Diciembre es el mes en el que terminan las clases en nuestro país. Estudiantes de todos los niveles se preparan para rendir materias pendientes o, simplemente, disfrutar de las vacaciones hasta el reinicio del ciclo lectivo. En 2025, mi hijo tuvo su primera experiencia en una institución: fue a sala de tres de un jardín del barrio. El receso escolar lo desajustó, su rutina se rompió. “¿Cuándo es la tarde?” pregunta pensando en la merienda, su comida preferida, durante cualquier momento del día que conserve algún tipo de luz solar. Y es lógico: el tiempo es algo inmaterial y sus únicas referencias concretas son la sala y la noche. Entonces, con los días más largos del verano, la una o las siete y media de la tarde pueden ser indistinguibles si no hay algo fijo y tangible que las separe.
No podemos pensar el tiempo sin vincularlo con actividades y cosas. En el día a día eso se traduce en la taza de café de la mañana, el mate de la tarde y el vaso de vino de la noche. En el año, en las camperas del invierno y las camisas hawaianas del verano. En la vida, en los muñecos de las tortugas ninja de la niñez durante los noventa y la caja de atorvastatina para combatir el colesterol de la actualidad. La escala temporal se puede seguir expandiendo, pero en detrimento de la experiencia personal. Veamos.
Muchos tiempos, muchas cosas
Carl Sagan, en su serie Cosmos (1980), popularizó el “Calendario Cósmico”: se trata de la reducción escalada de la historia del universo en un año. Los casi 13.800 millones de años del universo son distribuidos de manera proporcional en los 365 días del calendario gregoriano. Haciendo ese paralelismo, el 1 de enero a las 00:00 se produce el Big Bang; el 9 de septiembre se forma el sistema solar; el 21 de ese mismo mes se registran los primeros indicios de vida; y recién el 31 de diciembre a las 23:52 surgen los humanos. Este ejercicio permite percibir no solo la profundidad del tiempo en nuestro universo, sino también lo ínfimo de nuestra existencia.

Ahora bien, para lograr este recurso didáctico, Sagan se valió de información de la física, la geología, la paleontología, la arqueología y la historia. Estas disciplinas no conciben el tiempo del mismo modo porque sus preguntas no son las mismas. Por ejemplo, mientras que para un historiador el hecho de conocer el año, el mes o incluso el día exacto de un proceso puede ser crucial en su investigación, para un físico o un geólogo es irrelevante porque, al estudiar fenómenos cualitativamente distintos, trabajan a una escala que involucran miles, millones o incluso miles de millones de años. Incluso un arqueólogo, que está disciplinar y temporalmente más cerca de un historiador, utiliza recortes cronológicos que para cualquier profesional de la Historia pueden resultar imprecisas si las trasladara a su materia. Entonces, según la pregunta que se quiera responder, pueden ser útiles lapsos temporales inmensos o períodos muy breves. Sin embargo, todas estas disciplinas comparten algo: no observan el tiempo directamente, sino que lo piensan, lo miden, lo reconstruyen y lo entienden a partir de cosas.
Cosas para ubicarnos en el tiempo: el fósil guía
Escribir sobre el Big Bang, la formación del sistema solar y las “cosas cósmicas” realmente me excede. Por eso, vamos a concentrarnos en algo más terrenal. Se trata de un tipo de cosa que permite dar cuenta del tiempo al que pertenece por su sola presencia: el fósil guía.
El fósil guía es un resto paleontológico que permite ubicar en un tiempo relativamente acotado el contexto en el que se halla, es decir, la roca de la que forma parte. No cualquier fósil es un fósil guía, debe tener cuatro particularidades. Por empezar, ese tipo de fósil debe corresponder a una especie cuyas poblaciones fueron numerosas en el pasado. Además, resulta importante que presente algún tipo de característica que la haga fácilmente identificable. Y, finalmente, la especie debe haber tenido una amplia dispersión espacial y una acotada existencia temporal. Los amonites, una subclase de moluscos extintos representados por miles de especies, cumplen todos estos requisitos por lo que son usados para ponerle tiempo de manera relativa a las rocas en las que se fosilizaron. Distintas especies de amonites se sucedieron a lo largo de un período comprendido entre hace 400 y 66 millones de años y, gracias a un extenso trabajo previo de clasificación y correlación, la identificación de alguna de ellas permite obtener una referencia temporal relativamente precisa dentro de ese extenso lapso.
Aunque el concepto de fósil guía tiene su origen en paleontología, la arqueología lo adoptó y resignificó para abordar problemas cronológicos propios. Los “fósiles guía” arqueológicos no son restos naturales (como los amonites), sino culturales (como un fragmento de cerámica), por lo que su origen no se vincula a procesos naturales (como la fosilización) sino a procesos sociales (como la producción alfarera). Por eso, en arqueología el uso de “fósil guía” no es literal, sino conceptual: determinados restos materiales se emplean para ubicar cronológicamente un yacimiento, antes de recurrir a métodos de datación absoluta, como el carbono 14.
De las puntas Clovis a las botellas de Coca Cola
En arqueología, entonces, el tiempo no se reconoce únicamente a través de fechas absolutas, sino también a partir de ciertos objetos cuyos rasgos los anclan a determinados momentos. Estos “fósiles guía” culturales permiten ubicar cronológicamente, de manera relativa y provisoria, un sitio arqueológico incluso durante el propio proceso de excavación.
Las puntas Clovis fueron usadas para la caza de megamamíferos y son indicadoras de finales del Pleistoceno (entre 13500 y 12500 años atrás) en Norteamérica. Se trata de puntas de proyectil muy llamativas, manufacturadas sobre roca, extremadamente estandarizadas, delgadas y anchas, diseñadas para penetrar la piel de la megafauna pleistocénica. Su estandarización es tal que, incluso a partir de un fragmento, es posible imaginar el resto de la punta completa y asignarla a ese tipo y, por lo tanto, a ese tiempo específico. Además, estas puntas no solo nos hablan de un tiempo y un modo de procurarse el alimento, sino también de la pericia de los artesanos para su manufactura y de las áreas de aprovisionamiento de la materia prima, entre otras.
Acercándonos un poco más en el tiempo, la cerámica también nos puede informar sobre la cronología. En Europa, la terra sigillata es un indicador preciso no solo del imperio romano, sino también de un período acotado de su dominio, comprendido entre los siglos I a. C. y III d. C. En Sudamérica, particularmente en el área andina, el hallazgo de recipientes cerámicos con formas específicas (como los aríbalos o los llamados platos pato) permite identificar contextos vinculados a la presencia incaica, desde principios del siglo XV d.C. hasta la llegada de los conquistadores. Una de las características de los imperios es imponerse y marcar su presencia en los territorios dominados. Así, en el pasado la cerámica se constituyó como un marcador material y cotidiano de esa dominación y, hoy en día, como un indicador cronológico bastante confiable dentro del registro arqueológico.
Plato pato incaico de la Colección Benjamín Muniz Barreto (Museo de La Plata)
Finalmente, artefactos de vidrio como las botellas son buenos indicadores de temporalidad para sitios arqueológicos, especialmente para aquellos de los siglos XIX y XX. Por ejemplo, un caserío rural de fines del siglo XIX que no cuenta con registros escritos de fundación o funcionamiento puede fecharse por su basura. Estos objetos vítreos, producidos en masa y distribuidos a gran escala (¡como los amonites!) señalan no solo un momento histórico concreto, sino también la expansión de nuevas formas de consumo, circulación de mercancías y organización social propias de un mundo en expansión industrial.
De este modo, desde una punta Clovis hasta una botella de Coca Cola y pasando por las cerámicas imperiales, algunos objetos sobreviven a quienes los usaron y se convierten en marcas de su tiempo. En ellos queda inscripta una fecha aproximada, así como también una manera de vivir, de pensar y de habitar el mundo.
¿Qué cosas distinguen nuestro tiempo?
Con la Revolución Industrial y la expansión del capitalismo, la cantidad de cosas aumentó de manera exponencial desde el siglo XIX. El siglo XX y el primer cuarto del siglo XXI que transitamos han sido testigos de una verdadera superproducción de “fósiles guía”. Un poco por el avance tecnológico en sí mismo, otro poco por la obsolescencia programada y otro tanto por la necesidad permanente de crear nuevas demandas para sostener el sistema productivo, los últimos cincuenta años nos han mostrado una diversidad de objetos que pueden ser asignados a períodos de tiempo cada vez más precisos.

Si los platos pato incaicos pueden asignarse al siglo XV d.C., los patitos amarillos que se usaron como accesorio en la cabeza tuvieron un anclaje temporal, al menos en nuestro país, muy puntual: mayo y junio de 2024. Cuanto más efímero es un objeto, más preciso es en marcar su tiempo. Hoy los últimos de esos patitos descansan colgados (y quizás un poco descoloridos) en el frente de algún local del Barrio Chino, mientras su breve hegemonía es desafiada por los labubus, que a su vez comienzan a transitar la decadencia inevitable de muchas de las mercancías del capitalismo tardío.

A modo de ejercicio, y considerando que Google Trends tiene registro de búsquedas desde 2004, podemos ver que el interés en los labubus tuvo un pico acotadísimo en nuestro país entre junio y septiembre de 2025, suficiente para colarse en los bolsos de los integrantes de la Selección nacional. El reproductor de mp3, fósil guía si los hay de la década del dos mil, empieza a extinguirse en 2010, vinculado con la popularización de los smartphones. La netbook, en tanto, comienza a visibilizarse a fines de 2008. La hermana menor de las notebooks ingresó al mercado prometiendo menor peso, funciones básicas pero esenciales y un precio económico. Tuvo su auge en sincronía con el programa Conectar Igualdad y un último pico durante la pandemia, seguramente en búsqueda de una opción barata para trabajar y estudiar en remoto.
Estos tres casos son meramente ilustrativos de cosas que nos rodean (o nos rodearon) y que, durante su uso, no advertimos que su final estaba tan cerca. No es sencillo identificar qué cosas distinguen a una época mientras se la está viviendo: por lo general, son las generaciones posteriores las que señalan los hitos de cada etapa histórica. Tal vez no sean las cosas en sí las que caracterizan a un tiempo, sino un modo de hacer que se materializa en ellas. Y el modo de hacer que impera hoy es el de la fecha de vencimiento corta, el descarte prematuro y la novedad permanente.
Resistir a partir de las cosas
En un mundo saturado de cosas (y, paradójicamente, con cada vez menos espacio para guardarlas) es necesario trascender la barrera del consumo masivo e inconsciente de objetos. El tiempo invertido en ver qué novedades hay en Temu (la famosa “bolucompra”) puede ser usado para revisar cajones, altillos o galpones (propios o ajenos) o incluso cirujear algún objeto de la calle. Probablemente haya algo para arreglar, restaurar o simplemente limpiar y así resistir, al menos un poco, a la lógica del reemplazo constante e innecesario.

Frente a la caducidad inmediata de los objetos, el hecho de elegir cuidadosamente algunos de ellos, conservarlos, mantenerlos y usarlos colabora también a construir nuestra historia personal. Y ahí es donde las cosas exceden la función para la que fueron construidas: son generadoras de identidad, memoria y sentimientos. Es el silloncito de tu abuelo frente a la silla nórdica genérica, intercambiable y anónima. Es el martillo de tu vieja (que a su vez era de tu otro abuelo) versus el set de 55 herramientas a $39.999 de la sección “Más vendido” de Mercado Libre. Es la tablita de madera con miles de cicatrices para cortar verduras de tu abuela contra la tabla plástica que se anuncia como libre de BPA. Y es también el plato de loza de un desconocido que decidió que la vereda era mejor destino que la alacena y te soluciona esa compra que ibas a hacer en el bazar chino. Así, el viejo-nuevo objeto no solo cumple la función para la que fue concebido, sino que también se carga de historia, anécdotas y emoción. Un resultado high life, no solo en lo utilitario sino también en lo espiritual, a partir de una decisión material low tech.
En arqueología, el proceso por el cual los seres humanos recuperan y reutilizan objetos que fueron descartados o dejados de usar por sociedades o generaciones previas se conoce como “reclamación”. No obstante, no se trata solo de reutilizar las cosas, sino de insertarlas en un presente donde se resignifiquen y cobren un valor más allá del práctico. Reclamarlas para usarlas, pero también para contar historias: transformar las cosas en portadoras de relatos y anclas de memoria.

“¿Cuándo es la tarde?”, vuelve a preguntar mi hijo, mientras sus minifiguras de Lego del universo Marvel combaten con mi (ahora, su) Bucéfalo de los Halcones Galácticos rebautizado como Galactus.