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La encíclica de León XIV: ¿La IA significa el fin de la excepcionalidad humana?

¿Somos maravilla divina o un ser como cualquier otro? Ante el auge de la IA, el Papa León XIV retoma debates sobre nuestra esencia. ¿La IA nos provoca simples "heridas narcisistas" o es verdaderamente el fin de nuestra excepcionalidad?

La encíclica de León XIV: ¿La IA significa el fin de la excepcionalidad humana?

El 25 de mayo de 2026 el Papa León XIV publicó su primera encíclica, titulada “Magnifica Humanitas”. El título proviene del himno conocido como Magnificat, que se basa en las palabras que pronuncia la Virgen en el Evangelio de Lucas (1:46-55), y que comienza con la frase: “Engrandece mi alma al Señor” (Magnificat anima mea Dominum). El aspecto más llamativo de la encíclica y que centraliza el debate que generó desde su aparición (incluso acá, en 421), es la reflexión que propone en torno al desarrollo de la Inteligencia Artificial. Pero ese no es el único asunto que trata, e incluso en las secciones centradas en los peligros de que esta tecnología continúe su desarrollo por la senda actual, la cuestión se enraíza en debates mucho más antiguos. 

Una lectura tecnopolítica de la encíclica de León XIV sobre la IA
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Sigmund Freud, que no tenía mucha simpatía por la religión ni es precisamente un amigo de la tradición católica, declaró famosamente que el ser humano recibió tres heridas narcisistas que lo obligaron a replantear su posición en el mundo. La primera es la copernicana, cuando se demostró que no somos el centro físico del cosmos. La segunda es la darwiniana, que nos ubicó bajo las mismas reglas que a las otras especies vivientes. La tercera es la que produjo el mismo Freud (poco modesto, quizás), al revelarnos mediante el psicoanálisis que no somos dueños de nuestra propia subjetividad. Hoy en día, hay quienes afirman que la IA está clavándonos el cuarto cuchillo al mostrarnos que un sistema totalmente artificial puede razonar y crear tan bien como nosotros o incluso quizás mejor

Lo cierto es que la cuestión que retoma León XIV va incluso mucho más allá que el primer caso que menciona Freud, aunque sin duda el Renacimiento en el que vivió Copérnico y su sucesor Galileo son un punto clave de su recorrido. El problema de la posición del ser humano respecto del resto del cosmos (o, en términos de las religiones monoteístas, de “la Creación”) es uno de los más debatidos desde la Antigüedad más remota, y muchas de las posiciones en esos debates se tradujeron a lo largo de milenios en cuestiones políticas, sociales, económicas y técnicas. 

La tradición cristiana

En términos muy simples, la pregunta clave es: ¿somos los seres humanos maravillosos, o más bien una porquería? Incluso dejando de lado la historia de la filosofía y de la religión, todos nos hacemos esa pregunta con cierta frecuencia, y todos tenemos buenos motivos para sostener una posición o la otra (a menudo, dependiendo de cosas como si el colectivero no frenó pese a que estábamos en la parada, o de si nos sentimos levemente afiebrados). La pregunta en sí es clave en la tradición humanista sobre la que construye la encíclica, y esa tradición, aunque tenga vertientes seculares, no puede pensarse en Occidente por fuera de la historia de las religiones más influyentes. 

El problema de la posición del ser humano respecto del resto del cosmos (o, en términos de las religiones monoteístas, de “la Creación”) es uno de los más debatidos desde la Antigüedad.

Los dos pilares de la posición optimista respecto del valor del ser humano en la tradición cristiana son bien conocidos. El primero de ellos es el mismo Génesis, o sea, el libro primero de la “primera parte” de la Biblia, el Antiguo Testamento, que es también la base de la religión judía. Allí se nos narra la Creación, y la del ser humano tiene características muy especiales:

Entonces dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza; y señoree en los peces del mar, en las aves de los cielos, en las bestias, en toda la tierra, y en todo animal que se arrastra sobre la tierra. Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó. Y los bendijo Dios, y les dijo: Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra, y sojuzgadla, y señoread en los peces del mar, en las aves de los cielos, y en todas las bestias que se mueven sobre la tierra (Gn 1:26-28). 

Vale destacar tres aspectos que están ausentes de las otras creaciones divinas y que han sido interpretados miles de veces por la teología. Primero: Dios delibera antes de crear al ser humano (“Hagamos al hombre…”), como si esta creación requiriera primero algún tipo de consideración especial. Segundo: al ser humano le toca “señorear” al resto de las criaturas, no es una más entre ellas. Tercero, la dignidad máxima: el ser humano fue creado a “imagen y semejanza” de Dios, aunque exactamente en qué consiste esa “imagen” (¿Dios es visualmente parecido a nosotros?) y esa “semejanza” (¿el ser humano actúa o piensa de forma semejante a Dios?) es un punto de desacuerdo mayúsculo. 

Giovanni de Paolo. La creación del mundo y la expulsión del Paraíso. Fuente: Metropolitan Museum of Art, Nueva York.

El segundo pilar de la visión exaltada del ser humano en la Biblia ya es específico de la tradición cristiana y es uno de sus puntos más originales: Dios envió a su Hijo (que es Él mismo) encarnado en un hombre. El verbo se hizo carne, según la célebre sentencia del Evangelio de Juan. ¿Qué más se necesita para afirmar la dignidad humana? Dios podría haber elegido un Leviatán o una montaña de fuego y, sin embargo, vivió como un hombre humilde y mortal.

Ahora, el lector que tenga al menos un mínimo background bíblico sabe que los destinos concretos de Adán, Eva y Cristo (con todas sus diferencias) no nos hablan precisamente de la magnificencia de nuestra especie. Los primeros pecaron, el segundo fue traicionado, humillado, torturado y asesinado por otros humanos. Entonces, ¿en qué quedamos? El Antiguo Testamento está repleto de historias peores, y contiene también uno de los textos más influyentes y tremendos en la línea pesimista: el Eclesiastés, famoso por su frase: todo es vanidad. 

En términos muy simples, la pregunta clave es: ¿somos los seres humanos maravillosos, o más bien una porquería? Incluso dejando de lado la historia de la filosofía y de la religión, todos nos hacemos esa pregunta con cierta frecuencia.

La tradición de la miseria hominis tiene numerosos exponentes. Uno de los más contundentes fue escrito por el papa Inocencio III (1198-1216) y tiene como título De contemptu mundi sive de miseria conditionis humanae (“Sobre el desprecio del mundo o de la miserable condición humana”). La idea básica, que Inocencio toma también de textos anteriores, es que el ser humano es un asco. Nacemos desnudos, indefensos, hechos de semen y sangre, y necesitamos extensos cuidados que ningún otro animal requiere. Producimos mocos y excrementos mientras que otras especies producen flores de hermosos aromas. Somos inconstantes, violentos, vanidosos y estúpidos. No nadamos como los peces, no volamos como las aves, no corremos como las gacelas. Dios nos creó a partir del barro, o sea la tierra, el más bajo de los elementos. Inocencio prometió escribir un texto compensando su versión ultrapesimista del ser humano en otro texto que lo glorificara, pero hasta donde sabemos, nunca lo hizo. Quizás no tuvo tiempo, o quizás la idea no le cerraba tanto. 

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La tradición grecorromana

Aunque el mundo grecorromano no tiene un texto equivalente a las Sagradas Escrituras, no por eso faltan relatos de Creación. El de las Metamorfosis de Ovidio (leído en la Edad Media como una especie de “Biblia de los gentiles”) tiene notables similitudes con el Génesis:

Faltaba todavía un ser vivo más noble y más capaz de pensamientos elevados que aquellos, uno que pudiese dominar sobre los demás. Nació el hombre; a éste, o bien lo hizo con simiente divina el creador de las cosas, origen de un mundo mejor, o bien la tierra recién creada y hace poco desgajada del éter insondable retenía simiente de su hermano el cielo; el hijo de Japeto mezcló tierra con agua de lluvia y le dio forma a imagen de los dioses que todo lo gobiernan; mientras que los demás animales, inclinados, miran hacia el suelo, al hombre le dio una cabeza que se eleva por encima del cuerpo y le ordenó mirar al cielo y levantar el rostro erguido hacia las estrellas. (I, 75-85)

“El hijo de Japeto” es Prometeo, cuyo mito es bien conocido. Nótese que aquí también el hombre es “imagen de los dioses” (effigie, en latín) y dueño del mundo. El detalle de la cabeza elevada es clave también, ya que es uno de los tópicos más ubicuos para distinguirnos de otras especies, así como nuestra capacidad de mirar las estrellas.

En el Timeo de Platón, uno de los pocos textos platónicos que era conocido en la Edad Media, también se destaca en particular la cabeza humana y su posición. En este caso, sin embargo, el argumento central (que recorre todo el texto) va más allá de la imagen / semejanza. El ser humano es un "microcosmos", una réplica a escala reducida del tejido racional que ordena la totalidad del universo. Nuestra anatomía erguida no es un capricho estético: es una necesidad operativa. La cabeza funciona como una esfera que aloja las revoluciones del alma inmortal, dispuesta en lo alto del cuerpo para que podamos contemplar los movimientos celestes y sintonizar nuestra propia razón con la armonía del cosmos. Para Platón, somos magníficos no por lo que pesamos en la Tierra: lo somos porque llevamos el plano del universo impreso en la arquitectura del cerebro.

Esta idea del diseño anatómico como justificación de nuestra supremacía encuentra su costado más práctico en la tradición romana, específicamente en el De natura deorum (“Sobre la naturaleza de los dioses”) de Cicerón. Allí se argumenta que los dioses no solo nos dotaron de una mente capaz de descifrar el orden cósmico. También nos dieron dos herramientas fundamentales para intervenir en él: las manos y el lenguaje. A través de ellas, el ser humano deja de ser un mero espectador de la Creación y se convierte en un artífice. Cicerón sostiene que, al labrar los campos, desviar los ríos, edificar ciudades y domesticar la materia, el hombre construye una suerte de “segunda naturaleza” dentro del mundo físico. La técnica, en este marco clásico, no es una anomalía ni una declaración de guerra contra el orden natural: es la culminación lógica de nuestra dignidad. El universo nos fue dado incompleto para que lo termináramos con nuestras propias manos.

El hombre indeterminado

Una visión simplificadora dice que la Edad Media se caracterizó por una visión pesimista mientras que el Renacimiento habría dado lugar a su contrario. Aunque esto no es técnicamente cierto (hay testimonios en ambos sentidos en ambos períodos), expresa bastante bien una concepción de la Historia en la que queramos o no estamos todos insertos desde la Modernidad. 

El testimonio más citado (y según algunos, menos comprendido) de este “nuevo hombre” renacentista es el “Discurso sobre la dignidad del hombre” de Pico della Mirandola, producido a fines del siglo XV cuando su autor no tenía ni 25 años. En rigor, el texto no fue escrito para circular por sí solo, sino para ser leído en un debate que nunca tuvo lugar porque el Vaticano lo impidió. Fue la tradición posterior la que le otorgó el lugar de “manifiesto” del humanismo renacentista. 

Cristofano dell'Altissimo, Retrato de Giovanni Pico della Mirandola, ca. 1562-1568 (copia de un original perdido del siglo XV). Fuente: Galleria degli Uffizi, Florencia.

La tesis más citada de Pico aparece al inicio del texto, en el que vuelve a relatar la creación divina del Génesis pero con algunos cambios. En los primeros cinco días, Dios crea el cosmos, las plantas y a los animales. Pero en el sexto, decide que hace falta alguien digno de admirar esta maravilla. Hasta acá es el relato tradicional. Pero el Dios de Pico descubre algo más: ya no hay lugar. Todos los atributos fueron repartidos, los espacios ocupados. El texto dice: iam plena omnia, “todo estaba lleno”. Entonces el ser humano será un poco de todo y sobre todo, será libre para elegir su lugar. Así le habla entonces Dios a su creación más importante:

No te di, Adán, ni un lugar determinado, ni un aspecto propio, ni una prerrogativa tuya, con el fin de que el lugar, el aspecto y las prerrogativas que tú elijas, todo eso obtengas y conserves, según tu intención y tu juicio. La naturaleza definida de los otros seres está contenida en las precisas leyes por mí prescriptas. Tú, en cambio, no constreñido por estrechez alguna, te la determinarás según el arbitrio en cuyas manos te puse. Te he constituido en medio del mundo para que más cómodamente observes cuanto en él hay. No te hice ni celeste ni terreno, ni mortal ni inmortal, con el fin de que, como árbitro y soberano artífice de ti mismo, te plasmes y cinceles en la forma que tú prefieras. 

Estas bellísimas palabras seguirán una historia que irá mucho más allá de las intenciones de Pico, que estaba particularmente interesado en la magia y la cábala como vías esotéricas para alcanzar, desde la humanidad, el plano angelical. Lo cierto es que hoy las leemos como una de las formas más poderosas y originales de sintetizar la debilidad con la fuerza del ser humano, como un anticipo de la indeterminación existencialista (el ser humano no tiene una esencia previa) y como un manifiesto de un humanismo que, incluso apoyado en la religión (y en una religión puntual) parece abrirse más allá de ella. La dignidad humana, dirá Kant ya desde una posición Ilustrada, surge de su capacidad racional para darse sus propias leyes. 

Proyecciones

Evidentemente este recorrido fue muy parcial, tanto en los materiales elegidos como en la extensión que le dediqué a cada uno. Sin embargo, sirve para abrir un panorama sobre los debates contemporáneos, sean estos religiosos, políticos, técnicos o (como suele ser el caso) todas las anteriores. La encíclica de León XIV de hecho hace referencia al poshumanismo y el transhumanismo, dos movimientos (el primero más filosófico, el segundo con una carga técnica) que tienen conexiones con los problemas de los que hablaban los antiguos y medievales.

La vertiente más tecnofílica del capitalismo de plataformas opera bajo una premisa que podemos asociar con la miseria hominis: que el ser humano es un manojo predecible de pulsiones e inconstancias, una entidad defectuosa.

En la actualidad, este péndulo entre la exaltación de nuestras capacidades y el desprecio por nuestra finitud se ha traducido en las sofisticadas infraestructuras que modelan nuestra cotidianeidad. Por un lado, el transhumanismo corporativo reedita, a su manera, el optimismo de Pico della Mirandola, prometiendo que el silicio y la ingeniería algorítmica nos librarán finalmente de la contingencia biológica para esculpirnos a nosotros mismos como divinidades sin restricciones. Por el otro, la vertiente más tecnofílica del capitalismo de plataformas opera bajo una premisa que podemos asociar con la miseria hominis: que el ser humano es un manojo predecible de pulsiones e inconstancias, una entidad defectuosa cuya atención debe ser capturada, pastoreada y optimizada por un tercero racional. Así, las promesas de emancipación técnica devienen en estrategias de control psicopolítico

La encíclica de León XIV es un documento valioso para este debate incluso para quienes, como yo, no somos católicos ni cristianos, pero sí humanistas. Porque lo cierto es que, más allá de lo que podemos opinar sobre el antropoceno o sobre la efectividad de la educación humanista para mejorar nuestras vidas individuales y colectivas, todavía no hemos encontrado bajo las estrellas (ni sobre ellas) algo parecido al ser humano. 

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