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"La caída de Edgar": a veinte años del primer video viral latinoamericano en YouTube

¿Sabías que la "Caída de Edgar" y el "Star Wars Kid" marcaron el inicio de una era? A 20 años de los primeros niños virales de internet, exploramos cómo un meme se convirtió en un infierno para uno y en fama alegre para otro.

"La caída de Edgar": a veinte años del primer video viral latinoamericano en YouTube

Mientras los jóvenes (y ya no tanto) nacidos en los noventa en el Hemisferio Norte reconocen como parteaguas fundamental de su preadolescencia la caída de las Torres Gemelas, para los hispanohablantes de Latinoamérica otra caída, mucho más alegre, fue el hito (digital) de nuestra generación: La Caída de Edgar. Él mismo relata sorprendido cuando fue convocado a los premios MTV MIAW para creadores de contenido millennials, y todos los youtubers mexicanos reconocieron en él el impulso primigenio de la producción youtubera hispanoamericana.

Pero quienes fuimos en su momento geeks, nerds, o simplemente lo suficientemente curiosos, recordamos que el niño mexicano, pese a ser nuestro favorito, no fue el primero de su edad en convertirse en meme. Al cumplirse este año el veinte aniversario de La Caída, como ejercicio de reivindicación nostálgica millennial, es momento de sumergirse en la historia completa del video y la de su par anglosajón: el Star Wars Kid.

Jugar a los Jedis

Canadá, 3 de Noviembre de 2002. Ghyslain Raza, un introvertido niño de 15 años de Trois-Rivieres, Quebec, decide dar una mano en un proyecto de extensión de su escuela. La privada Séminaire St-Joseph tiene una suerte de plató de televisión con softwares de post edición. El proyecto en cuestión es una serie de videos para la promoción 2002 imitando películas mainstream de fantasía. A la hora de hacer lo correspondiente con Star Wars, el software se glitchea y no logran el efecto de los sables de luz. Ghyslain, hijo menor de un ingeniero nuclear y una analista de sistemas, se obsesiona con solucionarlo y, retirado el resto de compañeros, se queda solo probando distintas configuraciones de cámara, sin resultados positivos. Terminando una jornada extenuante, decide volver a ser niño un rato y hace una última toma jugando al sable de luz con un palo de golf. El software sigue fallando, por lo que decide volver a su casa. Pero comete un error fatal: olvida llevarse la cinta.

Ghyslain, ahora llamado “Star Wars Guy”, se convierte en el protagonista del primer video viral de la historia, y en el primer gran meme.

El 19 de Abril de 2003 un grupo de estudiantes que había conseguido el tape decide subirlo a Internet a servicios P2P (lo que un par de años después sería Ares o eMule) y hacerlo circular con títulos que van desde “idiota-starwars-gracioso” a directamente su nombre “ghyslainraza.mov”. Para el 24 de abril ya estaba en muchas páginas y había gran cantidad de versiones editadas con sables de luz o escenarios aleatorios. El 28, Andi Baio, un blogger con bastante alcance en la incipiente Internet, lo sube a su web Waxy.org junto a uno de los mejores remixes, y el video alcanza 1.1 millones de descargas. Recordemos que, para entender la magnitud, estamos en el año 2003. Ghyslain, ahora llamado “Star Wars Guy”, se convierte en el protagonista del primer video viral de la historia, y en el primer gran meme. El 1° de mayo aparece en el New York Times, y todos los canales de televisión de la anglosfera están pasando su video en los noticieros. Hasta va a tener lugar como parodia en muchos de sus programas favoritos, como South Park o American Dad, y en los videojuegos de mayor éxito de la época, como el Tony Hawk 2 (pero, como señala el semiólogo pop Jean Michel Berthiaume, la parodia es en realidad un homenaje de los autores que encuentran en el niño un espejo de su propia frikeada).

Lejos de la suerte de Mark Hamill o Ewan McGregor, este es el comienzo de un infierno insoportable para el pequeño jedi canadiense. El bullying en la escuela es intolerable. Cada vez que se acerca a un espacio común, los niños se paran en las mesas a imitar sus movimientos e insultarlo. Esto se extiende al aula, y docentes y directivos responsabilizan al niño. Los principales comentarios en la red oscilan desde juegos de palabras con su obesidad y torpeza, hasta invitaciones directas a que se suicide. Gyslain termina la escuela con maestros privados, fuera del colegio, y atendido en guardias psiquiátricas. Los periodistas publican su nombre y dirección, se meten en el jardín de los vecinos y llegan a correr las cortinas de su casa para lograr tomarle fotos, obligándolo a él y su familia a mudarse.

Las leyes de privacidad digital son inexistentes en los albores de Internet y los abogados hacen malabares imposibles. En 2006 (cuando el video, subido ahora a YouTube, reflota su fama), intentan demandar a quiénes lo subieron por daños y perjuicios, exigiendo indemnización por los gastos en psicólogos, psiquiatras, docentes particulares y mudanzas. Los medios se hacen eco del juicio y difunden sumas muy superiores a las reales, y acusando a los padres de ser unos explotadores que manipulan a su hijo para hacer plata. El protagonista del video, ya estudiante universitario de derecho, decide bajarse del juicio dos días antes para preservar a su familia, y vuelve a retirarse al anonimato hasta el 2022.

¿Dónde estabas cuando Edgar cayó?

Trasladémonos a Hispanoamérica, 9 de mayo de 2006. Con mis doce años, salía apurado del colegio turno tarde para tomar una chocolatada e ir media horita al cibercafé que estaba a la vuelta de casa. Siempre tenía un pendrive a mano, que todas las tardes se llenaba (bastante rápido, dada la memoria) de mp3 bajados del Ares, videos graciosos de ElRellano o Malgusto.com, y algún malware pícaro que siempre encontraba la forma de colarse. YouTube era una revolución, porque ofrecía las primeras dos cosas sin descarga y en cantidad. Y, esa tarde, otros dos niños emprendieron el camino a convertirse en personajes trascendentales de la memoria colectiva de nuestra generación (tres, claro, contando al camarógrafo).

Algunos días antes (porque las subidas no eran instantáneas), el onceañero Edgardo Martínez Esparza (para sus fans, Edgar) había ido a almorzar con su familia al rancho de un tío en Vallecillo, un pequeño pueblo de 549 habitantes a 120 km de su hogar en Monterrey, México. Estaban presentes en la comida, entre otros, su primo mayor Raúl, que había conseguido una cámara digital, y un amigo de él, Fernando. El segundo, recuerda Edgar, era un niño conocido entre la primada por hacer maldades. Y, claro, fiel a su esencia, pergeñó el plan perfecto. En el año de estreno de la segunda entrega del periplo de Jack Sparrow, le hicieron creer a Edgar que filmarían una pequeña versión propia de Piratas del Caribe, donde él tendría el protagónico. Edgar, con un palo que oficiaba de sable, intentó cruzar un puente de palos sobre un arroyo lleno de algas y estiércol equino y bovino. Huelga comentar el resultado.

Días después, Raúl cayó en la tentación y subió el video a Internet. En las primeras dos jornadas posteriores, Edgar sufrió las esperables gastadas de sus compañeros. Para el tercer día, todo cambió para mejor: se había fundado un club de fans oficial, y desconocidos lo invitaban a fiestas. Cada vez que salía, la gente le pedía firmas, fotos, y que dijera su característico “¡Ya, wey!”. Como con el niño Star Wars, las visualizaciones se dispararon a velocidad récord (para aquel entonces) e Internet se llenó de remixes. El mexicano recuerda con alegría que se convirtió en una celebridad en su colegio, y que lo empezaron a llamar de medios del DF, lo cual le permitía faltar al colegio y que sus compañeros lo vieran como una estrella. Al año, un genio del marketing de la fábrica de galletitas El Emperador decidió filmar "La venganza de Edgar" con los tres niños originales, lo que hizo que Edgardo recibiera la convocatoria a “Otro Rollo”, principal programa de televisión mexicana del momento, y un año después pudiera filmar para otro programa su superación personal al cruzar el puente.

Este no fue el fin de las aventuras virales de nuestro amigo. En 2016, Edgar se encontraba estudiando Ciencias de la Comunicación en la Universidad de Monterrey, carrera lógica si pensamos en su experiencia con la masividad y los medios. El profesor de la materia Comunicación Política propuso como trabajo práctico realizar una simulación de la campaña presidencial en grupos. Los compañeros vieron lo obvio: Edgar tenía que ser el candidato. Sacaron fotos falseándole esposa e hija, filmaron un spot y lo subieron, sin contexto, a su página de Facebook. La campaña se viralizó en minutos. La noticia se distribuyó por todo el mundo, y hasta la CNN mexicana publicó la propuesta del “Partido de Renovación Ciudadana”. Pasados los días, fueron a un medio local a contar la verdad. Para la gente fue indistinto. La calle online seguirá reclamando en todos los comicios subsiguientes a Edgar presidente.

Edgar, "candidato" a presidente de México por el Partido de Innovación Ciudadana en 2016, junto a una hija y esposa falsas.

Modelos contrapuestos

Pasemos al presente. Los primeros niños virales (ahora treintañeros) tomaron la misma decisión de contar sus historias completas para los aniversarios de su publicación original. Los medios para los cuales lo hicieron difieren bastante. En 2022, Gyslain protagonizó un documental del INCAA canadiense llamado "Star Wars Kid: The Rise of the Digital Shadows", de hora y veinte de duración. Su primera aparición pública en veinte años. Edgar, en cambio, publicó un video de ocho minutos a una década de su éxito.       

Antes de abordar la obvia diferencia de las consecuencias emocionales para ambos, es interesante observar los contextos de ambos videos. Canadá y México comparten el hecho de ser vecinos del hegemón estadounidense, pero con escenarios socioculturales totalmente disímiles. El primer enfrentamiento es entre un contexto con eje en la máquina y la abundancia (el plató de Canadá), y otro en la naturaleza y la humildad (el puente de madera). El arma del francoparlante es un palo de golf, mientras que la del niño de Monterrey es la rama de un árbol. Un video se filma en un set semi-profesional de grabación, mientras que el otro en las afueras de un rancho. El documental canadiense, al que solo pude acceder utilizando un VPN con sede en Canadá, es una megaproducción que reúne opiniones de grandes expertos de las comunicaciones digitales (podrían haberlo llamado a Edgar), mientras Gyslain viaja por tres ciudades para analizar diversas aristas de su historia. La producción del mexicano, en cambio, asequible a todo el mundo en su canal de YouTube, es él hablando entre risas delante de una pared que tiene encuadrada la icónica remera roja de su infancia.

Además, hay más atisbos de la tecnocracia socialdemócrata en “Star Wars Kid”, que contrastan especialmente con la resistencia humanista del "La Caída". En Quebec, el video es filmado en la soledad más absoluta. Un niño aislado, solo con máquinas. En silencio, sin contexto. ¿Lo subió él, creyendo que era genial? ¿Era para un concurso? ¿Un casting? Cada verdad es igual de válida. En el documental, Gyslain dice que la interpretación del video refleja el interior de cada persona. Algunos tenderán a insultarlo y mofarse, como los jóvenes del 2003. Otros, en cambio, querrían que fuera su amigo, como nos pasó a muchos nerd hispanoamericanos en su momento. Porque, para quienes no teníamos un set de filmación con softwares de post edición en nuestras escuelas (y, posiblemente, ni siquiera teníamos computadoras con acceso a Internet en nuestras casas), ver las versiones editadas con sables de luz era absolutamente genial y envidiable.

Canadá y México comparten el hecho de ser vecinos del hegemón estadounidense, pero con escenarios socioculturales totalmente disímiles. El primer enfrentamiento es entre un contexto con eje en la máquina y la abundancia (el plató de Canadá), y otro en la naturaleza y la humildad (el puente de madera).

En cambio, en México el video se cocina en la familia extendida. No hay máquina ni encierro. La ambientación, la utilería e incluso el puente remiten a la naturaleza. Un proto-cottagecore espontaneo. Frente al silencio canadiense, el principal elemento generador de risa no está en el porrazo, sino en el diálogo entre los personajes, en su despliegue de travesura infantil. Confieso que veinte años después el “ah, te bañaste”, con voz de preadolescente tonto de Raúl, me sigue provocando la misma carcajada que cuando tenía trece. Frente al mortuorio silencio canadiense, gritos, risas, perdones y llantos llenan el aire del norte de la Patria Grande. Pese a que el aftermath de la caída terminó con vómitos (recordemos el contenido del arroyo) todos, incluido Edgar, entendieron que era una broma. Fernando fue rápidamente ajusticiado por el hermano mayor de la víctima: le asestó un justo golpe que le recordó que esos chistes no se hacen a alguien menor. Resuelto eso entre pares, los niños pactaron no delatarse entre ellos frente a los padres, y alegaron un accidente. Está de más aclarar que eso no evitó que el video llegara rápidamente a los padres del niño.

Edgar y su ahora prometida Valeria, en 2024. Se casarán el próximo 10 de octubre.

Vale la pena resaltar otra nota de color que acerca a la familia de Edgar con las nuestras. Al padre le causó mucha gracia todo esto de la fama y los pedidos de fotos en público. Distinta recepción tuvo la madre, católica, que rompió en llantos cuando sus compañeros de trabajo le mostraron el video. Lo que la amargó no fue la caída. Ella se enteró de todo el Día de la Madre, y cuando Edgar le llevó los regalos, se lo hizo saber: estaba totalmente avergonzada y furiosa de que su hijito hubiera dicho tantas malas palabras en público (pendejo, pinche, vato…). Pero él se reivindicó: cuando cruza finalmente el puente, un tiempo después, podemos apreciar que lleva la típica pulsera de madera con imágenes de vírgenes y santos en su muñeca.

Por último, la estética también tiene algo para decir en la comparativa. El video del Niño Star Wars es de colores apagados, con un fondo negro, camisa gris y un pantalón y piso beige. No hay vida, mucho menos alegría. El único elemento que llama la atención es una tela amarilla tirada en el piso que habrá quedado de alguna filmación anterior. Nada emociona, nada llama. El espacio es diminuto y cerrado. Si hay humor allí, solo puede surgir de la crueldad. En cambio, el escenario de la icónica caída reboza de vida. La espontánea dirección de arte de la escena daría envidia a muchos profesionales de la realización audiovisual y el marketing. Cada personaje tiene una remera con un vívido color sólido que llama la atención: Fernando, amarillo; Edgar, rojo. Warning y Coca-Cola. Ambos contrastan con el verde intenso de la vegetación del fondo, y los pantalones blancos hacen composé con los troncos viejos que ofician de puente. Todo está abierto y es grande. Fernando mira a la cámara, sonríe pícaramente, y nosotros también.

Hasta setenta veces siete

Cuando se me ocurrió investigar y comparar estas caídas icónicas, conocía algo del derrotero de Ghyslain, pero ignoraba lo distinto que fue al de Edgar. Mi innegable sesgo prohispano (recordemos que la latinidad es un concepto que incluye a Francia, y Quebec es un territorio de idioma y herencia francesas) me llevó a prejuzgar que los factores socioculturales podrían ser la diferenciación más importante de ambos videos. Pese a todas las diferencias que explicito antes, después de ver el documental canadiense entendí algo más, que a su vez me hizo mirar un detalle fundamental de "La Caída".

Al segundo que Edgar suelta la primera lágrima, Fernando le pide perdón. Lo hace más de una vez. El pacto de silencio posterior para evitarle un castigo de los adultos y la risa con la que el mismo Edgar recuerda a Fernando y la caída nos habla de lo sincera de esa reconciliación. Ghyslain, en cambio, confiesa en su película el dolor que persiste hasta el día de hoy: los compañeros que robaron su video y lo compartieron para fomentar el bullyng, jamás le pidieron perdón. François Vigeant, su abogado, va más allá y recuerda que no solo los victimarios carecieron de empatía alguna: sus padres tampoco. La demanda solo le trajo más dolor.

Pero no todo es desprecio individualista en el mundo anglofrancés. El documental retrata una escena de un nivel de humanidad bellisima. El "Niño (ya adulto) Star Wars" viaja a Portland, Oregon, a conocer a Andy Baio, quien, recordemos, subió el video que le había llegado sin contexto a su web y se disparó a millones de descargas. 

Volvamos a 2003. Andy, de 25 años, se entera de la horrenda situación de Gyslain por los medios. La culpa lo invade, ya que él solo había visto una sencilla humorada de alguien que olvidó sacar un casette de una cámara y lo subió sin pensar demasiado ni incitar a ninguna violencia. Entra a su web y emprende la tarea de borrar la mayoría de comentarios violentos. Estos no cesan, y aclara:

Sí, tiene obesidad y es torpe. Ya lo sabemos. Pero dado que el 90% del tráfico de esta web viene de gamers, tecnófilos y fans de Star Wars, dudo que quienes comentan hayan sido mucho más cool en la escuela que este pobre niño. Todos ustedes, nerds, geeks, y raros deberían pensarlo un par de veces antes de atacar así a alguno de los nuestros.”

Inicia una campaña de recolección de fondos, junto a otro blogger famoso. En una entrevista, dice: "Overall, he seems like a damn cool kid. I don’t care what anyone else thinks; Ghyslain is my new hero". Logran hacerle llegar 4000 dólares y un IPod (gadget revolucionario de la época). Gyslain no da respuesta.

Volviendo a 2022, se encuentran cara a cara. Andy le confiesa que esperó veinte años para ese momento y que no puede hacer otra cosa que pedirle perdón. Como freak de la primera Internet, confiesa que es un buscador empedernido, y que conocía detalles de la vida del protagonista de video. Que se había recibido, que era presidente de la sociedad de conservación histórica, que había terminado un máster. Cada noticia de Gyslain le daba paz y alegría, porque vivió con culpa y miedo de que terminará mal. Ahora Gyslain es padre, y cuida para que su hijo no cometa los mismos errores. Es verdad, nadie podría haberle enseñado ética de la Internet a el. Pero la apuesta es a la redención por la trascendencia.

Cuando Andy le pide las disculpas, algo en la cara de Gyslaine se relaja, cambia. Él mismo lo reconoce en una charla posterior con uno de sus mejores amigos, de vuelta en su Trois-Rivieres natal. “Yo podría haber sido él. Nada me dice que en su lugar no hubiese hecho lo mismo. Y así y todo encontré a un hombre de profunda humanidad y empatía.”

Andy y Ghyslaine, luego del ritual de perdón.

El perdón cura las heridas invisibles y restituye humanidad. Sana a quien perdona, pero tambien sana a quien pide perdón. Francisco asevera en el Ángelus de septiembre de 2017: "Fuera del perdón, en efecto, no hay esperanza; fuera del perdón no hay paz. El perdón es el oxígeno que purifica el aire contaminado por el odio, es el antídoto que cura de los venenos del rencor, es la vía para desactivar la ira y curar tantas enfermedades del corazón que contaminan la sociedad". En otra audiencia del 2018, va aún mas lejos: “Si matar significa destruir, suprimir o eliminar a alguien, no matar es, en cambio, cuidar, valorizar, incluir y perdonar a los demás".

El amigo de Ghyslain, con aires de filósofo de cafetín, teorizó: como el dolor surgió del producto de una cámara, el producto de otra cámara tal vez haría sanar a Ghyslaine. Citó alguna referencia dudosa de los griegos antiguos. Nada más lejano, como confirmamos a partir del seguimiento de nuestras primeras estrellas virales. Fernando evitó que un chiste infantil se volviera una humillación cruel gracias a su sincera disculpa instantánea, y Andy devolvió un poco de vida a Ghyslaine cuando pudo expresarle su profundo arrepentimiento mirándolo a los ojos.

Triunfo del humanismo sobre la tecnocracia.

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