Elige tu propia aventura ahora es argentino y de terror
Un librojuego donde acecha un imaginario oscuro y gore. Se presenta este sábado en la Biblioteca Popular Ansible.
Un librojuego donde acecha un imaginario oscuro y gore. Se presenta este sábado en la Biblioteca Popular Ansible.
“No me llames Tami” podría ser una leyenda urbana: el título prohibido de la colección “Elige tu propia aventura”, ese del que tu librero nunca escuchó hablar pero el primo más grande de un amigo jura haber leído en una biblioteca de una localidad de la costa una tarde gris. Un librojuego donde, detrás de un título simpático, acecha un imaginario oscuro y gore, tan creativo como letal. Una historia que empieza sencilla y cercana, en el arranque de un viaje a la costa desde la terminal de Retiro, pero pronto se enturbia y se arremolina como una alcantarilla bajo la tormenta que, sabemos, se inundará hasta tragarlo todo.
Por suerte para nosotros, “No me llames Tami” es muy real, argentina y quizás sea el comienzo de una movida muy interesante.
En “The reader, the text, the poem”, Louise M. Rosenblatt propone que "el paradigma básico del proceso de lectura consiste en la respuesta a indicios: la adopción de una postura eferente o estética, el desarrollo de un marco tentativo o principio rector de organización, el surgimiento de expectativas que influyen en la selección y síntesis de respuestas posteriores y el cumplimiento o refuerzo de esas expectativas, o su frustración, lo que conduce a una revisión del marco y a veces, de ser necesario, a la relectura". Como buena obra de terror, “No me llames Tami” (de María Eugenia Alcatena, Melisa Martí y Florencia Miranda) sabe mucho de la expectativa y juega con ella en más de un sentido, empezando con el más obvio: el homenaje estético a la mítica serie con la que muchos de los millennial (me incluyo) empezamos a leer. La recreación es tan vívida que provoca una respuesta nostálgica inmediata, la calidez del recuerdo de esas aventuras que muchos atesoramos y la invitación a volver a jugar, algo de lo cual (acá me excluyo) muchos adultos se privan.
Una historia que empieza sencilla y cercana, en el arranque de un viaje a la costa desde la terminal de Retiro, pero pronto se enturbia.
Pero en esta máquina del tiempo que estamos por abrir no todo es inocuo. En el collage del arte de tapa, entre aliens, tentáculos lovecraftianos y pósters de gente desaparecida, el rostro gris de una mujer capta nuestra atención. Es Santa Lucía de los Pajonales, patrona de la localidad a la que nuestra protagonista tiene que llegar para liquidar la herencia de un tío olvidado. Las manos de la santa nos ofrecen sus ojos emplatados. El abismo de sus cuencas vacías nos recuerda que ya no somos niños y que a veces lo familiar vuelve trastocado en siniestro. El arte de Joaquín Bourdeu Barassi deja dos cosas en claro: a Tami le pueden pasar muchas cosas. Y casi ninguna es buena.

Su primer conflicto es que el micro que la espera para llevarla a Santa Lucía está hecho poronga. Lo que más me gusta de la ficción argentina es esa tradición deliciosa de encarnar héroes mundanos, mujeres de a pie que tienen problemas como los de uno. Pasa en El Eternauta, pasa en Okupas y es la gracia de Los simuladores. Tami no es una protagonista grandilocuente. Es un poco torpe y no sabe mentir. Tiene algo de coraje, algo de vergüenza y bastante instinto de supervivencia. Pero sobre todo le falta plata, como a casi todos en la vida. La supuesta herencia que la espera en Santa Lucía, más que llamado a la aventura, es un manotazo de ahogado… que quizás la arrastre para el fondo. Así que pensá bien si te vas a subir a ese bondi o si mejor buscar un plan B. “No me llames Tami” no toma la ruta fácil de ya ponernos en el lugar de la acción. Como un buen Dungeon Master, nos abre caminos desde el principio. Y vaya si es fácil perderse en este libro. De hecho, lo que no es nada fácil es llegar a Santa Lucía. Hay por lo menos tres finales que suceden muy lejos de nuestro destino en el Partido de La Costa, todos truculentos. Pero no olvidemos nuestro superpoder: volver para atrás (o al principio) y probar otro camino.

Hay un placer extraño en recorrer estos senderos que se bifurcan y contrastar nuestro creciente saber cuántico de los posibles destinos de Tami con su inocencia fresca y arrojada para tomar un camino en una encrucijada que ya transitamos. Unas ganas de susurrarle “Si supieras de lo que acabas de zafar…” cuando esta vez esquivamos el peligro. O un dejo de crueldad agridulce cuando volvemos a jugar después de un final “feliz” difícil de replicar (hay unos 3 de 28, las chances no están de nuestro lado). “No me llames Tami” maneja muy bien los tropos del terror. Sabe cuándo sorprender con un jumpscare clínico y cuándo subvertir nuestras expectativas. La cantidad de arquetipos de monstruo y peligro involucrados en esta multi-historia es tal que cualquier elemento puede convertirse en escenario de pesadilla, desde un noble parripollo a un traicionero baño de colectivo. Por encima de todo, la narración se balancea muy cómoda entre el humor y el suspenso, a la altura de los Peele y Cregger de esta edad dorada del terror que venimos disfrutando. Dicho en criollo, leer “No me llames Tami” equivale a cagarte de risa para después cagarte en las patas, así en loop hasta morir de una manera tan macabra como ingeniosa.
“No me llames Tami” maneja muy bien los tropos del terror. Sabe cuándo sorprender con un jumpscare clínico y cuándo subvertir nuestras expectativas.
O no. Morir no es necesariamente lo peor que nos puede pasar. Hay cosas mucho más espeluznantes. Y otros desenlaces muy realistas y emocionales. Voy a incluir una frase de uno de los que más me sorprendió y golpeó: “Algo en vos se rompió para siempre. Sólo podés desear que no te dejen salir nunca más”. Este librojuego no es sólo para adultos pero sí es adulto.

Mi personaje favorito es “Poli”, el hermano juzgón de Tami que constantemente revolotea en sus pensamientos en una pelea mental infinita. Mitad mirada castradora, mitad punching bag, “Poli” encarna el lore, un iceberg que vamos explorando en cada relectura. En algunos recorridos apenas se lo menciona. En otros se vuelve totalmente central (incluyendo lo que es el mejor plot twist del libro que, por supuesto, no voy a spoilear).
“No me llames Tami” no es una leyenda urbana pero sí nació en la internet y se hizo desde abajo. Empezó como un blog interactivo (hoy en día inaccesible) con una página de Facebook de compañía. Luego fue autoeditado en 2017 y vivió un chispazo de gloria en varios circuitos del mundillo rolero y comiquero, agotando su humilde tirada inicial. Ahora vuelve a nosotros como un recuerdo que creíamos olvidado, para asustarnos y divertirnos una vez más, de la mano de Primigenia Austral y en lo que da inicio a su colección de librojuegos. ¿Es esto el revival argento de un género que parecía confinado a la última buena década del mundo? Todavía no lo sabemos pero sí podemos adelantar que ya hay un segundo libro-juego en desarrollo, perteneciente al universo de Pampa Primigenia, es decir, un crossover con rol, lo cual hace mucho sentido ya que los libro-juegos se parecen mucho a jugar rol en solitario.

Si quieren saber más y conseguir el libro, “No me llames Tami” se presenta este sábado 29 de agosto en la Biblioteca Popular Ansible, ubicada en Café Artigas, con charla con sus autoras e ilustrador, mesas de rol ambientadas en el mundo del librojuego y otras sorpresillas de la mano de Primigenia Austral. Allí nos veremos o, por qué no, veraneando en Santa Lucía. ¿Qué podría salir mal?