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Alejandro Magno y la trampa del carisma: el imperio que murió con su líder

¿Qué sabemos de Alejandro Magno, ese chico de treinta años que conquistó casi todo el mundo conocido en menos de una década? Todo lo que imaginamos cuando pensamos en el conquistador macedonio (el joven brillante, el estratega infalible, el rey que avanza desde Europa hasta la India como si la historia le hubiese despejado el camino) nos llega filtrado por una operación literaria bastante precisa. Arriano, un autor griego de la época romana (que es uno de los principales testimonios), escribió su Anábasis de Alejandro varios siglos después de la muerte del macedonio, y no eligió ese título por casualidad. La palabra remite de inmediato a la Anábasis de Jenofonte, ese raro griego que fue al mismo tiempo historiador, discípulo de Sócrates y comandante militar. Arriano no solo usó un nombre prestigioso: también copió una forma de narrar asociada de igual modo a la filosofía y al éxito militar. 

La maniobra es elegante. Así como Jenofonte había contado la marcha de los Diez Mil, su retirada, su disciplina, su temple y su inteligencia práctica, Arriano presenta a Alejandro como el protagonista de una gran expedición dirigida por un hombre excepcional. Y no solo eso. También hay, detrás de su retrato, ecos de otra obra de Jenofonte, la Ciropedia, esa mezcla de biografía, filosofía política y novela de aventuras donde Ciro aparece como fundador del Imperio Persa, un rey capaz de mandar, seducir y organizar. Arriano escribe historia, sí, pero una historia modelada por formas literarias de pensar el mando, la virtud y la expansión imperial.

¿Cómo pueden caer dos imperios? ¿Cómo puede derrumbarse el imperio persa, ese aparato gigantesco que durante dos siglos había dominado el Cercano y Medio Oriente, y cómo puede derrumbarse también, casi enseguida, el imperio de quién lo conquistó?

Alejandro nos llega trabajado por una prosa que lo vuelve ejemplar. Ya no es simplemente un rey macedonio con talento militar, ambición desmesurada y una dosis importante de violencia; es también el héroe de una marcha, el conductor de una empresa: como Aquiles, la vela que eligió arder con más fuerza a costa de ser consumida rápidamente. 

Lo interesante empieza cuando corremos un poco el foco. Porque el problema del relato épico de Alejandro, y cómo se construyó, oscurece otro, y bastante más filoso: ¿cómo pueden caer dos imperios? ¿Cómo puede derrumbarse el imperio persa, ese aparato gigantesco que durante dos siglos había dominado el Cercano y Medio Oriente, y cómo puede derrumbarse también, casi enseguida, el imperio de quién lo conquistó? Y, más importante aún, ¿cómo puede mantenerse el poder?

Alejandro Magno
Retirada de los Diez Mil (fr. “Épisode de la retraite des Dix-Mille”), Jean-Adrien Guignet, 1842

Para pensar eso vale la pena recuperar una lectura imprescindible: la de Maquiavelo en El príncipe. Maquiavelo se detiene en un capítulo famoso a discutir por qué el reino de Darío, una vez vencido por Alejandro, no se rebeló de inmediato contra los sucesores del macedonio. En esa discusión arma una tipología simple y demoledora. Dice, más o menos, que hay dos grandes formas de dominio. Una es la de los reinos gobernados por un príncipe rodeado de servidores: funcionarios que tienen poder prestado, que mandan mientras el soberano los sostenga (excursus: este es uno de los temas que debaten el Maer Alveron y Kvothe en El temor de un hombre sabio de Patrick Rothfuss). La otra es la de los reinos donde el monarca convive con grandes señores, con barones, nobles o poderes locales que tienen linaje y prestigio propios. Dos modelos, dos tipos de estructuras de poder.

El ejemplo del primer tipo, para Maquiavelo, es el imperio persa de Darío; el del segundo, la Francia feudal. La consecuencia analítica es brillante. Los regímenes del primer tipo son más difíciles de conquistar, porque todo está centralizado y nadie importante puede abrirte la puerta desde adentro. Pero, una vez que se logra derrotar al gobernante, son más fáciles de conservar porque al desaparecer el centro no quedan poderes intermedios con suficiente legitimidad para reorganizar la resistencia. Los del segundo tipo, en cambio, son más fáciles de invadir, precisamente porque siempre hay algún noble resentido dispuesto a ayudarte; pero después son mucho más difíciles de retener, porque esos mismos poderes locales sobreviven a la caída del rey y se convierten en focos permanentes de conflicto.

"La mañana de la ejecución de los streltsí” de Vasili Súrikov , 1881
Tensiones entre monarquía, aristócratas y soldados en "La mañana de la ejecución de los streltsí” de Vasili Súrikov , 1881

Dicho brutalmente: hay imperios que caen por decapitación. Y hay imperios que, incluso derrotados, siguen peleando desde sus miembros que, amputados, siguen moviéndose. Eso es lo que Maquiavelo ve en la caída de Persia. El imperio aqueménida era una estructura inmensa, sofisticada, administrativamente compleja, pero políticamente ordenada alrededor de la figura del Gran Rey, Darío III al momento de la invasión macedonia. No era un caos oriental, ese relato más hollywoodense; era, en cambio, una máquina de gobierno con satrapías, tributos, caminos, ejércitos y una corte capaz de ordenar territorios muy distintos. Pero justamente por eso su fortaleza escondía una debilidad. La centralización extrema volvía al sistema formidable mientras el centro resistiera; una vez quebrado ese centro, la energía de la estructura se desorganizaba.

Y es ahí donde aparece Alejandro, también el tercero de su nombre. La historia es conocida, aunque vale la pena repetirla por lo inigualable del relato. Alejandro subió al trono de Macedonia en 336 a. C., después del asesinato de Filipo II. Heredó un reino militarizado, una nobleza guerrera y, sobre todo, una herramienta formidable: el ejército reformado por su padre, con la falange macedonia, la caballería pesada y una capacidad de coordinación que el mundo griego no había visto muchas veces. Antes de marchar contra Persia tuvo que asegurarse la retaguardia. Sofocó revueltas en Grecia y arrasó Tebas para dar una señal muy clara: la expedición asiática no iba a empezar bajo el signo de la vacilación. A lo dos años de volverse rey, en 334 a.C., cruzó el Helesponto. A partir de ahí, lo que ya era una leyenda viva se volvió pura magia. Conquistó el Imperio persa en pocos años y cuando los propios hombres de Darío traicionaron a su señor, el macedonio hizo algo muy característico de él: convirtió esa muerte en legitimidad para sí mismo buscando vengar la muerte del Gran Rey. Ya no era solo el destructor del Imperio Persa: se construía como heredero y conductor.

La batalla de Issos, Albrecht Altdorfer
La batalla de Issos, Albrecht Altdorfer, 1528-9.

Esto es importante. Alejandro no venció a Persia para dejar un vacío. Venció a Persia para ocupar su lugar. Por eso después de las grandes victorias no se retiró. Siguió avanzando, aplastó resistencias, fundó ciudades, incorporó elites locales, adoptó costumbres persas y empezó a jugar una partida peligrosa: la de transformar una monarquía macedonia basada en la conquista en un imperio universal, mitad griego, mitad asiático, sostenido por su figura personal. Se detuvo cuando su propio ejército dijo basta. No por derrota militar, sino por agotamiento. El límite del imperio no lo fijó el enemigo; lo fijó el cansancio de los suyos. A veces pasa eso: los propios marcan la frontera que no se puede cruzar. Son líneas que hay que saber palpar, susurros que hay que saber escuchar.

Alejandro murió en Babilonia con poco más de treinta años. Había conquistado medio mundo conocido, había derrotado al mayor imperio de su tiempo, había fundado ciudades, desplazado poblaciones, acumulado tesoros, reordenado la geopolítica del Mediterráneo oriental y de Asia. Pero no había resuelto un problema básico, que es el problema de casi todos los grandes personalismos: cómo hacer para que una organización le sobreviva al hombre que la encarna.

No dejó una sucesión clara. No construyó instituciones capaces de disciplinar a sus generales después de su muerte. No produjo una forma estable en la que macedonios, griegos y élites orientales pudieran reconocerse. Había construido un imperio inmenso, pero no una máquina política capaz de vencer al tiempo. Alejandro murió y llegaron los diádocos: los sucesores. Siempre los sucesores, los que agarran los cuerpos tibios de los líderes y lotean sus herencias. Entonces, lo que había parecido un imperio destinado a perdurar resultó ser, en buena medida, la extensión biográfica de un solo hombre. El imperio murió con él.

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Ahí está la lección incómoda, la que suele perderse detrás del brillo de las campañas y de la épica militar. Todos los imperios son provisorios. Algunos duran siglos, otros unas décadas; algunos tienen burocracias más sólidas, otros viven del saqueo, de la velocidad y del miedo; algunos consiguen producir instituciones que postergan su caída, otros se derrumban apenas falta la firma del fundador. Pero ninguno escapa a una verdad bastante terrestre: el transcurrir es siempre una guerra de desgaste. Como una de las adivinanzas de Gollum a Bilbo: hay una sola cosa que puede devorar todas las cosas, el tiempo.

Lo que sí cambia es la forma que toma esa provisionalidad y las causas de su final. El imperio persa cayó como caen las estructuras demasiado concentradas: cuando el centro se rompe, el resto pierde coordinación. El de Alejandro cayó como caen los proyectos demasiado personales: cuando desaparece el carisma líder, desaparece también el único principio de unidad.

Había conquistado medio mundo conocido (...). Pero no había resuelto un problema básico, que es el problema de casi todos los grandes personalismos: cómo hacer para que una organización le sobreviva al hombre que la encarna.

Eso no vale solo para la Antigüedad. Vale, con otros nombres y otras escalas, para casi cualquier organización política que se piense eterna, solo porque hoy gana elecciones. Siempre hay algo un poco infantil en la fantasía de duración infinita. Los regímenes, los partidos, las empresas y los movimientos pueden llegar a confundir estabilidad con destino manifiesto; o, al revés, pueden trastocar fracasos con rupturas definitivas. Por eso, el problema de fondo no es conquistar. El problema es construir formas institucionales que no dependan por completo de un carisma extraordinario. Formas que puedan administrar conflictos, procesar relevos, tolerar liderazgos mediocres y aun así seguir funcionando. En otras palabras: organizaciones que puedan vencer al tiempo.

Los personalismos, en cambio, casi siempre ofrecen lo contrario. Son más seductores, más teatrales. Producen imágenes heroicas, lealtades intensas. Pero tienen un defecto estructural: hacen descansar en una persona lo que solo puede perdurar si está repartido en reglas, cargos, hábitos, principios y valores. Cuando el líder desaparece, se descubre la fragilidad. Esto no es una crítica a las figuras carismáticas, sino la advertencia de que ese carisma tiene que estar al servicio de algo más.

El ejemplo de la Antigüedad nos sirve para pensar casos similares actuales. Hay ciclos que parecen incólumes mientras el líder respira y, cuando falta, descubrimos que su potencia estaba atada a su biografía particularísima, la cual soportaba estructuras organizativas anímicas: Yugoslavia después de 1980, el chavismo después de 2013, el nasserismo tras 1970. Cambian los nombres y los contextos, pero la pregunta es la misma: ¿qué queda cuando el conductor ya no organiza el movimiento? ¿Qué garantiza la pervivencia de una organización?

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Arriano, con su prosa heredera de Jenofonte, convirtió a Alejandro en una figura de conquista bélica y grandeza. Maquiavelo, con bastante más malicia, nos ayuda a leer otra cosa. Nos recuerda que luego de cualquier epopeya, incluso la más grande, sobreviene un problema de organización, y que la caída de un imperio no siempre comienza cuando este pierde una batalla, sino cuando es incapaz de imaginar un futuro sin el hombre que lo conduce.

Darío perdió un imperio porque lo derrotaron. Alejandro perdió otro porque no supo crear una organización que pudiera existir más allá de sí mismo. Entre una caída y la otra se ve, quizá mejor que en muchos tratados, la grieta de toda ambición política: conquistar el mundo no implica fundar algo perdurable.

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