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¿Por qué a los punks nos gusta tanto The Good, The Bad & The Ugly?

¿Qué une al Spaghetti Western con el punk? Más de lo que creés. Cómo la mugre, el bajo presupuesto y el desprecio por el orden de Leone sembraron la semilla rebelde en Los Ramones y Sex Pistols. The Good, the Bad and the Ugly es una obra fundamental para el movimiento punk.

¿Por qué a los punks nos gusta tanto The Good, The Bad & The Ugly?

La obra maestra del director italiano Sergio Leone influenció a diversos artistas, en especial del mundo del rock: Eddie Vedder promocionó shows con afiches que remiten a sus personajes, Oasis veía la película en el televisor de la portada de Definitely Maybe, o James Hetfield participó del documental sobre la restauración del cementerio de Sad Hill.

Podría enumerar cientos de artistas más atravesados por el cine de Leone, pero en el punk, esa generación de jóvenes de fines de los setenta que vino a discutirlo todo, la conexión parece todavía más profunda. El film de Leone, con su suciedad, su ironía y su desprecio por cualquier forma de orden moral estable, funciona como una semilla que asentó una de las raíces más firmes en las que se desarrolló uno de los movimientos culturales más diversos y trascendentales del siglo XX. Como si, antes de que el punk encontrara su sonido, ya existiera un lenguaje visual capaz de expresar lo mismo. Y es ahí donde me hago la pregunta: ¿por qué ese mundo, tan lejano en tiempo y forma, se siente tan cercano para el punk?

El film de Leone, con su suciedad, su ironía y su desprecio por cualquier forma de orden moral estable, funciona como una semilla que asentó una de las raíces más firmes en las que se desarrolló uno de los movimientos culturales más diversos y trascendentales del siglo XX.

Podríamos considerar al Spaghetti Western como un género protopunk. DIY en toda regla. Hacer películas sin presupuestos y a miles de kilómetros de Estados Unidos, lugar donde ocurren las tramas, solo por ansias de querer contar su propia versión. Un fanzine hecho película. El director Alex Cox, realizador de Sid & Nancy y el excéntrico western punk Straight to Hell, definió al Spaghetti Western como una “transgresión enorme”.

“Es muy interesante, como el movimiento punk o el de los surrealistas. Como espectador, para mí era obvio que estas películas tenían algo importante. ¡Y además fueron tan exitosas! Durante décadas, los fanáticos de Sergio Leone, de Sergio Corbucci y de otros directores menos conocidos conservaron y atesoraron sus copias VHS, en ocasiones de calidad pésima, pero manteniendo así la llama del género viva”.

“Cuando la leyenda se vuelve un hecho, publica la leyenda” es una de las frases vitales de The Man Who Shot Liberty Valance de John Ford. Eso mismo hizo Leone, que decidió crear su propia versión del mito fundacional de Estados Unidos, pero tomando como referencia no los libros de historia o investigaciones científicas, sino las películas y novelas del género western, mezclarlas con los peplums italianos (películas sobre mitos griegos o bíblicos) y las películas de samuráis japonesas (en especial las de Akira Kurosawa). Una buena historia podría ser ubicada en cualquier lugar porque los problemas inherentes al ser humano no tienen geografía.

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Leone decidió tocar un tema tabú para los estadounidenses como es la Guerra de Secesión. Hasta Orson Welles, a quien se cruzó en un bar en Burgos, España, le aconsejó que no lo hiciera porque era “veneno para la taquilla”. Para un joven anarquista que creció en la Italia fascista, nada lo motivaba más que desafiar el control y la historia oficial. “Estados Unidos se construyó sobre una violencia que ni la literatura ni el cine han mostrado nunca adecuadamente”, explicó el director italiano, que también buscaba cuestionar los tópicos del género:

“Siempre había pensado que el ‘bueno’, el ‘malo’ y el ‘violento’ no existían en ningún sentido absoluto, esencial. Me parecía interesante desmitificar esos adjetivos en el ambiente de un western. Un asesino puede exhibir un sublime altruismo, mientras que un hombre bueno puede matar con total indiferencia. Una persona que parece fea puede, cuando empezamos a conocerla mejor, ser más valiosa de lo que parece, y capaz de ternura”.

Las grabaciones de toda la "Trilogía del Dólar" (como se conoce a las películas A Fistful of Dollars, For a Few Dollars More y The Good, The Bad & The Ugly) fueron caóticas. Actores estadounidenses, director italiano y extras españoles. Ninguno hablaba el idioma del otro. “Yo sabía decir ‘adiós’ y ‘buongiorno’, y (Leone) sabía decir ‘adiós’ y ‘hola’, y eso era todo”, contó Clint Eastwood sobre esos días de en el set. “Luego él aprendió un poco de inglés y yo un poco de italiano, y entretanto, un poco de español, y nos las arreglamos como pudimos”.

Tenemos caos, tenemos ganas de crear, tenemos poco presupuesto, tenemos ganas de subvertir no sólo un género, sino también la historia. Tenemos punk.

Forajidos punk

Los tres protagonistas de The Good, The Bad & The Ugly conviven en una sociedad en plena Guerra Civil, pero no se involucran, sino que solo tratan de sobrevivir. No hay buenos ni malos. No hay honor ni épica. Están todos atrapados en un mundo hostil. Todas las guerras se parecen: solo cambian de nombre y de locación. La Guerra de Secesión sirvió como escenario para expresar lo que sentía Sergio Leone durante la Segunda Guerra Mundial, y también fue un punto de identificación para quienes vivían, a finales de los setenta, en plena Guerra Fría. Todos los uniformes se parecen cuando están cubiertos de mugre.

Ese nihilismo y desencanto con la clase política en un mundo en guerra expresaban los jóvenes punks, que habían visto que la generación de Woodstock y el flower power terminó siendo una estafa. El desempleo crecía al mismo tiempo que la represión policial, y la llegada de Margaret Thatcher al poder, en 1979, agravaría la crisis económica y social en Gran Bretaña.

Tenemos caos, tenemos ganas de crear, tenemos poco presupuesto, tenemos ganas de subvertir no sólo un género, sino también la historia. Tenemos punk.

Clint Eastwood se dio cuenta, apenas leyó el guion, de que, si bien su nombre figuraba más grande en las marquesinas, el verdadero protagonista de la película sería Eli Wallach. El personaje de Tuco es del que recibiremos más información y el que no será solo un alivio cómico, sino quien aportara humanidad.

Tuco tenía dos alternativas en su vida: ser cura, como su hermano Pablo, o ser un bandido… y muy creyente no era. “Tú elegiste tu camino, yo elegí el mío. El mío fue más duro”, le respondió cuando quedó cara a cara con él. La desigualdad social es atemporal. Las posibilidades de una persona que nace en la pobreza de crecer en la escala social son prácticamente nulas. El “American Dream” siempre fue una farsa, y el lema “No Future” engloba la sensación de hastío de una juventud inglesa que no encontraba soluciones. Para John Lydon, líder de Sex Pistols:

“Criaban a todo el mundo en un sistema de educación que te dejaba bien claro que, si venías del sitio equivocado, no tenías ni la más puta esperanza ni ninguna posibilidad laboral en absoluto”.

Si Tuco era el alma, Blondie, interpretado por Eastwood, era la personalidad, el rostro o, mejor dicho, la coraza. “Necesitaba una máscara más que un actor, y Eastwood, en aquel momento, solo tenía dos expresiones: con sombrero y sin sombrero”, se burlaba Sergio Leone. El joven Clint fue a ganar un poco de dinero a Europa sin esperanzas de convertirse en estrella. Fue justamente su rostro duro y lo rústico de su poncho lo que lo volvió tan icónico. Estoy seguro de que muchos habrán visto la foto (o, a lo sumo, el “meme”) de un niño tocando las tachas de la campera de un punk con cresta, simbolizando la bonhomía escondida dentro de una fachada de chico malo.

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El punk es, como dice mi amigo y colega Gonzalo Penas, la educación sentimental de muchos de nosotros. El “Hombre sin nombre”, con esa aire desafiante, despreocupado y seguro, fue adoptado por los punks para hacer frente a la jodida vida diaria: la actitud de tipo malo, intimidante, pero con la ternura y la humanidad suficientes como para darle un último trago de whisky a un general o una pitada de cigarrillo a un soldado antes de morir.

Camperas de cuero, tachas, crestas, pelos de colores fantasía, maquillaje negro, tartán. La estética del punk es ruda, desafiante y provocativa: funciona tanto como statement como escudo. Fue la forma en que los relegados lograron hacerse visibles, irrumpir en escena. Rompía con los códigos de vestimenta de la pacata y tradicional sociedad inglesa, la misma que ,aún hoy, se escandaliza si en Wimbledon no se viste de blanco.La arquitecta de esa estética fue la diseñadora Vivienne Westwood, quien, desde su local Sex en Londres, dotó de identidad al incipiente movimiento. En 1984 presentó su colección Clint Eastwood en las pasarelas de París. Las prendas absorbian influencias de Japón, una nueva frontera a la que el punk comenzaba a asomarse (Public Image Ltd había grabado Live in Tokyo en 1983). Neón futurista con alma western: síntesis de un mundo que terminaba y otro que estaba naciendo. “A veces necesitas transportar tu idea a un mundo que no existe y luego poblarlo con gente de aspecto fantástico”, explicó Westwood, que con sus atuendos convirtió las calles de Londres en un desfile de personajes tan excéntricos como los de un spaghetti western.

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Dupla maestra

Igual de importante que Sergio Leone fue el maestro Ennio Morricone. Amigos desde la infancia, compañeros de clase, crecieron juntos en el barrio romano de Trastevere e iniciaron su colaboración profesional con A Fistful of Dollars. La singular simbiosis creativa entre ambos funcionaba para Morricone de manera sencilla:

“Cuando quería indicar un tema mío, se limitaba a decirme: ‘ese que hace tititi’, canturreando muy vagamente. Toda mi música podía reducirse para él a un titití y, para mí, era siempre una tarea fatigosa identificar a cuál se refería exactamente”.

En The Good, The Bad & The Ugly, la música se convierte en un elemento clave de la acción. Desde los sonidos “cartoon” de los disparos hasta los leitmotiv. Leone necesitaba “crescendos y llamadas particulares a la atención que, pese a todo, sonaran al unísono con el espíritu general de la historia. Así que la música tenía una importancia central: tenía que ser compleja, con humor y lirismo, tragedia y barroquismo”. Morricone creó todo un paisaje sonoro áspero, salvaje e inquietante. Con solo cerrar los ojos y sumergirte en la música, te transporta a un desierto árido lleno de peligros.

Para Bernard Sumner, guitarrista de Joy Division y líder de New Order, “ese sencillo tema silbado, el sonido gangoso de la guitarra, el aullido del coyote en las partes vocales, los efectos del eco, los grandes espacios entre las notas que hacían que la música se adaptara perfectamente al escenario áspero y desnudo de la película… todo era increíblemente evocador, y me encantó”. Ese aullido de coyotes eran dos voces masculinas cantando en superposición: una gritando “Aaaah” y otra “Eeeeeh”.

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¡Aaaaah, Eeeeeh! ¡Hey, ho, let’s go! Los Ramones subían al escenario con el tema principal de la banda sonora. Se paraban como los pistoleros más rápidos del condado, listos para desenfundar. La canción servía también de preámbulo para lo que estaba por empezar, para marcar que, a partir de ese instante, estaban en un lugar sin ley. La autoridad quedaba fuera del recinto y el caos se desataba al ritmo de la guitarra motosierra de Johnny. Varias décadas después, los californianos de Green Day también lo usarían como introducción, junto a Blitzkrieg Bop, como una muestra de lo indivisible del film y los “Monchos”.

El conurbano, más allá de la frontera

Lo que se denomina “rock nacional” es en realidad un rock porteño. Belgrano, Barrio Norte, Recoleta, Once son algunos de los barrios que vieron nacer y desarrollarse a muchas de las grandes bandas de la escena rockera autóctona. Dentro de su cosmogonía no existía nada más allá de los márgenes de la Capital Federal. Para Walter Lezcano, autor del libro Un regalo del diablo: 2 minutos, Valentín Alsina y la reinvención del punk argentino:

“Hasta que 2 Minutos no le puso el nombre, que fue Valentín Alsina, el conurbano siempre fue contado por otros, por los porteños. De hecho, ‘Avellaneda Blues’ es el porteño yendo a ver qué pasa; aparece el conurbano como un territorio inhóspito”.

Durante décadas, la vida en el conurbano bonaerense fue contada con una visión “extranjera”. Era un lugar adonde el porteño iba cuando se perdía, cuando un médico le recetaba ir a una quinta para “tomar aire” o cuando se caía del mapa en alguna aventura, como Erdosain, el protagonista de Los siete locos, de Roberto Arlt. Más allá de la frontera, era un territorio sin asfalto, salvaje y peligroso. Una imagen que, todavía hoy, persiste entre los sectores más rancios de la capital. El punk vino a ensanchar esa frontera. En el cruce epistolar entre Pedro Braun (Hari B), un pibe de Belgrano que volvía de Londres empapado de la escena, y Sergio Gramática, de Bernal, que podía afirmar “yo soy punk” aun sin ese bagaje, estaba la esencia primigenia.

Ya a finales de los ochenta, desde los vestidos de cuero que se quieren divertir hasta los skaters, pasando por anarquistas, rockeros o simples curiosos con ansias de destrucción, encontraron en los recitales de Los Ramones un lugar donde hacer comunidad. La esencia ramonera, que no buscaba virtuosismo, alentó a cientos de pibes a poder juntar los mangos que ganaban para comprarse instrumentos usados e iniciar una banda de punk. Hijos e hijas de obreros, empleados de comercios, que por fin encontraron un lugar donde poder expresarse, sin necesidad de ser músicos de conservatorio ni hijos de profesionales de clase media con un capital cultural heredado.

Los trenes son uno de los elementos principales en los westerns, ya que son los que llevan la civilización y el progreso desde el este de los primeros colonos hacia el salvaje y subdesarrollado oeste. El punk viajaba en los vagones y furgones del Sarmiento, el Roca o el Mitre. Desde los trenes con nombres de oligarcas conquistadores, se incubaba la urgencia de narrarse en primera persona, sin mediaciones condescendientes. Historias de obreros, empleados, fisuras, malandras, buscavidas, travestis, putas, músicos o simplemente un grupo de amigos que se juntaba a tomar cerveza. Personajes que podrían habitar cualquier película de Sergio Leone.

La esencia ramonera, que no buscaba virtuosismo, alentó a cientos de pibes a poder juntar los mangos que ganaban para comprarse instrumentos usados e iniciar una banda de punk. Hijos e hijas de obreros, empleados de comercios, que por fin encontraron un lugar donde poder expresarse.

A fines de los ochenta y principios de los noventa, bandas como Flema y Dos Minutos traducen el punk a clave local. Toman inspiración de New York y Londres, pero mezclan con su experiencia barrial para construir una identidad propia. Así nace el llamado “punk cabeza”, etiqueta puesta desde una mirada porteñocentrista y elitista, que miraba con recelo y cierto desprecio a los hijos de los “cabecitas negras” que habían marchado con Perón en el 45´.

Valentín Alsina es una declaración de intenciones. “Tenemos algunos bares, con sus típicos borrachos”, canta Walter Mosca Velázquez, líder de Dos Minutos, en el tema que le da nombre al disco. Nosotros (los “bárbaros”) tenemos tradiciones, costumbres, vicios, diversión, puntos de encuentro, rutinas, etc., al igual que del otro lado del Puente Alsina. Existimos. Mosca no necesitó de una gran retórica ni una pluma poética, sino de la sencillez punk de quien apenas cursó la secundaria, pero sabe qué y cómo lo quiere contar.

En los márgenes, el neoliberalismo menemista no brillaba. El famoso “deme dos” y los viajes a Brasil eran una fábula en un territorio donde las fábricas cerraban y la policía te paraba por “portación de cara”. Si el western fue el género que representó lo “otro”, esa frontera que la “civilización” temía cruzar porque allí se acaba la ley y el salvajismo reinaba, el “punk cabeza” (también el “rock barrial”) venía a imponer la presencia de aquellos que estaban hartos de ser invisibles.

Desde The Pogues hasta Jim Jarmusch. Desde Londres hasta Lanús. El polvoriento film de Leone atravesó la cultura punk inspirando tanto personas con la soga al cuello como a unos hijos de puAHAHAH wah-wah-wahhhh.

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