Mi infancia y juventud transcurrieron en los ‘90 en Villa Urquiza, en CABA, que en ese momento se llamaba Ciudad de Buenos Aires. El plan de los viernes a la noche con mis amigos era caminar por la calle Monroe, tomar algunas Quilmes (de mucha mayor calidad que las de ahora y que se conseguían a un peso en los quioscos) y casi siempre terminar en Las Grietas. Las Grietas era una especie de pub con restos de grasa en el techo y donde tocaban bandas con un sonido bastante precario. De hecho, la batería del lugar tenía el parche del bombo arreglado con un calco muy grande de cerveza Isenbeck puesto del lado de adentro. Uno de esos días vimos a una banda que sonaba particularmente bien. El baterista llevaba su propio redoblante y sus platillos, mucho más caros que los que estábamos acostumbrados a ver. Además, cantaba e interactuaba con el público con un llamativo acento español.

Como éramos los únicos que les prestaban atención, probablemente porque éramos los únicos en ese lugar, cuando terminaron los músicos se acercaron a hablar con nosotros. La banda se llamaba Dukakis y el bajista, casi al pasar, me dijo que el baterista era el de Los Rodríguez.
Incrédulo, cuando llegué a mi casa busqué el disco Sin Documentos (discazo), saqué el librito y lo vi: era cierto, Germán Vilela, el mismo que había visto hacía un ratito tocando con la batería emparchada por la calco de Isenbeck era el baterista de Los Rodríguez. Fue un momento increíble. La séptima canción de ese disco, Salud (dinero y amor), mi preferida, terminaba con una frase que a mí me resonaba muchísimo: “brindo hasta la cirrosis por la vacuna del SIDA”.
Como los primeros casos se concentraron en la comunidad homosexual, la estigmatización fue muy impresionante. Se hablaba de “plaga gay”, “peste rosa” y cosas así.
En los noventa había videoclubes, cassettes, cabinas telefónicas, y una vida todavía bastante analógica. También se hablaba mucho de SIDA: en los medios, en la escuela, en las campañas de prevención con una mezcla constante de miedo, desinformación y preocupación.
Unos años antes, a comienzos de los años ochenta, habían aparecido los primeros pacientes con una inmunodeficiencia repentina y muy fuerte. No se sabía qué estaba causando esa enfermedad, pero había cada vez más casos y en más países. Los afectados sufrían una drástica disminución de linfocitos T, células fundamentales para organizar la respuesta inmunológica. Como los primeros casos se concentraron en la comunidad homosexual, la estigmatización fue muy impresionante. Se hablaba de “plaga gay”, “peste rosa” y cosas así. Antes de saber que el protagonista, como muchas veces pasa en la historia de la humanidad, era un virus. En realidad un retrovirus.
Retrovirus
Unos años antes de que empezara la epidemia se habían descubierto los retrovirus.
Nuestras células guardan la información genética en larguísimas cadenas de ADN dentro del núcleo (de esto hablamos en la nota de CRISPR). Esa información se transcribe a ARN y después se traduce a proteínas. Ese camino, de ADN a ARN y de ARN a proteína, pasa en todos los organismos. O en casi todos. Porque los virus, a veces, hacen cosas inesperadas. A principios de los años setenta se descubrieron los retrovirus: virus que son capaces de sintetizar ADN leyendo el ARN, exactamente lo contrario a lo que hacen nuestras células. Por eso retro, porque van en sentido contrario al esperado. En 1974 se describió el primero, el HTLV-1, que puede causar leucemia.
A principios de los ochenta, viendo que los casos de la inmunodeficiencia extraña seguían aumentando, un equipo de investigadores del Instituto Pasteur de París se preguntó si esa caída de linfocitos T estaba siendo causada por alguno de esos virus raros recién descubiertos. Y se pusieron a buscarlo. ¿Cómo? Bueno, para eso tomaron linfocitos T de una persona con síntomas, los cultivaron y buscaron específicamente actividad retrotranscriptasa, es decir, la capacidad de convertir ARN en ADN, algo que solamente hacen los retrovirus. Ahora se sabía que la inmunodeficiencia era causada por un retrovirus humano.
Pensaron que era un HTLV (Virus Linfotrópico T Humano) pero, cuando lo aislaron y comprobaron que era bastante distinto, lo llamaron virus de la inmunodeficiencia humana, VIH.
Todo esto fue increíblemente rápido.
En 1983, apenas dos años después de los primeros casos, ya se sabía qué causaba la enfermedad.
Tratamientos
El AZT, que inhibe a la retrotranscriptasa, fue el primer tratamiento específico contra el VIH. Se lanzó en 1987 y fue un cambio de paradigma, porque antes el pronóstico era terrible: no había nada para hacer, sólo esperar a ver qué enfermedad oportunista afectaba a las personas inmunosuprimidas. El desarrollo de tratamientos fue increíble, hoy hay disponibles unos 25 que inhiben cada paso del ciclo viral y se pueden combinar entre ellos. De hecho, las personas que hacen estos tratamientos combinados tienen una calidad de vida normal y la cantidad de virus en sus organismos suele estar por debajo de los límites de detección de los diagnósticos (es decir, indetectables). Aunque el tratamiento no se puede suspender, gracias a estudios que siguieron de cerca a miles de personas afectadas durante décadas, se demostró que si el virus es indetectable también es intransmisible.
La Vacuna
Con el virus aislado tan rápido, la vacuna parecía un objetivo fácil de cumplir.
De hecho, el 23 de abril de 1984 la secretaria de Salud de Estados Unidos, Margaret Heckler, anunció que se había desarrollado un test para diagnosticar el VIH y que se esperaba una vacuna en algo así como dos años.
Pero pasaron más de cuarenta años y todavía no la tenemos. Y no es que no se intentó: hubo más de 250 candidatos vacunales y varios se probaron en miles de personas, pero ninguno demostró ser efectivo.
El VIH es el virus más estudiado de la historia de la humanidad. Las publicaciones dedicadas al VIH superan el medio millón, una barbaridad. Lo conocemos bien: el virus entra a la célula interactuando con un receptor de la superficie celular que se llama CD4 y con un correceptor, CCR5. Al entrar, el virus libera su material genético (ARN) y una proteína que lleva adentro (la retrotranscriptasa), lo retrotranscribe al ADN y en una serie de pasos increíblemente orquestados, ese ADN del virus se termina integrando al resto del genoma de la célula humana.
Y ahí está el primer problema. Esa célula, ahora con su propia información genética y, además, la del virus, puede pasar desapercibida, sin hacer nada raro por mucho tiempo. Esas células son extremadamente difíciles de reconocer por el sistema inmunológico porque no hacen nada distinto al resto, solo tienen un pedacito muy chiquitito de información extra que, comparado con todo el resto del genoma, es algo así como el 0,00015%. Esas células que tienen su propia información pero además la del virus se conocen como reservorios. Entonces el virus es muy difícil de eliminar del organismo.

Pero no es el único problema.
Las primeras vacunas buscaron inducir anticuerpos contra la proteína de envoltura, la parte más expuesta del virus, algo que en principio tenía sentido. El problema es que el VIH evoluciona muy rápido y esas proteínas cambian y dejan de ser reconocidas por los anticuerpos.
Otros candidatos intentaron activar linfocitos T para localizar células infectadas, pero tampoco funcionó justamente debido a los reservorios, porque son imposibles de detectar. Las vacunas con virus atenuados, que sirven para otros patógenos, tampoco son opción en este caso, porque implicarían que el ADN de esas vacunas se integrara al genoma de la célula infectada, lo que puede traer más de un problema.
De todos modos, la vacuna se sigue buscando. Hay nuevas tecnologías que usan virus modificados genéticamente, vacunas a ARN y muchas otras.
Los que se curaron
Hasta ahora sólo se curaron 7 personas. Teniendo en cuenta que hoy hay más de 40 millones conviviendo con el virus, suena a poco. Esas personas son casos muy puntuales, porque además tuvieron un tipo de cáncer cuyo tratamiento implica recibir un trasplante de médula ósea y justo justo justo ellos recibieron el trasplante de personas que tienen una mutación en el correceptor CCR5, que utiliza el virus para entrar a la célula. Esa mutación está en el 1% de la población humana y los hace naturalmente inmunes al VIH porque el virus es incapaz de entrar en esas células. Por eso, esas personas curadas, que suspendieron el tratamiento y el virus siguió siendo indetectable, son casos muy específicos y no es posible, por ahora, pensar en tratamientos de este tipo a gran escala.
Las primeras vacunas buscaron inducir anticuerpos contra la proteína de envoltura. El problema es que el VIH evoluciona muy rápido y esas proteínas cambian y dejan de ser reconocidas por los anticuerpos.
De esos 40 millones, se calcula que el 15% no lo sabe y, de quienes lo saben, el 76% está en tratamiento antiviral. De ellos, el 71% tiene carga viral indetectable, es decir, que no transmiten el virus por vía sexual.
La estrategia global de la Organización Mundial de la Salud, llamada 95 95 95, consiste en que para 2030 el 95% de las personas que conviven con el VIH lo sepan. De ese porcentaje, que el 95% se encuentre en tratamiento antiviral y, a su vez, el 95% tenga carga viral indetectable. Con esto estaríamos muy cerca de frenar la epidemia, aún si no aparece la vacuna por la que brindaremos hasta la cirrosis.
Como recomendación final quería dejar un video de Damián Kuc, que está muy muy bueno. Yo también hice unos videos con Fundación Huésped hace algunos años, pero el de Historias Innecesarias me parece mejor.
Te gustó lo que leíste? Los Wizards hacen que 421 siga existiendo. Sumate y accedé a la revista digital, contenido exclusivo y más.