Hay una conexión entre la inyección de adrenalina que entra de lleno al torrente sanguíneo cuando las ruedas raspan contra el concreto y la distorsión rota de la guitarra de Brett Gurewitz, el golpe seco de bombo y redoblante de Pete Finestone y la voz imperial de Greg Graffin. Si bien podríamos estar hablando de muchas canciones de ese bastión del hardcore punk de California llamado Bad Religion, en este caso se trata de “You”, uno de sus himnos. Editado originalmente en No Control (1989), este auténtico cachetazo punk tuvo una segunda y muy próspera vida una década más tarde de su lanzamiento, gracias a su inclusión en la banda sonora del videojuego Tony Hawk’s Pro Skater 2 (2000), el segundo volumen de una franquicia que se extendió a lo largo de los años, marcando un antes y un después en la industria del gaming, del skate y, claro, de la música relacionada con esta disciplina sobre ruedas.
La cuestión es casi siempre generacional. Están aquellos que vivieron la era del VHS, las revistas y los fanzines. Y están los que, como quien escribe, entraron a este universo a través del joystick. Que quede claro: cuando decimos universo, nos referimos al vasto territorio sin fronteras en el que se da esta conexión que comentábamos anteriormente. Cualquiera que sea la edad, casi siempre vienen de la mano: música y skate. Sonido y patineta. Video parte y banda sonora. O, como en este caso, videojuego y canción.
Hay una conexión entre la inyección de adrenalina que entra de lleno al torrente sanguíneo cuando las ruedas raspan contra el concreto y la distorsión rota de la guitarra de Brett Gurewitz, el golpe seco de bombo y redoblante de Pete Finestone y la voz imperial de Greg Graffin.
En aquel entonces todavía no había visto el isotipo con la cruz tachada, ni estaba al tanto de que el cantante de la banda es, además, un reconocido profesor de ciencias naturales especializado en evolución. Por consiguiente, tampoco sabía que sus canciones ya habían formado parte de la banda sonora de videos fundamentales de skate como Questionable, de Plan B (1992), donde se puede ver a un jovencísimo Danny Way (el mismo que años más tarde saltaría de ollie… ¡la Gran Muralla China!) encarando escaleras y barandas en pleno galope de batería de “Heaven is Falling”, logrando una fusión de imagen y sonido tan sorprendente como natural. Tanto que pareciera que el hardcore punk fue hecho para andar en skate. O que el skate fue hecho para ponerle imágenes espectaculares a esa música rápida y ruidosa que, insisto, por aquel entonces no entendía demasiado, pero que me llamaba poderosamente la atención.
Aunque estaba la opción de jugar sin música, lo mejor de Tony Hawk’s Pro Skater 2 era la playlist que sonaba de fondo mientras manejabas a tu personaje (podías ser el propio Tony Hawk, Steve Caballero, Rodney Mullen o el cancherísimo Chad Muska, entre otros) por un hangar de aviones lleno de rampas y barandas. Además, la consigna era muy divertida: en un lapso de dos minutos había que recorrer el lugar patinando y cumplir una serie de misiones para descubrir rincones escondidos sin bajarte nunca de la tabla, sumando así la mayor cantidad de puntos posibles a través de la combinación de todos los trucos que te imagines, haciendo patinable cada una de las superficies del nivel. Todo eso mientras Bad Religion, Millencolin, Papa Roach, Lagwagon, Rage Against the Machine, Public Enemy con Anthrax (un gran experimento, hay que decirlo), Naughty By Nature y Fu Manchu, entre otros nombres que, por supuesto, también desconocía, le ponían su propio ritmo al juego.

Con el tiempo, la banda sonora de esta edición en particular se convirtió en un ícono para toda una generación. Con sus sólidos gráficos de PlayStation 1 y su fino paladar musical, Tony Hawk’s Pro Skater 2 fue responsable de sembrar una semilla que derivó en todo tipo de brotes y ramificaciones, desde la reivindicación de grupos y obras olvidadas, la consolidación de pujantes carreras musicales, hasta la mismísima creación de nuevos músicos y skaters (y skaters músicos, tópico que abordaremos más adelante). Como le contó Tony Hawk a Keanu Reeves (!) en el podcast Hawk vs Wolf: “La música era una parte fundamental del skate, especialmente en los años de formación, los setenta y ochenta. Cuando tuve la oportunidad de hacer un juego, quería representar la cultura, y sobre todo quería incluir todos los aspectos de ella, incluyendo la música. Así que simplemente fui proponiendo bandas que escuchaba mientras crecía”.
Aunque existe cierto debate al respecto, cuando se habla del surgimiento del skateboarding, generalmente se lo ubica en California, y se menciona a quien sería su hermano mayor, el surf. Una transición muy romántica, pero no por eso menos real, que va de las olas del mar a los bordes de las piletas vacías, los planos de los desagües secos y las calles. Lo curioso es que esa misma transición, de alguna manera, también se vio reflejada en la música. Si bien no fue su mayor hit, “Sidewalk Surfin’” (“Surfear en la vereda”, 1964), del ignoto dúo californiano Jan and Dean, probablemente haya sido la primera conexión explícita entre el skate y la música. Y no es más que una adaptación literal de “Catch a Wave”, de los Beach Boys, pero con una letra dedicada al “deporte más nuevo”, que dice cosas como “se está popularizando en todas las ciudades y pueblos” y “podés hacer los trucos que hacen los surfistas”, con las típicas armonizaciones vocales del género.
Sin embargo, con el paso del tiempo, la conexión entre el skate y la música demostró ser tan estrecha que, mientras la disciplina fue ganando su propia autonomía, también fue encontrando su propio sonido. De nuevo: la adrenalina, la velocidad y también las agallas que se requieren para surfear las olas de cemento fueron forjando una estética punk (no siempre necesariamente sonora) que se volcó de manera inevitable en una infinidad de referencias, guiños y links que, con el correr de las décadas, se transformaron en puentes sólidos entre dos mundos que siguen en constante retroalimentación.
Si hubiese que rastrear el origen de esta unión carnal, podríamos empezar por The Faction, la banda hardcore punk de la leyenda de la Bones Brigade Steve Caballero, inventor de trucos seminales como el Caballerial, un ollie 360° de espaldas que hizo por primera vez en una rampa vertical a los… ¡16 años! Steve, junto a amigos skaters como Gavin O'Brien y Craig Bosch, inauguraron, sin proponérselo demasiado, el título de skater músico. Y también el género skate punk. Formados en 1982 en San José, California, tenían como lema: “Música de skaters para skaters”. Si bien no salieron demasiado del circuito de parques y campeonatos, su canción “Skate and Destroy” sigue siendo una referencia ineludible. Pero no fueron los únicos.
El primer show de The Faction fue en el San José City College, el 3 de diciembre de 1982, como teloneros de Social Distortion (su líder, Mike Ness, no llegó a ser profesional, pero anduvo en skate hasta pasados los 40 años) y Los Olvidados, una típica banda de culto que se separó antes de grabar su primer disco, pero que imprimió su huella en la primera escena del skate estadounidense por su sonido que combinaba velocidad, crudeza y una estética callejera que dialogaba directamente con la cultura skater de la época. Algo similar a lo que ya había hecho unos años antes la banda Agent Orange, de Orange County, combinando elementos del punk con su hermano mayor, el surf (su disco Living in the Darkness, editado en 1981, es el mejor ejemplo).
Podríamos seguir marcando puntos en el mapa geográfico de los Estados Unidos con Agression, una banda de hardcore punk formada a comienzos de los ochenta en Oxnard, California, que formó parte de la escena conocida como “Nardcore” junto a grupos como Dr. Know o Ill Repute. Bien cerca, en San Francisco, un proyecto efímero que integró la primera ola del punk californiano más crudo y politizado fue Code of Honor, que compartió escena e ideales con Black Flag y Dead Kennedys. La portada de su primer single, What Are We Gonna Do?, es la foto de un skater local a punto de entrar a una rampa gigante de invert. No tan lejos de allí, en Phoenix, Arizona, estaba JFA (Jodie Foster’s Army), otra banda de hardcore punk que en la tapa de su EP debut, Blatant Localism (1981), retrató una típica escena de sesión de skate vertical.

Si empezamos a viajar hacia la otra costa, en el camino pasaremos por Washington D.C., donde un verdadero apasionado de la patineta como Ian MacKaye (The Teen Idles, Minor Threat, Fugazi) aplicaría la ética DIY de esta cultura de manera radical a su modo de vida. Una definición suya sobre el skateboarding que circula constantemente en redes sociales sirve como manifiesto: “El skate no es un pasatiempo. Y tampoco es un deporte. El skate es una forma de aprender a redefinir el mundo que te rodea. Es una forma de salir de casa, conectar con otras personas y ver el mundo con otros ojos”.
De las olas californianas a los desagües secos. De los fanzines a los joysticks. Del punk al jazz y después al rap. La conexión entre el skate y la música radica en un mismo ADN: la velocidad, la calle, el riesgo.
Más hacia el este, en Filadelfia, Pensilvania, tenemos a otro skater músico, Chuck Treece, el primer afroamericano en salir en la portada de la revista Thrasher, allá por mayo de 1984. En esa misma época, Chuck armó su banda McRad que, a diferencia del sonido más rígido del hardcore punk californiano, incorporó groove, funk y otros matices, sin perder nunca la energía del skate. Su tema “Weakness” se convirtió en un clásico al aparecer el icónico video Public Domain (1988), de Powell-Peralta, que definió el vínculo entre música y skate en la era VHS.
En la nota “Un lenguaje visual para el skate”, publicada en este mismo medio, Juan Ruocco se encarga no solo de hacer un buen resumen del surgimiento y la consolidación de la disciplina, sino también de enumerar una serie de videos (y videojuegos, claro) que fueron clave para delinear la estética del skate como lo conocemos hoy en día. Menciona a The Bones Brigade Video Show, Future Primitive, The Search for the Animal Chin y, claro, a Public Domain. Todos editados en la década del ochenta, son los que de alguna manera sentaron las bases. En su mayoría, estas piezas reproducidas hasta el hartazgo en videocaseteras de todo el mundo, cuentan con música original compuesta específicamente para la ocasión. Mucho punk, hardcore, algo de blues y también bastante de experimentación. Una demostración temprana de que el skate, más allá de su conexión natural con el tupá-tu-tu-pá, puede maridar con todo tipo de géneros.

En esa misma época salió la película Trashing (1986), del director David Winters, film que marcaría un antes y un después para la disciplina sobre ruedas, cuya banda sonora quedaría guardada para siempre en la memoria de toda una generación. El tema más representativo es, sin dudas, “Blackeyed Blonde” de los Red Hot Chili Peppers (todavía contaban con el guitarrista Hilel Slovak y el baterista Cliff Martínez en la formación). La banda incluso aparece tocando en una de las escenas más importantes, lo que representó uno de los primeros cruces directos entre una banda real y el skate. También suenan los Circle Jerks, Fear, los geniales Devo, Meat Loaf, Scorpions y hasta Bon Jovi.
En la década siguiente, en el fundamental Video Days (1991) que Spike Jonze hizo para la marca Blind, Dinosaur Jr. (su cantante, J. Mascis, es un reconocido aficionado al skate) participa con un cover muy apropiado (porque literalmente lo hicieron propio) de “Just like Heaven”, de The Cure, que musicaliza una salvaje rutina callejera de Rudy Johnson, un verdadero especialista en la materia. Pero también irrumpe el jazz a través del saxo de John Coltrane con “Traneing In”, una canción que acompaña demasiado bien los increíbles giros de 360° de Mark Gonzales, otro héroe de la patineta. Y si nos adelantamos otra década, en Yeah Right! (2003), de la marca Girl, vamos a poder ver a Paul Rodriguez, fuente de inspiración de leyendas actuales, como el medallista olímpico Nyjah Huston (que a su vez es DJ), saltando escaleras de flip y grindeando bordes mientras suenan “Get Down” y “Made You Look” de Nas. Probablemente, la mejor combinación entre hip hop y skate que se haya editado en video hasta ese entonces.
De las olas californianas a los desagües secos. De los fanzines a los joysticks. Del punk al jazz y después al rap. La conexión entre el skate y la música radica en un mismo ADN: la velocidad, la calle, el riesgo, la expresión y la búsqueda permanente de una forma nueva de hacer las cosas. El género cambia, la latitud cambia, la generación cambia. Lo que no cambia es esa sensación de que ciertos sonidos fueron hechos para ser escuchados en movimiento, con el viento de frente y el concreto debajo. El skate encontró su música. Y esa música, para bien de todos, lo encontró a él.
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