Breve disclaimer pedagógico: Un NFT (Non-Fungible Token), para el caso del arte digital, es básicamente un certificado de autenticidad digital. No es la multimedia (el JPG, GIF, etc.) en sí, sino una entrada inmutable en la blockchain que dice: "esta pieza es la original, creada por X". Es lo que permite que un archivo digital (que cualquiera puede copiar con un click) tenga autoría verificable y, gracias a ello, valor en un mercado de arte.
Corre el año 2022, estoy sentado en una oficina en Belgrano decorada con merch de Bored Apes y otros proyectos NFT populares del momento. Mi interlocutor sabe que "ando en eso de los NFTs" y me habla con total confianza, casi con complicidad. Me explica sin filtro cómo inflan artificialmente el precio de ciertos proyectos pagándole a influencers en X y cómo coordinan compras para crear la ilusión de demanda en los proyectos lanzados por sus clientes, todos ellos propietarios de Bored Apes. Escucho en silencio. Tomo nota mental: lo que me está describiendo es un esquema de manipulación de mercado, más precisamente un pump and dump perpetrado por una agencia de marketing exclusiva para holders de Bored Apes. Obtengo de primera mano información que confirma mis sospechas. Sorbo un café de cortesía, sonrío, charlamos un rato y me las tomo. Sé que voy a usar esta anécdota, tiene valor pedagógico para el taller que estoy armando.
Seguimos en el año 2022. Mientras algunos cranean cómo extraer la mayor cantidad de guita apalancándose en el desconocimiento del público general respecto a los NFTs, yo estoy ocupado pensando otros aspectos vinculados a esta tecnología. No me interesa como herramienta de especulación ni de estafa. Veo (como tantas otras miles de personas) desarrollarse algo más novedoso, si bien nichero: está naciendo un ecosistema de arte digital que mueve guita de verdad, sin intermediarios, sin necesidad de haber heredado una fortuna familiar para pertenecer a él, o conocer al curador correcto para que te “valide”. Todo se reduce a un simple artista, su obra digital y alguien del otro lado del mundo dispuesto a coleccionarla. Por primera vez, el arte digital tiene algo que siempre le faltó: Un mercado. Y en gran medida descentralizado y validado por los mismos artistas, es decir, autodeterminado y soberano.
Todo se reduce a un simple artista, su obra digital y alguien del otro lado del mundo dispuesto a coleccionarla. Por primera vez, el arte digital tiene algo que siempre le faltó: Un mercado.
Es que, de cara al público, el arte digital siempre tuvo un problema de existencia y circulación. No de calidad ni legitimidad, sino de existencia material. ¿Dónde vive una obra de autoría irrastreable, que no podés colgar en una pared o que cualquiera puede copiar con un click derecho? ¿Dónde se encuentra la comunidad que la valida como arte y genera un consenso sobre su valor?
La blockchain, a través de los NFTs, aportó las respuestas.
"Chamuyo. A mi me dijeron que los NFTs son imágenes boludas vendiéndose a precios astronómicos. ¡Ese mono no es arte!", me podrían decir, y no sin algo de razón. El arte en ese tipo de proyectos populares allá por 2021 y 2022 llamados PFPs, por "profile picture", solía usarse la mayoría de las veces (con sus legítimas excepciones, sobre todo los proyectos fundados por artistas no oportunistas) como una excusa narrativa, aprovechando el manto benigno del arte para ocultar sus verdaderas dinámicas comerciales deshonestas: generarte FOMO y que compres y te conviertas en la exit liquidity de aquellos que compraron primero a precios más baratos, muchas veces gracias a información privilegiada. ¿Te suena? Es la misma lógica del caso $LIBRA.
Es que las estafas no son monopolio de la blockchain: garcar es una práctica milenaria que prospera en la asimetría de conocimiento. Y, como la indignación vende más que la pedagogía sobre nuevas tecnologías, el “mono de los millones” es lo único que el mainstream supo informar, evitando hasta hoy el desafío de hablar seriamente sobre blockchain.

Lo cierto es que para el arte tokenizado (nótese que ya no hablo de NFTs, término amplio y general) todo ese ruido mediático terminó por ocultar lo revolucionario del mundo del arte digital.
¿Por qué coleccionar arte digital?
Si querés introducirte en el rabbit hole del arte digital, te dejo algunos perfiles para que investigues: Elbi, Pamilo Ceirone, Martín Bruce, BerSektor, Pinkyblu, Sabato, Ed Marola, Vidal Herrera, Aempatia, Haydiroket, Marcelo Pinel, Cap'n, RJ, Lucasoxx, Skomra, Bosquegracias, Roccano, Sv3zr, Henrique Cartaxo, A.L. Crego, Newtroarts
Pero antes que nada, respondamos a una pregunta que parece obvia pero no lo es tanto. ¿Por qué alguien coleccionaría una obra digital tokenizada? Una respuesta posible es "por especulación". Pero esa respuesta no cubre todos los frentes: ya veremos que en los espacios menos publicitados de la blockchain existe un mercado de auténtico arte digital sostenido por auténticos artistas y coleccionistas de arte.
Es que un NFT no es un mero archivo. Es un signo. Y como todo signo (tomando aquí como trasfondo conceptual al semiocapitalismo, como lo entiende el filósofo Franco Bifo Berardi), su valor no reside únicamente en sus propiedades técnicas, sino en el consenso de la comunidad que lo interpreta (si querés saber más de este tema, recomiendo el libro y tesis de Gabriel Londonio, disponible acá).
Cuando coleccionás una obra digital tokenizada estás participando de un acto de validación cultural. Estás diciéndole a un artista "esto tiene valor", y ese “decir”, multiplicado por una comunidad, se convierte en una conversación, que es lo que construye un mercado real. Un consenso sobre el valor de una cosa. En esencia, lo mismo que siempre hizo el mundo del arte: acordar, en base a transacciones que construyen discurso, el valor material y simbólico de una pieza. Pero mientras que en el mundo del arte “offline” son sólo un puñado de curadores y coleccionistas quienes generan los consensos (lo cual setea las condiciones para un mercado muy fácilmente manipulable al momento de establecer el valor de una obra de arte), en blockchain, en cambio, son cientos de personas las que participan y generan el consenso, siendo así este un acuerdo más amplio y colectivo.
Este fue el núcleo conceptual de lo que trabajamos durante cuatro años en el taller gratuito que dimos desde el colectivo de artistas digitales latinoamericanos que fundé, Newtro, junto a mis compañeros Lucasoxx y el ya mencionado Gabriel Londonio, bajo la premisa de que la información debe ser un bien público y sin sesgos corporativos. Fueron talleres por los que pasaron cientos de artistas de habla hispana. La pregunta no era "cómo me hago millonario vendiendo NFTs" (no faltaron vendehumos que se encargaron de eso), sino algo más de fondo: ¿qué es lo que estás tokenizando y para qué comunidad lingüística lo estás haciendo?
Cuando esa pregunta se pierde, el arte se convierte en contenido. Y eso es exactamente lo que pasó.
Pero no nos adelantemos.
Hic Et Nunc: artistas soberanos y autodeterminados
En 2021, no podía decirse arte tokenizado en Latinoamérica sin decir, al mismo tiempo, HEN.
Hic Et Nunc (aquí y ahora en latín), o HEN, como se lo conoció popularmente por sus siglas, fue un marketplace (un e-commerce de arte digital) en la blockchain de Tezos. HEN fue creado el 1° de marzo de 2021 por el brasilero Rafael Lima (dato no menor, esto no es Silicon Valley, papi). Fue concebido no como un producto sino como un bien comunitario, y, por ello, su smart contract (su “programación”, para hacerla fácil) era pública, de todos. La elección de la red de Tezos tampoco fue menor; más aún, tuvo consecuencias enormes: mientras que en Opensea, el marketplace más popular de la época y que trabajaba sólo con la blockchain de Ethereum, crear un NFT podía costar decenas o cientos de dólares en fees (costos de transacción en la red), en la red de Tezos dichos costos representaban apenas centavos. Esa diferencia de acceso lo cambió todo.
El under del arte digital se congregó rápidamente en Tezos. Los artistas (sobre todo de países emergentes que querían experimentar con la tecnología pero no contaban con cientos de dólares para hacerlo en Opensea) habían encontrado en HEN su lugar, atraídos por las buenas nuevas: existía un mercado internacional al que podían acceder instantáneamente, sin hacer lobby, por internet.
HEN explotó.
Para mi maravilla personal, la escena brasilera y argentina eran enormes, o incluso otras menos familiares, como la turca. Es que la popularidad de la plataforma se manifestó sobre todo en países más bien subdesarrollados y con problemas económicos, donde cada dólar sumaba para llegar a fin de mes.
Como experiencia, la interfaz de HEN se fundaba en una filosofía minimalista, con las obras presentadas una por una y en orden de publicación, sin gráficos de precios ni estadísticas para especular. Mientras otros marketplaces te llenaban la pantalla de números para tradear, HEN, en cambio, estaba pensado para mirar arte. Un checkpoint revitalizante entre la basura visual y sonora de esta internet enshittificada que habitamos.

La escena de arte tokenizado crecía rápidamente, los artistas minteaban (subían) arte a diario, ganaban guita haciendo obra para ellos (lo cual generó grandes evoluciones en los cuerpos de obra), no para encargos ni para el establishment del arte contemporáneo, que andaba en cualquiera pegando bananas con cinta scotch a la pared. Experimentaban, se compartían sus técnicas y muchos devenían ellos mismos coleccionistas gracias a sus nuevos ingresos, a la par de los coleccionistas de arte digital de pura cepa que se multiplicaban día a día. La gente compró computadoras, tablets para dibujar, sintetizadores para hacer música, camas, heladeras, incluso a veces hasta autos. La exposición que uno podía tener a propuestas artísticas novedosas era enorme.
Pero todo era demasiado bueno como para durar. El 11 de noviembre de 2021, tras simbólicos 9 meses de gestación, ocurrió lo que se vivió como una absoluta tragedia. En las comunidades y Discords empezó a circular, acompañada con creciente desesperación, una pregunta: “IS HEN DOWN?”
La página de HEN estaba caída. Peor aún, Rafael publicaba: “Hic et Nunc has been discontinued” (“Hic et Nunc ha sido descontinuado”).

No hay versión oficial de los motivos. La teoría más compartida es que Rafael Lima, ante la montaña de reclamos y pretensiones que recibía de artistas y coleccionistas por igual respecto al manejo de la plataforma, terminó por hincharse las bolas y decidió descontinuarla.
Tristeza não tem fim.
Pero el último tweet publicado en el perfil de HEN emitía un rayo de esperanza: a la vez que Rafael daba de baja a HEN, compartía el contrato, un guiño a la comunidad. Recordemos que HEN fue creado como infraestructura pública, por ello, lo que Rafael había dado de baja era su interfaz, no su contrato. La data estaba intacta en servidores descentralizados. ¿El frontend? Reemplazable. Y así, lo que parecía en principio el peor de los desenlaces, fue más bien el signo más acabado y la expresión manifiesta del poder de la tecnología como bien público: tan sólo un día después de la caída de HEN, el 12 de noviembre de 2021, nacía TEIA para sucederle, gracias a los mismos usuarios de HEN ahora autoorganizados.
Nada se había perdido. La memoria colectiva estaba a salvo. El contrato público y los servidores descentralizados nos habían salvado.
Larga vida a los bienes públicos, la blockchain y el arte.

Arte vs. VC
Si bien el primer paso dado en blockchain para muchos artistas no-primer-mundistas fue en la blockchain de Tezos, lo cierto es que naturalmente no se limitaban, en la mayoría de los casos, a un solo marketplace o blockchain. De hecho, lo más inteligente era ir en busca de nuevos ecosistemas de coleccionistas, artistas y experiencias.
El período que va entre 2022 a finales de 2025 fue sumamente importante, ya que vimos madurar cierto modelo de mercado (hoy en crisis, más sobre esto luego) definido por los ya mencionados marketplaces. Durante estos años asistimos al pasaje de una escena pequeña a una auténtica subcultura, con sus geeks, mops y sociopaths, como se los entiende en este artículo del filósofo (no académico) David Chapman.
Ahora bien, estos marketplaces difieren unos de otros en su naturaleza, sobre todo en lo referente al financiamiento. Esto configuró un contraste entre dos modelos distintos: uno plasmado en la blockchain de Tezos (que empezaba a ser conocida como la “Art Chain”), más asociado a la lógica del “bien público” y donde la escena de artistas se congregaba más orgánicamente; otro plasmado en el modelo de Ethereum, una escena más regida por especuladores, proyectos comerciales y asociada a corporaciones, sobre todo markets creados con capitales de riesgo.
La historia no es nueva: el under vs. el mainstream. La comunidad vs. la corpo. Orgánico vs. inorgánico. Artistas vs. Silicon Valley.
¿Estoy diciendo con esto que Ethereum es “la corpo”? Para nada. Hay que entender que una cosa es la blockchain (una infraestructura), y otra cosa la naturaleza de lo que se construye sobre esa infraestructura. ¿Entonces estoy diciendo que “la corpo” es algo malo? Tampoco. “La corpo” (en este contexto, el capital de riesgo, VC) puede hacer algo que una comunidad de artistas difícilmente puede hacer sola: escalar infraestructura rápidamente y atraer usuarios masivos. El problema no es que existan los VCs. El problema es que un VC necesita retornos exponenciales en aproximadamente 5-7 años, y el arte es una especia complicada, puede llegar a tomarse décadas en construir su valor. A su vez, el retorno suele llegar por la salida de la empresa a bolsa.
¿Ustedes conocen alguna galería o incluso casa de subastas que opere en bolsa hoy en día?

Son este tipo de incompatibilidades (hay muchas otras) las que convirtieron a los marketplaces de Ethereum fondeados con capitales de riesgo en un mal compañero de fórmula para el arte digital tokenizado.
Lo cierto es que lo de Tezos y Rafael Lima fue un glitch en la Matrix. El hecho de que Tezos siempre haya sido una blockchain “menor”, más alejada del foco de atención de la especulación y la big money, sumado a sus bajos fees (que facilitaban precios más accesibles en comparación a lo que pasaba en Ethereum en plena burbuja 2021-2022), y en sumatoria al gen de bien público heredado de HEN (que teñiría por completo el ecosistema de arte en Tezos aún hasta el día de hoy), todo ello generó las condiciones para que surgiera una zona autónoma, un espacio-tiempo en gran medida olvidado por el mercado que permitió el desarrollo orgánico de la escena. Es decir, para el mercado (con M mayúscula) de la blockchain el nicho de arte en Tezos no movía la suficiente guita para atraer a grandes cantidades de mops y consecuentemente a los sociopaths (en los términos del artículo de Chapman).
En Tezos era todo 100% orgánico y la plata que podía hacer ahí un artista que se dedicara full time a su labor creativa digital era suficiente, por aquel entonces, para subsistir en un país como Argentina. Al yanqui tal vez no le cerraban los números, pero no todo es primer mundo.
¿Qué se perdía Tezos ante la ausencia de los grandes volúmenes de dinero que se veían en Ethereum? Tomemos de referencia los cuatro marketplaces de Ethereum más relevantes en aquel período: Opensea, Foundation, SuperRare y Zora. Lo que tienen en común, como ya mencionamos, es que todos han sido financiados por VC (a16z, Paradigm, Coatue, Y Combinator, Kindred Ventures, Velvet Sea Ventures, entre otros), capitales de riesgo localizados geográficamente en Silicon Valley o bien pertenecientes a su ecosistema. Este dato es clave para entender el comportamiento de estas plataformas, que han adoptado, en un momento u otro, medidas antiartistas en pos de aumentar sus ganancias y valuación, incluso falseando, de ser necesario, los volúmenes de transacciones para inflar números.
En Tezos era todo 100% orgánico y la plata que podía hacer ahí un artista que se dedicara full time a su labor creativa digital era suficiente, por aquel entonces, para subsistir en un país como Argentina.
Entre otras cosas, redujeron las regalías que recibían los artistas por las ventas en el mercado secundario; subieron el fee de sus comisiones por encima de la media; diseñaron "contratos burbuja" donde, si el market bajaba la persiana, el acceso a la obra se perdía, atentando directamente contra la soberanía del artista; favorecieron el insider trading (con causas judicializadas) y el wash trading mientras modificaban sus interfaces para que las obras se vieran como simples assets financializados o, peor aún, como "contenido" descartable de redes sociales; pusieron el foco en los traders y flippers, licuando la conceptualización del arte hasta convertirlo en una moneda de cambio para estafas rugpull y manipulaciones de mercado.
La mierdificación no es ajena al modelo de financiamiento.

Es que las palabras mágicas “cripto” y “NFT” cada vez sonaban menos convincentes ante potenciales inversores. La narrativa del arte digital tokenizado no cumplía con las desmedidas expectativas planteadas en plena burbuja del 2021, las compañías no se estaban valorizando y había que inventar algún cuento nuevo. Y la low-hanging fruit que podía seducir más fácilmente a inversores fue la de reconvertirse en redes sociales a lo Instagram con artistas y todo adentro, pero mechando un poquito de slang blockchain... full retarded circle achieved. Barthes se hubiese dado una panzada con lo que vendría después.
Cuando el arte deviene contenido y los artistas “creators”: o de cómo vaciar de significado un signo
Nos metemos ahora en la que considero fue la etapa más nefasta para nuestro ya golpeado e injustamente bastardeado mercado de arte digital. El momento de la profanación.
A mediados de 2023, un no muy conocido marketplace llamado Zora estaba mutando. Lo importante de esta nueva versión del market es que introducía ciertos mecanismos de redistribución por sobre las ventas de cada obra, lo cual la hizo altamente popular.
Durante toda la segunda mitad de 2023 y parte de 2024, Zora pareció funcionar muy bien. Newtro mismo se había convertido en un gran agente de promoción de la plataforma. El colectivo de artistas digitales de Newtro generaba ingresos de manera diferida para exhibiciones y residencias, los artistas vendían obras por decenas y a veces centenas de ediciones, la redistribución funcionaba, el modelo tenía sentido. Pero al mirar con detenimiento las transacciones, se notaba algo inquietante: gran parte del volumen que se manejaba en Zora era ficticio. La plataforma estaba plagada de bots deployeados para coleccionar a mansalva. ¿Desplegados por quién? No lo sé. ¿Por Zora para dibujar sus números? Tampoco me consta. Pero sí me constan las palabras de su fundador:

Siendo honestos, bottear tu propia plataforma, sobre todo si estás experimentando con tu modelo y querés atraer nuevos usuarios gracias al volumen que manejás, no me parece un crimen tremendo, en algún lado hay que poner el budget de marketing. Pero el botteo desmentía la promesa de que se había encontrado un modelo económico viable, cosa no menor para fines de 2024, donde ya se notaba que a varios markets les estaba costando cerrar sus cuentas. Había movimiento, pero no el suficiente y la plata de los ansiosos VC se estaba terminando.
Lo realmente dañino para el arte digital fue lo que pasó a continuación, a causa de esta falta de resultados en los tiempos estipulados por los VC. De la noche a la mañana, Zora, que supo ser una plataforma de arte digital, se había convertido literalmente en Instagram, buscando apelar a audiencias masivas y traicionando los intereses de toda su base de usuarios. Obras de arte generativo, pixel art, glitch art, arte en html, ilustraciones y pinturas digitales entre otras técnicas convivían ahora y eran puestas al mismo nivel que la foto de un frapuccino mocha latte, el perro salchicha de alguna New York girl, o hentai de waifu clickbaitero hecho con IA.
La plataforma se inundó de ruido, la señal se volvió irrastreable.

Desde entonces, fue todo pendiente abajo. Los artistas en su mayoría se fueron o siguieron a regañadientes participando de la plataforma (ya que aún quedaban bots repartiendo chirolas), subiendo ahora “contenido”. Porque ya no eran artistas, sino “creators”, parte de la nueva narrativa. Arte o contenido, usuario o artista, daba igual. Otros proyectos como Base y Rodeo (ex Foundation) lo imitarían en 2025, sin tampoco dar en la tecla con la narrativa “creators”, como puerta hacia audiencias masivas.
Entre todo el despelote y guerra semiótica entre artistas y corporaciones, lo cierto es que durante dos años estas startups made in el Valle de Silicona, en pos de aspirar a una base de usuarios de millones de personas y la masividad que nunca llegó, se encargaron de vaciar de significado el signo del arte digital poniendo al artista y un reel tiktokero en la misma bolsa, licuándolos, y haciéndonos beber el smoothie de caca resultante mientras trataban con muy poco éxito de convencer a una audiencia horrorizada de que esto era el nuevo cool.

Mientras tanto...
Flashforward a 2026.
La mayoría de los marketplaces cerraron, para sorpresa de pocos. Los que sólo vieron negocio pecaron de oportunistas (y pobreza espiritual) y vaciaron el signo. Los que sólo se preocuparon por el arte pecaron de románticos e inocentes al no interesarse por la viabilidad y expansión del mercado y los aspectos menos venusinos del mundo real.
Hoy, el modelo de los marketplaces parece bastante agotado, pero aún arden ascuas. De los relevantes quedan en pie Teia, auténtica tecnología santuario (que, como infraestructura pública, difícilmente desaparezca); Objkt, marketplace de capital privado suizo (aparentemente no VC) en la red de Tezos; y SuperRare en Ethereum, financiado por VC.
Los dos últimos harán en abril una exhibición conjunta en Nueva York. Es un movimiento que tiene como novedad unir los ecosistemas de Tezos y Ethereum que no habían sabido dialogar hasta ahora. Lo celebro.

El arte digital se encuentra hoy agazapado, esperando su momento. Se repliega en silencio para construir su nueva versión. El pulso es más débil, pero sigue latiendo. Su advenimiento es inevitable. Las generaciones que se han desarrollado en y con el mundo digital ocupan cada vez más espacios en la cultura y el zeitgeist. Las pantallas se multiplican. Los píxeles se abaratan. ¿Será el acceso al fine art digital tan democrático como el acceso a su soporte? Eso es tela para otra historia.
De momento, la pregunta sobre el hogar del arte digital ensaya nuevas respuestas. Pero la incógnita ya no es si puede ocurrir, sino quién, cómo y dónde lo perfeccionarán.
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