“El mundo fue y será una porquería, ya lo sé, en el quinientos seis y en el dos mil también”, fue la frase con la que Enrique Santos Discépolo abría Cambalache, en 1934. En esos versos tal vez había menos de profecía cuanto de constatación: la verdad de la especie humana y la verdad oculta de aquello que hemos hecho con nuestras sociedades. Si bien existen momentos genuinos de calma, es difícil que un lector o lectora de 421 no acepte una idea un poco triste: estamos encerrados en un manicomio.
Dar cuenta de la “especificidad” del manicomio en que vivimos no es una tarea de esta nota. Ya lo han hecho otros con gran nivel de precisión y lo seguirán haciendo otros más. Podemos limitarnos, sí, a hacer una lista. Al menos una lista breve de cosas del mundo contemporáneo que, al rozar la aceleración esquizofrénica, nos enferman: pandemias que no terminan de desaparecer, la bolsa haciendo cosas raras, el flexing perpetuo entre potencias nucleares que nos ponen al filo del invierno nuclear, tus pocas ganas de vender tu fuerza de trabajo a cambio de migajas con las que a duras penas llegás a fin de mes, la imposibilidad de pensar en una casa propia, lo ridículo que suena a veces que estemos todos sobre una piedra gigante viajando a través del espacio exterior.
Entonces, si estás leyendo esto y sentís que tu plan de vida se parece más a "sobrevivir al día" que a "cumplir un propósito divino", welcome to the late capitalism, kiddo.
Nuevo mundo, nueva moda
El nihilismo es una corriente filosófica de larguísima data. "Nihilismo", etimológicamente hablando, deriva del latín nihil, que significa “nada” y sostiene, muy en términos generales, que no hay tal cosa como verdades, valores o sentidos últimos "objetivos"; que todo lo que hemos hecho como comunidades no es más que construir "castillos de ensueños", meras convenciones y fantasías del lenguaje, como habría de decir Nietzsche en "Sobre verdad y mentira en sentido extramoral". Esa "nada" de la que habla el nihilismo es lo que encontraríamos cada vez que escarbamos demasiado en la “verdadera composición del mundo”. El nihilismo, entonces, va a decir: 1) no existe para nuestra especie un propósito diseñado por la Naturaleza o por un Dios, 2) tampoco existen principios morales objetivos que podamos deducir intelectivamente, y 3) tampoco existe la posibilidad, por nuestras propias limitaciones cognitivas y epistemológicas, de que tengamos un conocimiento objetivo de la realidad.
Cuando los humanos nos sacamos las anteojeras de los mitos, las religiones, los partidos políticos o cualquier otra estructura discursiva que nos ofrezca un sentido de la existencia y un boost dopamínico, corremos el riesgo de pegarnos un existential burnout.
En suma: lo que hay es “nada”. Y nuestra tarea sería, nada más y nada menos, que surfear esa “nada”.
Sucede que ahora el nihilismo dejó de ser esa palabra complicada que usaban usuarios edgy en foros y algún amigo sobregirado para convertirse en el mood operativo por defecto. En los tiempos que corren, todo parece indicar que las condiciones materiales de nuestra existencia (es decir, la gran "lista" de la que hablé arriba), no estarían ayudando demasiado a que no interpretemos todo este mundo que nos rodea como un absurdo.
Pero parece una pregunta incómoda: ¿y si esta forma aparentemente tan "realista" de ver el mundo (tan triste, en verdad) es, en realidad, un bug de la especie? ¿Y si ser demasiado conscientes de que todo es un sinsentido es, literalmente, una condena evolutiva?
Mirar demasiado cerca la realidad
En 2014, un psicólogo llamado Donald Hoffman escribió un paper que el año pasado se hizo viral en algunas plataformas. Se llama “Teoría de la interfaz de la percepción: la selección natural conduce a la percepción verdadera a una rápida extinción”.
Hoffman dice que los organismos que ven la realidad demasiado "en crudo" estarían tendencialmente condenados a desaparecer. En otras palabras: que los organismos complejos más interesados en entender “la verdad” del mundo, del cosmos, de su composición, siempre le van a correr por detrás en la carrera evolutiva a aquellos organismos exclusivamente interesados en la reproducción y la subsistencia.

Según este estudio, la evolución no nos habría “premiado” por preguntarnos sobre las normas morales y las leyes, por reflexionar sobre el mejor modo de producir bienes y servicios, por encontrar la palabra perfecta para terminar tal o cual poema endecasílabo, por recordar a la perfección la ruta a seguir después de que el capitán LeChuck secuestraba a nuestra amada. Más bien, la evolución nos habría premiado únicamente por ser efectivos en reproducirnos, por solo por saber lo justo y necesario para alimentarnos y subsistir.
En este framing, “ver demasiada realidad” es letal.
Según Hoffman, cuando los humanos nos sacamos las anteojeras de los mitos, las religiones, los partidos políticos o cualquier otra estructura discursiva que nos ofrezca un sentido de la existencia y un boost dopamínico, corremos el riesgo de pegarnos un existential burnout. O sea, una “quemazón existencial”, una fatiga profunda que surge de una pérdida crónica de sentido, propósito o conexión con la vida.
Esta perspectiva parecería entrar en directa discrepancia con el gráfico vuelto meme y ya histórico de William Meijer. Según Hoffman, por el contrario, demasiadas "verdades incómodas" operarían evolutivamente en nuestra contra; mientras que muchas "mentiras amables" asegurarían nuestra reproducción.
An extreme commitment to the truth makes relationships acutely dysfunctional but systems chronically functional (think Elon Musk).
— William Meijer (@williameijer) October 27, 2025
An extreme commitment to kindness makes relationships acutely functional but systems chronically dysfunctional (think Sweden, UK) pic.twitter.com/FShs8icvJW
El gran alce
Peter Zappfe miró lo real desde demasiado cerca. Fue un alpinista, nihilista y antinatalista noruego. También fue un filósofo menor. Menor en el sentido en el que no entró por la gran puerta de la filosofía y no hay manual de filosofía que lo nombre.
Pero tiene un brevísimo texto increíble. Fíjense lo hermoso de su escritura:
Una noche en tiempos remotos, el hombre despertó y se contempló a sí mismo. Vio que estaba desnudo bajo el cosmos, sin hogar en su propio cuerpo. Todas las cosas se disolvían ante su escrutador pensamiento, y maravilla tras maravilla, horror tras horror se desplegaban en su mente. Entonces la mujer también despertó y dijo que era hora de partir y salir de caza. Él buscó su arco y su flecha, lazo nupcial entre el espíritu y la mano, y salió fuera bajo las estrellas. Pero a medida que las bestias acudían desde sus hontanares, donde él tenía por costumbre esperarlas, ya no sintió en su sangre el voraz instinto de asediarlas, sino un gran salmo sobre la hermandad del sufrimiento de todo lo vivo. Aquel día no volvió con presas, y cuando lo encontraron a la luna siguiente, yacía muerto en el hontanar.

El texto se llama El último mesías. Fue escrito después de la crisis del '29 (para nada casual) y cuenta una historia un poquito desgarradora. Habla de un alce gigante que habría existido en algún momento de la historia del planeta Tierra. Este alce habría tenido una cornamenta tan enorme, tan pesada y tan ridículamente gigante, que le impedía hacer todo lo que un alce necesita para sobrevivir: caminar entre el bosque sin golpearse con los troncos de los árboles, hundir la cabeza entre la fosca para encontrar los frutos que le dieran alimento, pelearse con otros alces que le disputaran su jerarquía en la manada y, finalmente, reproducirse.
La evolución, con su "sentido práctico", lo dejó atrás, y el alce dejó de existir.
Zapffe dice, en una transpolación interesante, que nuestra conciencia es esa cornamenta. Como especie, habríamos evolucionado demasiado. Nos volvimos tan conscientes del mundo que nos rodeaba que terminamos por darnos cuenta de nuestra propia finitud: terminamos por entender que vamos a morir y que el universo es una explosión fría y sin sentido; entendimos que, en este planeta, hay una cantidad enorme de sufrimiento innecesario, y que, en el marco de esta revelación, es posible que lleguemos a la conclusión de que, tal vez, es mejor no permanecer vivos.
Zapffe escribe:
Cuando [el hombre] se sitúa frente a la muerte inminente, comprende a la vez su naturaleza y el sentido cósmico de lo que está por venir. Su creativa imaginación construye nuevas y temerosas perspectivas más allá de la cortina de la muerte, y comprende que incluso allí no existe santuario alguno. Ahora puede entender la hechura de sus esquemas biológico-cósmicos: él es el desamparado cautivo del universo, que se mantiene en pie para caer en impensables circunstancias. A partir de este momento, se encuentra en un estado de irredento pánico. Esta sensación de pánico cósmico es central en toda mente humana. La raza parece de hecho destinada a perecer en la medida en que toda conservación real y toda continuación de la vida es descartada, tan pronto como los esfuerzos y la energía del individuo se dirigen a resistir, o a atender, la tan catastrófica tensión interna de la vida.
Entonces, si somos tan inteligentes, si nuestra conciencia se desarrolló tanto, ¿por qué no habríamos decidido ya, en un gran cónclave de la humanidad entera, extinguirnos? ¿Por qué seguimos acá? ¿Por qué insistimos en la existencia?
Zapffe dice que, para sobrevivir, hemos desarrollado cuatro estrategias, cuatro mecanismos de “represión” un tanto tristes. Las enumero: aislamiento, anclaje, distracción y sublimación.
Nos volvimos tan conscientes del mundo que nos rodeaba que terminamos por darnos cuenta de nuestra propia finitud: terminamos por entender que vamos a morir (...) y que, en el marco de esta revelación, es posible que lleguemos a la conclusión de que, tal vez, es mejor no permanecer vivos.
El "aislamiento" es la “expulsión”. Es la negación a hablar o trabajar con cualquier pregunta incómoda con la potencia de acercarnos a lo absurdo del mundo. Es el acto consciente de privarse a abordar cualquier tema perturbador que pueda aparecer como un “peso ontológico” para llevar adelante nuestra existencia.
El "anclaje" es la “fijación a puntos internos”, “la construcción de muros en derredor” que nos hagan olvidar esas revelaciones incómodas: es la comodidad y el cobijo que recibimos de la idea de la familia, la idea de Estado, la idea de Dios.
La "distracción" es, si se me permite, el doomscrolling. Es la saturación radical de la atención: es Friends en loop; es ver, por hermosa que sea, la saga entera de El señor de los Anillos una y otra y otra y otra vez.
La "sublimación", por último, es la reconversión de la angustia y la melancolía en una forma del arte, en un texto filosófico, en un emprendimiento científico. Se trata, de alguna manera, de volver monumento tu tristeza.
Para Zapffe, estas cuatro estrategias son diferentes formas de "automutilación". Según su lectura, hemos cortado voluntariamente nuestra cornamenta. Nos hemos cercenado en aquello que nos caracterizaba y nos hacía radicalmente diferentes, nuestra propia humanidad, para poder seguir existiendo. Renegamos de ser verdaderamente humanos para convertirnos en algo que nunca deberíamos haber sido. Y así, nos hemos vuelto nada más que versiones lisiadas de nosotros mismos, que trabajan activamente en no enloquecer.
Zapffe se preguntó: ¿qué pasa con el que no se corta la cornamenta? ¿Con el que “se deja crecer” la conciencia al máximo, asume el absurdo y no se refugia en ninguna de esas cuatro estrategias? Ese es "el último mesías", un hombre que no viene a entregarnos una religión nueva sino que viene a insistirnos en que dejemos de reproducirnos. La lógica es bastante simple: si la vida humana es, por diseño, una fuente de sufrimiento consciente, la única forma de terminar con el sufrimiento no es mejorarla, sino ni siquiera empezarla.

Interpretaciones contemporáneas: Rust Cohle
El parecido entre esta forma particular del nihilismo (porque sí, hay muchas variantes que no podríamos revisar acá) y el proyecto de NERV en Evangelion es enorme. Pero también hay otro personaje entrañable de la industria cultural contemporánea que tiene ecos en Zapffe. Su nombre es Rust Cohle y es uno de los personajes protagonistas de la primera temporada de True Detective, escrita por Nic Pizzolatto.
Toda la filosofía de Rust Cohle se encuentra condensada en una conversación muy particular dentro de un auto. En este diálogo rutero, camino a resolver un conjunto de crímenes horripilantes, Rust dice:
Creo que la conciencia humana es un error trágico de la evolución. Nos volvimos demasiado conscientes de nosotros mismos. La naturaleza creó un aspecto de sí misma, separado de sí misma. Somos criaturas que no deberían existir según la ley natural. Somos cosas que cargan con la ilusión de tener un yo: esta acumulación de experiencias sensoriales y sentimientos, programada con la total certeza de que cada uno de nosotros es alguien, cuando en realidad, nadie es nadie. Yo creo que lo más honorable que puede hacer nuestra especie es negar su programación, dejar de reproducirse, caminar de la mano hacia la extinción. Una última medianoche, hermanos y hermanas renunciando a un trato injusto.
Cohle restituye la tesis: a la Naturaleza, al Cosmos no le interesa en absoluto la existencia de la especie humana. Nada en esta galaxia va a cambiar si, de un momento a otro, los humanos dejamos de existir. A la evolución, por su parte, y para volver a la tesis de Hoffman del comienzo, tampoco le interesa si tal o cual constructo discursivo ideológico (sea político, religioso, axiológico moral o científico) es o no “verdadero”, puesto que lo único que le interesa es que te reproduzcas, que continúes con la maravilla de la vida.
¿Hay algo que pueda hacerse?
Supongamos que no, que no somos nihilistas. Al menos, no nihilistas de este tipo.
Supongamos que no queremos vivir for the lolz: que no queremos volvernos cínicos, que no queremos romper nuestro cuerpo con drogas hasta el punto de no retorno, que no queremos un mundo de "juegos de azar y mujerzuelas", como alguna vez dijo Bender en Futurama, que sí creemos que puede haber día de mañana; supongamos que sí creemos que todo esto es un absurdo, pero a la vez creemos que la vida vale la pena ser vivida, que hay razones genuinas y hermosas para levantarse de la cama y militar y amar y producir arte y resolver incógnitas científicas.
¿Qué hacer, entonces?
En la “Introducción para la Critica de la Filosofía del derecho de Hegel”, Marx lanza probablemente la frase más incomprendida de toda su enorme carrera filosófica. Dice así:
La miseria religiosa es, al mismo tiempo, la expresión de la miseria real y la protesta contra ella. La religión es el sollozo de la criatura oprimida, es el significado real del mundo sin corazón, así como es el espíritu de una época privada de espíritu. Es el opio del pueblo.
Marx no dice que la religión sea una basura. Dice otra cosa, mucho más cercana a la interpretación feuerbachiana de la religión: hemos fabricado una excrecencia, una replicación de nuestros dolores y temores en un concepto metafísico. Este concepto, esta figura (a menudo antropomorfizada, como puede ser el Dios cristiano, Vishnu o Ra) ha funcionado como receptáculo de todo nuestro “temor de especie”. Y, al endilgar todo aquello que nos lastima en un concepto metafísico, en una figura inteligible y fantasmática, rehuimos a hacernos “verdaderamente humanos” o, siguiendo la línea, “verdaderamente alces”.
No se trata de una lectura "a la Zapffe", que alega por una destrucción silenciosa, sino de otra, más alegre, de la recomposición del sentido verdadero de "ser un humano en el mundo".
Para asegurar mi subsistencia, la de mis amigos amados, pero también la de mi especie total, se vuelve necesario, obligatorio, y con cierto nivel de urgencia, revisitar las viejas estructuras ideológicas y axiológicas que le daban sentido a viejas culturas humanas, fabricar nuevas formas de ritos, mitos y prácticas aggiornados.
Bajo esta consigna es posible “hackear” la evolución. Al menos trampearla por un rato.
El plan de hackeo empieza por reconocer, por lo menos para los agnósticos como yo, que sí, que tal vez todo esto que nos rodea es más o menos absurdo; que nuestro lugar y relevancia en el cosmos es de una ridiculez infinitesimal. Sigue por reconocer que, tal vez, los discursos que hasta ahora “organizaron” nuestros dolores como especie, y que le pusieron cierto coto y nos permitieron seguir adelante (el "anclaje" y la "distracción" en Zapffe), han perdido fuerza aglutinante (no todas, claro, y tampoco en su totalidad).
Finaliza con entender que, para asegurar mi subsistencia, la de mis amigos amados, pero también la de mi especie total, se vuelve necesario, obligatorio, y con cierto nivel de urgencia, revisitar las viejas estructuras ideológicas y axiológicas que le daban sentido a viejas culturas humanas, fabricar nuevas formas de ritos, mitos y prácticas aggiornados al mundo contemporáneo y que nos devuelvan cierto "sentido" de nuestra existencia, cierto "sentido" de nuestros deseos y proyecciones.
Un nuevo mito para un nuevo siglo XXI.
Un nuevo conjunto de discursos aglutinantes para todos los Alces de la Tierra.
¿Cuál? ¿Cuáles? Dunno. No sabría por dónde empezar. En todo caso, se trata de una convocatoria. Un cónclave para que resolvamos por qué, en nombre de qué y bajo qué condiciones deberíamos permanecer vivos y con cierto nivel de alegría.
Una última marcha de los Alces contra el llamado a la inexistencia de la torre de Isengard, con el único fin de salvarnos a todos.
Como alguna vez dijo el poeta cordobés Vicente Luy: "Usá tu odio para el bien común. Poné tu odio al servicio del bien común".
Entonces, niño alce, niña alce, en este hermoso, bello día: no cortes tu corona.
Inyectale claridad a las cosas.
Fabricá la nueva luz.
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