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Fashwave: la banda de sonido de las nuevas derechas

¿Cómo el fascismo pasó de las calles a tus algoritmos? Un viaje al "fashwave":el género musical de las nuevas derechas que usa neón, sintetizadores y memes para normalizar discursos de odio. Por qué esta estética digital es tan fascinante como peligrosa.

Fashwave: la banda de sonido de las nuevas derechas
Disclaimers de lectura:
1 – Este artículo es un breve aporte de divulgación orientado a todos aquellos que nunca se hayan perdido en el fabuloso wormhole de la far-right.
2 – Para leer este artículo deberías poner esto de fondo (abajo). Se trata de una lista de YouTube de canciones de Xurious, un productor musical británico.

La retirada a la calle online

A principios de 2010, gran parte de las militancias fascistas, misóginas, supremacistas y xenófobas de los Estados Unidos desaparecieron de la escena pública.

Las calles las había, inexplicablemente, tragado: dejaron de circular de forma súbita los rallys, las marchas con hombres vestidos de negro, las banderas de la Confederación del Sur (aquella región norteamericana que fue a la guerra civil para defender sus derechos esclavistas), los estandartes con esvásticas y las capuchas blancas puntiagudas.

Quienes vieron en este mutismo repentino un síntoma extraño no tardaron en preguntarse lo obvio: ¿dónde están? ¿A dónde se fueron?

La respuesta a esta incógnita no tardó sino unos años en esclarecerse.

No se habían ido, no habían sido desarticuladas. No habían sido barridas por el debate público impulsado por gobiernos progresistas. No habían perdido terreno frente a una aparente "democratización" de la opinión civil generalizada. Seguían vivas, pero bajo otra forma, en una forma de existencia tanto más etérea, pero igual de consistente.

Sólo habían cambiado el área de su influencia. Se habían volcado masivamente al mundo digital: el internet y sus foros.

No se habían ido, no habían sido desarticuladas. No habían sido barridas por el debate público impulsado por gobiernos progresistas. (...) Sólo habían cambiado el área de su influencia. Se habían volcado masivamente al mundo digital: el internet y sus foros.

Aun dispersas, las nuevas derechas encontraron allí la forma no solo de poner en contacto terminales hasta entonces desconectadas sino también la forma de incorporar nuevos militantes a sus causas. El modo en que lo hicieron fue sofisticado y, en mayor o menor medida, programado. Este video del canal de Youtube Innuendo Studios lo narra con claridad meridiana: 

Siguiendo el planteo de Innuendo Studios, y como sucede en cualquier proceso de cooptación y divulgación ideológica, no todo “lo político” ocurre en el campo “abstracto” de las ideas. En este marco (y por fuera de los debates, los largos threads explicativos, y los manifiestos), las nuevas derechas entendieron que debían trabajar en la fabricación de otras formas de “materialidades”.

Estas nuevas “materialidades” implicaron un enorme trabajo de producción de “contenido”  que siguiera los principios del become normal; es decir: el principio táctico (del que hablaremos más adelante) de encriptar discursos fascistas, racistas, misóginos y supremacistas en una envoltura estéticamente divertida, atractiva, y que asegurase amplia difusión.

Los memes, por ejemplo, su materialidad gráfica, fueron indispensables.

Sobre esto ya habló largo y tendido Juan Ruocco, el gordo responsable del hampa que nos reúne a todos acá, en su último libro del 2023: ¿La democracia en peligro? Memes y discursos marginales de internet que se apropiaron del debate público.

Sin embargo, poco se ha dicho sobre la música y el material audiovisual que empezaron a producir las nuevas derechas.

Este breve artículo trata reponer esos vacíos.

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El Fashwave

Así como en el metal existe el concepto de los “Big Four” (que incluye a Metallica, Megadeth, Slayer y Anthrax), en el mundo de la música electrónica de las nuevas derechas hay algo así como un “Big Three”. Este “Big Three” está compuesto por Xurious, C Y B E R N ∆ Z I y Stormcloak.

Por razones obvias de extensión, voy a centrarme en el que por lo menos a mí me genera más curiosidad, que es, casualmente, Xurious.

Xurious es un compositor británico que inaugura el fashwave, género de música electrónica que derivada de otros géneros populares en los ochenta y noventa como el synthwave, el vaporwave y el darkwave. La música de Xurious vuelve a poner en primera plana los sintetizadores arpegiados, las líneas de bajo repetitivas e insistentes y el famosísimo “gated reverb” en la caja, es decir, el snare, el tacho, el redoblante. 

Los nombres de las canciones a veces no dejan demasiado espacio para la interpretación. Hail Victory, de Xurious, Right Wing Death Squads, de OBNX, y Galactic Lebenstraum (literalmente, el “espacio vital” que Alemania consideraba necesario para su ampliación imperialista), de C Y B E R N ∆ Z I.

A ese background musical se le sumaron, por supuesto, y de formas a veces más sutiles que otras, samples particularísimos: discursos de Donald Trump, Adolf Hitler, Francisco Franco, Joseph Goebbels, Richard Spencer, Oswald Mosley (de la British Union of Fascists), entre otros.

Esto, claro, no es lo único. La música es de por sí un elemento suficiente para captar la atención de desprevenidos. Pero las nuevas derechas, al menos estos nuevos productores musicales y visuales, sentían que debía hacerse “algo más”. El fashwave, entonces, trabajó insistentemente para dejar de ser solo un género musical y convertirse finalmente en una estética por sí misma, incorporando videos y formas muy particulares de montaje.

El fashwave trabajó insistentemente para dejar de ser solo un género musical y convertirse finalmente en una estética por sí misma, incorporando videos y formas muy particulares de montaje.

¿De qué está hecho? ¿Cómo se la reconoce?

En todos los videos del fashwave es común ver un montaje acelerado de imágenes superpuestas que cambian cada medio segundo o a cada segundo. El tapete suele ser el espectro de color que va del azul al rosa, del violeta al magenta; se acerca al espíritu de los ochenta propio de los VHS caseros y su tipo particular de distorsiones y glitches.

Este montaje esquizofrénico apalanca motivos visuales más que particulares sincronizados al beat del bombo. La imaginería más que singular: bustos, estatuas y columnas griegas, águilas romanas, arquitectura monumental o brutalista, legiones militarizadas (ya clásicas o modernas o contemporáneas), marchas y parades militares con sus respectivos estandartes, runas propias de las culturas nórdicas.

Algunas de las runas más utilizadas son ᛟ (Odal), que representa la herencia, la sangre, el territorio; ᛏ (Tiwaz), que apunta al falo, la guerra, el honor; ᛉ (Algiz), como una especie sigilo de protección; ᛋ (Sig), históricamente asociada a las SS.

Cuando todo se vuelve un poco más explícito, aparecen otra clase de imágenes: figuras históricas del fascismo, símbolos de gran carga ideológica y mensajes numerológicos o captions breves y contundentes.

Entre los símbolos fascistas contemporáneos, por fuera de la ya conocida esvástica, pueden encontrarse: la bandera de la Totenkopf, que representa una calavera con las tibias cruzadas sobre fondo negro, y que era la insignia de la tercera Panzerdivision; el Wolfsangel, un instrumento de caza y de trampa para lobos y que consiste en dos piezas de metal unidas por una cadena; el Sol Negro, apropiado por el mismo Heinrich Himmler después de comprar un castillo en Westfalia, región en la que se creía se encontraba perdido el Irminsul, un pilar mitológico que conectaba el cielo con la tierra.

Dentro del sistema numerológico y las captions los ejemplos más recurrentes son el 8, el 88, el 14, y su junción:1488.

El 8 representa la letra “hache”, octava letra del abecedario. De modo que 88 significa “HH”, es decir, Heil Hitler.

El 14 representa las “fourteen words”. Es un lema identitario supremacista que se basa en un texto de David Lane. El lema, que contiene 14 palabras, dice así: “We must secure the existence of our people and a future for white children” (“Debemos asegurar la existencia de nuestro pueblo y un futuro para los niños blancos”). Estas catorce palabras suelen continuarse con otro slogan que también tiene catorce palabras, y también de David Lane. Dice así: “Because the beauty of the White Aryan women must not perish from the Earth” (Porque la belleza de las mujeres blancas arias no debe desaparecer de la Tierra).

A la “reinvención del pasado” por parte del fashwave se le sumaron también otras apropiaciones de la cultura popular contemporánea. Así, como fue el caso de Pepe the Frog (caso que pueden ver con detenimiento en el documental Feels Good Man), las nuevas derechas lograron apropiarse exitosamente de piezas musicales que en principio nadie “ataría” espontáneamente al fascismo: desde Little Dark Age de MGMT o Desperado de Rihanna (en su versión slowed and reverb en donde se bajan los BPM con un DAW y se le suma una capa de reverb enorme) o la utilización apócrifa de Sonne de Rammstein, entre otras.

“Become normal”

Todas estas tácticas particularísimas respondieron a un único objetivo: el rebranding. Es decir, “lavarle la cara” al trasfondo ideológico, político, expansionista y militarista del fascismo mediante envoltorios estéticos profundamente atractivos e hipnóticos. Las nuevas derechas entendieron mejor que nadie que la forma más rápida y efectiva de volver a poner su programa político en el centro de la discusión pública era mediante “presentarse como normales”.

El proto flooding en las plataformas de toda la estética fascista funcionó (por su capacidad interpelativa, por su montaje innovador, por su imaginería ambigua y solapada) como puerta de ingreso para que usuarios interesados se incorporaran a debates políticos y filosóficos que volvían a tratar los temas del supremacismo racial, la misoginia, la eugenesia, la democracia y los Estados liberales.

Así, los materiales divulgados en múltiples plataformas, sobre todo aquellas que facilitaban la circulación de material audiovisual (como Twitter o TikTok, y en videos como este, este o este) funcionaron para “arrear” varones interesados en la estética fascista y con incomodidades, dolores y malestares genuinos que ningún espacio político (ni en EE.UU., ni en Brasil, ni Argentina, ni en muchos otros países) tenía la capacidad de contener.

Las nuevas derechas entendieron mejor que nadie que la forma más rápida y efectiva de volver a poner su programa político en el centro de la discusión pública era mediante “presentarse como normales”.

Lo curioso de estas tácticas, y acá lo verdaderamente novedoso de las nuevas derechas, es que fueron profundamente grassrooted (es decir, “nacidas del pasto”, lo que es decir nacida “desde las bases”, por fuera de todo seguidismo orgánico a una dirección política partidaria clara y verticalista). De ahí su carácter variopinto, su “libertad” compositiva, su core esquizo y desatado. Ahora, que posteriormente Trump, dirigentes de VOX, la AfD y otros partidos de extrema derecha, hayan tomado el toro por las astas y capitalizado este movimiento relativamente desorganizado, es otra cuestión completamente diferente y que no pertenece a este artículo breve de divulgación.

Fascinante fascismo

Lo interesante, en todo caso, es reconocer algo: el fascismo es fascinante.

Lo dice Susan Sontag en su famoso ensayo titulado, justamente, Fascinante fascismo.

Sontag va a sostener, entre otras cosas que no podría rescatar acá, que el fascismo siempre es fascinante cada vez que estetiza la dominación varonil y militarista, y cada vez que erotiza de forma muy sugerente el uso y ejercicio verticalista del poder. El fascismo es fascinante no porque sea, como malinterpreta el "biempensante", un "mal desatado" y sin orden, irracional e ilógico, sino porque justifica desde ciertas pasiones muy específicas (la nostalgia por un pasado perdido, la melancolía por un mundo idílico anterior en la historia) el ejercicio de la violencia y la crueldad. También es fascinante porque encuentra la forma de transferir y transformar las energías vitales y sexuales reprimidas de la sociedad burguesa en un "teatro" en donde podemos ejercer libremente una "performática" del amo y del esclavo, un gran “ensayo general de la esclavización”, liberándonos de ciertos tabúes que se entrometen en nuestros deseos más íntimos. 

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El metal tiene mucho que decir respecto de la apreciación fanatizada de la estética fascista. Para quienes no consuman demasiado este género (es decir, para todos aquellos que no tengan ningún tipo de amor por la vida), hay dos casos que pueden resultar ilustrativos.

Uno de ellos es el de Robert Halford, líder de una de las bandas pioneras del género como lo es Judas Priest. Robert, confeso homosexual, “importó” por primera vez y desde la estética fascista y la cultura BDSM el cuero y las tachas a la estética del metal.

Esa estética pervive hasta el día de hoy, y no deja de ser un poco gracioso que Ricardo Iorio, el modelo de varón argentino por excelencia, haya usado, seguramente sin saberlo, camperas de cuero negro por el capricho de un puto británico.

Rammstein es otro caso singularísimo, y mucho más border. Sigue casi al pie de la letra cada una de las consignas que Sontag reconoce en el fascismo: un erotismo que linda lo perverso; idealización del cuerpo masculino, casi desnudo, definitivamente musculoso y montado en cuero negro; un despliegue cercano a las arquitecturas monumentalistas y brutalistas; un líder carismático (Till Lindemann) que recrea el habla alemana del principio del siglo XX con la pronunciación gutural de la 'r' (marcadamente alveolar), entre otras cosas.

Rammstein es profundamente provocador. Hace uso de iconografía cercana al universo semántico del fascismo, utiliza videos, como en Stripped, de Leni Riefensthal (la cineasta alemana que inspira a Sontag a escribir el ensayo del que hablamos, que dirigió películas increíbles como El triunfo de la voluntad y Olympia), a la vez que, frente a las acusaciones de neofascistas por parte de ciertos periodistas, dice “"Sie wollen mein Herz am rechten Fleck / Doch seh ich dann nach unten weg / Da schlägt es links" (Quieren mi corazón en el lugar correcto / Pero si miro hacia abajo / Late a la izquierda).

En su texto Sontag advierte, respecto de estas experiencias, que la revitalización de la estética fascista realiza una operación peligrosa: separa la “forma” de una expresión artística (a veces en nombre de un concepto tan complejo como el de la “belleza”) del “contenido” que esa forma esconde, que a menudo, y en el caso del fascismo, es un contenido de aniquilación, supremacismo y misoginia. Esta “separación” no intelectualizada fabricaría entonces una “anteojeras” que no nos permitirían ver y, por tanto, hacernos cargo intelectual, cívica y políticamente del “anhelo fascista” que habita en cada uno de nosotros.

Qué tipo de estética podrían llegar a producir, inventar, revitalizar todos aquellos espacios políticos que hoy, de alguna manera u otra, le están corriendo muy por detrás a los proyectos fascistas y totalitarios contemporáneos.

El caso de Rammstein, por ejemplo, nos pone frente a una disyuntiva particularísima. ¿La revitalización de la estética fascista que practica la banda alemana es una provocación que impulsa una forma post-fascista de entender el arte? ¿Es acaso la forma correcta de "desacoplar" una forma estilística fascista de su instrumentalización aniquilante? ¿O es, como puede haber pretendido Sontag, nada más que la reactivación irresponsable?

¿Qué hacemos con todo esto?

Resta preguntarse si para llegar a discutir sobre un programa político y filosófico (cuestiones que a un ciudadano común pueden resultarle, de movida, molestas o engorrosas), es necesario primero y antes que nada “entrar por los ojos”; es decir, "encantar" mediante un conjunto de activos audiovisuales que puedan despertar en un público desmoralizado un interés particular por la participación política.

La pregunta siguiente, y tal vez más preocupante que la primera (¿vieron los videos de los candidatos del peronismo? ¿Vieron los videos del ¡Ya Basta!?), es qué tipo de estética podrían llegar a producir, inventar, revitalizar todos aquellos espacios políticos que hoy, de alguna manera u otra, le están corriendo muy por detrás a los proyectos fascistas y totalitarios contemporáneos.

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