Perseguido por 20 años, Juan Bautista Vairoleto pasó de bandido rural a leyenda popular. El "Robin Hood de las Pampas" robaba a los ricos para reparar injusticias, hasta que la traición de un compañero lo cercó. Su último gesto: la negativa a entregarse vivo.
Los hombres llegaron antes del sol ese 14 de septiembre en San Pedro del Atuel. Todavía era de noche cuando el rancho quedó rodeado. Durante veinte años la policía había perseguido a Juan Bautista Vairoleto por montes y pueblos. Buscaban al prófugo o a su cuerpo. Lo que fuera que les permitiera tener en su poder al bandido más esquivo de la región.
Juan vivía allí bajo el nombre falso de Francisco Bravo, junto a su mujer y sus dos hijas. Era 1941. Para ese momento ya había estado preso y prófugo varias veces, conocía los sonidos de la persecución, pero esa madrugada no los esperaba.
Durante veinte años la policía había perseguido a Juan Bautista Vairoleto por montes y pueblos. Buscaban al prófugo o a su cuerpo.
Empujados por las palabras de un traidor, los policías pampeanos viajaron hasta el sur mendocino para sacarse la piedra que llevaban veinte años colgada del cuello.
En la penumbra, dentro del rancho, Telma Cevallos y sus niñas. Afuera, dieciséis hombres en guardia.
Vairoleto había sido una sombra, un rumor que se adelantaba a la policía. Pero esa madrugada el final parecía definitivo. Cuando comprendió que no había salida, que cualquier enfrentamiento pondría en riesgo a su familia, tomó la decisión.
"Fui Vairoleto el bandido en esos tiempos lejanos a nadie dejé olvidado y nunca estuve perdido siempre me sentí argentino siendo de padre italiano de todos me sentí hermano mas no de los ricachones. Yo le saqué a los tirones lo que antes habían robado".
Nacido el 11 de noviembre de 1894 en Santa Fe, hijo de inmigrantes piamonteses. La familia, persiguiendo el trabajo, se trasladó a la Pampa Central, Eduardo Castex, donde se convirtieron en colonos arrendatarios bajo contratos abusivos, dentro de un modelo que concentraba riqueza en pocas manos y repartía precariedad entre los hijos de inmigrantes.
La muerte de su madre en 1907 precipitó una adultez forzada. Ese niño de campo se transformó en peón, changarín, carrero, mozo, alambrador y cuidador de plazas. Si bien uno podría conmoverse, la vida de Vairoleto no tenía hasta entonces ningún destello de leyenda.
Durante mucho tiempo fue un hombre más.
Tal vez por eso su figura permite creer.
Cuando los bandidos rurales se gestan bajo la bruma de lo imposible, la imaginación completa los huecos. Los moldeamos a imagen de nuestros deseos. Cuando su vida está documentada, en cambio, el reconocimiento parte desde lo mundano, de encontrarse iguales, de pecador a pecador.
Pero quien lo conocía bien, era el Estado.
Fotografía del prontuario policial de Vairoleto. Comisaría de Winifreda. Fuente: Archivo Histórico Provincial "Prof. Fernando E. Aráoz" – Fototeca Bernardo Graff.
Su prontuario policial, número 4679, lo describe como un hombre que vestía siempre de gaucho, con ojos verdosos y penetrantes, contextura menuda, y dos tatuajes: una mujer en el brazo derecho y un triángulo con sus iniciales JB y el número 13.
¿Cómo alguien tan minuciosamente fichado tuvo lugar para el misticismo?
Por Dora
A sus 24 años, Vairoleto era conocido en el pueblo por su carisma, por su habilidad para el baile y la guitarra. Frecuentaba los burdeles de la zona y allí se enamoró de una joven pupila llamada Dora.
Ese amorío despertó la enemistad del cabo Elías Farach, que pretendía a la misma mujer. En una región atravesada por la llamada "policía brava", el uniforme funcionaba como instrumento de disciplinamiento y abuso. Farach no perdía oportunidad. Lo detenía a Vairoleto por delitos que no había cometido, lo culpaba de robar animales y una vez hasta llegó a someterlo a ser jineteado dentro del calabozo.
Sin saberlo, fue gestando, en los ojos de aquel humilde gaucho, un odio que sería devuelto.
"Puse mi amor adelante a todos los desafié fuera montado o de pie con cuchillo o con rebenque supo bien claro la gente que era mía esa mujer".
El 4 de noviembre de 1919 se enfrentaron en las afueras de una casa de comidas en Castex. Farach intentó someterlo una vez más. No sería igual que otras veces. Vairoleto se había preparado. Cayó al suelo, pero esta vez sacó su arma y disparó. Elías murió en el acto, frente a varios testigos.
Se cristalizó un límite contra la hostilidad que había hecho carne en todos los peones de la zona. Nació allí un prófugo. Y, junto a él, una red de silencios y complicidades que lo protegieron.
Siguiendo a Hobsbawm, Vairoleto inició su carrera fuera de la ley no por maldad intrínseca, sino como víctima de la persecución estatal. La comunidad campesina leyó el acto como una justa venganza.
Pasó un tiempo escondido en los montes, visitado y salvado por amigos y paisanos. Sus hermanos contaban que debió ir disfrazado de señora, sosteniendo una criatura prestada, para poder despedir a su padre que murió mientras él vivía en la clandestinidad.
Se entregó el 14 de abril de 1920. Pero antes demostró de qué estaba hecho: en una disputa de dos bandas políticas, se le ofreció dinero para matar a un médico y reconocido político, Pedro Cometta. Vairoleto no sólo rechazó el encargo, le avisó a Cometta y juntos le tendieron una trampa al que le había hecho el primer ofrecimiento. Lo entregaron y, detrás de él, también Vairoleto.
En su entrega, cuentan testigos, hubo una búsqueda de paz: estaba harto de vivir escondido. Ansiaba esclarecer lo sucedido porque entendía que Dios y él ya conocían las razones que lo habían llevado al límite.
Un año y tres meses después, el dictamen del fiscal lo declaró libre de culpa y cargo: la actitud de Vairoleto frente a Farach se consideró una reacción lógica. Sin embargo, el asesinato nunca dejó de perseguirlo: la ley lo absolvió pero el Estado seguía sin reconocerlo como inocente. Vairoleto comprendió que, para los hombres como él, la justicia rara vez obraba como tal.
"La fuerza de un apellido va en yunta con el coraje de quien ha visto el ultraje. En un país malparido muchos vinieron conmigo y anduve por las provincias buscando suerte propicia en campo de poderosos donde florecen negocios gracias a las injusticias".
En el monte, el anarquismo
Hacia 1930, cansado de las pequeñas detenciones que buscaban aleccionarlo por vivir libre, se echó al monte y allí se abrió camino acercándose a otros hombres que le dieron un nuevo sentido a su vida.
Pedro Virgilio Moroni, mecánico y espiritista. Juan Chiappa, carpintero y espiritista. El catalán Ildefonso Folgueral. Todos anarquistas.
Bajo esas influencias, el delito adoptó un nuevo significado para Vairoleto: la reparación de las desigualdades. El botín circulaba entre hacheros y colonos endeudados, los pagarés volvían a manos de quiénes los habían firmado bajo usura. De pronto, sus asaltos a prestamistas consolidaron una imagen de bandido benefactor que desarmaba la maquinaria del interés devolviendo dignidades.
Mediante travesías a caballo el vínculo con sus compañeros de andanzas anarquistas se volvió muy cercano. Moroni llegó a salvarle la vida durante un asalto en una estancia y esto forjó una fraternidad a prueba de fuego; lo mismo sucedería con Ildefonso, quien le dio asilo y lo escondió en incontables circunstancias.
De esta manera, también comenzaron a realizar otro tipo de andanzas: eran conocidos por otros paisanos por predicar la idea de la revolución y los principios anarquistas.
El reconocimiento de otros que veían la vida desde los mismos lentes que él, lo hacieron acuerparse. Dejó de pensar en la huida como una manera de sobrevivir y comprendió que existía una causa más grande que lo sobrepasaba.
Argentina termina donde empieza La Forestal
Su vagabundeo lo acercó a la logia masónica Hijos del Trabajo, que le presentaron a otro ladrón bueno de la época, Segundo David Peralta, alias Mate Cocido.
Se encontraron así los dos bandidos más buscados del país, en la casona de la logia en Barracas, espacio de sociabilidad política donde confluían trabajadores italianos y sociedades de resistencia. Allí les propusieron atracar a La Forestal.
La empresa se desarrolló en Santa Fe y Chaco, se dedicó a la explotación del quebracho colorado para producir tanino, operando como un Estado con 400 km de vías de su propio sistema ferroviario, pueblos, puertos, y hasta moneda propia. Tal era la riqueza que generaba, que hasta tenían su propia fuerza de seguridad: la Gendarmería Volante.
La situación de la peonada solo contemplaba el terror. Los huelguistas eran perseguidos y enlistados. El robo era un acto de justicia. Además, les dejaría a Vairoleto y Mate Cocido lo suficiente como para retirarse.
Emprendieron camino a Chaco y, entre emboscadas y montes atravesados, llegaron a Resistencia.
La situación de la peonada solo contemplaba el terror. Los huelguistas eran perseguidos y enlistados. El robo era un acto de justicia. Además, les dejaría a Vairoleto y Mate Cocido lo suficiente como para retirarse.
Hicieron un atraco a su gerente de La Forestal que movía el dinero en su auto, y salió bien. Pero hubo un segundo robo a la administración de la empresa, que salió mal. Los vendieron. Los recibieron a balazos y, en el intercambio, murió un mayordomo de La Forestal.
El contexto no ayudaba a calmar las aguas. En esos años se comenzaba a organizar la Gendarmería Nacional para enfrentar el bandolerismo y la organización obrera.
Vairoleto era precavido, al contrario que Mate Cocido. Discutieron y decidieron tomar diferentes caminos. Juan se instaló en Mendoza junto a Thelma, su mujer, a quien había conocido mientras sus padres lo escondían en la época de los atracos con Pedro. Tuvieron dos hijas. El nacimiento de la segunda lo convenció de abandonar sus aventuras.
Contactó a un periodista, Carlos A. Ruiz Rojas, y al abogado Francisco Gallardo con una propuesta que tenía clara: vender su historia y tramitar un indulto. Quería vivir sin ser perseguido por las fuerzas de cinco provincias. Gallardo le explicó que mostrarse significaría que la policía pampeana lo arrastraría a sus pagos. El plan no avanzó. Rojas relató tiempo después que sentía que el destino de ese gaucho que se sinceró ante él ya estaba escrito.
"Pero el destino de muerte estaba ya escrito entonces como resuena en el bronce el badajo de la suerte. Esa mujer de repente fue amor y fue disputa fue principio de la ruta y final en la pendiente fue una llama caliente y sombra que no se inmuta".
Poco después, la traición de un viejo compañero de andanzas lo condenó: el Ñato Gascón negoció su libertad con la policía usando como moneda de cambio el dato sobre el paradero de Vairoleto.
Dieciséis hombres armados rodearon el rancho.
Vairoleto usó dos balas. Disparó la primera a la policía. La otra se la guardó para él y para su última voluntad: no entregar su cuerpo herido.
Su mujer contó después que él cayó en el pasto, y que la policía lo remató en el piso.
Vairoleto usó dos balas. Disparó la primera a la policía. La otra se la guardó para él y para su última voluntad: no entregar su cuerpo herido.
Su amigo Pedro tomó la misma decisión sin saber lo que le había ocurrido. Compartieron destino. Ambos respondieron a una lógica libertaria, propia de su pasar anarquista. Se regalaron a ellos mismos la libertad de nunca más tener que huir.
¿Qué te convierte de prófugo a santo?
"Vairoleto, amigo, fiel compañero,no nos olvides, ayúdanos,que es el deseo de aquellos pobrespor quienes diste tu corazón". Oración a Vairoleto - Recogido en General Alvear, Mendoza, por Walter Cazenave, en 1972.
El pueblo lo mantuvo vivo. Difícil saber si Vairoleto se imaginaría tal lealtad de aquellos ranchos que lo dejaron ver el monte a través de sus ventanas. Quizás le sorprendería ver la manera en que en esas mesas, hoy, se le reza.
El pecado del robo, siempre presente, funcionó más bien como un reconocimiento, una bandera en el pecho de un hermano: ¿cómo ser indiferente con el que comparto tormento? al que logró aquello con lo que se soñaba en los momentos donde se buscaba coraje. Juan se fortaleció en la escapada, encontró su razón en el andar, se acuerpo ante la ausencia de certidumbre y encontró lugar entre amores y anarquistas.
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