Frente al pesimismo nuclear del siglo XX, Isaac Asimov se alzó como el profeta del optimismo. Mientras otros imaginaban el fin del mundo, él ofreció la psicohistoria y creyó en la ciencia como salvación de la humanidad. Un genio que, ante el apocalipsis, prefirió confiar en el futuro.
La Guerra Fría fue una de las etapas de mayor tensión a nivel global. La tecnología nuclear amenazaba reventar un mundo donde la humanidad competía entre opuestos hipermilitarizados. Sin embargo, ninguno de los “tres grandes” de la ciencia ficción (Asimov, Clarke y Heinlein), un género que se caracteriza justamente por imaginar el futuro, se enganchó con las fantasías apocalípticas. En especial, Isaac Asimov decidió activamente no participar de “esa procesión de pesimismo y muerte” que era la publicación de cuento tras cuento sobre el desastre nuclear.
Ninguno de los “tres grandes” de la ciencia ficción (Asimov, Clarke y Heinlein), un género que se caracteriza justamente por imaginar el futuro, se enganchó con las fantasías apocalípticas.
Isaac Asimov emigró a los 3 años del bloque soviético (sin ninguna persecución, según él mismo) con su familia judía. A los 18 años publicó su primer relato “Marooned off Vesta” (1939). Mientras se formaba como químico y esperaba con el culo en la mano un llamado a las filas para combatir en la guerra del Pacífico, fue publicando los que iban a ser los primeros relatos de una saga que iba a manifestar la confianza en el progreso humano: Fundación.
Asimov craneó la idea de la psicohistoria después de leer al historiador Edward Gibbon, que hizo en el siglo XVIII uno de los raccontos más completos sobre la caída del imperio Romano. Asimov decidió contar la caída de un imperio galáctico, pero que esta vez pudiera ser salvado gracias a una ciencia capaz de prever y acortar la era de “barbarie”.
Salvo en excepciones, como “Un guijarro en el cielo”, donde el planeta Tierra es arrasado por una ola de radiación, en cada escenario apocalíptico que plantea Asimov la humanidad sobrevive, aunque sea abandonando su hogar para expandirse al universo. A todo responde con la ciencia de su momento y el potencial de las supercomputadoras. Tampoco es que se considerase a sí mismo un científico excepcional. Fracasó mil veces hasta titularse en el campo de la química y, ya metido en el mundillo académico, escribió libros de divulgación científica sobre temas por los que muchas veces fue criticado. Pero esa formación, seguramente, hizo que Asimov confiara en un poder más grande que cualquier otro: la inteligencia. Y, en especial, la inteligencia de los especialistas.
Asnos, estúpidos
Tanto cuando se refería al antisemitismo (nazi o norteamericano), a la violencia del proyecto sionista o al trasfondo etnocida del independentismo de Azerbaiján, Asimov entendía que el problema de la tiranía estaba en la desigualdad del poder. Confiaba en la posibilidad de equilibrar voluntades y necesidades. En “Asnos, estúpidos”, uno de sus cuentos cortos más conocidos y simpáticos (y aleccionadores), un tribunal de “la longeva raza Rigeliana” descubre que el planeta Tierra alcanzó el conocimiento termonuclear y la anotan en un registro de especies que pronto se pondrá en contacto con las demás civilizaciones avanzadas que comparten el cosmos. Hasta que el líder, Naron, descubre que la humanidad no desarrolló aún el viaje intergaláctico y que hacen las pruebas nucleares en su propio planeta, y, por primera vez en su historia (longeva, seguramente tan longeva como el universo), tacha el nombre de la especie mientras grita indignado “asnos, estúpidos”.
Cuentazo breve, contundente y entrañable sobre la infancia del “progreso” tecnológico humano. Quizá por su judaísmo, quizá por su herencia soviética, quizá porque su propia inteligencia era el rasgo del que más se enorgullecía, Asimov no podía evitar pensar en un tribunal de escribas superiores, guardianes de la paz y el conocimiento. La ley y lo correcto estaban por encima del ser humano, encarnada en alguna entidad alienígena.
Sobre el final de su vida, Asimov reconoció que la ciencia de los años cuarenta y cincuenta cambió drásticamente con la mecánica cuántica y la informática, admitiendo que en ciertos campos se sentía "sobrepasado" o convertido en un "fósil viviente" ante las nuevas olas de conocimiento. Pero si hay un motivo por el que lo seguimos leyendo con atención es porque la relación con la ciencia es, en muchos casos, a través de la ternura.
La evolución biológica y la evolución técnica comparten lógicas de prueba y error, selección, adaptación y extinción. Hay un desacople entre la intención y la consecuencia, un drama central de la tecnología. Podemos crear tecnologías cuyas consecuencias no entendemos.
Esa ternura la encontramos en varios relatos de Asimov, como “El fin de la eternidad” o “Hijo del tiempo”. Relatos personales, que implican viajes en el tiempo. En el primero, un agente de una institución “fuera del tiempo” que introduce pequeños cambios para evitar catástrofes en la historia humana, se enamora de una mujer “no eterna” destinada a ser borrada, y la esconde en los Siglos Ocultos (un período del futuro lejano al que los Eternos no pueden acceder). Andá a buscarla al ángulo Eternal sunshine of the spotless mind. En el segundo, Edith, una enfermera (científica, por supuesto) de una agencia que “pesca” organismos a través del tiempo, se encariña con un niño Neanderthal que había sido separado de su familia en una tormenta de nieve y capturado por la empresa. Al final escapa con él en una burbuja temporal para cuidarlo en la era glacial, donde prefiere enfrentar la muerte antes de seguir relacionándose con un presente deshumanizado.
Lo que triunfa, siempre, es la voluntad humana. Aquello que tiñe a la tecnología de calidez. Si Peter Thiel es un villano, los motivos van más allá de Palantir como instrumento. Peter Thiel quiere clasificar y controlar a los seres humanos como si fuesen bujías de un aparato masivo. Pero la tecnología tiene espacio para lo sensible. El final de Neon Genesis Evangelion conserva un atisbo de optimismo justamente porque el “proyecto de instrumentalización humana” permite (gracias a que Shinji acepta la incomodidad de convivir con otros) que podemos reivindicar lo humano en cada tecnología que creamos.
De hecho, para evitar el “complejo de Frankenstein” (el creador es destruido por su creación), Asimov crea las Leyes de la Robótica que, si uno lo piensa, no son más ni menos que una forma de racionalizar milenios de convenciones sociales y aplicarlas a los robots. Algo que ya sintetizamos en las leyes naturales de Hobbes: “no hagas a otro lo que no quisieras que te hagan a vos”.
Leer a Asimov nos suele dejar con un calorcito en el pecho. Con la sensación de que, incluso cuando el sol se coma a medio sistema solar, vamos a estar todos bien. No toda tecnología lleva al genocidio y la homogeneización. Dejando de lado la voluntad de control del Deep State, vivimos en una sociedad tan heterogénea como maravillosa.
Asimov hablaba de “La última pregunta” como su relato favorito. Uno en el que confiaba en que la humanidad era capaz de crear (¡casi por azar!) algo mejor que ella misma. En este cuentito, la supercomputadora Multivac termina revirtiendo la entropía del universo, una de las leyes más terribles que hemos formulado: que todo tiende a la dispersión, a la muerte, a apagarse. La resolución del relato, donde la computadora finalmente halla la respuesta para regenerar el cosmos, es el epítome de su confianza en que la máquina mantendrá un resabio de la inteligencia humana.
Si hay algo que se dice de esta época, es que le cuesta imaginar un futuro. Que ni siquiera expresa optimismo por el presente. Algunos lo atribuyen a un exceso de relativismo. Pero Asimov es diferente. Sabemos que la Fundación fue invadida, sabemos que hubo batallas con miles de pérdidas humanas. Pero ese juego de luces y explosiones a lo Star Wars (peliculón, que nadie diga lo contrario) no es lo que le interesa a él. La resistencia al horror es posible, y se logra con el saber. Porque, como repite Hari Seldon en cada capítulo donde aparece, “la violencia es el último recurso del incompetente”.
Pero, como sabe cualquiera que haya leído la trilogía original, incluso la psicohistoria falla. Y, como sabemos en nuestro siglo XXI, la ciencia no es garante de ningún progreso lineal. Las cosas a veces no salen, efectivamente, como los optimistas creen que van a salir.
Y, sin embargo, los necesitamos.
A veces puede que la vida no encuentre su camino. Pero, incluso en los peores apocalipsis, Asimov pone la esperanza en la humanidad.
Contra una narrativa del apocalipsis
Asimov es la contracara de otros genios, como H.P. Lovecraft. Mientras El Mago de Providence veía en los otros a la mayor amenaza, Asimov tenía confianza en que, a pesar de el universo nos odie, la voluntad humana es más poderosa. Lovecraft escribía contra el mundo, contra la vida, mientras que Asimov era un narrador feliz. Qué importa si la humanidad es un accidente del cosmos.
Por algo Asimov escribió relatos de humor y H.P. Lovecraft no. Y, dicho sea de paso, el humor de Asimov tenía que ver con mujeres que estaban rebuenas, amigos medio tacaños y lo horrible que es tener que trabajar. Chad.
Quizá Asimov estaba mirando otra cosa. Él decía:
“Hay una historia en la literatura moralista judía en la que Dios se abstiene de destruir este mundo perverso y pecador en consideración a los pocos hombres justos que nacen en cada generación. Si yo fuera religioso, creería en ello con devoción, y nunca estaré lo bastante agradecido por haber conocido a tantos hombres justos y a tan pocos malvados”.
Asimov llega a finales felices incluso donde no debiera haberlos. Incluso, en su propia historia personal. Las memorias que escribe mientras se muere de SIDA por una transfusión de sangre contaminada se lee como el testimonio más agradecido de una vida plena, con comentarios post mortem de su última esposa y cerca de 20 capítulos en los que recuerda y reivindica a los escritores y editores con los que compartió su trayecto. En ese sentido, Asimov es el opuesto absoluto de Lovecraft. Optimista, confiado en el futuro y en la humanidad, abierto, simpático.
Desde los setenta en adelante nos cuesta cada vez más imaginar un futuro que no sea distópico. Una ciudad que no sea como la Night City del juego de rol Cyberpunk o el Los Ángeles de Blade Runner.
Ya no hay una idea colectiva de lo humano (como sí la hay en la obra de Asimov). No ha habido todavía una misión espacial que proponga plantar en la Luna la bandera de la humanidad. Tal bandera no existe. Decirlo, de hecho, se siente ridículo. La NASA no admite ciudadanos de otro país que no sea Estados Unidos en sus filas y las iniciativas privadas están teñidas de un fuerte componente personalista, individualista, libertario (chupaculos). Algo más parecido a lo que veía Kurt Vonnegut en Las sirenas de Titán, donde la humanidad es invadida por los marcianos de la mano de un magnate sibarita (si hay un Dios, que bendiga a Kurt Vonnegut).
El problema (y la solución) del fractal
Asimov se decide por la esperanza. Su optimismo es posiblemente un mecanismo de defensa racional frente a lo traumático del siglo XX, que decanta en propuesta humanista deliberada. Él decía:
"Creo que el conocimiento científico tiene propiedades de fractal; no importa cuánto aprendamos... es tan infinitamente complejo como lo era todo al empezar".
Para Asimov la ciencia no había fallado. Sino que su complejidad era infinita y, por ende, cada nuevo descubrimiento abría nuevas capas de misterio. El problema que atañe, claro, son las relaciones de poder. De qué vivimos. En quién depositamos nuestro destino.
Un problema actual de la tecnología es quién llegó primero al proceso poscapitalista de acumulación originaria. Quién plantó bandera en lo que conocimos como Internet (que está bastante viva). El problema hoy es quién accede a esa tecnología que nos clasifica y reclasifica. No porque no existiesen antes los estudios de mercado, la frenología, el racismo puro y duro, los sondeos de opinión. Pero el algoritmo funciona como algo despersonalizado que absorbe también nuestra capacidad creativa y nos la devuelve masticada por la infosfera. Y ni siquiera para nuestro beneficio.
El problema de, en particular, los actuales modelos de lenguaje es su frialdad, desapego, domicilio permanente en el valle inquietante, ese lugar de la percepción en el cual algo nos resulta familiar pero que mantiene un dejo inhumano que nos perturba más cuanto más lo miramos. Una entidad alienada trata de hacer de cuenta que no lo es, mientras un ser humano trata de alienar una parte de su cotidianeidad en un robot que le resuelva las cosas.
Hoy “todo es más complejo”. Asimov se veía a sí mismo como un generalista. Si hubiese querido en algún momento subirse a una retórica seudomesiánica podría haber sido un profeta del progreso, un adalid de la ciencia (como fue por un par de años Neil Degrasse Tyson, hoy día considerado por muchos como un salame infumable que no deja de hablar del ateísmo y la marihuana).
El problema es que, efectivamente, todo es más complejo. Los problemas de la investigación se chocan con los problemas del financiamiento, que se chocan con los problemas de lo que concebimos que debiera ser una sociedad ideal, que se chocan con los problemas del sentir individual, que se chocan con los problemas de las multitudes, el sentir y lo inenarrable.
El problema de los actuales modelos de lenguaje es su frialdad, su desapego, su domicilio permanente "en el valle inquietante", ese lugar de la percepción en el que algo nos resulta familiar pero que mantiene un dejo inhumano que nos perturba más cuanto más lo miramos.
El potencial tecnológico es limitado. Tendemos a pensar en el progreso como un sitio sin fronteras, pero la creatividad no se debe aplicar únicamente a cómo formulamos códigos y preguntas, sino a cómo armamos nuestros equipos. Además, los procesos de adopción de las tecnologías es largo, como ocurre en esta misma época con la inteligencia artificial o las criptomonedas.
Es muy sencillo. ¿Cómo no lo vas a querer a Asimov? Con sus patillas. Con sus chistes de ñoño alzado. Con su confianza en todo lo bello y su rechazo a los abusos del poder. Con su universalismo, su ego desmesurado y el claro conocimiento de sus limitaciones.
Sí, Asimov era consciente de que el apocalipsis estaba a dos minutos de distancia, como dice Iron Maiden. Y, sin embargo, decidió no ser un profeta del fin. Por el contrario, dio vuelta el leit motiv gramsciano del “pesimismo de la inteligencia, optimismo de la voluntad”. Su optimismo estaba casi por completo puesto en la inteligencia, y en la voluntad humana de vivir. Igual que aquellos que hoy luchamos para que no todo lo que nos gusta sea vampirizado por ese mundo que nos exige monetizar lo que nos apasiona.
Si hay algo que le preocupaba a Asimov era tener que trabajar. Podía escribir durante horas y horas sin parar, pero la idea de depender de un sueldo, cumplir horarios y lidiar con jefes era uno de sus mayores horrores.
Totalmente comprensible, Isaac.
Al fin y al cabo, cuando una lectora le preguntó a Isaac Asimov qué haría si supiera que le quedaban seis meses de vida, su respuesta fue: “teclear más rápido”.
1991. Escritor, ensayista, periodista, crítico literario. Publiqué dos libros de ficción. Licenciado en Ciencias de la Comunicación Social, cursando una maestría en Literaturas Comparadas. Prefiero jugar en PC.
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