había sentido desde que se me murió el Tamagotchi mientras tomaba la Comunión en la primavera de 1997, evento que rompió para siempre mi relación con la ritualística de la Iglesia Católica.

Pasaron cinco años hasta que volví a tener PlayStation. No había podido comprar la PS2 mientras era novedad y, por otro lado, siempre había priorizado la computadora de escritorio. Hasta que después de que salió la PlayStation 3 y empecé a trabajar en Página|12, en 2007 o 2008 me compré mi primera Play 2. Tampoco me duró tanto porque, después de terminar GTA San Andreas en unas semanas, la revendí muy pronto, de fisura. Era la época del Iorio ídem y la anécdota inmortal de "la Estación de Poder". No tanto después del boom del "Messi de la Play" y de los clásicos entre el propio Lionel y el Kun Agüero.

Recién otros cinco años más tarde, compré una segunda PS2, ya rescatado y casado. Y esta nueva PlayStation 2 tampoco me duró tanto por la visita de otros primos, ya en 2015 y en este caso desde Santiago de Chile, que me permitió hacerme traer con ellos una PlayStation 4, al final del Cristinato. Me salió 5000 pesos argentinos de la época, y la Play 2 se mudó a lo de mi cuñadito.

Esa PS4 estuvo en funcionamiento hasta la semana pasada. Aún anda, pero está off para formatearla y entregársela a su nuevo dueño, mi amigo Beto Galápagos, ilustrador de muchas imágenes que habrás visto en 421. El artefacto arcano cambia así de manos, pero ya conoce bien las suyas: es el aparato con el que hacíamos nuestros recordados torneos de FIFA con él y Pablo, sobre los que hablé en la nota de Ultimate Team. Me quedaría esa PS4 por la nobleza del aparato, pero no tengo lugar, la guita me viene bien y la alegría tiene que circular, sobre todo entre amigos.

A diferencia de la PS1 quemada, de la PS2 fisureada y de la otra PS2 chipeada (fenómeno sobre el que ya escribió varias veces Juanma acá mismo), la PlayStation 4 me duró un montón. Me dio una década de entretenimiento, desde ese desvirgamiento fenomenal que fue armarla y jugar el primer The Last of Us o dar vuelta Uncharted 4, uno de los videojuegos más divertidos que haya probado, hasta tener una experiencia completamente distinta con Fallout 4 y Grand Theft Auto V, después de jugar esas sagas en PC desde mediados de los '90.

Lo dije también en la nota sobre Grand Theft Auto IV, a mi juicio el mejor de la saga: la PlayStation 3 nunca llegó a ser una opción para mí porque la PS2 seguía siendo muy divertida y porque la experiencia en PC era mejor, a mi gusto. Pero con la PS4, finalmente entendí algo de los gordos consola: comprás una vez y te asegurás una década de jugar todo lo que salga. Con el paso de los años, esa previsibilidad se volvió más importante.

En el medio, jugué en decenas de PlayStations en casas de familiares y de amigos, noches con Juanma y Juan y/o Hernán jugando Winning Eleven. Tiroteos en algún aguantadero, living de espera de barbería o lobby de prensa. Cuadrados, triángulos, círculos y equis, gatillos y sticks que parecen narices de perrillos. Y en el medio de la mesa, del escritorio, del modular, el aparato doméstico de entretenimiento, el reproductor multimedia de las generaciones pos minicomponentes, la vedette de las previas, el commodity del mercado secundario de consolas, la tecnología fetichizada y el objeto de poder. Una máquina maravillosa.

Pienso en PlayStation y me brotan anécdotas, siempre asociadas a momentos de disfrute, alegría, encuentro, flash y euforia. Asumo que ese es el gran triunfo de Sony: no las 450 millones de consolas vendidas en total, sino el haber permeado hasta lo más profundo de los corazones de dos y quizás tres generaciones. "La Play" —no importa cuál, alguna— es un artefacto arcano, una forma de tecnomancia que define relatos generacionales hace ya 30 años.

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