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Un gólem peronista: el gran acto fallido nacional

Entre 1946 y 1951 se concibió la idea de erigir un gran monumento en Argentina, que sería el más alto del mundo: el Monumento al Descamisado. En 1954 comenzaron las obras que se verían truncadas por el golpe cívico-militar del 55’. Movimientos de un Monumento (2023) es la reconstrucción de esa historia. El libro parte de una investigación a cargo de Rodrigo Claramonte desarrollada entre 2016 y 2022, con más de 12.000 documentos relevados: testimonios, bocetos, planos y fotografías. El resultado es un colosal atlas de esta epopeya inacabada. Facilita acceso al material de archivo, hasta ahora disperso, pero también busca reflexionar sobre una epopeya que estuvo a punto de legarnos un monumento de 137 metros de altura.

El libro también incluyó textos de Daniel Santoro, Natalí Incaminato y quien escribe. Lo que sigue es una reseña pero también una actualización política, doctrinaria y clínica, en la línea de un justicialismo freudiano: la poética del intento fallido, la angustia y el deseo, la palabra y los síntomas del pueblo argentino, el símbolo que es realidad efectiva, el sueño inconcluso de la movilidad social ascendente.

Monumento del descamisado
Escala del Monumento al Descamisado en relación con la Estatua de la Libertad (Nueva York) y el Cristo del Corcovado (Río de Janeiro).

Revolución fallida

¿Es el Monumento al Descamisado tan importante por haberse truncado? Como tesis provisoria resulta tentadora aunque parcial. Pero permite una lectura lateral: que no hay nada grande, memorable o perdurable que no incluya lo fallido. Entramos en un terreno paradojal, tal como lo promueven el psicoanálisis y el peronismo: la conjunción de lo perdurable y lo efímero de actos que se realizan justamente en su imposibilidad. Ejemplo: “Perón vuelve” fue es la consigna de un porvenir de triunfo pero asentado en un retorno siempre fallido.

Entre 1946 y 1951 se concibió la idea de erigir un gran monumento en Argentina, que sería el más alto del mundo: el Monumento al Descamisado. En 1954 comenzaron las obras que se verían truncadas por el golpe cívico-militar del 55’.

Solemos referirnos al peronismo como una revolución inconclusa, como fuerza viva que actúa en tiempo presente, incluso en los peores momentos de represión o proscripción. Cabría entonces una pregunta: ¿es inconclusa por lo que faltó, por lo que hubo y se perdió/destruyó, o más bien por un hecho fundamental, a saber, que la factibilidad de ese imposible (la felicidad del pueblo y la grandeza de la Nación) radica en la asunción/utilización de lo inconcluso? Si nos inclinamos por esta última opción, ese monumento fallido es mucho más que metáfora nostálgica: es la verdad misma en juego desde aquel 17 de octubre de 1945.

Peronismo: el acto fallido del país burgués

El monumento cobra así valor de ficción real: el primer término supera al segundo, mejor dicho, lo aumenta y lo lleva a realidad efectiva. Ejemplo de ficción real es la Patria justa, libre y soberana. Esta cualidad de lo ficcional-justicialista hace existir al monumento aun sin que haya sido construido, y esto se debe a que nunca se pensó como memorial ni como panteón mortífero. Al decir de Agamben y Debord, una historia que se resiste a que su patrimonio sea museificado.

Diremos que el monumento, el Descamisado, es nuestro gólem. ¿Por qué no pensar que fue [proyecto de] monumento pero dejó de serlo, cobró vida (in)material para cumplir fallidamente su destino de campeón y abanderado de los humildes? Si acordamos en que lo reprimido está compelido a retornar y que, como dijo alguna vez Borges, “los únicos paraísos no vedados al hombre son los paraísos perdidos”, esta tesis resulta llamativamente esclarecedora.

Talmud y modernidad

En la tradición monoteísta (Salmos 139:16 y en la literatura talmúdica) el gólem se define como materia sin forma ni conclusión: hablamos de la complejidad, la potencia y el peligro de un invento revolucionario pero inconcluso. Se trata de la personificación de un ser animado fabricado a partir de materia inanimada, normalmente barro o arcilla, que deviene coloso de piedra. En hebreo moderno el nombre proviene de la palabra guélem (גלם), “materia”, siendo la expresión jómer guélem (חומר גלם) “materia prima”. El relato folclórico más famoso involucra al ilustre Judah Loew, el Maharal de Praga, un rabino del siglo XVI. Se le atribuye haber creado al gólem para defender el gueto de Praga.

Avancemos hacia el siglo pasado. Gustav Meyrink fue, según Borges, “un buen terrorista de la literatura fantástica”. En su novela Un gólem (1915) presenta una historia misteriosa ambientada en el antiguo barrio judío de Praga, donde la figura del gólem cobra vida. Fue uno de los primeros best sellers e incluyó estrategias publicitarias de difusión (dato: alguna vez Borges aseguró haber aprendido alemán leyendo, con la ayuda de un diccionario, la novela de Meyrink). Se la considera también exponente de la primera época del género ocultista, mucho antes de su degradación banal; de ahí que fuera catalogado como un obra de iniciación, al estilo de La flauta mágica de Mozart.

Meyrink era lector de Freud: no casualmente la novela comienza con un sueño. Se inspira en la tradición cabalística judía del gólem, pero la transforma en una ficción psicológica, sirviéndose de tópicos como el doble, lo onírico o lo inconsciente. La historia se centra en Athanasius Pernath, hombre solitario y enigmático, que luego de ser dado por muerto durante tres días experimenta una transformación: comienza a tener extrañas visiones que lo llevan a un mundo paralelo, una Praga surrealista donde el gólem cobra vida. La figura del gólem, que originalmente era símbolo protector del pueblo judío, se convierte en analogía del inconsciente de Pernath y de la potencia psíquica para crear realidad, al mejor estilo del Creador literario y el fantaseo (1908) freudiano. 

Heredero de Dickens en su descripción de la gran ciudad, produce un desplazamiento crucial con la mitología de base: el protagonista no es el gólem o el creador sino el barrio judío de Praga, como metáfora de la frontera entre lo nuevo y lo viejo. Mitología popular, elogio a la identidad común: el gólem ya no es creación del místico o profeta sino encarnación de un alma colectiva. En Meyrink la tradición pervive, se populariza sin diluirse en panfleto masivo. El gólem, ese que es doble y por ende síntoma de un pueblo, trae la redención a través de un sí-mismo colectivo. Porque la tradición, según Chesterton, no es la adoración de las cenizas sino la transmisión del fuego. 

El gólem se define como materia sin forma ni conclusión: hablamos de la complejidad, la potencia y el peligro de un invento revolucionario pero inconcluso.

El agregado de elementos seculares hace que la tradición renueve su vitalidad, al tiempo de resistir críticamente a un futurismo que estaba cerca: la subjetividad mecanizada, el gólem como creación técnico-individual del inventor-emprendedor. El Frankenstein tecnocapitalista que traiciona y asesina al creador no por maldad o venganza sino por mera pulsión racional. En cambio, podemos apreciar en Meyrink una resistencia lúcida al mesianismo de la técnica a través de la ponderación de un espiritualismo comunitario. Una democratización del misterio distante al mismo tiempo del oscurantismo religioso y también de la tecnociencia, que convirtió su obra en patrimonio del imaginario popular.

Menciono dos versiones contemporáneas, pop y secularizadas del mito:

  1. El Sargento Donny Donowitz (Eli Roth), el “El oso judío” de Bastardos sin gloria (2009), que por su violencia extrema infringe tanto terror en la tropa y altos mandos nazis que instala la superstición de un nuevo retorno del gólem hebreo.
  2. En Tierra de nadie (2023), historieta de Roberto Barreiro y Edu Molina que mixtura el género bélico con el terror (el horror dentro del horror), encontramos el relato “Una aldea judía”, donde los rabinos de un pueblito erigen muñecos de barro y nieve con la inscripción emet ( אמת, verdad), los cuales cobran vida y diezman a los invasores alemanes.

Volviendo a Meyrink, su gólem ilustra una doble metáfora. Por un lado, representa el lado oscuro del Creador y es alegoría de la conciencia colectiva de un barrio, sea el gueto de Praga o La Matanza. A su vez, el conflicto metafórico está en la superación de lo material, desde lo material, hacia lo espiritual. Como en el peronismo o en un psicoanálisis: un materialismo espiritual, una espiritualidad encarnada. Mística de lo concreto, contramasonería en los símbolos, mitología popular ante el sectarismo gorila.

El otro, el gólem

En El otro, el mismo (1964) se incluye un poema de 1958 titulado El gólem. En sus palabras preliminares, Borges observa que "el gólem es al rabino que lo creó, lo que el hombre es a Dios; y es también, lo que el poema es al poeta”, en alusión a la cita del Crátilo de Platón ("el nombre es arquetipo de la cosa").

Lo inverosímil real: Borges posando con una panera en la cabeza, conjeturamos, disfrazado de gólem.

De estas referencias, algunas lecturas:

  1. Se trata de una relación de creación donde lo otro se referencia en lo mismo. La repetición no retorna sobre sí, exige/engendra novedad. 
  2. Es un forzamiento, un acto contranatura de proporciones bíblicas pero también anímico-terrenales. Esa prolongación del alma/psique del creador, su fantasma inconsciente, es operada para que pierda algo de sentido y pueda así constituirse en obra real y necesariamente fallida.
  3. Estar hablando de un gólem peronista y desembocar en Borges, genio antiperonista, no es contradictorio sino un modo de proceder lindante con la alquimia: para crear un imposible es necesario fundir y apropiarse, en clave poética, lo otrora inconmensurable.

Cuenta la leyenda que un día Borges fue ayudado a cruzar la calle por un joven, que mientras lo llevaba del brazo le advirtió:

—Mire que soy peronista, eh…
—Yo también soy ciego.

Gran chiste que no hace más que demostrar su relación con lo inconsciente, el peronismo y la Nación. Porque hacer reír a pesar de ser gorila es un mérito. Asimismo, una reivindicación de la ceguera como signo de lucidez y amistad política, muy lejano al actual “no la ven”.

La discusión no es por la visible sino por la capacidad de mirar: “mirar no es ver” es una de las tantas formas de adentrarnos en el campo de la pulsión escópica (Lacan dixit), rudimento indispensable para pensar las técnicas de captura por vía de la imagen. Es la identificación (forma mínima de ese espejismo que es scrollear) y no la identidad (que, bien entendida, incluye siempre una potencia colectiva) lo que nos condena a mirarnos el ombligo. Ni hablar de la identificación proyectiva (Melanie Klein dixit), mecanismo de defensa en el que aspectos del yo (preciosos o execrables) son escindidos y atribuidos (proyectados) a otro o a un objeto externo para dañarlo, soportarlo o poseerlo. Encontraríamos aquí una explicación posible de la mierdificación.

Estar hablando de un gólem peronista y desembocar en Borges, genio antiperonista, no es contradictorio sino un modo de proceder lindante con la alquimia: para crear un imposible es necesario fundir y apropiarse, en clave poética, lo otrora inconmensurable.

Fabián Casas plantea que la verdadera y más profunda diferencia entre Borges y Perón no fue estrictamente ideológica, sino puramente literaria (y a los fines de este escrito, también arquitectónica): el minimalismo poético-racional contra el maximalismo terreno-espiritual. Lejos del vicio dialéctico de querer forzar síntesis, una posible confluencia sintomática sería postular que no hay nada más parecido a un verso minimalista que un monumento gigantesco.

Sueño peronista

Artificio peronista: un ejercicio del poder evocador de la palabra con potencia de realidad. Que a la necesidad se le haga nacer un derecho habla de este poderoso acto nominalista. Así también procede un psicoanálisis: el milagro de tocar la cosa con una palabra.

En lengua freudiana trauma y sueño se dicen igual; mejor dicho, sueño es trauma (Traum), y de ahí el título del libro que inaugura el siglo, La Interpretación de los sueños (Traumdeutung) de 1900. Operar este nudo es el rasgo fundamental del procedimiento freudiano: es su política.

“Has de cambiar tu vida”: ¿superación o trampa narcisista? La mirada de Sloterdijk
Una noble tradición Hay una serie más o menos breve de preguntas que se hacen todas las personas cuando se levantan. ¿Por qué no soy más feliz?

Para algunos, el peronismo causa sueños; para otros, traumas. En cualquier caso, se demuestra que todo trauma es tan real como onírico, y que todo sueño concluye pariendo un trauma: el despertar, que es también un gran acto fallido. No resulta exagerado afirmar que el gólem descamisado está estructurado como un sueño [peronista] y que, como tal, debamos prestarle atención a su despertar: momento en que se fusiona la (in)conclusión y el porvenir, la angustia y el deseo, la tragedia y el placer, el goce y la comunión.

Hablando de peronismo, volvemos una vez más e inevitablemente a Borges: ese sueño que sueña, el gólem soñado por el conductor, la jefa espiritual y su pueblo, hace del Descamisado gigante una ruina circular, cuyo primer ladrillo o prehistoria implica una vivencia primaria de satisfacción: esa primera vez que, de tan mítica, se torna demasiado real, al punto de dejar una huella indeleble llamada deseo. Una vivencia que nunca existió, mejor dicho, una experiencia sin sujeto: ruina sin materialidad. Saber-hacer con este hecho, y el arrojo de celebrar monumentos que no existieron, es un rasgo menos romántico que lógico del justicialismo. 

Lo siniestro, la angustia y el gorila

Creer que los sueños son individuales y se desvanecen al despertar podría ser una definición de la neurosis [gorila], o de lo que llamamos rechazo de lo inconsciente [popular].

Decíamos que soñar causa deseo, pero también trauma. Un monumento que cobra vida inmaterial resulta para muchos, aunque se sepa inofensivo, francamente siniestro en su acepción freudiana: ello familiar que se demuestra extraño (unheimliche); lo intrusivo habitando la propia casa. Cortázar retrató ese sentimiento gorila en su célebre Casa tomada. Ese huésped amable pero que rehúye ser domesticado, tal como la empleada de casa particular que se revela afirmándose trabajadora con derechos, logrando algo para muchos inaudito: laburar con dignidad.

El gólem de la tradición judía es arquetipo de esta transmutación de construcciones artificiales a seres cognoscitivos capaces de rebelarse. Y, en ese sentido, también poético, ¿qué es el subsuelo de la patria sublevado, aludido por Raúl Scalabrini Ortiz para definir al 17 de octubre, sino metáfora del barro que se hace cuerpo?

Qué está vivo, qué es consciente de sí, qué es original y qué artificial, y todas sus combinaciones posibles, circunscriben una zona de ambigüedades, matices y, al decir de Mark Fisher,  de cosas raras y espeluznantes. Lo siniestro freudiano apunta a delimitar que la causa de la angustia radica ahí, siendo la neurosis una incapacidad para tolerar la ambigüedad.

Horacio González decía que un gorila es alguien que por prejuicio se niega a pensar. Diremos aquí que “gorila”, antes que ideología o estética, es un modo de respuesta ante la angustia: una lectura no del todo electiva pero tampoco forzada que arroja la certeza de que lo insoportablemente vivo es una amenaza que debe ser sepultada y eventualmente profanada. 

El fantasma neurótico por antonomasia, “el otro goza a costa mía”, o en palabras de Daniel Santoro, “el morocho que disfruta al palo en la carpa de al lado en Mar del Plata”, contempla el instante de máxima impotencia frente al complejo del semejante: ese que se creía (y necesitaba que fuera) subalterno aparece en la propia casa y exige los mismos derechos y privilegios de la clase media. La reacción: un empuje profanatorio. Una muerte sin sepultura, una proscripción vejatoria. Formas mortíferas que rechazan la vida en tanto clausuran aquello que los griegos llamaban “segunda muerte”.

Estatuas sin cabeza rescatadas que se exhiben en la Quinta "17 de Octubre" en San Vicente, Provincia de Buenos Aires.

Imaginemos el potencial angustioso del monumento: el Descamisado gigante que en su majestuosidad les recordaría a todos que no existe más que una clase de hombres, los que trabajan. Había que matarlo antes que naciera. No obstante, ¿cuál es la función primordial de un monumento sino la de reunir comunidad ante el real de la muerte? Victoria fallida ante la finitud: inventar cosas que no pueden ser matadas.

El discurso del gólem

En la mitología, el gólem tiene, como le ocurre al neurótico con el síntoma, su palabra amordazada, siendo esto causa de la ulterior traición al Amo/Creador. La palabra divina, enigma a develar, lo crea: el nombre de Dios, que en hebreo antiguo linda con “verdad”. Se le otorga una verdad que desconoce, por ello no puede hablar sino rudimentariamente.

Traicionar al Creador, gran Otro de la palabra, es justamente la tarea de quien se psicoanaliza. Encontramos así otra analogía entre el discurso del gólem y lo que Lacan denominó histerización del discurso: subvertir el discurso del Amo mediante la introducción de un cuerpo que, de tan fallado, habla y produce síntomas que lo enlazan con otros cuerpos. 

En el Seminario XVII (1969) Lacan formaliza los llamados cuatro discursos (Amo, Histeria, Universitario y Analista). Aquí podemos ver el pasaje del Amo a la Histeria, donde el sujeto ($) pasa al lugar del agente que interpela al significante del Amo (S1), poniéndolo en su lugar y produciendo un saber inconsciente (S2).

Se trata de una desobediencia a la tradición, a los legados simbólicos, al padre o a la patronal, a quienes no se desconoce pero se los opera, transmuta, apropia. Combatir al capital sería utilizarlo contranatura, con fines asociativos antes que lucrativos. El discurso del gólem es también una apuesta por la palabra empeñada, por eso del decir que no tiene vuelta atrás. Un lapsus puede definirse como una relación de lealtad con la palabra, propia pero a la vez ajena. Recordemos que nuestro coloso es monumento a la lealtad, no a la obsecuencia. 

El decreto-ley 4161 del 56’, que prohibía pronunciar la palabra “Perón”, “Evita”, cantar la marcha peronista y demás, fue una demostración patética de impotencia y un ejercicio retórico-político pre-freudiano: negativizar aquellos significantes no hizo más que liberarlos y fomentar la creatividad popular, que en un ejercicio lindante a la magia del caos de Alan Moore convertiría el “Cristo vence” (pintado en los aviones de la marina que bombardearon la plaza) en el isotipo político más presente de toda la historia argentina: “Perón vuelve”. Lo que se reprime retorna.

“Llevo en mis oídos la más maravillosa música que para mí es la palabra del Pueblo Argentino” puede haber sido la operación poética final de Perón, a saber, transmitirnos que el enigma, la verdad divina, no está sino en la palabra popular.

“El mito del hombre que crea algo que cobra vida y toma el control de su creador”, plantea Lacan, “es la más profunda expresión de la necesidad de una existencia que se autoengendra (…) Es el mito del gólem, y es también el mito del falo, que se erige solo, sin ayuda de ningún otro principio que no sea él mismo”. El monumento es a un descamisado cualquiera, como lo propio del significante: uno cualquiera con la potencia de representar a un sujeto-pueblo para otro significante. Se puede asesinar a un descamisado, desaparecer a 30.000, pero el límite semántico se impone: lo Uno es no-todo. En el mismo sentido, haber impedido el monumento a un descamisado resultó tarea ingenua y paradojal, ya que siempre está latente la posibilidad de que emerjan millones, sean de piedra, mármol, barro o carbón. 

El significante vacío es, según Ernesto Laclau, el más potente, porque es capaz de articular demandas diversas e incluso contradictorias. No es lo abstracto de la Libertad hecha estatua. Se trata de un descamisado, uno cualquiera y que existe: imposible de ignorar.

Conquista de lo inútil

“El monumento más grande que podemos erigir a Perón es la realización de su obra” decía Evita, quien no sólo separaba obra de autor, sino que advertía la conveniencia de que la primera superara al segundo. Posiblemente intuyó que se iban a cargar gran parte de los íconos materiales (destruir cuadros, romper bustos y monumentos, quemar libros, profanar cadáveres) pero que no podrían destruir aquellos símbolos conjurables en y por las multitudes.

La oligarquía lo supo: si se hubiera concretado el monumento entonces no hubiera existido límite para la revolución justicialista y su potencia contraficcional. Así lo demuestra El Coloso Justicialista (2021) de Juan Ruocco, relato de ciencia ficción en donde nuestro Descamisado no fue proyecto de monumento sino un Mazinger de treinta metros fabricado con acero quinquenal, que al tiempo de frustrar la Revolución Fusiladora garantizó el sueño de una Argentina súper industrializada, con plena justicia social y potencia intergaláctica. Nuestro monumento es peronista por su carácter barroco: funde ciencia y ficción, técnica y poesía. 

Recuperar la vigencia del gólem peronista es nuestra única esperanza frente al automatismo de la Big data y su inevitable caos racional, posthumanista. Es otra de las encarnaciones del Megafón. Lo sólido que no se desvanece: terror de marxistas y anarcocapitalistas.

Haber impedido el monumento a un descamisado resultó tarea ingenua y paradojal, ya que siempre está latente la posibilidad de que emerjan millones, sean de piedra, mármol, barro o carbón. 

Mientras escribo tengo puesta una remera de una marca hípster que tiene estampada la silueta del monumento. Es usual la crítica al fetiche, y esta remera podría ser una expresión más de frivolidad aesthetic. No obstante, el fetiche implica una operatoria muy lograda, una picardía metonímica, y lo que era frívolo puede advenir objeto de culto, kitsch y bizarro pero majestuosamente enigmático, contraseña causa de curiosidad deseante: formas inesperadas del retorno de nuestro descamisado gigantesco.

El monumento es lo que no sirve, un gasto ocioso en todo sentido. Un psicoanálisis hace a una reafirmación o, al decir de Werner Herzog, a una conquista de lo inútil, de eso que no sirve pero que, justamente, engrandece. El síntoma es lo inútil, y se trata de su utilización político-estética. En este caso, el inútil fallido como lo verdaderamente logrado, que vuelve y retorna como tradición novedosa. Momento cúlmine e inaugural de la subjetivación justicialista: lo majestuoso que no sirve pero que igualmente produce felicidad y, por ende, trabajo e incluso desarrollo. Paradoja, mística peronista: descubrir y decretar que la felicidad produce trabajo y no al revés.

Duelo o melancolía 

La Floralis genérica fue puesta en el lugar del Monumento al Descamisado. Es justamente lo genérico-gorila, un rechazo a lo majestuoso que requiere del mal gusto para generar una inutilidad turística. Fantasma que supone que lo excesivo del peronismo es peligroso, siendo que en verdad es el único exceso que produce derrame distributivo.

Pusieron una flor cual si hubieran decretado que allí hay una tumba. Nuevamente, la fantasía de profanación concretada y encima estetizada. Pero, según Lévi-Strauss, no son los monumentos los que escriben la historia, sino la historia la que erige monumentos.

¿Qué fue la esperanza del retorno de Perón, su vuelta como resultado de la lucha y la lealtad, sino la invocación de un pueblo a su gólem? Hay quienes con el diario del lunes dicen que dicho retorno no sirvió, que devino tragedia, que fue inútil o fallido. El mito del gólem nos enseña que todo eso es cierto pero a medias: de lo trunco puede advenir verdad, triunfo y legado.

En tiempos de secularidad superyoica y lumpenización de las herencias simbólicas (“hay que soltar”, “que venga lo nuevo”), celebrar gestas históricas resulta reparador, sobre todo cuando se aprecia que en su carácter fallido está la clave para su concreción actualizada. Exhumar esos restos, lejos de una posición melancólica (rechazo de los orígenes y la historia), resulta vital: arduo trabajo de duelo para apropiarnos de lo perdido y reconstruir lo que podemos ser.

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