Consulté a una psicoanalista judía. Durante seis meses fui a su casa una vez a la semana para aclarar algunas cosas. Ella era médico y psicoanalista y siempre se mantuvo en su lugar. Después un día, cuando estaba a punto de morir, me llamó. No para recibir los sacramentos, dado que era hebrea, sino para tener un diálogo espiritual. Era una persona muy buena. Durante seis meses me ayudó mucho, cuando tenía 42 años.
Habemus Papam (2011) es una comedia dramática italiana en la que un cardenal es elegido Papa en contra de sus más íntimos deseos. El Colegio Cardenalicio convoca a un psiquiatra/psicoanalista para ayudarlo a superar lo que aparenta ser un ataque de pánico. La realidad supera la ficción: no sólo tuvimos un Papa argentino sino porque también atravesó por motu proprio un psicoanálisis.
Corrían los primeros días de septiembre de 2017 cuando diversos portales del mundo difundieron la noticia de que Francisco contaba (¿confesaba?) esto. Dato no menor, el tema surgió cuando el entrevistador le preguntó sobre las mujeres que habían marcado su vida. Allí fue cuando aludió a su analista, inmediatamente después de hablar de su madre, sus abuelas y su amiga Esther Ballestrino de Careaga.
Voy a tratar de indagar tanto en la parábola del tratamiento por él atravesado, como en los rastros de pensamiento freudiano que existen en su pensamiento, textos y actos pastorales. Extraer de sus encíclicas y textos canónicos aportes (in)voluntarios.
Sostuvo un psicoanálisis durante seis meses, entre 1978 y 1979. El por entonces Jorge Bergoglio, superior provincial jesuita, vivía en Buenos Aires. Ello me llevó a suponer, o quizás más bien ficcionalizar, que Francisco se analizó en el barrio de Villa Crespo, constituyendo un capítulo de mi libro #PsicoanálisisEnVillaCrespo y otros ensayos (2020).
A partir de aquí, por añadidura, devino lo que en términos freudianos llamamos una construcción. Pero no la construcción de un caso clínico sobre Bergoglio en análisis. La abstinencia de especular me obligó a otra cosa, que es el psicoanálisis de Francisco. Voy a tratar de indagar tanto en la parábola del tratamiento por él atravesado, como en los rastros de pensamiento freudiano que existen en su pensamiento, textos y actos pastorales. Extraer de sus encíclicas y textos canónicos aportes (in)voluntarios. El horizonte es pensar el “efecto Francisco” como encrucijada entre catolicismo y cultura popular argentina, entre política, religiosidad y psicoanálisis.

Un cura y una cura
En 1961, durante el pontificado de Juan XXIII, el Santo Oficio prohibió a los sacerdotes ejercer y/o someterse al psicoanálisis. Pero, en 1992 Juan Pablo II abrió una puerta al entendimiento entre la religión y las disciplinas psi. Se dice que durante un discurso ante un grupo de psicólogos reunidos en Roma reconoció su profunda estima por quienes se ocupan de mantener los equilibrios psicológicos de los demás, pero sostuvo que "ninguna terapia auténtica o tratamiento de disturbios psíquicos puede estar en conflicto con la obligación moral del paciente de perseguir la verdad y creer en la virtud".
Wojtyla promovía una psicología equilibrista, morigerante del conflicto, cuestión quizás heredada de la Guerra Fría que lo vio emerger como primus inter pares. Una inteligente distribución de tareas espirituales con una terapéutica condicionada a dejarle la búsqueda de la virtud y la verdad a la religión. Astuta forma de disociar cura y verdad, naturalizando al menos dos direcciones: una religión idealista y bonachona pero despreocupada por el sufrimiento, y una terapéutica asistencialista, sacrificial, pero profundamente alienada/alienante. Cualquier similitud con el estado actual de cierto psicoanálisis y de ciertas religiones (tales como los evangelismos neoliberales) es pura coincidencia divina.
Siguiendo el dato histórico podemos afirmar que Jorge Bergoglio se sometió a un psicoanálisis durante su prohibición oficial por parte de la Santa Sede. Esto no lo inscribiríamos como una transgresión, ya que no han sido nunca los jesuitas demasiado obedientes del Santo Oficio. Sí resulta relevante que se haya analizado en tiempos del Terrorismo de Estado en nuestro país.
¿Buscaría refugio? ¿Qué le permitía un psicoanálisis que un dispositivo confesional clásico no? ¿Qué habría en dejarse tomar por la palabra (la propia y no la de Dios) que lo interpeló? Quizás, la posibilidad de una escucha de alguien Otro, de esa analista mujer y al mismo tiempo judía, le resultase más hospitalaria.
Padre, hijo, síntoma
En 2018, un niño italiano llamado Emanuele participó de una audiencia en donde niñas y niños le hacían preguntas al Papa. Al tocarle su turno, este niño intentó formularle la pregunta, pero no pudo. Primero parecía vergüenza, pero luego su llanto indicó un impedimento causado por una profunda angustia.
Al pescar esto, Francisco le propuso que se acercara y prescindiera del micrófono. Sin dejar su vergüenza, ni mucho menos su dolor, el niño se acercó hasta caer rendido en su pecho. Allí se abrazaron unos instantes hasta que pudo hablarle al oído.
El niño volvió a su asiento con un aplauso sentido. Luego de pedirle autorización, Francisco contó al público la peculiar pregunta, no sin antes exclamar que “ojalá todos pudiéramos llorar como Emanuele cuando tengamos un dolor como el que tiene el corazón”. El padre del niño había fallecido hacía poco tiempo y era ateo. La pregunta angustiosa del niño era si su padre, que, aunque no fuese creyente los había bautizado a él y a sus tres hermanos, y que sobre todo era un hombre bueno, podría ir al cielo. Sin esquivar la pregunta, pero a través de un interesante rodeo, lo primero que el Papa dijo al auditorio fue “qué bonito que un hijo diga que su padre era bueno”. Luego le respondió directamente al niño:
¿Pensás que Dios sería capaz de dejarlo lejos de Él? ¿Pensás eso? Digámoslo fuerte, con coraje: ¡No! Dios no abandona a sus hijos, y menos cuando son buenos. Ahí tenés la respuesta, Emanuele. Dios seguramente está orgulloso de tu papá, porque es más fácil, siendo creyente, bautizar a los hijos que bautizarlos siendo no creyente. Seguramente esto a Dios le ha gustado mucho. Hablá con tu papá, rezá por él. Gracias, Emanuele, por tu valentía.
La pregunta del niño era espontáneamente teológica, y formulársela al Sumo Pontífice tenía todo el sentido del mundo. Pero me atrevo a afirmar que, además de incluir una concepción llana acerca de la moral y lo trascendente, la respuesta que Francisco profirió fue espontáneamente analítica.
Respuesta accesible para un niño, sí, pero de ningún modo se trató de una devolución infantil. Primero, por la astucia hospitalaria de invitarlo a hablarle al oído, dignificando así la intimidad necesaria para formular verdaderas preguntas. Segundo, porque no le dijo al niño algo que no supiera, sino que le devolvió las palabras sobre su padre de manera invertida. O lo que es lo mismo, hizo que “ateo” no fuera algo determinante, le restó peso a ese detalle; mejor dicho, positivizó su negatividad, revitalizando lo mórbido del estigma.
En 1961, durante el pontificado de Juan XXIII, el Santo Oficio prohibió a los sacerdotes ejercer y/o someterse al psicoanálisis. Pero, en 1992 Juan Pablo II abrió una puerta al entendimiento entre la religión y las disciplinas psi.
Introdujo el particular lazo de lo sintomático, tendiendo un puente entre aquel hijo con inquietud por saber y ese padre que le había dado un nombre bautismal. No se detuvo en una respuesta canónica, políticamente correcta, bonachona o confirmatoria. Rescató la valentía del niño en tanto agente que pregunta por [la bondad de] su papá, y ponderó también la aparente contradicción que ese padre ateo produjo al bautizar a sus hijos.
Mostró un Dios interesado en las contradicciones y peculiaridades propias del obrar bondadoso. Le restó peso al ser y ponderó el acto ético, yendo más allá de la lógica de la deuda y la caridad.
Hizo todo eso en una baldosa, con picardía y sensibilidad tangueras, mostrando su identidad criolla, haciéndonos recordar su afición por Borges, Marechal, Kusch y, no caben dudas, su gestualidad freudiana.
¿“Nunca me analicé”?
Luego de la confesión de haberse psicoanalizado vino una elocuente rectificación, en 2021, donde aclaraba/oscurecía que “no se analizó”. Fue taxativo y a la vez equívoco, y por ello es lícito leer su rectificación no como cierre sino como apertura a un campo de problemas con alcances clínicos, filosóficos y espirituales, mucho más provechoso que el affaire historiográfico-farandulesco de si se analizó o no.
En la segunda declaración o contrafesión decía que la mujer no era psicóloga sino médica y que no se trató de un análisis. No obstante, y al explayarse, hizo más que sólo negar o desplegar un testimonio autoficcional: se refirió directamente a lo psi en la formación de un sacerdote. O, con Lacan, habló sobre el Seminario:
“Yo soy muy abierto y en ese punto (…) estoy convencido de que todo sacerdote debe conocer la psicología humana”.
De lo anterior podría decirse que se trató de una generalidad más o menos políticamente correcta. No obstante, lo que sigue esboza la formulación de un problema que en mucho rebasa el sentido común: “...lo que no veo del todo claro es que un sacerdote haga psiquiatría, debido al problema de la transferencia y la contratransferencia; ahí se confunden los roles, y entonces el sacerdote deja de ser sacerdote para pasar a ser el terapeuta, con un nivel de involucramiento que después hace muy difícil tomar distancia”.
No interesa demostrar o falsear lo dicho, pero no cualquiera está advertido de los riesgos de la transferencia, se debe haber navegado por esos mares. Tampoco interesa el berretín terminológico, ya que no hace falta nombrar psicoanálisis a un tratamiento para que lo sea: sus efectos pueden ocurrir incluso ante su renegación. ¿Dejó Pedro de ser cristiano por haberlo negado tres veces a Jesús? Uno puede optar por omitir el nombre “psicoanálisis” para referirse a un dispositivo circunscripto a la neurosis de transferencia que inventó Freud. Pero si tiene cuatro patas, mueve la cola y ladra…
Dispositivo confesional
Francisco recordó que la confesión sirve “para pasar de la miseria a la misericordia”. ¿No hay acaso un eco familiar, freudiano, con respecto a “transformar miseria neurótica en infortunio cotidiano”? La misericordia como metodología antes que como moral: pasar las miserias de los demás por el corazón propio, permitiendo así un reencuentro y conversión de las propias miserias.
"Recordar" proviene del latín re-cordis: volver a pasar por el corazón.
En Dilexit nos, su última encíclica, postula que el corazón “hace posible cualquier vínculo auténtico, porque una relación que no se construya con el corazón es incapaz de superar la fragmentación del individualismo”. Continúa con su lectura del terraplanismo anímico actual sentenciando que “anti-corazón es una sociedad cada vez más dominada por el narcisismo y la autorreferencia”, diagnóstico social degenerativo hacia la “pérdida del deseo” donde “el otro desaparece del horizonte y nos encerramos en nuestra mismidad”.
Además de reminiscencias a la Doctrina Social y la Teología del Pueblo hay un eco del cuidado de sí de los antiguos, exhumado por Michel Foucault: el dispositivo confesional como antecedente a las vías de conocimiento de sí del siglo pasado (psicoterapias) y como heredero de la tradición helénica (parrhesía). Esta genealogía nos ilustra sobre las actualizaciones y apropiaciones sincréticas.
Allí donde la moral triunfa a costa de la misericordia encontraríamos la génesis de espiritualidades/terapéuticas chatas, sin comunión ni sujeto: pura individualidad.

Realidad psíquica
Uno de los cuatro principios del ya famoso poliedro, presentado en Evangelii Gaudium, persuade que el tiempo es superior al espacio. Además de sus derivas filosóficas y políticas, este principio posee también una potencia y aplicabilidad analíticas, dado que también nuestro oficio procura, asociación libre mediante, desencadenar procesos (recuerdos, decires, ideas, ecos y preguntas) antes que apropiarse de espacios, coagular sentidos o saturar con respuestas.
“Espacio de escucha” es un eufemismo que remite al tiempo necesario para un hacer con el silencio antes que con las palabras. Importa más la resignificación a posteriori que la confirmación curativa in situ. El saber es producido mediante una escucha que flota y se abstiene de fijarse como apoderamiento, causando un horizonte de verdad antes que certezas temporarias.
Asimismo, otro de los principios postula que la realidad es más importante que la idea, esto es, lo real como condición para el discurso. Advertencia o elucidación crítica, planteó Francisco, ante las diversas formas de ocultar la realidad [psíquica]:
-los purismos angélicos;
-los totalitarismos de lo relativo;
-los nominalismos declaracionistas;
-los proyectos más formales que reales;
-los fundamentalismos ahistóricos;
-los eticismos sin bondad;
-los intelectualismos sin sabiduría;
Todas estas son formas clásicas y posmodernas de la neurosis, que funcionan también como advertencia para evitar la degradación del discurso psicoanalítico en moralismo pequeño burgués y/o máquina expendedora de “tips”.
A las neurosis hay que cebarles mate
No fue casual ni poco frecuente la apelación a imágenes, tonalidades y bellas parábolas con inspiración criolla, tales como:
A las neurosis hay que cebarles mate. No sólo eso, hay que acariciarlas también, cuidarlas. (…) La persona debe estar atenta a la neurosis, ya que es algo constitutivo de su ser, (…) son compañeras durante toda su vida.

Quien se analiza ha experimentado que las palabras pueden acariciar y también azotar. Referimos, antes que a un decir erudito, a la transmisión de lo imposible desde la sencillez. Nunca es trivial que un sacerdote testimonie sobre el poder de la escucha: eso de lo humano que nos recuerda mortales en tanto hablantes.
Leyendo literariamente su discurso, olfateamos algo parecido a la experiencia de un psicoanálisis: lo importante suele ser eso de menor importancia, los jirones del decir, lo “secundario”. El tratamiento de la neurosis se concentra en lo pequeño para abrir paso a grandes elecciones. ¿Era Dios o el Diablo el que estaba en los detalles?
Francisco insiste en la importancia y dificultad de asimilar la propia historia, y cómo ello provoca los grandes problemas sociales, políticos y espirituales. A su vez, predica que “cuando los conflictos no se resuelven, sino que se esconden o se entierran en el pasado, hay silencios que pueden significar volverse cómplices de graves errores y pecados” (Fratelli tutti, 224). No es un aforismo que rebose de originalidad, pero al ser enunciado por el máximo representante de la máxima institución religiosa de todos los tiempos, resulta al menos elocuente: el vicario de Cristo refiriéndose al valor cuasi divino de la historia como medio para dignificar el conflicto. Nos habla, con sus palabras, del síntoma analítico.
“Y aquellos que te dicen que ahora empieza todo de nuevo, ¡reíteles en la cara! Son payasos de la historia”.
El uso coloquial de frases como “ello me dejó una huella en el subconsciente”, muy presente en las entrevistas que brindó por los diez años de su pontificado, nos recuerdan su proximidad porteña. Más aún, diremos que su cristianismo humanista incluía el hábito de apelar a esos rudimentos freudianos que conforman nuestro castellano… Y es sabido que el hábito hace al monje.
En una entrevista del Corriere della Sera le preguntaron si le disgustaba algo de su imagen pública. Su respuesta:
Una cierta mitología del Papa Francisco. Sigmund Freud decía, si no me equivoco, que en toda idealización hay una agresión. Pintar al Papa como una suerte de Superman me parece ofensivo. El Papa es un hombre que ríe, llora, duerme tranquilo y tiene amigos como todos. Una persona ordinaria.
Más freudiano imposible: “uno puede defenderse de los ataques, contra el elogio se está indefenso”.
Discernimiento y escucha
Existe consenso en postular que, además del énfasis en la misericordia, son el discernimiento y la sinodalidad dos aportes de su pontificado para la posteridad.
El discernimiento, de tradición jesuita, se define como el arte de saber decidir, y tiene como horizonte acceder a la verdad de Dios. Para ello, razón y fe no serían contrapuestas sino todo lo contrario, ya que se trataría de una forma de “inteligencia espiritual”.
Pero aún cuando el discernimiento conduce a La Verdad, el propio arte y su correlato evangelizador se autolimitan: discernir no supone imponer esa verdad a otros, exceso que sí suele caracterizar a la psicoeducación emocional, los evangelismos sugestivos y las hipnosis post seculares.
La confidencia y el susurro seguirían siendo el medio, promoviendo un conocimiento recíproco que no es necesariamente mímesis. Más que confianza e intimidad, una cercanía extrema que puede requerir del aculturamiento. Una suerte de etnografía transferencial. No se susurra lo anodino sino lo precioso y excepcional, lo que se considera ayudará significativamente al otro: un verdadero avive. La confidencia autoriza acercarse para poder transmitir lo intransmisible.
Si los cambios son procesos, y los procesos son lentos, un cambio que se impone no produce efectos, diría el buen pastor pero también el buen clínico, quien advierte ello por conocer la dificultad inherente al trabajo psíquico, con obstáculos tales como la viscosidad de la libido, la compulsión de repetición y la pulsión de muerte.
El cardenal-poeta José Tolentino de Mendonça, nombrado prefecto por Francisco, describía al discernimiento como un proceder que “exige una distancia, una libertad, una indiferencia; uno debe aceptar que da lo mismo que una cosa sea A o B: lo esencial es que se haga la voluntad de Dios. Esta disponibilidad, esta apertura completa es básica para el discernimiento. Sin ella estoy buscando mi gusto, mi placer, mi interés, mi voluntad; en cambio, si yo consigo esta apertura total, esta indiferencia perfecta, entonces creo el espacio en el que Dios manifiesta su voluntad".
Esa disponibilidad total que no es condescendiente ni apura forzamientos puede rastrearse también en la tradición taoísta con la noción del Wu Wei. Dicha zona delimitada entre distancia, indiferencia y proximidad es el mismo campo en donde un psicoanalista opera su escucha, la atención parejamente flotante. Para ello nos valemos de principios a la vez técnicos y éticos, tal como la neutralidad y la abstinencia. En la vereda opuesta encontraríamos a las cruzadas evangelizadoras y al furor curandis, que suelen apalancarse en lo que Lacan denominó "hacer el Bien".
Para evitar esto último, tenemos la sinodalidad. Derivada del concepto griego “caminar juntos”, fue la apuesta de Francisco por volver a las raíces de la Iglesia primitiva: horizontalidad, comunidad, corresponsabilidad.
El 17 de octubre (¡!) de 2015, Francisco afirmó que el sínodo "es el marco interpretativo adecuado para comprender el ministerio jerárquico", mostrándonos la relevancia del asunto y legando una tesis potente para pensar, ni más ni menos, la relación entre saber y poder. Una tecnología tan o más antigua que la propia Iglesia pero que curiosamente nos sigue pareciendo de avanzada: inventar un dispositivo que dé lugar y (se) ordene en torno a la palabra.
Discernimiento y sínodo como pares que mixturan reflexión, discusión, introspección y escucha. No una demagógica y falsa "horizontalidad", se trata de una paridad asimétrica, como lo que ocurre entre la transferencia y la interpretación. Tampoco es una relación democrática, con mayorías/minorías o debate de ideas, sino una verticalidad al revés donde el primus inter pares y toda su curia están en la base sirviendo al más postergado de los fieles. El analista, con su poder y atributos, sirviendo como soporte y objeto de la transferencia.
Nuevamente la Teología del Pueblo y un convite anticlerical que bien haríamos de tomar al interior del movimiento analítico que está, desde siempre pero ahora también vía stream, plagado de dogmas fariseos, falsos profetas, conversos cruzados, popes intocables y armados sectarios.
La gracia y su relación con lo inconsciente
El loco de Dios en el fin del mundo (2024) es un libro imprescindible de Javier Cercas, español ateo que se deja tomar, sino por la fe, al menos por el más allá de los propios prejuicios. Allí confronta a varios colaboradores de Francisco acerca de lo dicho por el poeta rumano Cioran, que “toda religión es una cruzada contra el humor”, quienes no le responden apelando a rodeos sino en decidida negativa, citando a nuestro Papa: “el sentido del humor es la expresión humana que más se parece a la gracia divina”. Más aún, en un documento oficial dedicado a la santidad, Francisco postuló que uno de los rasgos del santo es el sentido del humor, ya que se trata de la gracia fundamental. El humor, la gracia, como sinónimos del amor fraterno.
Recordemos que en El nombre de la rosa, sea el libro (1980) o su adaptación fílmica (1986), la cuestión del humor, la risa y la distancia irónica son el centro del drama político-teológico: prohibirlo por satanismo o liberarlo como laicismo. La postura de Francisco fue reintroducirlo en el dominio de lo divino.
Francisco, que era Jorge de Flores y hablaba en porteño, habitaba la metonimia lingüística donde gracia linda con gracioso. Para nosotros “hacer una gracia” es hacer un chiste, el cual es siempre vehículo del lazo social. En El chiste y su relación con lo inconsciente (1905) es en donde Freud hace del Witz (“chiste”, “gracia”, pero también “decir ingenioso”) el modelo mismo de lo inconsciente, de una palabra que siempre desarma hacia otra escena.
Lacan, quien tenía una concepción parecida de la santidad, haciendo del santo una analogía del analista, dirá que esta salida ingeniosa comporta una agudeza fulgurante que "anonada en un instante el orden entero del lenguaje", en tanto permite revelar fugazmente la inconsistencia del Otro. Pero todo esto lo decía hablando su propia lengua, donde chiste/gracia es mot d’esprit: algo así como “frase espiritual”.
Dando otro paso metonímico, “espirituosa” es también una bebida alcohólica intensa, que nos embriaga y acerca a la gracia en ambas acepciones: lo sagaz-espiritual, eso fugaz e ingenioso, agudo pero huidizo y a la vez contundente, tal como el chiste, el alma o el sujeto del inconsciente.
Menos casual aún es que en griego “gracia” (jaris) tenga la misma raíz que “humor, jolgorio, alegría” (jara). La metonimia, antes que la metáfora y junto a la metanoia, es divina.

El humor de Francisco se encuentra emparentado con la concepción hipocrática de los humores. El humorismo griego no era otra cosa que su modelo médico, y estamos habilitados a consignarlo, junto a Freud, como herederos de esta ancestral tradición de tratamiento del/desde el alma por vía de la palabra. La única regla fundamental del psicoanálisis, formulada por su inventor, no se limita a la ocurrencia intelectual ni necesariamente a “decir lo que tengo en mi cabeza”, sino algo mucho más allá: “diga todo lo que se le venga al espíritu”.
En el nombre del Papa
Tengamos presente que es el significante del nombre del padre aquel que ordena el orden simbólico. Un Papa no adopta cualquier nombre para su pontificado. Se trata de un bautismo pero también del primer acto de gobierno. En el caso de Francisco, este acto bautismal, de autonominación, implicó un cambio de posición política. Si se analizó siendo Bergoglio, ¿por qué no pensar que fue esta experiencia la que permitió, a posteriori, ir más allá de su nombre, de sus dilemas mundanos como arzobispo argentino, tomado por roscas y pequeñas diferencias narcisístico-políticas?
Sostuvo hasta su muerte la confidencialidad del analista y prefirió no dar a conocer su identidad. ¿Habrá recordado su oficio de confesor y ese rasgo común del secreto profesional? Quizás simplemente prefirió el gesto de comunicarlo pero sin ánimos de fomentar chimentos. O quizás se le escapó, y dicho lapsus lo hizo dar con un hecho interesantísimo: que hacia el final de un tratamiento el nombre de un/a analista termina siendo lo menos importante, incluso algo anecdótico. Esto en modo alguno implica sepultamiento o renegación de la persona, sino lo contrario: se liquida una transferencia en el momento en que se va más allá del nombre propio, incluido el del analista, para resituarlo en el lugar de persona, afecto, par, mortal, etc.
Lo demuestra la sepultura que escogió: fuera del panteón tradicional de los Papas y tallada con una sola palabra, FRANCISCVS. No lo hizo por su trillada austeridad, sino para advertir que los signos son más poderosos cuando se condensan y adviene su forma mínima.
Si se analizó siendo Bergoglio, ¿por qué no pensar que fue esta experiencia la que permitió, a posteriori, ir más allá de su nombre, de sus dilemas mundanos?
Siendo aún Bergoglio, luego de concluir el tratamiento, volvió a hablar con su psicoanalista cuando esta se encontraba en el lecho de muerte. Fue ella quien lo buscó, y, según él, fue un intercambio cálido, tierno y estrictamente espiritual: ni para analizarlo ni para recibir de él sacramentos que no se correspondían con sus creencias.
Sabiduría para no caer en lugares comunes y sostener la inconmensurabilidad: no sólo la existente entre psicoanálisis y catolicismo, sino la distancia que cualquier discurso, incluido el religioso, presenta ante la muerte. La lucidez de ella, y la altura de su respuesta, les habrá permitido un diálogo más allá de las palabras.
Más que consuelo, hay en lo último una indicación político-espiritual que podemos recoger: atravesar la dificultad de un encuentro para provocar procesos comunes y a priori incalculables. Los psicoanalistas llamamos a esto deseo.
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