Urbanofilia: La ciudad en disputa
Urbanofilia: La ciudad en disputa
/ Reseña

Urbanofilia: La ciudad en disputa

Miles de veces por día en cualquier ciudad alguien camina de su casa al trabajo, dobla en la esquina de siempre, cruza cuando el semáforo lo permite, y no ve nada. No porque no haya nada para ver, sino porque el cuerpo ya aprendió el recorrido y delegó la atención en otro lado. La ciudad, para ese cuerpo, dejó de ser un problema. Se volvió paisaje y coreografía.

Urbanofilia, el libro de ensayos que Federico Poore, Laura Ziliani, Felipe González y María Migliore publicaron con El Gato y la Caja, apuesta por interrumpir justamente eso. No es un manual de urbanismo ni una guía de buenas prácticas municipales, aunque coquetee con ambos géneros. Es, más bien, un intento de reactivar la mirada, volviendo extraño lo familiar, de hacer que el trayecto de siempre deje de ser un dato adquirido y vuelva a ser una pregunta.

La apuesta editorial tiene mérito (y también un punto ciego que vale la pena discutir). Porque hay una diferencia entre mirar la ciudad con más atención y transformarla; y ahí es donde conviene leer Urbanofilia no como una declaración de amor urbano, sino también como una herramienta a la cual tensionar y preguntarse: ¿alcanza con reeducar la mirada de quien camina, si las decisiones que efectivamente moldean la cuadra, la calle y el barrio se toman en otro lado, con otra lógica y otro poder?

Es un intento de reactivar la mirada, volviendo extraño lo familiar, de hacer que el trayecto de siempre deje de ser un dato adquirido y vuelva a ser una pregunta.

Uno de los primeros síntomas de esta "ceguera" urbana que el libro intenta curar se hace evidente en la distribución del espacio público. Si uno mira la ciudad con la lente desnaturalizadora que propone Urbanofilia, la calle deja de ser un simple lugar de tránsito para revelarse como un escenario de disputa territorial profundamente asimétrica. Se hace inevitable cuestionar el diseño de entornos pensados históricamente con un sujeto implícito en la cabeza: el automovilista. Este razonamiento nos obliga a poner en crisis la hegemonía del motor a combustión privado frente al transporte público. La pregunta que subyace a este tipo de lectura es estructural: ¿quién tiene derecho a la fluidez, a la comodidad del movimiento, y quién está condenado a la espera o a la intemperie? Desarmar el sentido común "car-céntrico" no es solo un capricho ecologista de la época; es, en el fondo, una demanda ineludible por la democratización de la superficie urbana.

A este diagnóstico se le suma la otra gran tensión que define la contemporaneidad metropolitana: el techo. Cuando esa mirada recién entrenada se posa sobre el mercado inmobiliario, lo que asoma ya no es el desarrollo orgánico de los barrios, sino los engranajes de una maquinaria de exclusión. Siguiendo el hilo crítico que habilita el libro, fenómenos como la gentrificación, los alquileres inalcanzables y la especulación con el suelo vacante dejan de leerse como fatalidades insalvables del libre mercado para entenderse como resultados de decisiones políticas. Aquí es donde la propuesta muestra su mayor rendimiento analítico: nos da el pie para tomar la angustia individual de quien no llega a pagar el alquiler a fin de mes y ubicarla en un mapa de desigualdades estructurales. La metrópolis que se dibuja tras este ejercicio nos devuelve a una discusión fundacional: la ciudad disputada exclusivamente como un activo financiero de pocos, frente a la reivindicación de lo que Henri Lefebvre reclamaba hace ya medio siglo como un inalienable "derecho a la ciudad".

Los alquileres inalcanzables y la especulación con el suelo vacante dejan de leerse como fatalidades insalvables del libre mercado para entenderse como resultados de decisiones políticas.

Esta misma tensión (entre la ciudad como experiencia vivida y la ciudad como mercancía) es la que Michel de Certeau describía como la distancia entre las "tácticas" del que camina y las "estrategias" de quien diseña desde arriba. Urbanofilia se planta del lado de las tácticas: apuesta a que agudizar la mirada de a pie ya es, en sí mismo, un acto político menor pero real.

Todo esto, además, está envuelto en el andamiaje estético y retórico propio del proyecto de El Gato y la Caja. La propuesta editorial no es un dato menor; actúa como un puente fundamental que baja la guardia del lector. Al utilizar un registro directo que escapa a la aridez del paper académico sin perder rigurosidad, el texto democratiza debates que muchas veces quedan encapsulados en los pasillos de las universidades o en los institutos cerrados de urbanismo. Logran que conceptos duros aterricen en el lenguaje cotidiano, haciendo que la indignación, la sorpresa o la queja vecinal adquieran bases empíricas sólidas.

El propio libro parece ser consciente de los límites que tiene la simple observación individual. Desde su paratexto, Urbanofilia advierte que su interpelación va más allá del peatón o del pasajero, y busca también hablarle a quienes concentran el poder para intervenir efectivamente en el diseño urbano. El gesto es honesto y necesario, pero abre un interrogante sobre el texto mismo: ¿qué herramientas reales le ofrece este ensayo a quién diseña políticas públicas? ¿Alcanza con la divulgación sensible para enfrentar la voracidad del mercado inmobiliario o la desfinanciación del transporte?

La respuesta que arroja la lectura es ambivalente. Como manual técnico de gestión municipal, Urbanofilia quizás se quede corto en la botonera fina del Estado; no es un texto que ofrezca la ingeniería legal o presupuestaria exacta para frenar la gentrificación o rediseñar la matriz de transporte. Sin embargo, exigirle eso sería un error de lectura, porque su verdadera potencia política pasa por la disputa del sentido común.

¿Qué herramientas reales le ofrece este ensayo a quién diseña políticas públicas? ¿Alcanza con la divulgación sensible para enfrentar la voracidad del mercado inmobiliario o la desfinanciación del transporte?

El Gato y la Caja vuelve a demostrar acá su mayor virtud editorial, que es traducir problemas estructurales densos al lenguaje de la urgencia pública. Al evidenciar que el tránsito colapsado, la crisis habitacional o la falta de espacios verdes no son "accidentes geográficos" sino el resultado de decisiones políticas sostenidas en el tiempo, el libro le marca la cancha a la agenda pública. No le entrega al funcionario o al planificador urbano la solución en bandeja, pero le arrebata la excusa de la ignorancia.

Al final del día, leer Urbanofilia funciona menos como un mapa de soluciones definitivas y más como un lente de aumento incómodo, pero necesario. Cumple la promesa de su planteo inicial: logra que transitar la ciudad deje de ser un acto reflejo, domado por la costumbre. Tal vez no alcance con reeducar la mirada para transformar de cuajo la matriz de poder urbano, pero es el paso previo ineludible. Porque, como deja claro este ensayo, nadie puede empezar a arreglar una ciudad si primero no se da cuenta de que está rota.

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